La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 20 #3
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Capítulo 20 #3

Esteban bufa, tensa la mandíbula y se lanza hacia adelante con un giro rápido, intentando golpearlo por la espalda.

Su marioneta aparece a su lado, proyectando un escudo translúcido que bloquea un zarpazo que habría partido a cualquiera en dos.

Más marionetistas y especialistas salen corriendo desde los pasillos, desplegando sus marionetas en un abanico defensivo.

Las criaturas mecánicas y espirituales se posicionan, formando un perímetro de contención que chisporrotea con energía.

A un extremo del patio, en una posición estratégica, veo al Comandante de Protección y Paz junto al Decano del Hilo.

Ambos observan la escena con atención. El Comandante, con esos ojos afilados que parecen diseccionar cada movimiento, evalúa el terreno, la criatura, a nosotros.

Y cuando nota que lo observo, clava su mirada calculadora en mí, frunce el ceño y se acaricia la barbilla con un gesto lento, pensativo.

No sé qué significa.

Pero no me gusta.

Emmett —o la cosa en la que se ha convertido— abre la boca y suelta un rugido que no parece humano.

El aire vibra. Una onda expansiva estalla desde su pecho, tan fuerte que las ventanas cercanas se agrietan al instante.

Los estudiantes gritan. Algunos caen al suelo.

Otros se cubren con sus marionetas, que absorben parte del impacto.

—¡Atrás! —ruge Esteban, levantando su escudo para proteger a dos de primer año que no reaccionaron a tiempo.

La criatura avanza con un salto grotesco, impulsado por la viscosidad negra que se estira como músculos adicionales. Kendram intenta bloquearlo, pero Emmett lo golpea con un brazo deformado y lo lanza contra una columna, que se resquebraja al instante.

—¡Kendram! —grita alguien.

El monstruo gira hacia nosotros. Sus ojos rojos se encienden como brasas.

La viscosidad negra burbujea, sube por su cuello, se abre en grietas que dejan ver destellos carmesíes.

Cada respiración suya es un gruñido húmedo, como si algo dentro de él estuviera rompiéndose y recomponiéndose al mismo tiempo.

Y entonces, con un movimiento imposible, Emmett se impulsa hacia adelante, arrastrando consigo una estela de humo negro que se retuerce como tentáculos.

La batalla acaba de empezar.

—¡Cúbranse! —grita alguien.

Y yo sé, con absoluta claridad, que esto apenas está comenzando.

—Está jugando con los especialistas… —murmuro, viendo cómo Emmett se mueve entre ellos como una sombra rabiosa. Los marionetistas aún no han intervenido—. Esto tiene el nombre de Caldyno por todos lados.

—Y no es lo peor de todo —salta Esteban, su voz grave cortando el ruido del combate.

Todos giramos hacia él mientras Kendram se posiciona detrás, respirando con dificultad, pero listo para volver a lanzarse—.

Nos llegaron noticias de Bosqueoscuro durante la llegada del Comandante.

Caldyno fue elegido Gobernador Principal de Bosqueoscuro.

Esto debe ser una broma.

Pero Esteban no bromea. Nunca. Y sus ojos, clavados en los míos, lo confirman: es real. Tan real como la criatura que está destrozando el patio.

—¿Cómo… cómo puede lograr eso? —pregunto, aunque la respuesta ya me arde en la garganta.

—Influencias —responde Esteban, apretando los dientes—. Es un científico. También sabe de política. Sus experimentos tienen razón aquí, pero no hay nada superior que lo incrimine. Nada que lo haga resaltar como culpable.

—Y mucho menos lo hará el Ministro de Defensa —añade alguien detrás, con un tono amargo.

—Asistirá al Gran Torneo de Marionetistas, que será sede aquí —continúa Esteban, frunciendo el ceño—. Tomando en cuenta que aquí hay una Sociedad del Hilo… todo encaja demasiado bien.

Un rugido corta la conversación.

Emmett embiste a tres especialistas a la vez, los lanza por los aires como si fueran muñecos de trapo. Se mueve de un lado a otro con una velocidad imposible, dejando estelas de humo negro. Su cuerpo se oscurece aún más, como si la viscosidad estuviera devorándolo desde dentro.

—Es como si estuviese… —empiezo a decir, pero algo en mi cabeza se enciende—. ¡Yvan! Carajo, Yvan.

Mi amigo sobresalta, entiende mi tono al instante.

—Tenemos que hacer algo —digo, sintiendo el pulso acelerarse.

—Lo sé, lo sé —responde Yvan sin apartar la vista de las pantallas—. Pero la lectura es inestable. La sustancia está bloqueando todo. No puedo ver qué lo controla… o si queda algo de Emmett ahí dentro. Lo que veo son picos de calor disparándose a cada minuto.

—Oh… —deja escapar Cynthia mientras aparece de la nada, se agacha a mi lado y me golpea el hombro con fuerza—. Primero: gracias por salvarme, Rodry. Segundo: ¿será que va a volver a explotar?

No tengo tiempo de responder.

—Parece que su cuerpo está respondiendo a una onda bioquímica residual de la explosión —empieza a decir Yvan, sin apartar la vista de sus pantallas holográficas—.

Probablemente se deba a que intentó detonarse usando bombas incrustadas en su cuerpo, pero…

tenían otro propósito. Analizando el componente… oh. No.

Lo veo también.

