La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 21 #3
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Capítulo 21 #3

El silencio cae sobre la mesa. Mi respiración se acelera.

Siento que si sigo hablando voy a romper algo dentro de mí.

Me levanto de golpe, la silla rechina, los vasos tambalean, uno casi cae.

Estoy a punto de irme cuando, sin saber por qué, una sonrisa se me escapa.

No es mía. No es natural. Es como si algo dentro de mí —Tommy, quizá— me empujara a decir algo más.

—Pero hay algo que puedes hacer para disculparte —le digo a Yvan, mirándolo directamente.

Él parpadea, confundido, como si no esperara que yo siguiera hablando después de ese estallido. Y yo tampoco sé por qué lo dije. Siento un cosquilleo extraño en la nuca, como si Tommy hubiera tirado de un hilo invisible dentro de mí.

Antes de que Yvan pueda responder, mi vista se enfoca en Grealish, que no para de mover las manos mientras explica algo a Esteban y a Murmush.

Sus gestos son exagerados, pero sus labios se mueven con precisión.

Y, sin saber cómo, entiendo lo que dice.

No todo, pero lo suficiente. Algo relacionado con mi interés. Con Nick.

Nick.

Su nombre me golpea el pecho como un puño.

Grealish menciona que el último rastro de Nick se perdió más allá de la muralla del este, la que separa Chatarra de Bosqueoscuro. Su tono es serio. Sus gestos lentos. Como si estuviera describiendo un camino que se vuelve más peligroso a cada paso.

Yvan escucha a medias lo que le transfiero en habla de señas, pero en cuanto capta la palabra “rastro”, su tableta se ilumina.

Transfiere un poco de magia de su marioneta, un destello azul que recorre su brazo, y la pantalla holográfica se expande sobre la mesa, pero con tonalidades sutiles para que nadie vea lo que proyecta.

Un mapa detallado aparece, y Yvan marca el punto exacto donde Grealish describe.

Flagbys se inclina hacia adelante, frunciendo el ceño.

—Ese lugar… —murmura—. Hay una granja no custodiada cerca. Nadie se acerca por los rumores. Dicen que pasan cosas raras ahí. Por eso no hay vigilancia cercana.

—Perfecto —digo sin pensarlo, con una determinación que me sorprende incluso a mí—. Es el lugar adecuado para buscar a Nick.

Mis amigos ya conocen la historia. Se las conté toda.

Bueno… casi toda. No saben lo de Esteban.

No saben lo que pasó en ese pasillo ni del beso.

No saben lo que me removió por dentro. Pero sí saben lo que importa: que Nick desapareció, que la rosa negra lo infectó, que no puedo dejarlo atrás.

Estoy a tiempo para al menos encontrarlo a él.

Yvan traza líneas en el mapa, calcula rutas, tiempos, riesgos. Su mente trabaja rápido, como siempre.

—Si tomamos los trenes correctos —dice, ampliando el mapa con un gesto—, podemos llegar en tres horas. Explorar. Y volver antes de que amanezca. Pero… —me mira, serio— ¿qué pasa si lo encontramos como a Emmett?

El aire se vuelve más pesado. Cynthia deja de masticar. Flagbys baja la mirada. Incluso Esteban, desde la otra mesa, parece tensarse.

Yo respiro hondo.

No tiemblo.

No retrocedo.

—Confío en ti, Yvan —le digo, con una firmeza que no sabía que tenía—. Confío en que encontrarás una cura para Nick. Para la infección de la rosa negra. Para lo que sea que esté pasando.

Yvan abre los ojos, sorprendido. No está acostumbrado a que confíen en él así, tan directo, tan sin condiciones. Flagbys sonríe. Cynthia asiente.

La noche cae sobre la Sociedad del Hilo como un telón pesado.

Las luces azules de los pasillos se atenúan, y el eco de los pasos de los especialistas de combate se vuelve más marcado, más amenazante.

Están por todas partes: encapuchados, con telas oscuras cubriéndoles la boca, armaduras ligeras que no hacen ruido al moverse.

Parecen sombras entrenadas para detectar cualquier irregularidad.

Nosotros también nos convertimos en sombras.

Yvan reparte las telas negras que preparó: capas ligeras, capuchas, vendas para cubrir los colores de nuestras ropas y los logos de nuestras Sociedades.

Cynthia se ajusta la suya con una precisión casi militar.

Flagbys se envuelve como si fuera una manta, pero aun así logra verse elegante.

Grealish y Murmush parecen dos gatos callejeros listos para colarse en una cocina ajena.

Yo me miro las manos cubiertas de negro. Me siento extraño, pero también… preparado.

—Modo furtivo activado —susurra Yvan, como si fuera un comando oficial.

—¿Puedes dejar de narrar tus propios movimientos? —le responde Cynthia, dándole un leve empujón.

Nos movemos pegados a las paredes, aprovechando cada sombra, cada columna, cada rincón. Los especialistas patrullan en grupos de tres, con linternas que proyectan haces de luz blanca. Cada vez que una pasa cerca, nos detenemos, conteniendo la respiración.

El corazón me late tan fuerte que temo que lo escuchen.

Pero lo logramos.

Llegamos a la salida este, donde las compuertas metálicas se abren hacia los túneles del tren. Yvan hackea el panel con un toque de su marioneta: un destello azul recorre sus dedos y la puerta se desliza apenas lo suficiente para que pasemos uno por uno.

