Capítulo 21 #5
Un disparo. Un cable. Un ascenso brutal.
El encapuchado es arrastrado hacia arriba como si fuera una flecha humana, desapareciendo casi por completo en la oscuridad de la cima.
—Tenemos que hacer lo mismo —dice Yvan, jadeando.
—¿Con qué? —pregunta Flagbys, desesperada.
Yvan se detiene en seco, se lleva la mochila hacia adelante y la abre con manos temblorosas. Saca varios arneses idénticos al del encapuchado. No pregunta, no explica: solo reparte.
—Pónganselos. Ahora.
Mis manos tiemblan mientras ajusto las correas del arnés.
El cuero frío me roza la piel sudada y siento cómo la hebilla vibra con el temblor del suelo.
Los Venusfly ya están a menos de veinte metros.
Puedo escuchar sus patas clavándose en la tierra como estacas, puedo sentir el temblor bajo mis pies como si la tierra misma quisiera sacudirme para que corra más rápido.
Disparo.
El cable sale disparado hacia arriba con un chasquido seco, se engancha en la estructura metálica del muro y el tirón casi me arranca el brazo.
Un dolor agudo me sube por el hombro, pero no suelto.
Subo a toda velocidad, chocando con la pared, raspándome las piernas, golpeándome las rodillas.
El viento me corta la piel como cuchillas heladas.
Mis dedos se aferran al arnés con desesperación.
Un grito me atraviesa el pecho.
Flagbys resbala.
La veo caer unos metros, colgando del arnés, sus piernas pataleando en el aire. Tres Venusfly saltan hacia ella desde abajo, sus pétalos abriéndose como cuchillas brillantes bajo la luz de la luna. Sus ojos rojos se fijan en ella como si ya la hubieran reclamado.
Un destello azul ilumina la noche.
El conejo humanoide de Yvan aparece de la nada, lanzándose hacia los Venusfly con una ferocidad que jamás le había visto.
Sus garras metálicas chocan con los pétalos de las máquinas, desviando un mordisco que habría cortado la pierna de Flagbys.
El sonido es un chirrido metálico que me eriza la piel.
El conejo gira, patea, corta, esquiva.
Uno de los Venusfly cae al suelo con un chasquido seco.
Otro pierde una pata y se arrastra como un insecto roto.
El tercero intenta morderlo, pero el conejo lo empuja contra la pared y lo destroza con un golpe final que hace vibrar la estructura.
Flagbys vuelve a subir, temblando, pero viva.
Cynthia queda atrapada a mitad del muro. Su arnés se traba y cuelga, suspendida, mientras los Venusfly trepan por la pared como arañas metálicas, sus patas clavándose en la piedra con un sonido que me revuelve el estómago. Cynthia gruñe, forcejea, pero no logra liberarse.
Su gorila aparece detrás de ella, aferrándose a la estructura con una fuerza brutal.
Con dos manos sostiene a Cynthia. Con las otras dos golpea a los Venusfly que intentan alcanzarla.
Los destroza uno por uno, pero son demasiados.
El metal choca con metal, chispas vuelan, y el rugido del gorila se mezcla con el chillido mecánico de las máquinas.
A lo lejos, veo cómo la granja entera es devorada por raíces negras y máquinas, como si la tierra la tragara. La estructura se hunde, cruje, se retuerce. Un polvo oscuro se eleva como humo. El olor a óxido y podredumbre llega hasta aquí.
Finalmente, Yvan y yo alcanzamos la cima del muro. El viento golpea fuerte, helado, y la vista es inmensa, oscura, desolada. El mundo del otro lado parece muerto, como si la noche hubiera decidido quedarse a vivir allí para siempre.
Yvan proyecta hologramas, analizando el terreno, buscando al encapuchado. Sus dedos se mueven rápido, nerviosos, como si temiera que la imagen desapareciera.
—Está ahí —dice, señalando una silueta tambaleante.
No espero más.
Corro hacia él. Mis botas resuenan sobre el metal con concreto del muro. Tommy aparece detrás de mí, su forma de ángel mecánico brillando con luz blanca, alas metálicas extendidas de color carmesíes, listo para atacar. Su presencia ilumina la oscuridad como un faro.
El encapuchado se gira. Tambalea. Cae de rodillas. Y entonces vomita.
Una sustancia negra, espesa, burbujeante, cae al suelo como alquitrán vivo. El olor es insoportable: dulce, rancio, químico. Su cuerpo comienza a temblar, a burbujear bajo la piel, como si algo dentro de él quisiera salir. Sus manos se aferran al suelo, sus uñas raspan la piedra, dejando marcas.
Tommy se prepara para atacar. Sus alas se tensan, sus ojos mecánicos brillan con un blanco afilado.
Pero algo en mí se quiebra.
—Tommy… no —susurro, sintiendo cómo la voz se me rompe.
La capucha cae hacia atrás.
Y mi mundo se rompe con ella.
El rostro pálido.
Los ojos hundidos.
La piel marcada por venas negras que se mueven como raíces vivas.
La respiración entrecortada, casi inexistente.
—Nick… —digo, con la voz quebrada—. Nick… eres tú.
Mi amigo levanta la mirada. Sus ojos brillan con un rojo tenue, como brasas apagándose. Una lágrima negra cae por su mejilla, espesa, lenta, como si le doliera salir.
—Ro… Rodrygo… —susurra, antes de desplomarse.
Y siento que el mundo entero se inclina bajo mis pies.