La viscosidad negra que cubre a Emmett empieza a cambiar de tonalidad, pasando lentamente a un naranja incandescente. Su cuerpo se expande desde dentro, como si algo estuviera inflándolo a la fuerza. Sus gritos se vuelven más agudos, más cercanos, más desesperados.

—Maldición… va a estallar nuevamente —advierte Yvan, poniéndose de pie de golpe—. ¡Ustedes, despejen el área!

—Yvan, calcula el rango del perímetro, por favor —le digo, sintiendo cómo el pulso me golpea las sienes con una fuerza casi dolorosa—. Si nos da chance de evaluar, podemos…

Si esto es obra de Caldyno, si realmente es él…

no quiero imaginar qué más puede hacer. Su creatividad siempre fue brillante, sí, pero también profundamente aterradora.

Y si esto es apenas un ensayo… ¿por qué no atacar directamente la Sociedad del Hilo en Bosqueoscuro? ¿Qué lo detiene? ¿Qué lo retiene?

—Por la frontera —responde Esteban sin apartar la vista de Emmett.

Sus pupilas tiemblan siguiendo los patrones de cambio en la criatura, como si pudiera anticipar el siguiente espasmo solo observando la vibración de su viscosidad.

Su respiración es tan contenida que parece que teme romper algo con solo exhalar.

Flagbys se lleva ambas manos a la boca, los dedos temblorosos, los ojos abiertos de par en par. Me acerco a ella por puro instinto, como si mi cercanía pudiera anclarla a algo más firme que el terror.

—Lo que importa ahora, Flagbys, es salvar al resto de nosotros —le digo, por muy duro que sea de aceptar. Ella niega con la cabeza, es el primer gesto que pensé que haría, pero luego asiente.

—Yvan —llama a su hermano—. Ayudaré también yo —y su hermano, que permanece con la mirada en las pantallas analizando absolutamente todo, asiente.

Emmett ruge.

El aire vibra como si una cuerda gigantesca se hubiese tensado sobre nuestras cabezas.

La tonalidad naranja que emana de su cuerpo se intensifica, ardiendo como un sol enfermo.

El suelo tiembla bajo nuestros pies, un temblor breve pero lo suficientemente profundo como para advertirnos que estamos a segundos de algo peor.

—No. El contenido es altamente extensible —concluye Yvan, la voz ronca, los ojos calculando frenéticamente—. No podremos alejarnos mucho. Los poblados cercanos podrían sufrir. La Sociedad del Hilo está en peligro real.

—Puedes hacerlo… Rodrygo —susurra Tommy dentro de mi cabeza. Su voz no es un sonido: es una presión suave detrás de mis pensamientos. Pero no respondo. No puedo. Porque algo metálico destella en el rabillo de mi ojo.

El Corteza de Hierro del Comandante de Protección y Paz se adelanta un paso, rígido, decidido, y dispara un proyectil de plasma directo hacia Emmett. Creo que eso no es una buena idea, y claro… no sabe a lo que se enfrenta.

—¡Maldición, no! —grita Yvan.

—¿Qué hace? ¡No, por favor! —solloza Flagbys.

—Eres un maldito imprudente —escupe Cynthia, con los dientes apretados.

Emmett logra esquivar el disparo, pero apenas.

Sus movimientos son torpes, como si cada fibra de su cuerpo estuviera al borde del colapso.

El Comandante ya está cargando un segundo disparo, más potente, más inestable.

Si ese plasma toca a Emmett… el estallido podría arrasar todo el maldito lugar.

Y él también moriría. ¿Es que no piensa? ¿O es que piensa demasiado poco?

Extiendo una mano hacia él, intentando detenerlo, pero el Comandante gira bruscamente. Sus dedos se iluminan con un brillo azul eléctrico, apuntando de nuevo a Emmett. Está a un segundo de disparar.

—Rodrygo —la voz de Tommy se vuelve más firme, más presente, como si me tomara del rostro desde dentro—. No es tiempo de ser imprudente. Puedes mostrarme. Te guiaré y harás exactamente lo que te diga. Eres nuevo. El control de la marioneta será complicado… pero confío en ti.

Mis dedos hormiguean. Un calor extraño sube por mis brazos. Cuando miro mis manos, veo cómo comienzan a iluminarse con patrones entrelazados de blanco y dorado, como si algo antiguo despertara bajo mi piel.

Y no sé si tengo miedo… o si por primera vez estoy listo.

—Ya —suelta Yvan mientras sus dedos vuelan sobre las pantallas holográficas, cada comando iluminando su rostro con destellos azulados—. Arriba. Podemos enviar la explosión hacia el cielo; la onda expansiva no afectará tanto a los alrededores. Chicos… podemos hacerlo. Los guiaré. Vamos. Ahora.

Pero Yvan y el resto retroceden de golpe cuando sienten el cambio detrás de mí.

Mi marioneta yace sobre mis hombros.

—Qué carajo… —murmura Yvan, boquiabierto, incapaz de procesarlo. Lo veo tragar saliva, los ojos muy abiertos ante la señal inequívoca: ahora soy un marionetista. Igual que ellos. Igual que Esteban. Uno de los pocos. Una marioneta me ha elegido. Y ahora… voy a saber qué soy capaz de hacer.

—Extiéndeme hacia Emmett, Rodrygo —ordena Tommy, su voz vibrando dentro de mi mente—. Haz que lo rodee… y vuela.