Capítulo 20 #4
¿Volar? ¿Qué diablos? El corazón me golpea el pecho como si quisiera escapar, la respiración se me corta, pero me obligo a mantenerme firme. Extiendo las manos hacia Emmett, como si empujara una fuerza invisible. Y entonces ocurre.
Un destello carmesí, un remolino de plumas que caen lentamente al aire. Y la forma se materializa: un Corteza de Hierro. La misma raza del Comandante… pero distinta. Más imponente. Más antigua.
—Maldición… es un ángel. ¿Qué clase de marioneta es esa? —exclama Flagbys, acercándose a mí con una mezcla de miedo y fascinación.
Lo es. Cuatro alas carmesíes se despliegan detrás de Tommy, enormes, vibrantes, casi vivas.
Cuatro brazos emergen de su torso, cada uno cubierto por protecciones metálicas y tela gris que se tensa con cada movimiento.
No tiene piernas: desde su cintura cae una tela blanca que flota como si respirara con el viento.
Tommy se lanza hacia Emmett y lo sujeta con sus cuatro brazos.
La criatura ruge, un sonido tan brutal que hace vibrar el aire y retumbar el suelo.
Siento el ardor en mis brazos, como si los músculos se desgarraran desde dentro.
No puedo sujetarlo bien. Intento ejercer más fuerza alrededor de Emmett, pero es complicado, demasiado inestable.
Los brazos de Tommy se tensan, las protecciones metálicas crujen mientras yo le suministro más energía.
El tiempo se agota.
—¡Va a explotar! ¡Nos va a llevar a todos! —grita Yvan, la voz quebrada por el pánico—. Rodrygo. Vamos. Al cielo —vocifera, girándose hacia mí con una urgencia que me atraviesa.
—Tommy… —susurro, casi sin aire.
—Lo pensé —responde él, y siento cómo sincroniza su voluntad con la mía.
Tommy extiende sus cuatro alas carmesíes. Un impulso brutal lo eleva, arrastrándome con él a través del vínculo. Se estabiliza en el aire, luego inclina las alas hacia abajo para ganar precisión. Varias plumas carmesíes se desprenden y caen alrededor de nosotros como brasas vivas.
La energía dentro de Emmett crece. Se acumula. Se retuerce. Va a estallar.
—No creo lograrlo… —admite Tommy, y por primera vez su voz suena humana. Frágil.
Y el cielo parece demasiado lejos.
—Maldición. Cynthia, a mi cuenta, dispara el mejor plasma en esa dirección. Rodrygo, elévalo todo lo que puedas. Cynthia, atúrdelo con tu Canto de Tierra. Podemos hacerlo, chicos. Ahora. En posición —ordena Yvan, empujando a Esteban a un lado sin miramientos—. Es hora del show de los inválidos.
Esteban frunce el ceño, molesto, pero no protesta. La tensión es tan densa que casi se puede masticar.
Yo intento controlar la fuerza y la velocidad de Tommy, pero siento cómo los hilos invisibles que nos conectan vibran, se tensan…
y se debilitan. Es la inestabilidad del novato, lo sé.
Lo mismo que le pasa a Flagbys cuando su Fuego Fatuo se descontrola.
Pero no tengo tiempo para aprender: solo para sobrevivir.
Tommy gana altura. Cuando veo que alcanza una distancia segura, jalo mentalmente, como si tirara de un cable, y él responde: abre las alas carmesíes, se impulsa y entra en picada conmigo detrás, sintiendo el vértigo en la columna.
El Canto de Tierra de Cynthia se adelanta, clavando sus pies en el suelo. La tierra vibra bajo ella, como si respirara. Sus manos se iluminan con un tono ocre y el aire alrededor se vuelve denso, pesado, cargado de energía mineral.
—¡Ahora! —grita Yvan.
Cynthia dispara. El plasma sale despedido como un rayo comprimido, un proyectil de luz terrosa que corta el aire con un silbido agudo. Va directo hacia Emmett… pero también hacia Tommy, porque estamos demasiado cerca.
Tengo que reaccionar.
—¡Tommy, izquierda! —le ordeno, sintiendo cómo mis brazos arden al transmitir la fuerza.
Tommy gira bruscamente, sus cuatro alas rozan el aire con un chasquido seco. El plasma pasa a centímetros de nosotros, tan cerca que siento el calor abrasarme la mejilla. Y entonces…
El impacto.
Un estruendo seco, brutal, como si el cielo se partiera en dos. El plasma golpea a Emmett y la criatura estalla en una burbuja de calor que se expande con un rugido sordo. La onda inicial es tan intensa que la siento en los dientes.
Tommy me envuelve con sus cuatro brazos, protegiéndome. Sus protecciones metálicas se calientan al rojo vivo. La burbuja roja y naranja se hincha, vibra… y luego colapsa hacia afuera en una onda expansiva que avanza como un muro de fuego líquido.
—Maldición… —susurra Yvan, pálido—. No calculé bien la distancia. Vamos a ser afectados.
Se lleva ambas manos al cabello, casi arrancándoselo de la frustración.
—Flagbys —ruge—. ¡Flagbys!
Ella da un respingo, como si despertara de un trance.
—Tu Fuego Fatuo —continúa Yvan, señalando la onda expansiva que se acerca como un monstruo ardiente—. Puedes controlar parte del impacto antes de que aterrice. Treinta segundos. ¡Treinta!
Flagbys traga saliva, temblando. Sus manos se iluminan con un fuego rojo verdoso, un brillo etéreo que danza entre sus dedos como si tuviera vida propia. El viento alrededor de ella cambia de dirección, aspirado hacia el centro de su poder.
—Por favor… no me falles ahora —la escucho decir.
La onda expansiva ruge, levantando polvo, arrancando piedras, doblando árboles. Tommy aprieta más sus brazos alrededor de mí. Siento su fuerza, pero también su límite.