La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 24 #2
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Capítulo 24 #2

—Está completamente equivocado. Nadie toca esta hermosa melena de los dioses, ¿de acuerdo? —añade, con un brillo travieso en los ojos.

Asiento automáticamente, como si mi cuerpo reaccionara sin pensar. Ella suspira, y por fin su rostro se pone serio.

—No supe más nada. Parece como si la tierra de Chatarra se lo hubiera tragado.

Lo último que supe fue sobre su misión en los túneles secretos fronterizos que dan acceso a Conquista.

Esa zona es extremadamente peligrosa. Entiendo que quizás volvió y luego salió a una nueva misión con Kyra, pero no sé más.

Lo siento, Rodrygo. Sé que al verme esperabas más detalles.

Y sé que estás aquí por él. Esteban me habló muy bien de ti.

Mi garganta se aprieta.

—Aprilcol fue el inicio de todo. Cuando perseguimos a esos encapuchados de cabello gris. Luego nos topamos contigo. Es lo único que me ha dicho para participar y saber el paradero de Fylian —digo, con rabia contenida—. Es un idiota.

Haalynd ríe suavemente, aunque sus ojos se mantienen serios.

—Pues sí, lo es. Muy robótico para las citas, pero… tiene buen corazón, Rodrygo. Solo que crecer en un círculo de formadores para fuerzas militares hizo que su programación humana fuera más… artificial.

El bullicio de la concentración nos envuelve. Yo aprieto los puños, con la sensación de que cada palabra de Haalynd me acerca un poco más a la verdad, pero también me recuerda lo lejos que está Fylian.

—Me prometió ayudarme a encontrarlo —digo, casi en un susurro.

El recuerdo de las limitaciones impuestas por los directivos me aprieta la garganta, y mis manos se convierten en puños.

Sé que Esteban, con todas sus fuerzas, hace lo posible por ayudar y quizás…

solo quizás se encuentra bombardeado por otras responsabilidades, pero, esa duda queda en mí: ¿por qué hacerme traer y dejarme aquí?

¿Por qué no seguir buscando como lo hago con mis amigos?

Haalynd observa mis puños y suspira con fastidio, como si mi rabia fuera un gesto infantil.

—Rodrygo… —su voz suena más seria ahora—. Los directivos cumplen un papel de salvaguarda. No es solo burocracia. Están evitando un conflicto con tres fuerzas muy opuestas, pero igual de importantes para estas tierras.

Sus palabras me golpean. El bullicio de la concentración se escucha a lo lejos, pero aquí, a unos metros, todo parece detenido.

—El Cónclave del Hilo, aunque esté presente en el Gran Torneo de los Marionetistas, no está de acuerdo con las decisiones del Ministerio de Defensa —continúa, jugando distraídamente con un mechón de su pelo rizado—.

Y el Gobernador de Chatarra… bueno, es un adorno.

Invisible, protocolar. El Ministerio solo quiere más fuerza militar, más conservadores de la paz.

Se detiene, me mira de reojo.

—Y Caldyno… —su tono se vuelve más áspero—. Tiene una idea sádica de la expansión. Cree que el Dios de esta tierra le dio la sabiduría para hacerlo. Que son los dignos de gobernar. Pero ese supuesto Dios no le explicó que asesinar y causar estragos está completamente fuera de lugar.

Me quedo en silencio, apretando los dientes. Haalynd se cruza de brazos, su piel bronceada brillando bajo la luz del sol.

—Te pudo envenenar cualquiera, Rodrygo. Llamas demasiado la puta atención, y no sé si te has dado cuenta. Tienes que buscar la manera de pasar desapercibido —me recomienda, con un gesto de advertencia.

—Es difícil —respondo, bajando la mirada.

—Lo sé. Muchos no aprueban que estés aquí. No te creas, el hecho de que yo esté lejos no significa que no sepa cosas. La gente de Chatarra es orgullosa, más por el legado que dejó Gyselth, incluso con su fracaso. Están dispuestos a proteger sus tierras con uñas y dientes.

Señala el parche en mi uniforme, el que representa la naturaleza de mi marioneta.

—El simple hecho de que un joven de la superficie forme parte de la Sociedad del Hilo y quiera unirse a la unión militar para proteger Chatarra es un chiste de mal gusto para muchos. Y que tengas una marioneta… eso los irrita aún más.

Levanto la mirada, con un brillo desafiante en los ojos.

—Los marionetistas existían en Conquista antes que aquí.

Haalynd me sostiene la mirada, arquea una ceja y sonríe con ironía.

—Sí, pero aquí aprendieron a convertirlos en símbolos de poder. Y tú… —me señala con el dedo, casi tocándome el pecho otra vez—, tú eres la prueba viviente de que los símbolos pueden incomodar más que las armas.

—Al revés, de aquí se posicionaron en Conquista, y por todo Casadó, hasta que ese maldito primer ministro decidió enterrarnos porque poníamos en peligro la existencia de la gente.

Esa es la mejor traducción de todo. Pero hoy tenemos mucho que hacer, así que vamos —comenzamos a caminar de nuevo—.

Hoy es el primer día de entrenamiento, y sorprender a todos es un punto a tu favor.

