La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

—Rodrygo… yo soy Tommy —continúa la voz, ahora más cercana, casi como si estuviera detrás de mi oído—. Pronto descubrirás quién soy. Más ahora que te están necesitando. Hay tantas cosas que conversar… en especial sobre ese talento que nadie puede saber, pero que es importante que controles.

—¿Talentos? —no me siento como alguien lleno de ellos.

—El Maestro… —la voz se desliza como un hilo de humo entre las plumas carmesí que siguen girando a mi alrededor—.

Él se preguntó, en su momento, ¿por qué tú?

¿Por qué alguien tan lleno de dolor? Aún se lo sigue preguntando, ¿sabes?

Pero… el nuevo lienzo es prometedor para quien desea colocar ahí el origen y los siguientes pasos para cultivar y cuidar una nueva cultura, en tiempos que avanzan hacia un fin de exterminio.

La voz no suena acusadora. Suena triste. Cansada. Como si llevara siglos hablando sola.

—¿Exterminio? —murmuro, sintiendo cómo la luz dorada en mis dedos late más fuerte. ¿Qué demonios es esto? Mi corazón está a punto de abandonarme.

—¿Por qué tenemos que desaparecer? —continúa, ignorando mi pregunta—.

Si en el origen de todo… estuvimos nosotros.

Y luego llegaron ellos. Y luego ella… con su Luna Victoria.

Ella intentó que todo cambiara, que todo volviera a ser como antes, que regresáramos a ser nosotros.

Pero la modernidad bruta causó temor. Y las lágrimas…

—la voz se quiebra apenas—. Las lágrimas no sirvieron. Ni hicieron crecer las flores.

Las plumas carmesíes se detienen un instante en el aire, suspendidas como si escucharan también.

—Ahora… —la voz baja, casi un susurro— se propaga un virus. Uno que estudia, que convive dentro de algo capaz de herir… pero herir no es su objetivo. Su objetivo es propagarse. Infectar. Causar muertes casi indoloras. No creas… van por buen camino.

—¿Buen camino? —repito, sintiendo un escalofrío recorrerme la espalda.

—Para ellos —aclara la voz, con un tono que mezcla ironía y resignación—. No para nosotros. Porque en ocasiones, las marionetas vemos los problemas que crean los humanos. Los vemos con claridad. Y por más que queremos intervenir… no podemos. No sin la conexión del marionetista.

Las plumas vuelven a moverse, esta vez más lento, como si la confesión las hubiera agotado. El aire se vuelve más denso, más cálido, casi como si respirara conmigo.

—¿Entonces… ustedes están atrapados? —pregunto, dando un paso hacia adelante, intentando encontrar un cuerpo, un rostro, algo.

—No atrapados —responde la voz—. Condenados a esperar. A observar. A confiar en que alguien… alguien como tú… pueda escucharnos. Pueda entendernos. Pueda elegirnos o nosotros elegirlos.

—Pero yo no puedo elegir ninguna marioneta —digo, casi en un susurro—. No tengo el puntaje. No tengo el permiso.

La voz ríe. Una risa suave, rota, como si no recordara cómo se hacía.

—Rodrygo… los permisos son para los que no saben ver. Tú… tú ya estás viendo. Y eso es más de lo que muchos logran en toda su vida.

Las plumas carmesíes se acercan a mí, rozando mis brazos, mis hombros, mi rostro. No pesan. No duelen. Pero siento algo: una calidez que no es mía.

—El Maestro se preguntó por qué tú —repite la voz, más suave—. Y yo también. Pero ahora… ahora empiezo a entenderlo.

—¿Entender qué? —pregunto.

—Que el dolor no te rompió. Te moldeó. Y eso… eso es lo que necesitamos para sobrevivir.

Mis dedos, sin que yo haga nada, empiezan a iluminarse con una luz blanca y dorada que late en un ritmo constante, como un corazón que no es mío. Siento un hormigueo que sube por mis brazos, una mezcla de calor y electricidad que me obliga a abrir y cerrar las manos.

—¿Qué… qué es esto? —pregunto, aunque mi voz suena más pequeña de lo que esperaba.

—Es tuyo —responde Tommy, con un tono que mezcla ternura y algo que no logro descifrar—.

Siempre ha sido tuyo. Solo que no lo sabías.

O no querías saberlo. Pero yo sí. Yo lo sentí desde que llegaste.

Me dijeron que debía ir contigo… pero yo también quiero estar contigo.

Eres agradable. ¿Luego me cuentas de ese… beso?

Mi corazón se detiene un segundo.

¿Cómo sabe eso?

¿Cómo puede saberlo?

Las plumas carmesíes se encienden con un brillo dorado, como si cada una fuera una chispa suspendida en el aire.

El suelo vibra bajo mis pies, no con violencia, sino como si estuviera despertando.

El horizonte se curva, los colores se mezclan, y el aire se vuelve más cálido, más denso, casi líquido.

—Tommy… —susurro, intentando mantener la calma mientras la luz en mis dedos se intensifica—. ¿Qué es este lugar?

La voz no responde de inmediato. Siento que me observa, que piensa, que elige las palabras con cuidado. Las plumas giran alrededor de mí, formando un círculo que se estrecha poco a poco, como si quisieran envolverme.

