La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 24 #3
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Capítulo 24 #3

—El primer entrenamiento es sencillo —continúa Olmo, con un tono que no transmite calma sino advertencia—.

Lo han visto en las clases de combate y simulación, pero nada comparado con una “pizca de misericordia” a nivel de dificultad.

¿De acuerdo? El torneo es para conmemorar el resultado de una buena formación. No decepcionen.

Inclina levemente la cabeza hacia la dirección donde están los directivos, el Gobernador y Caldyno, todos observando con atención.

—Hoy tenemos muchos ojos sobre nosotros. Parece que este año quieren prestar mucha atención.

El silencio se vuelve pesado. Haalynd y yo nos colocamos las protecciones, dejando atrás los típicos suéteres que identifican a los estudiantes. El aire se llena de tensión.

—Demuéstrales que no viniste aquí a jugar, Rodrygo —me alienta Haalynd, y sale de la habitación sin decir nada más.

Me quedo solo, frente a un espejo. No hay muchos aquí, y hacía demasiado tiempo que no veía mi propio reflejo. Algo en mi rostro ha cambiado. Recuerdo aquella noche en que dibujaba bajo la luna, junto al lago cerca de mi casa, cuando apareció Esteban. Entonces me veía más joven, pero también débil.

Ahora no es así. Mi cabello rizado ha crecido y cae sobre mi frente.

Mis sienes ya no tienen el degradado que me hacía Fylian, así que el pelo se acumula más desordenado.

La escasa barba comienza a dar una forma más madura a mi rostro.

Pero son mis ojos, especialmente mis ojos, los que me detienen: redondos, con las ojeras heredadas de mi familia.

No me hacen feliz, pero al mirarme sé que puedo hacerlo. Me aliento con esa certeza.

Cuando nos reunimos todos los participantes, formamos un amplio círculo.

Nuestros entrenadores se colocan detrás de nosotros.

Al sonar un pitido, el suelo se abre y revela varios agujeros, uno para cada participante.

El sol del mediodía nos golpea fuerte, irritando la piel y cegando un poco la vista.

Sin vacilar, salto al hueco. Soy el primero en hacerlo. El estómago se me sube a la garganta, y en ese instante una voz artificial comienza a hablar directamente en mis oídos, clara y metálica:

—Bienvenido al primer nivel de entrenamiento.

Tu decisión de saltar primero se registrará.

Recuerda: aquí no se mide tu fuerza, sino tu resistencia.

Aquí no se mide tu velocidad, sino tu capacidad de pensar bajo presión.

Aquí no se mide tu valor, sino tu voluntad de seguir adelante cuando todo te diga que retrocedas.

El eco de la voz me envuelve. El hueco se ilumina con destellos rojos, y siento que cada palabra se graba en mi mente como un juramento.

—Primer sección de entrenamiento previo al torneo comienza. Busca la manera de no caerte más profundo… a partir de ya.

La voz metálica retumba en mis oídos. El aro de metal negro aparece frente a mí, suspendido en el aire.

Lo tomo con rapidez, aunque mis dedos sudorosos casi resbalan.

El fondo blanco, vacío, se extiende debajo como un abismo interminable.

No debo mirar hacia abajo, pero lo hago, y el vértigo me golpea como un puñetazo en el estómago.

Por encima de mí, otros aros se alinean, formando un camino hacia un rectángulo azul marino que conecta con un cilindro amplio. Veo a Haalynd a unos metros, balanceándose con precisión felina. Ella me mira, y asiento. La señal suena.

Respiro hondo, uno mis piernas y me impulso. Mis brazos se tensan, los músculos arden, y tomo el siguiente aro. El ritmo se vuelve vital: agarre, balanceo, salto. El sudor me quema la frente, y cada movimiento exige reflejos casi perfectos.

De pronto, un grito ahogado se eleva desde las profundidades. Alguien ha caído. El sonido se apaga, tragado por el vacío. Mi corazón se acelera. No puedo fallar.

Con un último impulso, me aferro al borde del rectángulo. Subo una pierna, luego la otra, y me lanzo hacia adelante. No hay tiempo para celebrar. Corro, mis pasos retumban contra el suelo metálico, el aire caliente me golpea el rostro.

Me adentro al cilindro. De pronto, todo se tiñe de rojo.

Una alarma ensordecedora sacude mi cabeza, y el dolor me obliga a arrodillarme.

El aire cambia, se vuelve pesado, como si me aplastara contra el suelo.

Los gritos de los demás se mezclan en una tormenta caótica.

Un estruendo sacude el piso, como rocas gigantes desplomándose.

Esto no parece formar parte de una simulación.

No. Lo reconozco en el instante en que salgo y no veo a nadie, ni siquiera a Haalynd.

Mis pies pisan el suelo familiar de la Sociedad del Hilo, pero la realidad me golpea el pecho y las sienes con violencia.

El aire cambia otra vez, y los gritos alrededor se balancean como una guadaña cortando el aire.

—¿Qué… está pasando? —murmuro, con la garganta seca.

Entonces lo veo. Un estudiante de cabello gris se hinca frente a mí, con un cuchillo lo suficientemente afilado para dividir el aire. El brillo metálico me obliga a retroceder un paso, pero él sonríe y baja la guardia, como si dudara.

No entiendo por qué lo hace, pero no me quedo quieto.

