La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Flagbys, aun colgando del arnés, reacciona al instante.

Kyramm emerge detrás de ella con un rugido profundo, su lanza ardiente trazando un arco en el aire, y absorbe la explosión y el fuego como si fueran aire, tragándose la onda expansiva antes de que nos alcance.

El muro tiembla, el viento arde, y el cuerpo de la diosa guerrera brilla desde dentro, iluminado por la energía que acaba de devorar.

Y yo solo puedo mirar a Nick, arrodillado, temblando dentro de la burbuja, mientras la música sigue sonando.

—Funciona —la voz de Yvan se suaviza—. Sus niveles vitales comienzan a recomponerse. —Y luego de unos segundos veo que sí y Nick poco a poco recupera sus tonalidades en la piel.

—Chicos —es Flagbys, que llega forzadamente con nosotros junto a Cynthia—. ¿Nick? ¿Estará bien? —la burbuja de energía se va.

Nick comienza a recomponerse lentamente, su respiración aún irregular, los hombros encorvados como si cargara un peso invisible. El silencio que sigue a la explosión es inquietante, roto apenas por el crujido de los cuerpos metálicos de los Venusfly que yacen muertos al pie del muro.

Yvan, como siempre, no tarda en hablar, su voz nerviosa y paranoica:

—Esto fue demasiado ruidoso… —murmura, mirando hacia el horizonte—. La explosión pudo haber levantado sospechas. Los puntos de vigilancia fronterizos, las torres de seguridad… si alguien nos detectó, estamos acabados.

Cynthia, aun colgando de su arnés, resopla con sarcasmo:

—Genial, otra vez con tus paranoias, Yvan. ¿Quieres que me preocupe ahora o después de que nos maten?

Nick los interrumpe, su voz ronca, quebrada, como si cada palabra le costara salir de la garganta.

—No… este lugar está demasiado alejado. Lo sé porque…

algo me llamó aquí. No fue casualidad. Mi cuerpo arde como si tuviera agujas bajo la piel, y a veces siento que floto en un sueño sin control alguno.

—Se detiene para inspeccionar cada extremo de su cuerpo y creo que su rostro se alivia al ver que ya no hay esas raíces negras por todo su cuerpo—.

O bueno… gracias a ustedes quizás ya no me sienta así de nuevo.

Pero, algo tiene ese lugar. ¿Qué es…? —se encoge de hombro—.

No lo sé, y realmente estoy demasiado cansado para ponerme a echar cabeza.

Lo observo con atención. Se ve débil, sus manos tiemblan, el sudor le corre por la frente mezclado con restos de la sustancia negra que aún mancha sus labios.

Sus ojos, hundidos y cansados, parecen perderse en la oscuridad.

Me acerco y lo sujeto por el brazo, sintiendo cómo su piel está fría y húmeda, como si la fiebre y el veneno de la rosa negra lo estuvieran consumiendo desde dentro.

—Nick, tranquilo. Respira. Estoy aquí.

—¿Sabes qué agradezco ahora? —Yo niego con la cabeza—. No haberte matado cuando te lancé ese cuchillo que claro… no fue para nada a propósito, pero bueno, es difícil convencer a Rodrygo Clynk de que algo es mentira o verdad, ¿no creen ustedes que son sus amigos?

Él me devuelve la mirada. Sus ojos parecen apagados, pero hay un brillo extraño, un destello de lucidez que me hace pensar que está a punto de revelar algo que llevaba demasiado tiempo guardando.

—Rodrygo… Emmett no era solo un comerciante. Era un emisor, un receptor de contrabando. Trabajaba para los subordinados de Caldyno. Se hacen llamar la Liga de los Grises.

Yvan frunce el ceño, la luz de su tableta parpadeando en su rostro. Sus dedos se mueven nerviosos sobre la pantalla, como si buscara confirmar lo que acaba de escuchar.

—La Liga de los Grises… he oído rumores. No son leales a Caldyno en su totalidad, ¿verdad?

Nick niega con la cabeza, tragando saliva con dificultad. Su voz se quiebra, pero logra continuar:

—No. No sirven a nadie en realidad —dice con firmeza—.

Son una especie de Consorcio de las Sombras, una organización que presta servicios a líderes, a personas con poder y riqueza…

a cualquiera que pueda pagarles. Contrabando, información, armas…

lo que sea. Quizás Caldyno los contrató para que sus huellas no quedaran expuestas en todo esto.

Pero la verdad es que la historia comenzó cuando los Venusfly empezaron a infiltrarse en las fronteras de Conquista.

Yvan asiente, ajustando la tableta entre sus manos, sus ojos brillando con la tensión acumulada.

—Lo investigué… y siempre llegaban a la conclusión de que se trataba de un estudio del perímetro. Pero había quienes los detenían. Es claro que Caldyno sabe cómo llegar a Conquista por sí mismo, pero no cómo trasladar todo esto. Ahora su foco parece estar aquí… en Chatarra.

Nick suelta una risa breve, casi nerviosa, intentando romper la tensión.

—Alguien parece que hizo su parte, ¿no es así? —mira a Flagbys y luego a mí, arqueando una ceja—. Ustedes llevan mucho tiempo en esto. Tienen huevos y… —hace una pausa, apretando los labios con picardía— ovarios también, je, je.

