La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 21 #4
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Capítulo 21 #4

La llegada a la frontera es un descenso lento.

El tren se detiene con un chirrido metálico y el aire que entra desde los túneles es más frío, más húmedo, cargado de ese olor a tierra vieja que solo existe en los límites entre territorios.

Las luces parpadean, y por un instante todo parece suspendido.

Luego, el movimiento humano comienza: decenas de personas bajan, suben, cruzan de un túnel a otro con las cabezas cubiertas, bufandas, capuchas, telas que ocultan rostros y expresiones. Nadie quiere reconocerse aquí.

Nos mezclamos entre ellos.

Yvan activa la conexión psíquica con su marioneta: un leve destello azul recorre su sien, casi imperceptible. De inmediato, siento un murmullo mental, como si una voz invisible nos rozara los pensamientos.

—Hablen por aquí —dice Yvan dentro de nuestras cabezas—. No abran la boca a menos que sea necesario.

Flagbys se sobresalta un poco. Cynthia solo sonríe, como si ya estuviera acostumbrada a que Yvan invadiera su mente.

Yo me ajusto la capucha y bajo la mirada, intentando imitar el paso rápido y silencioso de los demás viajeros.

Los especialistas de combate están por todas partes: armaduras ligeras, telas negras cubriéndoles la boca, armas plegables en las manos.

Sus ojos recorren cada rincón, cada sombra.

Pasamos junto a ellos sin que nos detengan.

El túnel se abre hacia un pasillo más estrecho, luego hacia una salida lateral que casi nadie usa. Yvan nos guía con precisión, como si hubiera memorizado cada centímetro del lugar. Finalmente, emergemos al exterior.

Frente a nosotros se extiende un prado enorme, silencioso, tan alejado que parece que el mundo se hubiera detenido allí. La luna ilumina una estructura vieja, de madera y metal, que alguna vez debió ser una granja. Ahora solo es una silueta oscura contra el horizonte.

—Genial —murmura Cynthia con su tono de sarcasmo habitual—.

Somos los únicos idiotas que vienen a este lugar de noche sabiendo las historias que cuentan.

Que si el dueño se volvió loco, que si mató a toda su familia, que si su espíritu aún ronda por aquí…

¿quién demonios hace turismo paranormal voluntario?

—No es gracioso —dice Flagbys, abrazándose los brazos, frotándose los codos como si el frío se le metiera en los huesos.

Pero a mí… me suena familiar. Demasiado familiar. Esa historia de alguien que “se volvió loco” y mató a los suyos… es exactamente lo que pasa cuando la rosa negra infecta a alguien. Lo vi. Lo viví. Lo perdí.

Trago saliva. El aire aquí sabe a óxido y humedad, como si la tierra misma estuviera enferma.

Nos acercamos a la estructura exterior. El muro fronterizo queda muy atrás, apenas visible como una línea oscura entre los árboles. La granja es enorme, más de lo que parece desde lejos: un monstruo de madera vieja, con techos hundidos y ventanas rotas que parecen ojos vacíos.

Yvan enciende una linterna pequeña y señala los restos de maquinaria oxidada. El haz de luz ilumina engranajes rotos, ruedas dentadas cubiertas de musgo, y un viejo generador que parece haber sido devorado por el tiempo.

—Este lugar era un punto de suministro —explica en voz baja—.

Antes de que la frontera se volviera tan peligrosa, las caravanas de Chatarra dejaban aquí alimentos, herramientas y piezas mecánicas para los pueblos cercanos.

Era una estación intermedia. Pero cuando comenzaron los rumores… lo abandonaron.

—Rumores tipo “el dueño mató a todos” —añade Cynthia, moviendo los dedos como si contara fantasmas—. O “el espíritu del hijo aún camina por los pasillos”. O “si escuchas pasos detrás de ti, no voltees porque no es humano”.

—Rumores tipo “quizás la rosa negra apareció aquí primero” —corrijo sin querer.

El silencio se vuelve más denso. Incluso el viento parece detenerse.

Entramos.

El interior huele a madera húmeda, a metal viejo, a tierra removida…

y a algo más. Algo que no logro identificar, pero que me eriza la piel.

El suelo cruje bajo nuestros pasos, como si la casa protestara por nuestra presencia.

Yvan levanta la linterna y la luz revela vigas altas, cuerdas colgando como serpientes dormidas, herramientas oxidadas, restos de cajas rotas y manchas oscuras en el suelo que prefiero no analizar.

Entonces escuchamos pasos.

No nuestros pasos. Otros. Más ligeros. Más rápidos. Más… conscientes.

—Linternas —susurra Yvan mentalmente.