Salimos del pasillo y el sol nos golpea fuerte en los ojos.

La extensión enorme frente a nosotros está rodeada de muros que forman un espacio circular con tres gradas, cada una correspondiente a las regiones de la superficie.

Los de cabello gris pertenecen a Bosqueoscuro; los de cabello rojizo, a Erneticulus.

Las gradas, enormes y de acero negro, están llenas de hombres y mujeres, cinco por cada región.

El sitio está decorado con detalles que conmemoran el torneo: estandartes, símbolos de victorias pasadas y un tapiz de Gyselth en la esquina central.

Junto a él, una estructura rectangular con amplias ventanas protegidas revela a varias figuras importantes observándonos en este primer día de entrenamiento.

Distingo a los tres directivos, serios y atentos, y al Gobernador de Chatarra: un hombre bajito, de cabello oscuro, barba prominente y espalda jorobada, que gesticula exageradamente mientras habla con los directivos.

Pero cuando mis ojos se deslizan hacia el otro Gobernador, me encuentro con una mirada oscura y familiar.

Caldyno. Parece complacido con mi presencia.

Levanta una copa con un líquido verdoso y sonríe mientras bebe, como si todo esto fuera un espectáculo preparado para él.

En lo alto de los muros, puntos de vigilancia vigilan cada rincón. Otros especialistas cubren áreas específicas, atentos a cualquier movimiento.

—Tenemos que reunirnos con nuestro grupo —ordena Haalynd, con voz más calmada. La sigo, aun procesando lo que acabo de ver.

—Solo tú y yo entraremos al torneo —añade, con naturalidad.

Me quedo boquiabierto. ¿Ella participará también?

—Sí, no te sorprendas. Sabes que soy mejor que tú —remata, con una sonrisa arrogante.

—¿Y los otros? —pregunto, todavía incrédulo.

—No son tan relevantes. Solo estarán ahí si nos pasa algo.

Sus palabras me golpean. Ahora entiendo por qué insiste en que mis propios compañeros podrían envenenarme.

Nos acercamos a nuestra grada. El emblema del caballero sosteniendo un felino corona la parte superior. Me incorporo, y algunos me reciben con empujones, despeinándome el cabello, mientras otros simplemente me ignoran.

—El entrenador Olmo vendrá pronto. Los nervios lo hicieron ir al baño —dice Fermyn Park, con tono burlón. Es de segundo año, sus puntuaciones en las pruebas no son buenas y no tiene marioneta. Lo sé porque nadie aquí lleva el parche en el brazo izquierdo que indica que posee una.

Rayos. Más razones para sospechar que el que intentó envenenarme está entre ellos.

Me concentro en evaluar a los demás. Una chica bajita, de ojos vivaces, se acerca.

—Soy Aitana —dice con una sonrisa, y me da un golpecito en el pecho, ligero pero firme.

—Bienvenido al caos —añade, con un guiño.

—Ella es Aitana, es muy buena, solo que, si te mueres, ella podría reemplazarte, aunque durará menos de cinco minutos antes de que uno de nosotros la sustituya —dice Fermyn, riéndose con Aitana. Tomo rápidamente a Haalynd del brazo y la alejo de la grada para hablar con ella.

—¿En verdad son nuestros compañeros para el torneo?

—le pregunto, y ella sacude la cabeza como si no entendiera mi pregunta—.

Haalynd, se supone que es el Gran Torneo de los Marionetistas, ¿por qué no escogieron a Grealish, a Murmush, o a estudiantes con marionetas? Ellos son igual de inexpertos que yo.

Antes de que Haalynd pueda responderme, el que parece ser nuestro entrenador nos convoca. Todos formamos un círculo cerrado, y él se posiciona en el centro.

Es un hombre robusto, de piel morena, con unos anteojos redondos que brillan bajo el sol.

Sostiene una tableta virtual y comienza a detallar patrones en ella, tachando nombres y anotaciones con rapidez.

Me recuerda mucho a Yvan, siempre perdido en sus cálculos.

Sus ojos recorren nuestros rostros uno por uno, hasta detenerse en Haalynd y en mí. Baja la tableta y frunce el ceño.

—Ustedes serán los participantes del torneo —declara con voz grave, que retumba en el círculo—.

Son seis en total, uniendo a las otras jurisdicciones de la Sociedad del Hilo.

Por favor, sin intimidarse. Todos hemos sufrido el mismo camino de la escasez de marionetas.

Y no necesariamente se debe ser un marionetista para participar en este honorable torneo, que demostrará la capacidad física y mental de un manipulador de una magia ancestral y principal para nosotros.

Haalynd me golpea levemente con el codo en las costillas. Lo entiendo. Es la respuesta que le pedí: no se usarán marionetas. Seremos nosotros, desnudos ante la prueba. Pero lo que más me inquieta es cómo esto me ayudará a acercarme más a Fylian.

El entrenador Olmo camina despacio, ajustando sus anteojos con un gesto nervioso.

—Hoy es el primer entrenamiento. Serán tres en total. En la noche se explicará la dinámica del torneo de este año, y será mejor que tomen nota.

Haalynd y yo seguimos detrás de él, mientras los otros compañeros se alinean detrás de nosotros.