Capítulo 22 #5
—¡Flagbys, cuidado! —grito, viendo la hoja de su espada danzar en el aire, brillando con un resplandor mortal. Flagbys está de espaldas, indefensa.
Me apresuro a enviar a Tommy, pero el último hombre dispara hacia mí.
Un relámpago amarillo lo pulveriza, aunque la onda me arroja al suelo con una velocidad brutal.
Reconozco perfectamente de dónde proviene: Esteban, con su Kendram apoyado en el hombro, las manos firmes en dirección al enemigo.
Me mira por un instante, tan intenso que prácticamente siento cómo me pregunta si estoy bien.
Asiento, me reincorporo y me coloco en posición, decidido a no volver a bajar la guardia.
El cansancio me golpea, quizás algún efecto secundario del control de la marioneta de Flagbys, pero puedo resistirlo.
Tommy embiste a la mujer delgada, obligándola a retroceder. Yo, desesperado, lanzo tres dagas. Deberían haberla alejado, pero la puntería es letal: una se clava en su estómago, otra en su corazón y la tercera en su pierna.
La encapuchada suelta un grito desgarrador, pero no cae de inmediato. Con una agilidad sorprendente, se arrastra hacia atrás, arrastrando el látigo aún impregnado de energía oscura. Sus ojos grises brillan con odio, y con un movimiento brusco intenta envolver a Tommy en un círculo de sombras.
—¡No escaparás! —gruño, concentrando mi energía.
Siento el peso de mi marioneta responder. Una vibración recorre mis brazos, como si el aire mismo se quebrara. La conexión se intensifica: el calor ardiente en una mano, la ligereza de la pluma en la otra. Con ambas fuerzas, proyecto un ataque combinado.
Tommy gira en el aire, sus alas cortan el viento como cuchillas, desviando el látigo. Aprovecho el instante y lanzo otra daga, esta vez bañada en una poderosa luz dorada. El proyectil atraviesa la nube oscura y se incrusta en el hombro de la mujer.
Ella se tambalea, jadeando, pero aún intenta levantarse. Flagbys, recuperada, dirige a Kyramm con precisión: la lanza de fuego golpea el suelo, levantando una línea incandescente que corta el avance de la encapuchada.
La mujer delgada se ve acorralada. Sus movimientos se vuelven erráticos, desesperados. Intenta escapar hacia la sombra de los árboles más cercanos, pero Tommy desciende en picada, bloqueándole el paso.
Yo corro hacia ella, el corazón latiendo con furia, y lanzo una última daga de energía dorada. Esta vez no hay error: el filo ardiente atraviesa su pecho.
El impacto es brutal. La encapuchada cae de rodillas, escupiendo sangre ennegrecida, sus ojos aún abiertos, fijos en mí.
—No podrán detener lo que se está horneando… ni por mucho que lo intenten. Quería llevarte a ti, joven de cabello rulado… porque eres a quien deben eliminar primero. Porque si no… el… drag… no… fun… —su voz se apaga, quebrada, y su cuerpo se desploma.
Muere. Con los ojos abiertos.
Corro hacia Flagbys, el aire cortándome los pulmones.
—Mierda… la cagué.
El silencio que sigue es pesado. El polvo aún flota en el aire, iluminado por la luz del sol. Me aseguro de que esté bien. Ella me revisa, yo la reviso a ella. Ambos respiramos con dificultad, pero estamos vivos.
—El Goldum está muerta —la voz de Esteban corta el aire como una sentencia.
Ha llegado justo a tiempo, otra vez. Parece que también estaba trotando: viste una camisa sin mangas y pantalones cortos, su piel completamente blanca brilla bajo el sol, y sus ojos marrones se clavan primero en Flagbys, luego en mis manos que aún la sostienen.
Unos pequeños aullidos nos interrumpen. Giro la mirada y descubro que, a pesar de la muerte de la madre, seis cachorros se mueven débilmente entre la hierba. Sus cuerpos tiemblan, frágiles, apenas resistiendo el calor abrasador que cae sobre nosotros.
—Tenemos que llevarlos a la Sociedad del Hilo lo antes posible —dice Esteban con firmeza—. Si no, morirán bajo este sol tremendo.
Me inclino para recoger a uno, pero otro cachorro, más enérgico que sus hermanos, se adelanta. Me mordisquea los dedos, me huele con insistencia y, de pronto, pega un salto directo a mis brazos. Su calor me sorprende. Se acomoda contra mi pecho y, sin darme cuenta, se queda dormido.
—Bueno… esto será otro problema —murmuro, mientras lo sostengo con cuidado para no herirlo ni despertarlo.
Esteban niega con la cabeza, su expresión mezcla de incredulidad y reproche.
—Por lo que he leído, los Goldum solo son asignados a los especialistas de combate.
Últimamente han estado escasos, y eso ya es un problema.
Pero lo que sí puede complicar las cosas es que este cachorro parece haberte elegido a ti.
Y ningún marionetista debe relacionarse con un Goldum.
Son compañeros exclusivos de los especialistas.
El cachorro respira tranquilo en mis brazos, como si no existiera el mundo alrededor. Yo lo levanto con cuidado, sintiendo el peso de una decisión que no debería tomar.
Esteban suspira, con un tono que mezcla cansancio y advertencia.
—Es que de verdad no puedes meterte en más problemas, Rodrygo… y menos ahora, cuando están llegando las personas que presenciarán el Gran Torneo de Marionetistas.