Capítulo 23
Un Goldum no se adopta: se gana. Y lo mismo ocurre con la confianza de quienes han aprendido a desconfiar de todo.
—Manual de cuidado y vínculo con Goldum, distribuido por el Ministerio de Protección y Paz.
—¿Y qué nombre le vas a poner? —pregunta Flagbys, mientras, con muchísimo cuidado, pasa una toalla húmeda por el pelaje negro del Goldum.
El cachorro, con su aspecto lobuzco, me parece grandioso a pesar de su tamaño diminuto.
Su pequeña cola, que algún día será imponente, se mueve complacida bajo las caricias de Flagbys.
—Su pelaje es suave. Parece que la mamá tuvo buena alimentación —añade ella. Al pronunciar la palabra mamá, el Goldum suelta un pequeño aullido, como si entendiera.
Estamos en mi habitación. Quizás nadie más lo escuche, pero Esteban está con los otros cinco cachorros, que seguramente el Comandante de Protección y Paz asignará a especialistas de combate.
Este, sin embargo, Esteban dijo que lucharía para que se quede conmigo.
Ningún marionetista ha tenido jamás un Goldum: esos enormes lobos que acompañan a los especialistas en largas travesías, capaces de recorrer más que un caballo y casi tan veloces como un tren.
Crece mucho. No cabrá aquí en mi cuarto.
Bueno… sí podría entrar, pero necesitarán alimento constante y abundante.
El cachorro pasa su húmeda nariz por los dedos de Flagbys, y ella sonríe.
—Es la cosa más bonita que he visto después de ti.
La frase me sorprende. Al principio me parece graciosa, pero cuando el calor sube a sus mejillas, entiendo que fue sincera. Flagbys se apresura a disculparse.
—Lo lamento. Son solo juegos. Intento aprender chistes malos de Cynthia. Creo que voy a tener que dejar de juntarme con ella si quiero mantener mi dignidad.
No respondo. En cambio, hago algo impulsivo, algo que llevaba tiempo deseando desde que la vi vestida tan cómoda para entrenar.
Con cuidado, aparto al cachorro Goldum. Flagbys me observa con sus iris redondos, sorprendida, mientras acerco mi mano y la coloco detrás de su cuello.
Ella suelta un leve gemido, interrumpido por el beso fuerte y lento con el que compartimos nuestras respiraciones.
El mundo parece detenerse.
Pero entonces, como nunca, Esteban irrumpe en mi habitación. Su presencia me obliga a soltar a Flagbys de inmediato. Espero verlo sobresaltado, molesto, quizá furioso. Sin embargo, su rostro es inexpresivo, como si nada de lo ocurrido le importara.
—Ven conmigo. Trae el cachorro, por favor, y cámbiate. Vamos a la Torre Principal —dice Esteban con voz firme.
Eso significa que tendré que hablar con los directivos sobre el Goldum.
Genial. Flagbys se despide de mí con un beso suave y encantador en la mejilla.
Esteban, de espaldas, no muestra reacción alguna; desconozco qué gesto pudo tener.
Quizás no le importe. Quizás aquel beso fue un impulso precipitado, como el que me dio antes de mi clase decisiva.
Me pongo el uniforme y marcho junto a Esteban hacia la Torre Principal.
La tarde cae lentamente, tiñendo los pasillos de tonos dorados.
Algunos estudiantes aún toman clases especiales o adicionales para reforzar conocimientos.
Yo no opté por ellas, aunque lo necesité.
La meditación y la simulación de combate me dejaron exhausto.
En Conquista no existen esas prácticas en los colegios.
Y, en realidad, la Sociedad del Hilo no parece un colegio: es más bien una formación militar, diseñada para proteger a su gente.
Pero lo más inquietante no son los ataques de la superficie.
Hay algo más tenebroso: la inteligencia de Caldyno.
Pocos lo saben, o prefieren no aceptarlo.
Desde que llegué a Chatarra, todo se escapa de lo que imaginaba.
Este lugar parece vivir en un modo ahorrativo, cuidando cada recurso, como si supieran que el verdadero enemigo no está afuera, sino dentro de las sombras.
De pronto, Esteban y yo nos detenemos. Una figura cruza el camino: una túnica roja con capa blanca, adornada con el emblema de Chatarra. El aire se vuelve solemne. Esteban recula unos pasos, se acerca a mí y me mira a la altura del hombro antes de asentir.
—Honorable Decano Bellygam —dice Esteban, inclinándose en una reverencia. Yo lo imito de inmediato.
El rostro del Decano Bellygam parece de porcelana, sus potentes ojos negros me analizan de arriba abajo. El regorde de sus mejillas le da un aire casi inofensivo, aunque recuerdo perfectamente cómo casi se le salieron los ojos cuando obtuve a Tommy, mi Ángel Mecánico.
—¿Tomando un poco del sol de la tarde? —pregunta Esteban, con una voz mecanizada, como si fuese parte de un protocolo.
El silencio que sigue es pesado. Los ojos del Decano se clavan en mí, y siento que no solo me observa: me evalúa, como si cada gesto mío fuese una prueba.
—Ya saben lo que dicen… la energía de los marionetistas originalmente viene del sol cálido y a la vez suave, ¿no lo han escuchado? —pregunta Bellygam con voz grave.