Me lanzo hacia adelante, intentando arrebatarle el cuchillo.

El filo roza mi antebrazo, quemando la piel con un corte superficial.

Aprieto los dientes y lo empujo contra la pared de uno de los pilares cercanos.

Forcejeamos. Sus manos son rápidas, el cuchillo se mueve de un lado a otro, buscando mi abdomen.

—¡Suéltalo! —gruño, mientras mis dedos se aferran a su muñeca.

El estudiante me golpea con la rodilla en el muslo, haciéndome tambalear. El cuchillo se acerca peligrosamente a mi cuello. Giro la cabeza, el filo corta un mechón de mi cabello rizado. El sudor me nubla la vista.

Con un esfuerzo desesperado, logro torcerle la muñeca. El cuchillo cae al suelo con un sonido metálico. Me lanzo sobre él, pero el estudiante aprovecha el impulso y me derriba. Caemos rodando, mi espalda golpea el piso con fuerza.

Levanto la mirada. En ese instante, un rugido metálico atraviesa el perímetro. Un vagón de tren irrumpe a toda velocidad, sacudiendo todo el lugar. El estruendo me paraliza. Intento invocar a Tommy, pero nada responde. El vagón está a metros de mí. No puedo lograrlo.

El estudiante gris se detiene, como si el caos lo hubiera sorprendido también. Sus ojos se clavan en los míos, y por un segundo parece que va a rematarme. Pero no lo hace. Sonríe, se aparta y baja la mirada, como si todo hubiera sido una distracción.

Entonces, una línea amarilla, chisporroteante de electricidad, corta el vagón en dos. El impacto ilumina el cilindro entero. Kendram aparece frente a mí, envuelto en energía, pero se desploma al instante, agotado, cayendo bruscamente al piso.

Los restos del vagón se estrellan contra las gradas, levantando una nube de polvo que se disipa con el viento caliente del mediodía. El caos estalla. Gritos, carreras, órdenes confusas.

Flagbys se acerca por mi izquierda, Yvan por la derecha. Entre el polvo, lo vemos: un encapuchado de Caldyno, cabello gris asomando bajo la capucha, entrega un control remoto a una estudiante de Bosqueoscuro. Sus movimientos son rápidos, calculados. Aprovechan el caos.

Pero ahora saben que los hemos visto. La mirada del encapuchado se cruza con la mía. Es fría, cortante.

Miro a Flagbys, luego a Yvan. Ambos asienten al mismo tiempo. El aire se llena de tensión, como una cuerda a punto de romperse.

Sin pensarlo, salimos disparados detrás de ellos. El suelo tiembla bajo nuestros pasos, el rugido de la multitud nos acompaña. El calor, el polvo, el eco metálico del vagón destrozado… todo se mezcla en un torbellino. La persecución ha comenzado.

—Me encargo del encapuchado. Flagbys y yo del estudiante —digo con rapidez, mientras el ruido del caos nos envuelve. No creo que los directivos se den cuenta; tienen demasiado que manejar.

El estudiante se introduce en unos túneles estrechos.

De pronto, arroja una daga. El filo brilla un segundo en el aire.

Me adelanto y empujo a Flagbys hacia un lado, justo antes de que la hoja pase rozando su hombro.

El metal se incrusta en la pared con un sonido seco.

Nos aseguramos de que está bien y volvemos a correr, pero el estudiante se ha perdido. Es imposible rastrearlo.

—Es tiempo de que lo enfrentemos —dice Flagbys, con voz firme, dirigiéndose hacia la concentración del primer entrenamiento.

La detengo, poniéndome frente a ella.

—¿Qué pasa? —pregunta, irritada.

Niego con la cabeza.

—No podemos hacer eso. Alcancemos a Yvan primero. Veamos si está bien, ¿te parece?

Ella me mira con molestia evidente, los labios apretados.

—Rodrygo. No.

Una voz jadeante se reproduce detrás de mí. Es Haalynd. Nos ha seguido, y parece que corrió hasta aquí.

—Es claro que eso fue otro atentado hacia ti —dice, recuperando el aire—. Pero no es tiempo de eso. Te dijeron que no intervinieras, y no es momento de cometer errores.

Flagbys bufa, cruzando los brazos, y Haalynd la mira con una ceja levantada.

—Lo más recomendable es volver a la concentración de entrenamiento. Ahora.

—¿Y qué te crees tú, pretendiendo mandar? —le espeta Flagbys, con un tono cortante—. Abandonaste la academia. Ahora quieres volver aquí como si nada. Tenemos objetivos específicos con estos sucesos. Así que no te metas.

—¿Perdón? —responde Haalynd, con los ojos brillando de rabia contenida.

—¿Y cómo la conoces, Rodrygo? —me pregunta Flagbys, girándose hacia mí.

—Es que soy su novia —dice Haalynd, con una sonrisa traviesa. Lo dice más para molestar a Flagbys que por otra razón.

—No. No. Flagbys —intervengo con firmeza—. Tienes que ir a buscar a Yvan, por favor. Yo debo volver. Ella tiene razón. Nos vemos después de mi reunión para conocer la dinámica del torneo, y hablaremos de esto. Ve, ahora.

Flagbys me mira una última vez, con los ojos llenos de inconformidad. No está convencida, pero asiente y sale disparada para buscar a su hermano.