La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 20
64%

Capítulo 20

No busques marionetas que te elijan por tu puntaje, sino por lo que has sobrevivido. El dolor que no te quebró es la prueba que ningún examen puede medir.

—Tommy, primer Ángel Mecánico registrado en la Sociedad del Hilo de Chatarra (transcripción oficial posvínculo).

Dudo mucho que esté muerto… pero si lo estoy, quizá este sea algún tipo de infierno del que jamás escuché hablar. Un enorme espejo vino hacia mí, me envolvió, me tragó, y ahora no reconozco nada. Ningún rincón de la Sociedad del Hilo. Nada familiar. Nada seguro.

Rayos… ¿qué es este lugar?

¿Será ese lugar? El mundo del que nadie habla y que todos temen en silencio.

Podría ser. Pero es solo una primera opción de muchas. Estando en Chatarra, aprendí que la fantasía puede ser tan real como un cielo lleno de estrellas.

Respiro hondo y evalúo lo primero que puedo: el suelo bajo mis botas. Me inclino un poco, tensando las muñequeras, preparándome para cualquier eventualidad. No me siento cómodo. No me siento yo.

Estoy de pie sobre un cuadro ancho, perfectamente negro, suspendido a una altura que no quiero calcular.

El cielo está nublado, pero entre las nubes se filtran pinceladas de naranja y rosado, como si alguien hubiese pintado el firmamento con dedos temblorosos.

El horizonte se extiende a través de montañas rectangulares, tan rectas y precisas que parecen cortadas con una cuchilla divina.

Esto parece creado por profesores de geometría o algo parecido. Es algo muy artificial.

No tengo mucho por dónde avanzar. Pero avanzo igual.

Doy los primeros pasos, dudando, midiendo cada movimiento. Y entonces, de golpe, algo me paraliza el corazón. Todo el escenario se pone de cabeza. Yo estoy de cabeza. Mis rizos cuelgan hacia el vacío. Mi estómago se revuelve.

—¿Qué demonios…? —susurro, aunque mi voz se pierde en el aire espeso.

¿Es alguna broma pesada? ¿Un truco mental? ¿Una ilusión?

No lo sé. Pero sigo caminando. Con dificultad, sí, pero sin sentir realmente el cambio del entorno.

Como si mi cuerpo se adaptara sin consultarme.

El camino se extiende frente a mí. Una parte de la montaña —triangular, afilada— se despliega como un puente que se forma a medida que avanzo.

No sé hacia dónde lleva. No sé si quiero saberlo.

Lo último que recuerdo es haber empujado a Cynthia para salvarla del espejo.

La explosión sangrienta de Emmett.

El caos.

El Comandante aproximándose.

Yvan rodeando a Flagbys con los brazos, protegiéndola.

Esteban… no lo vi, pero seguramente estaba cerca.

Mientras avanzo, el aire se vuelve más frío. La separación entre las montañas se estrecha, como si el mundo quisiera cerrarse sobre mí. Sigo de cabeza, con la sangre acumulándose en mis sienes, hasta que llego a la siguiente montaña.

Y entonces, sin aviso, todo vuelve a la normalidad.

El mundo se endereza. Yo también.

Perfecto… o lo más parecido a perfecto que puedo esperar aquí.

El aire cambia de densidad, como si alguien hubiese exhalado dentro de un espacio cerrado.

El cielo, con sus pinceladas rosadas y naranjas, se oscurece apenas un matiz, y las montañas rectangulares vibran con un zumbido grave que se mete en mis huesos.

Entonces, a unos pasos frente a mí, la superficie negra del suelo se ondula y una figura se forma sobre ella, primero como un reflejo, luego como un cuerpo completo.

Es Fylian.

No aparece caminando ni cayendo: simplemente está ahí, como si siempre hubiese estado esperándome.

La luz tenue resbala por su rostro y revela, sin esfuerzo, esas cejas arqueadas que siempre le daban un aire seguro, los ojos almendrados que parecían leerme antes de que yo hablara, la nariz recta que le marcaba el perfil, los pómulos altos que la luz recorta con precisión, y el cabello corto, marrón, peinado con ese orden deportivo que nunca lograba despeinarse del todo.

Incluso sus labios, siempre móviles, parecen a punto de formar una broma.

—Rodry… —dice con esa voz cálida que me golpea como un recuerdo vivo—. ¿Qué haces aquí? Pensé que estarías en clases.

Mi pecho se cierra. No pienso. No analizo. Solo corro hacia él, sintiendo cómo la emoción me empuja más rápido que mis piernas. Extiendo los brazos, listo para abrazarlo, para sentirlo, para asegurarme de que está vivo, de que no lo perdí.

Pero cuando lo toco, no hay cuerpo. No hay calor. No hay nada. Mis manos atraviesan su torso como si hubiese tocado la superficie de un lago. Su figura se distorsiona en ondas transparentes, como agua vibrando con un golpe.

—No… —susurro, retrocediendo mientras mi respiración se desordena—. Tú no eres… tú no…

La figura se recompone sin esfuerzo, como si nada hubiese pasado. Me sonríe con esa naturalidad que me parte en dos.

—¿Y cómo van tus clases? —pregunta, como si estuviéramos en el comedor de la Sociedad del Hilo—. ¿Y tu hermano? ¿Sigues sin hablarle?

El mundo se queda en silencio. Mi cuerpo también.

Mi hermano.