—Este lugar… —dice finalmente, con un tono que vibra en mis huesos—. Este lugar es donde existimos cuando nadie nos mira. Donde somos libres. Donde no somos armas ni herramientas. Donde no somos propiedad.

La luz dorada se expande de golpe, bañando todo el espacio. No hay sombras, no hay bordes, no hay arriba ni abajo. Solo un resplandor cálido que me envuelve, que me empuja, que me atraviesa como si quisiera leerme por dentro.

—Prométeme que nos vamos a cuidar —dice Tommy, su voz temblando por primera vez—. Prométemelo, Rodrygo. Tengo mucho tiempo sin salir… pero quiero hacerlo contigo.

La luz se vuelve más intensa.

El mundo desaparece.

Y yo siento que algo dentro de mí… despierta.

—Cynthia, cúbrenos —la voz de Yvan irrumpe primero, firme pero cargada de tensión.

Las tonalidades del mundo-espejo se desvanecen y, poco a poco, los colores de la Sociedad del Hilo comienzan a reconstruirse a mi alrededor, como si alguien estuviera pintando la realidad desde cero.

Y por un par de segundos, me alegra escuchar la voz de mis amigos.

—Maldición… ¿Rodrygo? ¿Rodry? —Yvan me sacude por los hombros. Abro los ojos con dificultad y lo primero que veo son sus intensos ojos azules, temblando, reflejando algo que no logro entender de inmediato.

Pero entonces lo noto: una expansión de humo negro, espeso, que se arremolina a unos metros. Y dentro de ese humo… una silueta deformada.

Oh.

¿Es esto lo que Tommy decía?

—El hombre que rescataron parece haberse mezclado con una sustancia bio-mágica vinculada a la especie Venusfly de Caldyno.

Pero claro, eso ya lo debes de saber gracias a Yvan —explica Tommy dentro de mi cabeza, su voz clara, precisa, demasiado informada—.

Eso le otorga la apariencia de un demonio negro de ojos rojos. Es mejor tener cuidado.

Me quedo helado.

¿Cómo puede saber todo eso?

Entonces lo recuerdo: las clases de Principios de Teoría, donde explicaban la inteligencia superior de las marionetas, su capacidad de análisis, el vínculo cerebral continuo que les permite acceder a recuerdos, emociones, fragmentos de información.

Por eso la meditación es vital: para ofrecerles un espacio limpio donde habitar sin ser arrastradas por nuestros conflictos internos.

—Ha mutado… —la voz de Flagbys apenas es un susurro junto a mi oído, temblorosa, frágil.

Me giro de inmediato hacia ella, asegurándome de que esté bien.

Sus manos están apretadas contra su pecho, los ojos fijos en la criatura que alguna vez fue Emmett—.

No tardarán en eliminarlo… —su voz se quiebra, como si la idea misma le doliera.

Y lo entiendo. Emmett siempre le habló con respeto, con una dulzura que pocos tenían con ella.

Y ella fue quien lo salvó aquella vez. Claro que no quiere verlo morir.

—¿Yvan? —llamo, buscando a su hermano.

—Hago lo que puedo —responde él sin levantar la vista.

Está sentado en el suelo, rodeado de tres pantallas holográficas que parpadean con datos incompletos.

Su marioneta, el conejo humanoide, permanece a su lado, inmóvil pero alerta, como si esperara una orden que Yvan aún no puede darle.

Las sondas de análisis flotan alrededor de la criatura mutada, intentando penetrar la capa de viscosidad negra que cubre su cuerpo.

—Las sondas no logran atravesar esa cosa —gruñe Yvan, deslizando los dedos por las pantallas con rapidez desesperada—. No puedo obtener un diagnóstico claro, ni una lectura estable, ni una resolución viable. Estoy haciendo lo mejor que puedo.

Su voz se quiebra un poco al final. No de miedo, sino de frustración. De impotencia.

Flagbys aprieta mi brazo, buscando apoyo.

El rugido de Emmett-Venusfly retumba en el aire, y la onda expansiva hace vibrar el suelo bajo nuestros pies.

Y sé que el tiempo se está acabando.

—Todavía tienes muchas cosas que mejorar —añade Tommy, con un tono casi divertido—. Pero… oh, por Dios. Rodrygo. Levanta. En posición.

Abro los ojos de golpe. Yvan se sobresalta. No pienso: actúo. Tomo impulso, más del que creí posible, y lo empujo justo a tiempo para apartarlo del ataque de Emmett.

O de lo que queda de él.

La criatura frente a nosotros es exactamente como Tommy la describió: un Venusfly mutado, cubierto de una viscosidad negra que se adhiere a su espalda como una capa viva.

Sus dientes son grotescos, exagerados, casi caricaturescos, y sus dedos se han transformado en garras largas que raspan el suelo dejando surcos profundos.

—¡Atrás! —grita Esteban mientras se posiciona delante de mí, su respiración pesada, su postura firme.

Kendram no duda: se lanza hacia Emmett con una fuerza brutal, lo embiste por el costado y lo arrastra varios metros, levantando polvo y fragmentos de piedra.

El impacto retumba como un trueno. Por un instante —solo un instante— la criatura queda casi inmóvil, clavada contra el suelo.

Pero la viscosidad negra que lo cubre palpita, se contrae, y Emmett se retuerce con un gruñido que hace vibrar el aire.

Sus garras raspan el pavimento, dejando surcos profundos que chispean con energía oscura.