Capítulo 23 #2
—Me hubiese gustado que en principio no llamaras tanto la atención, Rodrygo —continúa Orryn, con un tono entre reproche y resignación—. Pero veo que eso es algo bastante complicado para ti.
Hace una pausa, y su mirada se suaviza.
—Me alegra que hayas conseguido tu marioneta, Rodrygo. Realmente, hay algo más que quiero decirte, aparte de que te puedes quedar con el Goldum. Nos aseguraremos de que no haya más problemas con los especialistas. Esa área se encargará de los otros cinco.
El silencio que sigue es solemne. El cachorro se acurruca en mis pies, como si entendiera que su destino acaba de cambiar.
—¿Hay algo más en lo que lo puedo ayudar? —pregunto, intentando mantener la calma.
—Hay mucho en lo que debemos ayudarnos —responde Orryn, con voz grave—.
Para nosotros no es un secreto todo lo que has hecho con tus amigos.
La búsqueda de Fylian fue algo que autorizamos, pero debemos advertirte que es tiempo de que no intervengan más en ello, Rodrygo.
Es peligroso. Simplemente lo es. Estamos conscientes de lo que Caldyno representa, pero mientras no demuestre lo contrario ante las líneas de desarrollo de nuestra región, no podemos intervenir.
—Caldyno es un Bosqueoscuro, un héroe para los suyos —añade Olyvia, con un tono casi solemne—.
Crea avance con su ingenio y hace florecer lo demás.
Sea cual sea su plan, tiene muchas cosas con qué defenderse.
Es sumamente inteligente… y la inteligencia es la peor arma que pueda existir, incluso más allá de tener una marioneta.
Orryn asiente.
—Es correcto. El Gran Torneo se desarrollará porque así lo quiere el Ministerio de Defensa y el Gobernador. Estarás ahí. Solo eso. Ahora, puedes retirarte.
—No pueden simplemente decirme eso. No lo voy a aceptar —respondo con firmeza. Los tres directivos fruncen el ceño al unísono, como si mi rebeldía fuese un insulto.
—Simplemente, no lo voy a hacer. Seguiré. Hace mucho tiempo que no sé nada de mi amigo, y no sé si su cuerpo ya lo están devorando los gusanos. Pero no voy a rendirme. Si ese tipo tiene algo que ver, lo investigaré.
Tomo al Goldum en mis brazos y me dispongo a salir, pero la voz del director me detiene como un látigo invisible.
—Si intentas sabotear el Gran Torneo, combatiendo o haciendo alguna imprudencia con Caldyno, le pediré al Maestro que te quite tu marioneta, Rodrygo.
Créeme que haremos lo posible por regresarte a Conquista.
Tenemos el poder de borrarte la memoria con el Justo Memorándum. Espero que haya quedado claro.
El aire se vuelve pesado. Salgo al pasillo, con el corazón ardiendo. Detengo a Esteban.
—Me dijiste que iba a investigar a los participantes de Bosqueoscuro.
—Y lo harás —responde él, con voz contenida—. Pero no bajo el consentimiento de ellos. Ahora es que me estoy enterando de todo, Rodrygo.
La rabia me consume.
—Al diablo contigo. He arriesgado mi puto cuello para encontrar a mi mejor amigo. Me prometiste que lo hallaríamos, que me brindarías todo el apoyo posible. ¿Qué diablos pasó con eso, Esteban? Solo te veo metido en tus asuntos. Y si es así… ¿por qué me trajiste aquí?
Esteban intenta acercarse, pero lo empujo con fuerza, dejándolo atrás mientras me marcho.
La noche se aproxima. Hoy tendré la primera sesión de entrenamiento y, más tarde, las inducciones sobre el funcionamiento del torneo. Serán tres días de preparación, con diferentes pruebas y entrenamientos. No sé en qué consistirá todo, pero debo estar listo.
Cuando me siento junto a mis amigos, el ambiente cambia. Yvan come sin parar, con un libro abierto a un lado, como si nada lo perturbara. Cynthia, en cambio, me toca la muñeca suavemente.
—¿Qué nombre piensas ponerle? —pregunta Flagbys, sobresaltándose. Se pega suavemente en la frente con un gesto de “¿por qué no se me había ocurrido antes?”.
—Ten cuidado, Flagbys, te puedes sacar el cerebro —bromeo.
Ella me saca la lengua, y Cynthia, sorprendiendo a todos, le enseña el dedo medio. La escena arranca una risa contenida en la mesa.
Yo, en cambio, no he pensado en ningún nombre.
Recuerdo cuando era pequeño: mamá nos compró un perro marrón llamado Bobby.
Era hermoso, y me encantaba jugar con él.
Tenía la extraña capacidad de reparar todo lo que mi hermano rompía.
Aunque también destrozaba los vestidos que dejaba en las esquinas de las camas, lo que hacía que mi hermano se pusiera como un demonio.
Bobby sabía cuándo había peligro, y lo recuerdo con cariño.
Al final, ¿qué cosa no puede reparar la caricia de una mascota?
El corazón se siente feliz cuando vemos ese corazoncito latir por nosotros.
Pero lo que más le molestaba a mi hermano era que esos vestidos no eran para Myriam… eran para mí. Sacudo la cabeza, no quiero adentrarme en esos recuerdos.
