La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 22
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Capítulo 22

No toda cura llega en forma de antídoto. A veces basta una melodía que alguien recuerda contigo para devolverte a quien eras antes del veneno.

—Nota hallada junto a la caja de música del Santuario del Hilo, letra de mano desconocida.

Nick parece haberse desplomado. Su cuerpo yace inmóvil sobre las piedras del muro, y por un instante creo que ha perdido el conocimiento.

A lo lejos, los gritos de Cynthia y Flagbys suben como ecos desgarrados; puedo escuchar el choque metálico de sus marionetas luchando por mantenerlas con vida.

Yvan está al borde del pánico, su voz mental temblando mientras intenta guiar a su hermana gemela desde la distancia. Todos están al límite.

Estoy a punto de correr hacia ellos cuando algo se mueve a mi lado.

Nick.

Ya no está en el suelo.

Está de pie.

Su respiración es irregular, su pecho sube y baja como si estuviera ahogándose. El sudor le corre por la frente, mezclándose con la sustancia negra que aún le mancha la boca. Su mirada está perdida, vacía, como si no me reconociera… o como si estuviera viendo a través de mí.

—Nick… —susurro, dando un paso hacia él.

No me responde.

En cambio, levanta la muñeca.

El mismo arnés que usó para escalar el muro brilla con un destello azul.

Y me lanza el filo directo al pecho.

—¡Tommy! —grito.

Mi ángel mecánico reacciona antes de que termine la palabra. Sus cuatro brazos se cierran alrededor de mí, me levantan del suelo y me lanzan hacia un costado. El cable pasa rozando mi mejilla y se clava en la piedra con un chasquido que me eriza la piel.

Ruedo por el suelo, jadeando. Tommy aterriza a mi lado, sus alas carmesíes extendidas, protegiéndome con su cuerpo metálico.

Sé que Yvan puede proyectar un escudo de energía con su marioneta, pero no hay tiempo para pedirlo. Nick ya se mueve.

Tommy me impulsa hacia adelante, llevándome de vuelta al combate. Me lanzo contra Nick, intentando sujetarlo, pero él salta hacia atrás con una agilidad que no es humana. Sus pies apenas tocan el suelo. Su cuerpo se dobla, gira, se arquea como si no tuviera huesos.

Y entonces arroja tres cuchillos.

No me tocan.

No necesitan hacerlo.

Los cuchillos detonan en el aire, uno tras otro, con explosiones cortas que me aturden. El sonido me golpea los oídos como martillos. Pierdo el equilibrio. El mundo gira. Mis rodillas chocan con la piedra.

—¡Rodrygo, arriba! —escucho la voz de Cynthia en mi mente, desesperada.

Me obligo a levantarme. Mis manos tiemblan, pero no puedo detenerme. Tommy se coloca detrás de mí, sus alas extendidas, sus cuatro brazos listos para atacar o proteger.

Nick ya no es Nick.

Se mueve como un acróbata poseído, como un animal acorralado, como algo que no debería existir. Saca una espada corta de su cinturón, una hoja negra que vibra con energía corrupta. La sostiene con una precisión que jamás tuvo en vida.

—Nick, por favor… —intento—. Soy yo. Soy Rodrygo.

Él no escucha.

O no puede.

Se lanza hacia mí con la espada en alto.

Tommy intercepta el golpe con uno de sus brazos metálicos, el choque produce un destello de chispas rojas.

Nick gira sobre sí mismo, desliza la hoja por debajo, intenta cortarme las piernas.

Salto hacia atrás. Tommy me levanta por la cintura y me lanza hacia arriba para evitar el tajo.

Aterrizo mal, pero sigo en pie.

Nick no se detiene.

Arroja otro cuchillo detonador. Tommy lo desvía con un ala, pero la explosión nos empuja hacia atrás con una onda que me sacude los huesos.

El muro entero vibra bajo nuestros pies, como si fuera a partirse en dos.

A lo lejos, entre el estruendo, escucho a Flagbys gritar mi nombre, su voz quebrada por el miedo.

Mi corazón late tan fuerte que siento que va a romperme el pecho.

—Tommy… —susurro, apenas con aire—. Vamos.

Mi marioneta responde al instante. Sus alas carmesíes se abren por completo, extendiéndose como cuchillas vivas que brillan bajo la luz tenue.

Sus cuatro brazos se tensan, cada articulación vibrando con energía.

Uno de ellos se transforma, la estructura metálica reacomodándose hasta convertirse en una espada larga, curva, que emite un zumbido profundo.

Siento el vínculo recorrerme los brazos, la espalda, el pecho. Somos uno. Somos una sola fuerza.

Nick carga contra nosotros.

Tommy me impulsa hacia adelante, lanzándome directo al choque.

El impacto es brutal: metal contra metal, carne contra energía.

Nick gira sobre sí mismo, su espada negra cortando el aire con un silbido que me eriza la piel.

Tommy bloquea el golpe con su brazo-espada, y las chispas vuelan como luciérnagas rojas.

—¡Nick, detente! —grito, aunque sé que no me escucha.

Él responde con un gruñido gutural, casi inhumano.

Tommy danza a mi alrededor, moviéndose con una precisión imposible.