Fylian jamás mencionaría a esa persona. Jamás. No después de lo que pasó. No después de las noches en que me prometió que nunca volvería a tocar ese tema, que no dejaría que nadie lo hiciera. Ese no es él. Ese no es mi mejor amigo. Ese no es el chico que me sostuvo cuando todo se vino abajo.

—Tú… —mi voz tiembla, pero no de miedo—. Tú no eres Fylian.

La figura parpadea, una vez, dos, y su sonrisa se vuelve demasiado perfecta, demasiado simétrica, demasiado vacía.

—Rodrygo —dice, con un tono que ya no es humano—. Responde la pregunta.

El aire alrededor vibra, como si el mundo-espejo contuviera la respiración. Y yo sé, con una certeza fría, que estoy completamente solo.

—¿Qué hace aquí…? —la nueva voz surge de la nada, pero se dispersa en un eco lejano que parece rebotar en paredes invisibles. Giro a la dirección en donde se produjo, pero, claro, no encuentro nada y al volver a hincar mi mirada en Fylian falso ya no está.

Me detengo de golpe. Giro sobre mis talones para inspeccionar el entorno, pero todo permanece igual de inquietante: un silencio espeso, un aire frío que no sopla, solo existe, y un horizonte que parece pintado por alguien con demasiada precisión. Trago saliva y doy un paso más.

—No puede ser… —repite la voz, y el eco se estira como si el espacio mismo lo masticara—. No eres de aquí.

Claramente no. Pero ¿quién habla? ¿Será una marioneta? ¿Una conciencia atrapada? ¿Algo más?

—Quiero volver… a casa —digo, con la garganta apretada—. ¿Me ayudas?

—¿Casa? —el eco retumba, más cerca esta vez—. No. Casa es una palabra complicada. ¿Qué es casa para ti?

—Mis amigos. Mi hermana —respondo sin pensarlo.

—Y tu hermano —añade la voz, con una suavidad que me eriza la piel—. ¿Acaso no es parte de tu casa?

Niego de inmediato. No. No lo es. No después de todo.

—Entiendo… entiendo —dice la voz, como si saboreara la palabra—.

Eres extraño. Yo tampoco sé cómo vine aquí.

Pero estoy aquí. Es como si te hubiese esperado todo este tiempo.

Liberado… pero solo para ti. Vuelvo a preguntar: ¿quién eres y qué haces aquí?

¿Y por qué él te llama el nuevo lienzo? —¿lienzo?

No es la primera vez que me lo dicen, pero… ¿quién es él?

—Yo soy Rodrygo —respondo, y al hablar noto que mi voz también tiene eco, como si el lugar me imitara.

El entorno comienza a desvanecerse. No desaparece: se deshila, como si estuviera hecho de fibras invisibles.

De esas fibras surgen hilos de plumas carmesí que flotan en el aire, girando en una danza lenta y hermosa.

Me quedo quieto, observando cómo los colores se entrelazan formando figuras que parecen estructuras, recuerdos, fragmentos de algo que casi reconozco.

El suelo bajo mis pies se inclina suavemente y me lleva hacia un nivel más bajo, como si descendiera por una rampa invisible.

—¿Este es el lugar donde viven todas las marionetas? —pregunto, mientras las plumas siguen danzando a mi alrededor.

No obtengo respuesta inmediata, pero siento cómo mis músculos se relajan, como si el aire mismo me quitara peso.

Las plumas carmesíes se alejan, formando un nuevo escenario que se despliega como un telón.

Los colores me golpean con una familiaridad inesperada: tonos que me recuerdan a casa, a Myriam, a la Cascada Conquista, a mis amigos en la Sociedad del Hilo. Incluso… a Esteban.

¿Por qué me recuerdan a él?

—Creamos patrones de felicidad a través de niveles metódicos de recordatorio —dice la voz, ahora más clara, más presente—.

Y los tuyos son los colores. Las plumas son mías…

tenía mucho tiempo sin verlas. Sin verme.

Sin elegir. Pero ellos me dijeron que tú eras el indicado. ¿Por qué eres el indicado, Rodrygo?

¿Elegir? No. No. Retrocedo un paso. No puedo elegir ninguna marioneta. No tengo el puntaje. No tengo el permiso. Sería un desastre.

—No sientas miedo —continúa la voz, como si leyera mis pensamientos—. No pienses tanto. Una puntuación nunca define lo bueno que eres. Especialmente cuando usas tus talentos para proteger a quienes amas de la fuerza del mal. Rodrygo… eres especial. Especial.

Mi pecho se aprieta. No sé si por miedo o por algo más profundo.

—¿Y qué es este lugar? —pregunto finalmente, con la voz baja, casi un susurro.

El silencio que sigue no es vacío. Es expectante. Como si el mundo-espejo inhalara antes de responder.

—No puedo decírtelo… es prohibido —la voz se desliza por el aire como si viajara entre capas invisibles, cada palabra multiplicándose en ecos suaves que se estiran y se encogen—.

Nadie puede saberlo. Nos protegemos. Él nos protege.

No queremos ser usados. Queremos ser amados…

y servir para el equilibrio. A ti también te gusta la idea, ¿no?

El eco se va apagando, como si el espacio lo absorbiera.

Miro alrededor, intentando encontrar un origen, una sombra, una figura, pero el lugar sigue igual de extraño: las plumas carmesíes flotan en espirales lentas, el suelo negro respira bajo mis botas, y el cielo parece pintado con pinceladas de oro viejo.