Encendemos las nuestras con un chasquido. La luz corta la oscuridad en haces temblorosos que se mueven con nuestras respiraciones. Cynthia se adelanta un poco, ladeando la cabeza como si escuchara algo que nosotros no. Sus dedos se tensan.

—Hay algo… —murmura—. Pero no es un Venusfly. Es más… humano.

Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace. Lo humano puede ser peor.

Un silbido corta el aire.

Algo brilla.

—¡Cuidado! —grita Cynthia.

Un cuchillo pasa rozando su mejilla, tan cerca que corta un mechón de su cabello, y se clava en una columna detrás de nosotros con un sonido seco. Yvan se queda paralizado. El cuchillo iba directo hacia él.

—¿Qué demonios…? —empiezo a decir.

Una figura encapuchada aparece entre las sombras, moviéndose con una agilidad imposible. Su capa negra se agita como alas de murciélago. Salta a una viga alta, luego a otra, como si fuera un trapecista entrenado. Sus movimientos son fluidos, silenciosos, casi inhumanos.

Cynthia reacciona al instante, girando hacia el sonido, siguiendo el movimiento con una precisión que no debería tener alguien que no ve.

—¡Ah, no! ¡No te vas a escapar! —gruñe.

Dispara, con la ayuda de su Canto de Tierra que emerge como siempre con un súper estruendo, un rayo de plasma.

El impacto destruye parte de la viga, astillas vuelan por todas partes, polvo cae como lluvia, pero la figura apenas recibe un roce.

Se mueve demasiado rápido, como si conociera cada rincón de la estructura.

—¡¿Qué demonios han hecho?! —grita el encapuchado desde arriba, con una voz ronca, casi quebrada, como si llevara días sin hablar.

Más cercano. Más profundo. Más vivo. El temblor bajo nuestros pies deja de ser un simple estremecimiento y se convierte en una vibración constante que recorre las tablas del suelo como si algo gigantesco respirara debajo de nosotros.

El aire se espesa, cargado de polvo y un olor metálico que se mezcla con la humedad de la madera vieja.

Las máquinas con cabeza de rosa se detienen al unísono, como si hubieran recibido una orden silenciosa.

Sus pétalos se abren por completo, revelando un núcleo oscuro que late con un brillo rojizo, un pulso lento y enfermizo que parece sincronizarse con el temblor del suelo.

Sus patas articuladas se clavan en la tierra con un ritmo que recuerda a un tambor funerario.

—Venusfly —suelta Yvan.

El encapuchado, todavía encaramado en una de las vigas, retrocede con torpeza. Está débil. Lo noto en su postura encorvada, en su respiración entrecortada, en la forma en que se tambalea sobre la viga.

—No puedo… no puedo luchar contra eso ahora —murmura, casi para sí mismo, como si estuviera hablando con un fantasma, la voz como un hilo desgastado a punto de romperse.

En un movimiento desesperado, salta de una viga a otra, cae al suelo rodando y se impulsa hacia la salida con una agilidad que no coincide con su evidente debilidad. Y sin pensarlo dos veces, corre hacia el muro fronterizo.

—¡Oye! ¡Espera! —grito, pero ya es tarde.

No pienso dejarlo escapar.

No pienso dejarlo escapar.

El encapuchado corre hacia el muro fronterizo con una velocidad que no parece humana, y yo me lanzo detrás de él sin pensarlo. El aire frío me corta la cara mientras corro, y mis amigos vienen detrás, sus respiraciones agitadas mezclándose con el estruendo metálico que retumba a nuestras espaldas.

Los Venusfly.

Decenas. Cientos.

Un enjambre de máquinas con cabeza de rosa que se desplazan como depredadores hambrientos.

Sus patas metálicas golpean la tierra con un ritmo frenético, y sus pétalos se abren y cierran como mandíbulas listas para arrancar carne.

El suelo vibra bajo su peso. La voz de Yvan resuena en mi mente, clara y urgente, como si estuviera dentro de mi cráneo:

—No se detengan.

Cynthia responde con un gruñido mental que casi suena a risa:

—¿Y quién demonios quiere detenerse? —Cynthia se gira con una agilidad tan absurda que me deja con la boca abierta.

Golpea el suelo con el talón y su Canto de Tierra responde al instante: dos estallidos de plasma salen disparados hacia los Venusfly, explotando justo frente a ellos y obligándolos a frenar en seco antes de que nos caigan encima—.

Apuesto a que eso no estaba en tus cálculos, cerebrito precioso.

Flagbys corre a mi lado, su capa negra ondeando como un ala rota. La escucho sollozar entre respiraciones, pero no se detiene. Nadie lo hace.

El encapuchado llega primero al muro. Se detiene solo un segundo, levanta la muñeca y veo el brillo azul de un arnés metálico ajustado a su antebrazo. Aprieta un gatillo.