Sus alas cortan el aire, sus brazos atacan en secuencias rápidas, casi coreografiadas.

Yo manejo los hilos invisibles del vínculo, guiando cada movimiento, cada giro, cada estocada.

Siento el peso de la espada en mi propio brazo, aunque no la sostenga.

Siento el impacto de cada bloqueo en mis costillas.

Detrás de mí, escucho a Yvan murmurar entre dientes, desesperado:

—No… no tiene sentido… su energía está… fluctuando… ¿qué es eso?

Sé que está analizando todo, proyectando hologramas que parpadean en el aire. Pero su voz se quiebra cuando escucha los gritos de Cynthia y Flagbys abajo. Sus marionetas están perdiendo fuerza. Los Venusfly siguen trepando. El muro entero tiembla.

Nick salta hacia atrás con una agilidad que no es humana. Su cuerpo se dobla, gira, aterriza en un ángulo imposible. Antes de que pueda reaccionar, se lanza hacia mí, su espada negra brillando con un pulso enfermizo.

Tommy bloquea el golpe, pero Nick no se detiene.

Su cuerpo se mueve con una precisión antinatural, casi como si no fuera él quien lo controla.

Con un giro rápido, su espada negra corta las correas de mi bolso.

Siento el tirón brusco en el hombro, el peso desaparece de golpe, el cuero se desgarra con un sonido seco que me atraviesa el pecho como una punzada.

El bolso cae al suelo. Rueda. Se abre.

Y dos objetos salen disparados hacia el borde del muro, rebotando contra la piedra áspera.

La caja de música.

El anillo.

—¡No! —grito, extendiendo la mano, aunque sé que no llego.

Nick pisa la caja de música con la intención clara de aplastarla. Su bota baja con fuerza, pero en el instante en que la toca, algo imposible ocurre.

Una chispa salta.

Una luz diminuta. Un destello azul que corta la oscuridad como un latido. La caja vibra. Se activa sola al tiempo que veo que el anillo de Fylian hace contacto. Y comienza a sonar.

Una melodía suave, familiar, casi infantil. Una canción que conozco mejor que mi propia respiración. La misma que Fylian me dio. La misma que escuché la noche antes de que desapareciera. La misma que guardé como un secreto, como un tesoro, como un recuerdo que me mantenía vivo.

El sonido flota en el aire, delicado, casi frágil… pero algo en él es poderoso.

Nick se detiene.

Su cuerpo se tensa como si lo hubieran encadenado. Sus ojos rojos parpadean, perdiendo intensidad por un segundo. Y luego se arrodilla, como si la música le pesara encima, como si cada nota fuera un golpe directo a su pecho.

—¿Qué…? —murmuro, sin entender nada, sintiendo cómo el corazón se me acelera por razones que no sé nombrar.

Yvan lo entiende antes que yo.

—¡Es resonancia! —grita, con la voz quebrada por la mezcla de miedo y esperanza—. ¡La música… está interfiriendo con la infección!

Su marioneta aparece a su lado en un destello azul, proyectando un campo de energía gris tenue que se expande como una niebla luminosa.

Yvan mueve las manos, los dedos temblando, y el campo responde, creciendo, envolviendo a Nick en una burbuja translúcida que palpita al ritmo de la melodía.

La música queda atrapada dentro, amplificada, multiplicada, convertida en algo más grande, más profundo, más vivo.

Nick grita. Un sonido desgarrado, mitad humano, mitad algo que no debería existir.

Su cuerpo se arquea, las venas negras bajo su piel se iluminan como raíces encendidas, y la burbuja vibra con cada espasmo.

Y entonces ocurre: los Venusfly que trepaban el muro se detienen de golpe, sus pétalos se abren como si fueran flores sorprendidas por la luz, sus patas tiemblan, pierden fuerza y uno por uno caen, como flores marchitas, como máquinas sin alma, como si la música les arrancara la vida desde dentro.

El muro queda cubierto de cuerpos metálicos inertes, algunos aun humeando, otros con los pétalos abiertos en un gesto final de derrota.

La burbuja vibra más fuerte, la melodía se vuelve más intensa, más brillante, más dolorosa.

Nick se encoge, temblando, luchando contra algo que no puedo ver, algo que lo devora desde dentro o que intenta salir.

Sus dedos se clavan en la piedra, su espalda se arquea, su respiración se corta en jadeos rotos.

Yo no sé si estoy viendo a mi amigo romperse o salvarse, no sé si la música lo está liberando o destruyendo; solo sé que no puedo apartar la mirada y que, por primera vez desde que lo encontré, tengo miedo de lo que pueda pasar si la melodía se detiene.

—Yvan, a la mierda —disparo—. No está funcionando. ¿Acaso no lo ves?

—Lo veo mejor que tú —me responde, con el ceño fruncido.

Entonces Nick se inclina hacia adelante y vomita una sustancia negra, espesa, hirviente, que cae por el borde del muro como un río oscuro.

La masa desciende hacia la montaña de Venusfly aturdidos y muertos, se escurre entre sus cuerpos metálicos y, al tocar el suelo, estalla en una explosión violenta que ilumina la noche con un fogonazo rojizo.