Yo niego con la cabeza de inmediato, mientras Esteban, por protocolo, asiente como si sí lo hubiera escuchado.
Entonces, más atrás, aparece alguien que llama por completo mi atención.
Recuerdo lo que Nick me dijo después de que lo salvamos: que hay una estudiante cercana al Decano, una marionetista de gran talento.
Su cabello, de un marrón rojizo suave, le cae hasta las mejillas y se detiene de golpe al vernos.
Sus ojos se clavan primero en Esteban, luego en mí, y finalmente en el Goldum que llevo en brazos.
—Bellygam, ¿no crees que es lindo? —dice ella con naturalidad, ignorando por completo la tensión en el cuerpo de Esteban, que se había adelantado para impedir que se acercara demasiado. No le importa. Se inclina y comienza a acariciar al cachorro, que se relaja de inmediato bajo sus manos.
—El frío les gusta mucho —añade con una sonrisa—, pero debes tener cuidado en verano. Crecen rápido y son fieles. También son veloces… y no los regañes tanto, porque son tan sentimentales como una pareja de recién casados, créeme.
El comentario me arranca una sonrisa, aunque Esteban frunce el ceño.
—¿Sentimentales? —pregunto, curioso.
—Claro —responde ella, divertida—. Si los ignoras, se ponen celosos. Si los mimas demasiado, se vuelven pegajosos. Y si los dejas solos… bueno, digamos que pueden llorar más fuerte que un niño.
El Goldum suelta un pequeño aullido, como si confirmara sus palabras. Ella ríe suavemente.
—¿Ves? Ya está reclamando atención.
Esteban suspira, con un tono seco.
—No deberías hablar de ellos como si fueran mascotas. Son compañeros de combate.
La joven lo mira con picardía.
—¿Y acaso los compañeros de combate no merecen cariño? —pregunta, arqueando una ceja.
El Decano Bellygam, que había permanecido en silencio, deja escapar una leve risa contenida.
—Tiene razón. La disciplina es vital, pero el afecto también lo es. Los Goldum no solo obedecen órdenes, también responden al corazón de quien los guía.
El cachorro se acomoda en mis brazos, y por un instante siento que toda la tensión se disuelve. La estudiante me mira directamente, con una chispa en los ojos.
—Si ya te eligió, no lo ignores. Podría ser tu mayor fuerza… o tu mayor debilidad.
—Kendall, ¿no ibas a alcanzarme para tomarnos algo de té? —le pregunta el Decano del Hilo a la chica que se gira para mirarlo y asentir.
—Perdón, Bellygam. Ya justo iba. Pero parece se encontró con compañía en el camino.
Él asiente levemente.
—¿Eras el Capitán de Kyra y Fylian, no es así? —la pregunta del Decano Bellygam rompe el sistema inquebrantable de gestos de Esteban. Él no responde, pero el silencio basta. Bellygam asiente, como si ya tuviera la confirmación.
—Trajiste a Rodrygo contigo. Una petición bastante extraña… y sinceramente no comunicada. El Gran Maestro se enteró hace poco y casi le da un infarto.
El Goldum comienza a despertarse entre mis brazos, su nariz redonda y negra se mueve inquieta sobre mi piel. Bellygam lo observa con detenimiento, y su voz se suaviza apenas un instante:
—Sin embargo, el suceso que presencié fue algo que le encantó escuchar.
Qué rápido vuelan los comentarios aquí… Les pido prudencia.
Para nadie es un secreto que nuestro sistema es igual de frágil que ese cachorro que llevas, pero capaz de crecer y fortalecerse como él.
Solo es cuestión de cumplir con la defensa del ciclo natural de la vida.
Las marionetas no son armas. Nunca lo olviden.
Se marcha sin decir nada más junto a Kendall. Esteban suspira largamente, como si hubiese estado conteniendo la respiración durante toda la conversación.
Efectivamente, como dice el Decano Bellygam, las marionetas no son armas.
Es lo primero que te enseñan aquí. Su propósito es más importante: son medios de equilibrio.
Pero lo que veo en Chatarra es distinto.
Hay conflictos internos, tensiones que se acumulan, y mucho de qué ocuparse más allá de los peligros de la superficie.
Nos encontramos ahora en la redonda habitación de los tres principales directivos de la Sociedad del Hilo: Orryn, Olyvia y Marysol. Orryn es el primero en hablar. Sus gestos son pesados, robustos, pero intenta suavizar su voz.
—Sería un problema, eso sí es cierto. Se tendría que conversar con el Comandante sobre esto —dice, rascándose la barbilla—. Pero creo que podemos intentarlo.
El Goldum comienza a moverse inquieto, y tengo que dejarlo en el piso. Se rasca una oreja puntiaguda y peluda, pareciendo una bolita de pelos negra. Olyvia y Marysol, que hasta ahora mantenían un semblante serio, sueltan un suspiro de dulzura al verlo.
—Ay, qué criatura tan adorable —dice Marysol, llevándose una mano al pecho, como si el Goldum fuera capaz de derretir cualquier discurso oficial—. Olyvia, mira esos ojitos.
—Lo veo, hermana —responde Olyvia, sin perder la compostura, aunque se le escapa una sonrisa breve—. Concéntrate, por favor.