La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 21
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Capítulo 21

Quien no cierra sus propias heridas termina abriendo las de los demás sin darse cuenta.

—Dicho popular de Chatarra, recogido en el manual de convivencia de los especialistas de combate.

—Él no va a participar. Y punto —gruñe Esteban, adelantándose hasta quedar justo frente a mí, como un muro humano.

Su sombra me cubre por completo, pesada, protectora.

Sus hombros están tensos como cuerdas a punto de romperse, la mandíbula apretada, los puños cerrados.

Su mirada, afilada y oscura, se clava en el Comandante de Protección y Paz—.

Es de primer año. Acaba de llegar. Acaba de obtener una marioneta.

Ese sitio lo destruirá. —No sé por qué, pero me cuesta articular palabras.

El Comandante gira la cabeza con una lentitud casi teatral.

El metal de su armadura y su Corteza de Hierro cruje como si protestara por el movimiento.

Cynthia, a su lado, contiene el aliento; puedo ver cómo su pecho se detiene un instante, como si temiera que cualquier sonido encendiera la chispa equivocada.

—¿Y para qué diablos crees que sirve el Gran Torneo de los Marionetistas, capitán?

—su voz retumba, grave, autoritaria, como un trueno contenido.

Mira al Decano, que niega con la cabeza, impotente, con los labios apretados en una línea tensa—.

Las decisiones del Ministerio de Protección y Paz son irreversibles. Todos aquí lo saben.

Da un paso adelante. Pero, Esteban no se inmuta para nada.

El suelo literalmente vibra bajo su peso. Un pequeño remolino de polvo se levanta alrededor de su bota negra.

—Él va a participar. Y punto.

El silencio cae como un golpe seco. Nadie respira. Incluso el viento parece detenerse.

—A partir de mañana comenzarán los preparativos —continúa, sin apartar la vista de Esteban, como si lo desafiara a moverse un centímetro más—. Y en una semana, el torneo. Prepárense.

Esteban da un paso hacia adelante, pero el Comandante lo aparta con una sola mano, empujándolo a un lado como si fuera un estorbo menor. El impacto hace que Esteban retroceda medio paso, sorprendido, furioso, pero incapaz de reaccionar sin desatar algo peor.

—Basta —logro decir al final.

Luego el Comandante se planta frente a mí.

Su sombra es más grande que la de Esteban. Más pesada. Más fría. Su presencia es tan imponente que siento que el aire se vuelve espeso, difícil de inhalar. Tommy, aún inerte sobre mi espalda, parece hundirse más en mi cuerpo, como si también sintiera la presión.

—No sé quién cojones eres —dice, mirándome de arriba abajo con una mezcla de evaluación militar y desprecio indiferente—. Ni me interesa en lo absoluto.

Su respiración golpea mi rostro, cálida, cargada de autoridad.

—Pero estamos formando fuerzas militares para proteger a nuestra gente.

Así funcionan las cosas. Sangre y sudor.

Lágrimas también son permitidas. Si viniste aquí, si cruzaste esos túneles, si viste el rostro de nuestra mayor heroína…

es porque estás dispuesto en defender Chatarra y cumplir al pie de la letra con sus tradiciones, ¿estamos de acuerdo?

Se inclina apenas, lo suficiente para que su voz me llegue como un murmullo amenazante, casi íntimo.

—Defiéndete. Y triunfa.

Su capa negra se agita cuando se da media vuelta. El sonido de sus pasos resonando sobre la tierra agrietada es lo único que se escucha mientras se aleja, dejando tras de sí un silencio tan tenso que parece que el aire pudiera romperse.

A mi alrededor, nadie se mueve.

Cynthia baja la mirada, mordiendo su labio. Yvan aprieta los puños, frustrado. Flagbys se cubre la boca, aún temblando. El Decano se pasa una mano por el rostro, agotado. Y Esteban… Esteban me mira como si acabara de perder una batalla que no sabía que estaba peleando.

El viento vuelve a soplar, arrastrando polvo, plumas carmesíes y el eco de una decisión que acaba de cambiarlo todo.

—Rodrygo… ¿te encuentras bien? —Flagbys corre hacia mí, con su hermano detrás y Cynthia guardando su marioneta con manos temblorosas. A nuestro alrededor, especialistas y profesores ya están evaluando el terreno, tomando notas, apagando brasas, revisando grietas.

El aire aún huele a metal caliente y a tierra quemada.

—Eso fue sorprendente —continúa Flagbys, con una sonrisa amplia, genuina, que ilumina su rostro cansado—. Lo que hiciste… ¿un ángel? Estás lleno de sorpresas.

Siento el peso de Tommy aún sobre mi espalda, inerte pero cálido, como si respirara a través de mí.

Miro a Esteban.

Él me sostiene la mirada apenas un segundo. Sus ojos están oscuros, cargados de algo que no sé si es rabia, miedo o… preocupación. Luego baja la vista, niega con la cabeza y se marcha sin decir una palabra.

—Chicos… los veo luego, ¿sí? —digo, intentando sonreír, aunque siento el pecho apretado.

Flagbys asiente, aún agotada. Cynthia me mira con preocupación.

Yvan abre la boca para decir algo, pero yo ya estoy retrocediendo—.

En serio. Estoy bien. Solo… necesito hablar con él. ¿Me puedes guardar algo de comida?

No espero respuesta. Me giro y corro.

Esteban ya se aleja a pasos largos, casi furiosos, entrando en uno de los pasillos internos de la Sociedad del Hilo.