Tomo un vaso de leche fría. El olor a tostadas con huevo me abre nuevamente el apetito. Como tengo el primer entrenamiento después de la comida, es recomendable llenarme de energía. Nada mejor que un buen plato para que todo esté en orden.
—Pronto me uno a ustedes —les digo a los muchachos, mientras tomo la bandera marrón para pedir una nueva tanda de comida.
El gran comedor está impregnado de nuevos rostros.
Las dos regiones que vienen a participar se mezclan en un ambiente cargado de expectativa.
Teóricamente, son diez personas por cada jurisdicción de la Sociedad del Hilo, más un entrenador o mentor especializado.
Solo dos entrarán al torneo. Por mi lado, aún no se me ha presentado quiénes serán los diez de mi grupo ni su entrenador, pero pronto lo descubriré.
Hago la fila cuando un grupo de personas de cabello gris me pone en alerta. Lanzo una mirada disimulada a mis compañeros. Flagbys intercepta mi gesto, asiente y se acerca a los demás para comentarles algo.
Estos jóvenes, de cabello gris alisado y ojos oscuros, no se ven tan demacrados como los encapuchados que enfrentamos antes. Al contrario, lucen saludables, bien cuidados, altos y con porte. Reconozco de inmediato que son de Bosqueoscuro: sus rasgos son inconfundibles.
La fila avanza. De pronto, varios de ellos se cuelan descaradamente. Los estudiantes alrededor comienzan a abuchearlos. La tensión se convierte en caos: una guerra de comida estalla. Panes, frutas y vasos vuelan por el aire. Me cubro el rostro con el brazo, intentando evitar los proyectiles.
Después de un rato, el profesor de Principios de Teoría pone orden. Su voz se amplifica con una onda sonora que retumba en todo el comedor, obligando a todos a detenerse. El silencio es inmediato.
Finalmente, tomo mi comida. No me resisto a servirme un nuevo vaso de leche fría. El sabor me reconforta, como si fuera un pequeño refugio en medio de la tensión que se respira.
—Es que eres imbécil —me interrumpen de golpe. El impacto hace que mi vaso caiga al suelo bruscamente, la leche se derrama y me tambaleo un poco. Estoy a punto de girarme, con el impulso de agradecerle con un buen golpe en la cara, pero entonces veo un rostro familiar.
Es Haalynd. La marionetista de Luna Victoria. ¿Qué diablos hace aquí?
—Ya habrá tiempo para hablar. Ahora, voltea, amiguito —dice con voz firme. Su mano se posa sobre mi cuello, fría y decidida, obligándome a girar la cabeza hacia el suelo.
La leche derramada comienza a oscurecerse, tornándose negra, y de pronto se hunde como si la tierra misma se abriera. Un agujero se forma, emanando un vapor extraño que huele a hierro y ceniza.
Un escalofrío recorre mi espalda.
Ya lo entiendo. Intentaron envenenarme.
El murmullo del comedor se apaga por un instante, como si todos hubieran sentido el cambio en el aire. Haalynd me observa con sus ojos intensos, la sombra de Luna Victoria proyectándose detrás de ella como un espectro protector.
—No bajes la guardia —susurra, apenas audible para mí—. Aquí no todos son lo que parecen.
El agujero se expande lentamente, como si la leche negra quisiera devorar el suelo entero. El Goldum en mis brazos suelta un pequeño gruñido, inquieto, y Flagbys, desde la mesa, se levanta alarmada.
La tensión es insoportable. El veneno no era solo para mí. Era un mensaje.
Un par de pasos pesados se apresuran hacia mí. No sé quién es, pero estoy seguro de que no tengo mucho ánimo de conversar. Sin embargo, siento una mezcla extraña: cansancio, rabia, alivio.
Ya es de noche cuando Esteban se posa detrás de mí, el tenue orbe de luz de Kendram flotando en silencio a su lado, apenas visible en la penumbra del pasillo.
No sé qué carajo me pasa, pero corro hacia él y lo abrazo tan fuerte que puedo escuchar sus agallones crujir.
Él suelta un bufido de dolor, pero luego me lo devuelve con la misma intensidad.
Sus manos rozan mi nuca, su respiración se mezcla con la mía, y siento el roce sobre mi cabello rizado, ahora más poblado que nunca.
No sé… creo que Haalynd intentando salvarme del veneno me hizo sentar cabeza.
Después de tantas veces que han intentado matarme, me doy cuenta de que la guardia baja duele más que cualquier golpe.
Es como si todo lo que he estado conteniendo se derramara de golpe: el miedo a perder a mis amigos, la incertidumbre del torneo, la rabia contra Caldyno, la ausencia de Fylian. Todo se acumula y me rompe en silencio.
—No sé cuánto más puedo aguantar, Esteban o realmente qué más puede hacer, a veces la creatividad para buscar alguna solución o algún camino cuesta —murmuro contra su hombro, la voz quebrada—. Siento que cada día me arrancan un pedazo de mí.
Esteban aprieta el abrazo, torpe pero firme.
—Pues… no se te ha caído nada todavía —dice con esa rudeza que parece un chiste mal hecho, pero que en él suena como un intento de consuelo.
Yo río entre lágrimas, sin poder evitarlo.
—Eres un idiota. No, no es eso. Eres más que un idiota. Solo que ahora no tengo la palabra correcta.
—Sí, pero soy tu idiota —responde, y me da un golpe suave en la espalda, como si quisiera sacudirme el peso de encima.