La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

El Decano del Hilo y el Comandante de Protección y Paz no se hablan. O, mejor dicho, se hablan con miradas que podrían partir una mesa en dos. Dos ideologías chocando en un mismo espacio. Nadie se atreve a comentar nada en voz alta, pero todos lo sienten.

Nosotros nos sentamos a desayunar en una de las mesas laterales del comedor. El olor a pan tostado, café y frutas frescas intenta suavizar el ambiente, pero no lo logra del todo.

Yvan, como siempre, ya está con su tableta abierta, deslizando pantallas holográficas mientras murmura datos, horarios, estrategias, estadísticas del torneo, y quién sabe qué más.

—¿Alguna vez has intentado relajarte? —dice Cynthia, inclinándose hacia él. Su venda verde cubre sus ojos, pero aun así logra golpearlo detrás de la cabeza con una precisión quirúrgica.

El golpe suena seco. Yvan se atraganta con su propio aire.

Flagbys y yo estallamos en risa.

—¡¿Qué fue eso?! —protesta Yvan, sobándose la nuca.

—Un recordatorio amistoso —responde Cynthia, mordiéndole un pedazo a su manzana—. Digo, ya Rodrygo logró obtener su marioneta, así que el grupo de los inválidos está oficialmente listo para cualquier cosa.

Lo dice en voz baja, lo suficiente para que solo nosotros la escuchemos. Aun así, Yvan la mira como si acabara de insultar a toda su ascendencia.

—No somos inválidos —refunfuña él—. Solo… estadísticamente menos favorecidos.

—Eso suena peor —dice Flagbys, riéndose.

Ella luego me mira directamente. Sus ojos brillan con curiosidad y un toque de preocupación.

—Es cierto, pero ahora… ¿qué sigue?

Todos se quedan en silencio. Incluso Yvan deja de deslizar pantallas.

El comedor sigue lleno de voces, risas, platos chocando, pero en nuestra mesa el aire se vuelve más denso. Siento las miradas de mis amigos sobre mí, esperando una respuesta que ni yo mismo tengo clara.

Tommy, aún dormido dentro de mí como una presencia cálida, no dice nada.

Respiro hondo.

—Supongo que… —empiezo, sin saber exactamente qué decir—. Que ahora toca prepararnos. Para el torneo. Para lo que venga. Para… todo.

Cynthia asiente lentamente.

—Y también para no morir —añade con total naturalidad, dándole otro mordisco a su manzana.

—Eso también —respondo, intentando sonreír.

Flagbys apoya su mano sobre la mía, suave, cálida.

—No estás solo en esto, Rodrygo. Somos un equipo. Aunque seamos… —mira a Cynthia.

—Los inválidos —dice Cynthia, levantando su manzana como si brindara.

—Los estadísticamente menos favorecidos —corrige Yvan, indignado.

—Los que tienen a un amigo que va a patear traseros en el torneo —concluye Flagbys, con una sonrisa que ilumina toda la mesa.

Y por primera vez desde anoche siento que puedo respirar un poco mejor, aunque ese respiro no es limpio ni ligero, sino uno que duele, que pesa, que se siente como si el aire tuviera filo.

Me cuesta admitirlo, pero la escena con el hermanito de Esteban sigue clavada en mí, como si cada vez que lo recuerdo alguien apretara un dedo sobre una herida que aún no cicatriza.

Y encima está lo otro, lo que nadie dice, pero todos sabemos: en cualquier momento podríamos tener que tomar nuestras cosas e ir de nuevo a buscar a Fylian.

Solo pensarlo me hace llevar la mano al bolsillo y sacar el anillo, girarlo entre mis dedos como si fuera una pequeña ancla que me impide desmoronarme.

Mis amigos lo notan, claro que lo notan, pero no dicen nada; solo me observan con esa mezcla de preocupación y respeto que me hace sentir visto y a la vez expuesto.

Y mientras juego con el anillo, me doy cuenta de que Esteban no me ha dicho nada sobre Nick.

Ni un mensaje, ni una señal, ni un “lo estoy buscando”.

Nada. Y ese silencio se suma a la lista interminable de cosas que tengo pendientes, una lista que crece y crece como si quisiera aplastarme.

Me obligo a repetirla mentalmente para no desgastarme recitándola en voz alta, pero aun así siento que cada punto nuevo es un peso más sobre mis hombros.

Es frustrante, agotador, como si en vez de avanzar solo estuviera acumulando más y más problemas que no sé cómo resolver.

Y lo peor es que sé que la clave de todo esto es una persona poderosa, alguien que se mueve detrás de cada desastre como una sombra que nadie quiere nombrar.

Estoy seguro —demasiado seguro— de que él es el causante de todo, pero, aunque lo encuentre, aunque lo enfrente, aunque lo destruya…

no puedo evitar pensar que quizá ya sea tarde para Fylian.

Ese pensamiento me dobla por dentro. Me aprieta el corazón hasta dejarlo sin forma, me revuelve el estómago con una sensación que odio, una mezcla de miedo y anticipación que no quiero sentir pero que está ahí, insistente, como un eco que no se apaga.