Los corredores están vacíos, silenciosos, iluminados solo por lámparas de luz azulada que proyectan sombras largas sobre las paredes metálicas.

El eco de sus botas resuena como golpes secos.

—¡Esteban! —lo llamo, pero él no se detiene.

Dobla una esquina. Luego otra. El aire aquí huele a polvo, a cables viejos. Nadie parece estar presente cerca.

Estoy a punto de alcanzarlo cuando escucho pasos pequeños detrás de mí.

—¡Esteban! ¡Esteban, espera!

Un niño pasa corriendo a mi lado. Es bajito, regordete, con facciones suaves y una tiara de princesa brillando sobre su cabello oscuro.

Lleva unas gafas redondas preciosas, con marcos dorados, y una camisa holgada verde que le queda grande.

Sus movimientos son delicados, casi danzantes, como si cada gesto fuera una pequeña coreografía.

Me ignora por completo mientras corre detrás de Esteban.

—¿Qué…? —murmuro, desconcertado.

El niño se detiene de golpe al ver que Esteban ya dobló otra esquina. Se queda jadeando, con la muñeca de trapo apretada contra el pecho. Una muñeca con vestido rosa y alas de tela.

—Quería enseñarle lo que me envió… —dice en voz baja, triste—. Vine con papá para verlo…

—¿Viniste a verlo? —Le pregunto, señalando la dirección a dónde desapareció su hermano.

—Soy Elayan —me dice el niño regordete, pero girando en sí mismo, sonriendo.

Algo en mi interior se enciende. Un reflejo. Un instinto. Una memoria que no quiero recordar. Mi hermano mayor, su voz, sus manos, su risa cruel. La ropa que me obligaba a usar. La sensación de estar atrapado en un cuerpo que no era mío.

El niño, con su tiara, con su muñeca, con su delicadeza…

No. No. No.

Mi respiración se acelera. Mi visión se estrecha.

—Oye —digo, acercándome demasiado rápido—. ¿Quién te hizo ponerte eso? ¿Tu papá? ¿Tu hermano? ¿Te obligan?

El niño retrocede, confundido.

—¿Qué…? No, yo… yo solo…

Pero ya estoy encima. Lo agarro por la camisa holgada, lo levanto un poco del suelo sin querer. La tela se estira. Él suelta un grito ahogado.

—¡Dime la verdad! —exijo, la voz quebrada por algo que no pertenece a este momento—. ¿Te obligan a vestirte así? ¿Te hacen…?

—¡Suéltame! —chilla el niño, desesperado, agitando las piernas—. ¡Esteban! ¡Estebaaaan!

Y entonces aparece.

Esteban irrumpe en el pasillo como un rayo. Sus ojos están encendidos de furia pura. Antes de que pueda reaccionar, me da un codazo directo en el pecho. El impacto me lanza contra la pared. El aire se me escapa de golpe.

—¡¿Qué demonios te pasa, Rodrygo?! —ruge Esteban, colocándose entre el niño y yo como un escudo—. ¡¿Estás frito de la cabeza?!

Me llevo una mano al pecho, jadeando.

—Yo… yo pensé que… —balbuceo, intentando ordenar mis pensamientos—. Creí que… que alguien lo estaba obligando. Que…

—¡Él es mi hermano! —grita Esteban, con la voz quebrada por la rabia—. ¡Mi hermano menor! ¡Y nadie lo obliga a nada!

El niño, aun temblando, se limpia las lágrimas con la manga. Da un paso adelante, con la muñeca de trapo apretada contra el pecho.

—A mí me gusta lo que me gusta —dice con una voz suave pero firme—. Y no necesito permiso de nadie para ser quien soy.

Sus palabras me atraviesan como un cuchillo lento.

Esteban lo abraza por los hombros, protegiéndolo.

—No vuelvas a tocarlo —me advierte, con un tono tan frío que me deja helado—. Nunca. ¿Entendido?

—Lo siento… —susurro, sintiendo cómo la vergüenza me sube por la garganta—. De verdad. Lo siento. No quise… no sabía…

El niño me mira, aún con lágrimas en los ojos, pero con una valentía que no esperaba.

—No todos los hermanos son malos —dice, como si pudiera leer mi alma—. Y Esteban nunca me haría daño.

Me quedo sin palabras.

Esteban toma la mano del niño y comienza a alejarse. Antes de doblar la esquina, se gira una última vez.

—Arregla tus fantasmas, Rodrygo —dispara Esteban, sin gritar, sin furia, solo con una verdad dura—. Porque si no lo haces… te van a destruir. O… —mira hacia su hermano— destruir a alguien.

Y desaparece con su hermano en el pasillo.

Yo me quedo allí, apoyado contra la pared fría, sintiendo cómo el eco de mis propios demonios me alcanza por fin. ¿Pero qué mierda has hecho, Rodrygo? Golpeo la pared tan fuerte que escucho un crujir.

Durante el siguiente día, la Sociedad del Hilo despierta con un murmullo constante.

No es solo el eco de los estudiantes comentando lo que ocurrió anoche: es el sonido de la operatividad reforzada, de los mecanismos internos activándose, de las patrullas recorriendo los pasillos negros como si la estructura misma estuviera en alerta.

Los muros, siempre oscuros y silenciosos, ahora vibran con actividad. Se escuchan pasos apresurados, órdenes cortas, el zumbido de dispositivos de vigilancia. Y, sobre todo, se siente la tensión.