La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 22 #4
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Capítulo 22 #4

—Tranquila. Estabas hablando conmigo de igual forma —le digo casi sonriendo. Flagbys deposita sus ojos azules en mí; el iris brilla con una tonalidad hermosa bajo el sol que nos golpea desde lo alto.

De pronto, un poderoso sonido nos interrumpe. Es un aviso, metálico y profundo. Flagbys abre la boca, sorprendida, y se apoya en mí antes de apresurarse a correr hacia la cima. Yo la sigo.

Cuando alcanzamos la altura, la vista es imponente. A lo lejos se distingue la Sociedad del Hilo, y más allá, la estructura triangular y sellada donde se celebrará el torneo. Se alza a pocos metros del enorme castillo negro, coronado por seis torres descomunales. Es imposible no verlo.

Un tren comienza a frenar, el chillido metálico se extiende por todo el valle.

Las enormes puertas de la Sociedad del Hilo se abren con solemnidad.

Sabemos que el Decano y el Comandante estarán presentes durante todo el proceso del torneo.

Y entonces lo vemos: las personas de Bosqueoscuro descienden del tren, reconocibles por el emblema de la rosa y la espina negra rodeada en un círculo dorado.

Caldyno.

Su presencia es tan evidente desde donde estamos que me provoca una irritación en el pecho.

Ha llegado. Está aquí. Y con él, un grupo de estudiantes que apenas logro contar: diez en total.

Entiendo que solo dos participarán en el torneo; los demás servirán de apoyo en los entrenamientos.

Los vemos instalarse, y luego los perdemos de vista.

Flagbys suspira, bajando los hombros.

—Es increíble cómo sabemos quién es el causante de los desastres en Chatarra y no podemos detenerlo.

Lo poderoso que es Caldyno para infiltrar la maldad y la delincuencia dentro de un sistema, disfrazándola de registro y administración.

Hasta a mí me da miedo. Y ni siquiera tiene contactos tan pesados como el Gobernador de Chatarra.

Te apuesto que no tardará en unirse para revisar las instalaciones.

Hace una pausa, su voz cargada de frustración.

—Por más que el Cónclave quiera evitarlo… él simplemente fue creando. Una vez que permites hacerlo una vez, tendrás que hacerlo siempre.

Estamos a punto de retomar el trote cuando un sonido profundo y rasposo sacude la tierra…

como si un látigo hubiese golpeado el suelo con furia.

Un aullido lejano nos alcanza, cargado de un dolor indiscutible.

Miro a Flagbys: su ceño está fruncido, la atención clavada en la dirección del ruido.

El aullido se repite. Sin discutir, sin decir palabra alguna, salimos disparados hacia el origen.

Nos detenemos de golpe. No evaluamos el entorno, no trazamos estrategia como haría Yvan ni estamos tan preparados como Cynthia.

De inmediato, varios disparos retumban en nuestra dirección.

Flagbys invoca a su marioneta: sus dedos se tornan de un rojo intenso y el Fuego Fatuo se manifiesta, majestuoso, como una diosa guerrera con una lanza ardiente.

Con un gesto, arroja una línea de fuego que divide la formación de tres encapuchados de cabello gris.

Gente de Caldyno. O bueno… la Liga de los Grises.

¿Qué hacen en perímetro tan cercano a la Sociedad del Hilo y como han podido infiltrarse?

Lo que me sorprende es lo que estaban haciendo: golpeaban a un Goldum. ¿Qué demonios les pasa? El animal lanza un aullido voraz, tan desgarrador que siento mis sienes explotar de rabia.

Tommy aparece, rápido, lanzando cinco cuchillos. Pero el encapuchado del látigo usa su arma para bloquear el ataque y retrocede con agilidad. Me detengo un instante para evaluar. El Goldum está herido: la sangre negra brota a torrentes, y sus gemidos no cesan. Maldición.

Estoy a punto de proyectar un nuevo ataque cuando un grito desesperado de Flagbys me corta el aire. Giro la mirada: a cierta distancia, ella está atrapada por un latido negro, una energía oscura que manipula una mujer delgada, de cabello gris. La reconozco: la vi en el establecimiento de Emmett.

El corazón me golpea con fuerza. Estamos demasiado cerca de los límites de la Sociedad del Hilo, y eso no me parece nada bueno.

Aquí debería haber puntos de vigilancia establecidos por los especialistas de combate.

Los Goldum, de hecho, son conocidos por ser compañeros de viaje de esos especialistas.

Entonces me asalta la pregunta, brutal y urgente:

¿Para qué diablos la quieren? ¿Qué propósito hay detrás de todo esto?

—Me parece tan graciosa la capacidad que tienen ustedes.

¿Se creen acaso una especie de… errores?

—la voz de la mujer delgada se eleva, mientras el viento azota su cabellera gris con violencia.

Sus palabras son un veneno que se clava en el aire—.

Están muertos si creen que tienen alguna posibilidad.

Y más contra mí, por supuesto. ¿En verdad creen que me da miedo sus mágicos juguetes?

El látigo se tensa con mayor fuerza alrededor del cuello de Flagbys. La mujer alza las manos, sus dedos emanando una luz roja, y la marioneta de Flagbys, con la lanza preparada, apunta hacia ella. Pero la encapuchada se mueve con astucia: se coloca detrás de Flagbys, usándola como escudo humano.