La mente humana es así, traicionera. Nos hace imaginar lo peor incluso cuando aún no ha pasado.

Nos hiere antes de que la realidad tenga oportunidad de hacerlo.

Y mientras más intento apartar esos pensamientos, más fuerte me golpean las sienes, como si mi propio cuerpo quisiera recordarme que no tengo control sobre nada.

Pero aun así quiero hacerlo. Quiero enderezar las cosas.

Quiero evitar que esa realidad llegue. Quiero que la única realidad que exista sea esta: mis amigos conmigo, vivos, completos, riendo en una mesa de desayuno como si el mundo no estuviera a punto de romperse.

Quiero que todo valga la pena. Que valga la pena la primera vez que me topé con un Venusfly en el Paso Inclinado, camino a las zonas fronterizas entre Chatarra y Conquista.

Que valgan la pena las muertes en los escenarios, que no sean en vano.

Que Emmett no esté triste —donde sea que esté— por no haber logrado capturar al culpable de su mutación.

Y sobre todo quiero destruir esa maldita rosa negra marchita, esa cosa que se propaga como una historia de terror que nadie quiere contar pero que todos conocen, esa sombra que se mete en todo y lo pudre, esa raíz que quiero arrancar con mis propias manos para que deje de arrebatarnos a quienes amamos.

Y mientras el anillo gira entre mis dedos, siento que ese deseo —esa necesidad— es lo único que me mantiene de pie.

—Es evidente que Caldyno tiene conexión con la desaparición de Fylian, pero no podemos arriesgarnos a un nivel como el de él —comparte Yvan, sobándose la parte de atrás de la cabeza mientras revisa su tableta—.

Lo que sí debemos enfocarnos es que después del torneo comenzarán nuestras clases para un mejor control de las marionetas.

Ya que Rodrygo tiene la suya, estaremos todos en las mismas clases ahora sí.

Yo asiento, aunque mi mente está en otra parte.

—Caldyno no debería ser parte de la búsqueda de Fylian —digo, clavando la mirada en Esteban.

Él sigue desayunando como si nada, escuchando a medias los comentarios de Grealish, que le golpea la mesa cada vez que quiere remarcar algo.

Y, aun así, no puedo evitar preguntarme qué demonios pasó por su cabeza cuando me besó antes de entrar a la prueba.

Ese gesto… esa decisión… esa cercanía… me confunde de una forma que me da miedo admitir.

No sé si fue impulso, estrategia, despedida o…

algo más. Y él tampoco parece dispuesto a explicarlo. Ahora mucho menos.

—Pero si Caldyno tiene conexión —continúo—, podemos hacerlo. Lo más probable es que venga, ¿no? Si representa a Bosqueoscuro, será intenso acercarse a él. Tendríamos que vigilarlo. Pero… ¿realmente debemos intervenir nosotros?

La pregunta queda flotando.

Porque lo más probable es que sí.

Somos los únicos que vimos cómo manejaba un dragón mecánico con la capacidad de arrasar Chatarra entera. Y su idea de expansión… su forma de hablar… su mirada… todo en él grita peligro.

—No es porque lo quiera apoyar —dice Yvan, cruzándose de brazos, como si necesitara protegerse de sus propias palabras—. Pero Caldyno quizás tenga un poco de razón en algo.

Flagbys frunce el ceño tan fuerte que casi se le arruga la nariz.

—¿Será que le pegué muy duro, muchachos? —dice Cynthia, levantando una ceja detrás de su venda verde—. ¿O le doy otra vez para ver si se acomoda?

Yvan suspira, bebe un poco de agua y se aparta unos mechones dorados de la frente, visiblemente incómodo.

—No es eso… —murmura—. Es que cada día la inseguridad en Chatarra crece.

La dificultad para conseguir empleos, para construir nuevas estructuras…

todo se vuelve más complicado. Y mientras más crece la población, más espacio necesitamos.

Quizás… extenderse podría ser una forma —me mira directamente, como si buscara apoyo o permiso— de evolucionar. De estar mejor.

Sus palabras caen pesadas, como si hubieran estado esperando salir de hace tiempo.

Y yo siento un nudo en el estómago, porque entiendo lo que quiere decir… pero también sé lo que implica.

La mesa queda en silencio unos segundos.

El tipo de silencio que no es incómodo, sino reflexivo.

El tipo de silencio que aparece cuando todos saben que están tocando un tema que podría cambiarlo todo.

Y mientras los observo, mientras escucho sus respiraciones, sus dudas, sus miedos, no puedo evitar sentir que estamos en el borde de algo grande.

Algo que no pedimos, pero que nos eligió igual.

—¿Y hacer que personas inocentes mueran? —le pregunto, sintiendo cómo la rabia me sube por la garganta, caliente, espesa, difícil de contener.

—No debería. No lo apoyo del todo. Pero…

—Yvan, ¿acaso te estás escuchando? —lo interrumpo, porque si lo dejo seguir voy a explotar—.

Caldyno maneja una máquina enorme, capaz de pulverizar y convertir en ceniza cualquier cosa que se le atraviese.

Mi gente, Yvan. Mi hogar. Cuando hablan de “extensión” no hablan de tierras subterráneas… hablan de Conquista.