Capítulo 23 #3
El silencio se prolonga unos segundos, hasta que Esteban, con voz baja y rústica, suelta algo inesperado:
—Mira… eres como un cielo lleno de estrellas.
Lo dice torpe, casi como si se arrepintiera en el mismo instante, pero hay algo tierno en su tono. No es poesía, no es un discurso. Es Esteban, directo, sin adornos, pero con una sinceridad que me golpea más fuerte que cualquier advertencia de los directivos.
—Un cielo lleno de estrellas… —repito, incrédulo.
—Sí, pero lleno de estrellas desordenadas —añade, rascándose la nuca, incómodo—. Brillan todas, pero no sabes cuál mirar primero. Y aun así… no puedes dejar de mirar.
Me quedo callado, apretando el abrazo. Por primera vez en mucho tiempo, siento que no estoy cargando solo con todo.
—Gracias, Esteban —susurro.
—No me agradezcas, carajo. Solo no te mueras todavía. No sabría qué hacer con ese Goldum si te vas —dice, intentando sonar duro, pero su voz se quiebra apenas un poco.
La noche siguiente, el comedor está más tranquilo.
Las luces tenues se reflejan en las mesas largas y el murmullo de los estudiantes se mezcla con el olor dulce del chocolate caliente.
Estoy con Cynthia, Yvan y Flagbys, y aunque el ambiente parece solemne, entre nosotros todo es menos serio.
Cerca de nosotros flotan discretos los orbes de sus marionetas: el turquesa de Encastrol, apenas visible junto a Cynthia, y los tonos apagados de las de Yvan y Flagbys, mezclándose con la luz de las velas de las mesas.
Cynthia juega con mi muñeca como si quisiera leerme la suerte. Bufando, aparto su mano, y ella me da un golpe amistoso en la nuca. Mis amigos ríen, y yo me quedo asombrado de cómo, a pesar de la banda verde sobre sus ojos, Cynthia siempre sabe dónde golpear gracias al canto de su marioneta.
Yvan tiene un libro abierto, pero lo usa más como escudo para esconder su sonrisa.
Flagbys se acomoda el cabello con esa calma fingida que siempre me desconcierta.
Comemos panecillos con cobertura de frutas secas y bebemos chocolate caliente, perfecto para la temperatura que se ha mantenido estable desde hace días.
—Ahí está —susurra Yvan, levantando apenas la mirada del libro.
Sigo su gesto. Kendall Harrington entra con paso elegante, su túnica azul oscuro ondeando suavemente. Nick me dijo que ella podía darnos información, pero acercarse no es sencillo.
—Es mejor que nos apresuremos —añade Yvan, con tono conspirativo—. Rodrygo ya tuvo contacto, pero con el Decano cerca no era recomendable preguntarle cosas… extrañas.
—¿Y cuál es tu brillante plan, genio? —pregunta Cynthia, arqueando una ceja mientras me da otro golpecito en el hombro.
Yvan cierra el libro con un golpe seco, como si estuviera dictando sentencia.
—Simple. Rodrygo se acerca con el Goldum. Nadie se resiste a un cachorro.
El Goldum, como si entendiera, suelta un pequeño aullido y se acomoda en mis brazos. Flagbys sonríe, divertida.
—Pues parece que ya está listo para ser tu cómplice.
—¿Y qué le digo? —pregunto, nervioso, sintiendo que el corazón me late demasiado rápido.
—Que está enfermo —responde Yvan, con total seriedad, como si fuera la idea más lógica del mundo.
—¿Qué? —Cynthia casi se atraganta de la risa, golpeando la mesa con la mano— ¡Eso es ridículo!
—No, no lo es —replica Yvan, levantando un dedo como si estuviera dando clase—. Ella se interesa, lo acaricia, y ¡bam!, conversación iniciada. ¿No dijiste Rodrygo qué le gustó mucho ver al Goldum?
Flagbys rueda los ojos, suspira y se cruza de brazos.
—Eso suena más a trampa que a plan.
—Los mejores planes siempre lo son —dice Yvan, con una sonrisa torcida que me da ganas de lanzarle el panecillo que tengo en la mano.
El Goldum me lame la mano, como si aprobara la idea. Cynthia se inclina hacia mí y susurra:
—Si te sale mal, al menos tendrás un cachorro adorable como excusa.
Me levanto, con el corazón latiendo rápido. Kendall está a unos metros, conversando con dos estudiantes. Me acerco, el cachorro en brazos, y dejo que su nariz húmeda haga el resto.
—Disculpa… —mi voz tiembla un poco—. Creo que mi Goldum no está del todo bien. Ha estado débil y pensé que quizás… tú podrías saber algo. Ya sabes… la otra vez pareció que sabías muy bien que necesitaba.
Kendall se gira. Sus ojos marrones brillan con curiosidad. Se inclina hacia el cachorro, acariciando su pelaje negro. El Goldum suelta un pequeño gemido, perfecto para la escena.
—Oh… pobre criatura —su voz es suave, casi maternal—. No parece grave, pero sí necesita cuidado. ¿Sabías que los Goldum son muy sensibles al cambio de clima? Digo, es que como ha nacido dentro de su madre estaba muy calientico.
—No… —respondo, intentando sonar convincente, aunque siento que mi nerviosismo me delata.
Ella sonríe, y por un instante siento que el plan de Yvan funcionó mejor de lo esperado.
—Ven mañana al Centro de Sanidad. Te enseñaré cómo cuidarlo. Y… —me mira con atención, bajando un poco la voz—. También podemos hablar de otras cosas. Es que… tengo rato queriendo comentarte unas cosas, digo.
Detrás de mí, Cynthia se tapa la boca para no soltar la carcajada.
—¡Lo logró! —susurra, apenas audible.
Flagbys me lanza una mirada de “te lo dije”, mientras Yvan levanta el pulgar como si acabara de ganar una apuesta.
—¿Ves? El plan era perfecto —dice al tiempo de acercarme a la mesa con mis amigos, con esa sonrisa arrogante que me dan ganas de borrar de un golpe.
—Perfecto hasta que descubra que el cachorro no está enfermo —responde Flagbys, arqueando una ceja.
—Bah, detalles —replica Yvan, encogiéndose de hombros.
El Goldum, ajeno a todo, se acomoda en mis brazos y suelta otro pequeño aullido. Kendall lo acaricia una vez más antes de marcharse, dejándome con la sensación de que mañana será un día importante.