—Tengo una idea… —la voz de la mujer delgada se vuelve más áspera, y el látigo que aprieta el cuello de Flagbys se tensa con una fuerza brutal. Los ojos de ella se abren como platos, el terror reflejándose en cada destello azul. Mierda. Tengo que hacer algo, pero no puedo ser directo o Flagbys…

La encapuchada sonríe con malicia, inclinando la cabeza hacia un punto distante.

—¿Por qué no arrojar una onda de fuego hacia…

allí? —su dedo señala la dirección de las instalaciones del tren, conectadas a la Sociedad del Hilo, el mismo lugar donde hace poco vimos a Caldyno y a su gente desembarcar.

Su voz se quiebra en un tono casi teatral—. Sí… sería una verdadera obra de arte.

El látigo vibra, transmitiendo un poder oscuro que me hace perder la cordura. Flagbys jadea, sus manos temblorosas apenas sostienen la lanza de Kyramm.

—¿O acaso no te crees capaz? —la mujer se burla, ejerciendo aún más presión. El rostro de Flagbys se contrae de dolor, y yo siento cómo la rabia me consume.

El viento azota la escena, levantando polvo y cenizas alrededor de nosotros. La mujer delgada ríe, con un tono que hiela la sangre.

—Oh, pobre, pobre marionetista de papel… —sus palabras son cuchillas que se clavan en mi mente—. Un simple viento puede hacerte desaparecer. No controlas nada. No eres dueño de tu poder. Si lo fueras, si lo mostraras de verdad… entonces sí serías un reto para mí.

El látigo brilla con un resplandor negro, como si cada fibra estuviera viva, latiendo con la intención de quebrar a Flagbys.

La tensión es insoportable: el aire se llena de chispas rojas emanadas de los dedos de la mujer, y la marioneta de Flagbys, atrapada, parece debatirse entre obedecer y resistir.

Yo aprieto los dientes. El dolor del Goldum herido resuena en mis oídos, mezclándose con la voz cruel de la encapuchada. Todo se siente como un juego macabro, y sé que, si no actúo ahora, Flagbys no tendrá oportunidad.

Me apresuro a avanzar, pero un disparo impacta cerca de mí, obligándome a retroceder. Tommy se acerca, sus cuatro alas desplegadas cubren parte de mi espalda como un manto protector. La desesperación me consume: si no hago algo rápido, el látigo terminará por quebrar la vida de Flagbys.

El dolor del Goldum me golpea de nuevo. Su aullido es desgarrador, y cada sonido me enciende la rabia en las sienes. Otro latigazo resuena, y mi mirada se clava con furia en la dirección del golpe. La criatura vuelve a castigarse.

—Sáquenle las crías y vámonos. Quiero unos de esos para mi colección —dice la mujer delgada, con una sonrisa cruel.

Mi mirada se fija en el Goldum. Es hembra. Está embarazada. El torrente de sangre negra y sus gemidos me atraviesan como cuchillas. Maldición.

—Hazlo —la voz metalizada de Tommy irrumpe en mis pensamientos. Las marionetas tienen un rango de comunicación breve, pero suficiente para entenderlo—. Pídele a Flagbys que baje las manos. Úsalo. Engaña.

—De acuerdo, de acuerdo… nos tienes. Flagbys, baja la lanza de Kyramm —le ordeno con firmeza.

Sus ojos azules, cargados de un temor palpable, se clavan en mí. Obedece. La lanza desciende lentamente, y en ese instante aprovecho la mínima oportunidad: escondo una mano detrás de mí y concentro toda mi energía.

No sé cómo manipular la marioneta de otro. Las pocas veces que ha ocurrido, siempre fue en medio de un desastre. Pero ahora… ahora no tengo otra opción.

—Bien, vamos a llevarnos a estos tortolos que se creen tan deportivos al trotar tan temprano. Vaya sorpresa que se llevará el jefe… —la voz de la mujer delgada retumba con crueldad.

Lo tengo. Siento la conexión con Kyramm y realmente es muy…

fuerte: un calor sobrenatural arde en mis dedos, mientras en la otra mano percibo el alivio suave, casi etéreo, como la caricia de una pluma.

El control de ambos poderes me pesa, como si cargara dos bloques de hierro.

Cada movimiento de mis brazos es un esfuerzo titánico, pero logro redireccionar un ataque doble.

Lanzo una daga bañada en fuego. El proyectil golpea de lleno el pie de la mujer delgada.

Flagbys aprovecha el instante: se impulsa hacia atrás, la enemiga cae bruscamente al suelo levantando una nube de polvo, y el látigo se suelta.

Flagbys patea la herramienta lejos, me mira, asiente, y recupera el control de su Fuego Fatuo justo cuando los disparos brotan de la nada.

Tommy vuela alto, alejando al hombre del látigo de la distancia del Goldum herido. Pero aún quedan tres enemigos. Flagbys, con una destreza sorprendente, maneja a Kyramm con precisión: rodea a dos de los hombres y los aturde con un golpe sonoro de la lanza.

La mujer delgada se reincorpora y se lanza hacia Flagbys. Está demasiado cerca.