La risa se apaga rápido. Cynthia aprieta los dientes, su respiración aún agitada por la batalla, y su mirada se endurece.

—¿Y tú… investigabas a Emmett?

Nick baja la cabeza, los hombros hundiéndose como si el recuerdo lo aplastara. Su voz sale áspera, cargada de culpa.

—Sí. Me pidieron que lo vigilara, que le sacara respuestas. Lo presioné, lo amenacé… pero no era porque ocultara algo de la Liga. Era porque… la rosa negra ya se había cruzado en mi camino. Y yo sabía que algo malo estaba ocurriendo.

Nick aprieta los puños, la mandíbula tensa, como si cada palabra le costara arrancarse un pedazo del pecho.

—Mi hermano fue el primero que vi cerca de esas rosas.

Ren. Cargaba cajas para Emmett, nada más, un trabajo cualquiera.

Empezó a toser algo negro, y a la semana ya no caminaba como persona.

Lo que quedó de él… ya lo vieron esta noche.

Un Venusfly más, entre tantos. Por eso presioné a Emmett.

Por eso no me importó amenazarlo. Quería saber qué le había hecho a mi hermano, y lo único que conseguí fue hundirme más en todo esto.

El silencio se vuelve más pesado, casi insoportable. El viento sopla sobre el muro, arrastrando polvo y cenizas. El crujido metálico de los cuerpos de los Venusfly muertos resuena como un eco lejano.

Flagbys, aun recuperándose, se abraza a sí misma y pregunta con voz temblorosa:

—¿La rosa negra… fue el origen de tu infección?

Nick cierra los ojos, como si reviviera un recuerdo doloroso. Su respiración se vuelve más lenta, más pesada, y por un instante parece que va a derrumbarse.

—El origen fue un misterio. Al principio todo parecía normal. Yo estaba bien. Pero un día… vi unas rosas negras en el local de comida de Emmett. No eran naturales, no eran simples flores. Había algo en ellas… algo vivo. Fue entonces cuando supe que allí podía encontrar alguna respuesta.

Un escalofrío me recorre la espalda. La imagen de esas flores me golpea como un mal presagio. Puedo verlas en mi mente: pétalos oscuros, brillando con un resplandor enfermizo, como si respiraran.

—¿Y qué pasó después? —pregunto, mi voz apenas un susurro, temiendo la respuesta.

Nick abre los ojos. En ellos hay un miedo que nunca le había visto, un terror que parece venir de lo más profundo de su alma.

—Después… fue demasiado tarde.

Su voz se quiebra en la última palabra. El viento se intensifica, azotando nuestras ropas, levantando cenizas que giran en espirales alrededor del muro. La noche se siente más oscura, más densa, como si las palabras de Nick hubieran invocado algo que aún nos observa desde las sombras.

Cynthia se cruza de brazos, intentando ocultar el temblor en sus manos. Yvan baja la tableta, su rostro pálido, como si las piezas de un rompecabezas demasiado grande empezaran a encajar. Flagbys aprieta los labios, sus ojos fijos en Nick, temiendo que se derrumbe en cualquier momento.

Yo, en cambio, no puedo apartar la mirada de él. Porque sé que lo que está diciendo no es solo un recuerdo… es una advertencia.

—Una última pregunta —la voz que dispara es la de Yvan, firme pero contenida—. ¿Quién te pidió vigilarlo y por qué? Hay cosas que simplemente no conectan, y no sé si es por la presión de nuestras preguntas o por tu estado actual.

Yvan se detiene. Sus ojos azules se deslizan suavemente hacia la caja de música que me regaló mi mejor amigo, y al anillo que parece rozarla como si ambos compartieran un vínculo secreto.

—¿Pueden recordar si en algún momento les pasó algo similar? —pregunta, con un tono que mezcla curiosidad y sospecha.

El recuerdo me golpea con fuerza, tanto que me mareo un poco.

Nick también suele experimentar lo mismo.

Y sí, decido contárselo primero a mi amigo Yvan: no es la primera vez que la caja musical que me dio mi mejor amigo, un día antes de desaparecer, tuvo efecto en alguien más.

Fue en la anciana… sí, en ella. Pero lo extraño es que en esta ocasión no afectó en nada a Nick. Fue diferente.

—Interesante… —murmura Yvan, recogiendo la caja y el anillo.

Los examina con cuidado, y un brillo los envuelve.

Sé que es la magia de su marioneta, proyectando un análisis minucioso sobre cada detalle—.

Quizás la caja de música funcione como un detonador sonoro, pero…

—se interrumpe, frunce el ceño—. Es difícil.

Tendría que revisarlo todo muy bien. Con lo avanzado que es Xyram, no puedo darles un diagnóstico, ni siquiera prematuro.

Nick levanta la mirada, sus ojos cargados de un peso que parece imposible de sostener. Su voz se quiebra, pero logra pronunciar:

—Puedo decir quién tiene más información al respecto… Fue ella quien me pidió vigilarlo, después de que le conté todo. La conocen poco, pero la verán muy unida al Decano del Hilo, que actualmente está en la Sociedad del Hilo. Pueden ir hacia ella… pero no será nada fácil.

El silencio vuelve a caer sobre nosotros, más denso que antes. La caja de música brilla tenuemente en las manos de Yvan, como si guardara secretos que aún no estamos preparados para escuchar.