—Vamos —dice en voz baja.

Y salimos.

El tren nocturno hacia la frontera es casi un susurro metálico, un murmullo constante que vibra bajo los pies como si la máquina respirara.

Las luces interiores parpadean con un tono ámbar cansado, y el vagón entero huele a hierro, aceite viejo y un leve rastro de humedad que se cuela desde los túneles.

Nos sentamos dispersos para no llamar la atención: Cynthia y Flagbys comparten un asiento, inclinadas la una hacia la otra, sus voces tan bajas que parecen parte del ruido del tren; Yvan revisa el mapa una y otra vez, como si temiera que el territorio cambiara mientras lo mira, como si el mundo pudiera reacomodarse solo para complicarnos la vida.

Yo no puedo quedarme quieto.

El vagón me asfixia. El aire es demasiado denso, demasiado lleno de voces, de preocupaciones, de cosas que no quiero pensar.

Me levanto y camino hacia la barandilla exterior del vagón, donde una puerta corrediza deja entrar el viento frío de la noche.

Me apoyo en el metal helado y dejo que el aire me golpee la cara.

Es un viento limpio, cortante, que huele a tierra húmeda, a árboles lejanos, a algo que no pertenece a Conquista, eso sí que es claro.

Me ayuda a pensar. O a no pensar. No estoy seguro.

Pero inevitablemente vuelvo a lo mismo.

Esteban.

Su beso antes de la prueba.

Su silencio después.

Su mirada cuando me encontró con su hermano.

Y la posibilidad, absurda, pero posible, de que hubiera visto el beso que le di a Flagbys.

El pecho se me aprieta como si alguien lo sujetara con ambas manos. No sé qué siento. No sé qué debería sentir. Solo sé que me atormenta, que me persigue, que se mezcla con el miedo por Nick, con la rabia hacia Caldyno, con la incertidumbre del torneo. Todo se vuelve un nudo que no sé desatar.

—¿Rodrygo?

La voz me saca del trance. Me giro y veo a Flagbys tropezando ligeramente con el marco de la puerta del vagón.

Es tan torpe que casi se cae, pero se recupera con una sonrisa dulce que ilumina sus ojos azules, grandes, brillantes, como dos fragmentos de cielo atrapados en la oscuridad del tren.

Su cabello rubio se mueve con el viento, suave, casi dorado, como si tuviera luz propia.

—Perdón… no quería asustarte —dice, acercándose con pasos pequeños, casi tímidos, como si temiera interrumpir algo importante.

—No me asustaste —respondo, aunque sí me sorprendió. Y quizá… me alivió.

Se apoya a mi lado en la barandilla. Sus manos son pequeñas, delicadas, y las coloca con cuidado sobre el metal frío, como si temiera romperlo.

Su aura es tan amable, tan limpia, tan inocente, que por un instante me pregunto cómo alguien así puede existir en un mundo lleno de máquinas asesinas, mutaciones, guerras y rosas negras que devoran vidas.

—Nunca había salido de noche en tren —confiesa, mirando el paisaje oscuro que pasa a toda velocidad—. En mi pueblo, los trenes solo pasaban de día. Y siempre iban llenos de comerciantes. Olía a pan dulce y a madera recién cortada.

Cierro los ojos un segundo. Puedo imaginarlo. Puedo casi olerlo.

—Suena… bonito —digo, y lo digo de verdad.

—¿Y tú? —pregunta ella, ladeando la cabeza con curiosidad genuina—. ¿Cómo era Conquista?

Me quedo en silencio un momento. No porque no sepa qué decir, sino porque no sé por dónde empezar. Conquista es tantas cosas a la vez que intentar describirla es como intentar atrapar humo con las manos.

—Caótica —respondo al fin—. Ruidosa. Llena de gente que intenta sobrevivir como puede. Pero también… llena de vida. De colores opacos. De historias. De cosas que extraño más de lo que admito y de lo que creo.

Ella sonríe, y sus ojos brillan como si pudiera ver todo lo que digo, como si pudiera imaginar cada calle, cada mercado, cada grito, cada risa.

—Me gustaría conocerla algún día —dice con sinceridad, sin dramatismo, sin expectativas. Solo verdad.

—Y yo tu pueblo —respondo.

Ella ríe, suave, musical, como si su risa fuera una pequeña campana de cristal.

—No es tan interesante. Pero… tiene un cielo muy bonito. Y flores que solo crecen ahí. Mi mamá decía que las flores saben quién las cuida. Que no crecen igual para cualquiera. Entonces, ella agarraba una rosa morada y me la regalaba, decía que me representaba. Pues, es una flor única.

—Creo que eso pasa con las personas también —digo sin pensarlo, sin filtro, sin miedo.

Flagbys me mira, sorprendida, y luego baja la vista, sonrojada, como si mis palabras fueran demasiado grandes para sostenerlas.

—Tal vez sí —susurra.

El tren avanza, cortando la noche como una flecha. El viento nos envuelve, frío y vivo. Las luces lejanas de los pueblos pasan como luciérnagas fugaces. Y por un instante, entre la misión, el peligro, la incertidumbre y el peso de mis propios pensamientos, siento algo parecido a calma.