Capítulo 19 #5
¿Cómo puede Flagbys tener ese valor? ¿De dónde lo saca? Es increíble. Ella, tan pequeña al lado de Emmett, tan vulnerable… y aun así, tan valiente. Porque lo que tiene delante no es solo un conocido alterado.
Emmett comparte todas las señales. Las visuales características. La mirada perdida. El temblor involuntario. La respiración entrecortada. Y, sobre todo, la marca oscura, esa rosa negra marchita clavada en su cuello como un parásito florecido.
Un nuevo infectado.
Y Flagbys lo mira directo a los ojos, sin retroceder ni un centímetro.
—My queemie… at discumm per didm amm… —balbucea, la voz rota, casi irreconocible.
¿De qué se disculpa? ¿Qué va a hacer?
No aguanto más. Lo aparto instintivamente de Flagbys. Yvan se adelanta también, protegiéndola con el cuerpo y seguidamente a eso como sus dedos comienzan a emanar una tenue luz gris. Pero Emmett no se detiene: se suelta, gira y sale disparado como si algo lo estuviera persiguiendo desde adentro.
—Rodry —me llama Yvan, con urgencia, la voz tensa como un cable a punto de romperse—. Atrapémoslo. No puede escapar así.
Asiento sin pensarlo. Yvan apoya una rodilla en el suelo; el gesto es tan rápido y preciso que parece coreografiado. Tres pantallas holográficas se despliegan frente a él con un zumbido eléctrico.
—Voy a guiarte —dice.
Una sonda sale disparada desde su muñeca justo cuando su marioneta, el conejo humanoide de ojos vacíos y articulaciones metálicas, se materializa con un chasquido. La criatura se impulsa hacia adelante, ligera como humo.
Emmett corre hacia el patio de las torres.
Yvan y yo salimos tras él, empujando estudiantes que no entienden nada, saltando escalones de dos en dos, golpeando puertas que se abren de par en par ante nuestra desesperación.
Pero él es rápido. Demasiado rápido. No era así antes. No podía ser así antes.
Y se dirige directo hacia la perlada Torre de los Espejos, que brilla bajo el sol como si estuviera hecha de agua sólida.
—¿Qué diablos está haciendo? —gruñe Yvan, acelerando, los ojos fijos en las pantallas que muestran la sonda persiguiendo a Emmett desde arriba.
Cuando Emmett llega a cierta distancia de la torre, se detiene. O más bien… se congela. Su cuerpo queda rígido, tenso, como si algo invisible lo hubiera atrapado desde dentro. El aire alrededor de él vibra, distorsionado.
El patio empieza a llenarse. Estudiantes curiosos. Profesores alarmados. Guardias que ya se preparan para intervenir. El murmullo crece como una ola.
Flagbys llega detrás de mí, temblando. Sus ojos azules están tan abiertos que parecen brillar.
—No quiero que nada malo le pase —susurra, la voz quebrada.
—¿Y tú crees que nosotros sí queremos? —responde su hermano, sin apartar la vista de las pantallas holográficas.
La sonda se acerca a Emmett, mostrando detalles que no deberían verse tan de cerca—.
La rosa lo está consumiendo. Sus componentes reaccionan como si estuvieran dentro de un Venusfly sometido a calor extremo. ¿Cómo no está gritando del dolor?
Y entonces ocurre. Un sonido repugnante, húmedo, viscoso… y a la vez ensordecedor. Un estallido que no debería existir en ningún cuerpo humano. El aire se sacude. El suelo vibra. Mi estómago se revuelve.
Mi mirada se dispara hacia el origen del ruido.
—Si no lo detenemos ya, intervendrán ellos —advierte Yvan, mirando por encima del hombro.
Varios especialistas de combate y marionetistas avanzan, formando un semicírculo. Sus marionetas se despliegan como sombras vivientes, listas para atacar.
—Sabemos qué es y cuál es su origen, pero… —continúa Yvan.
—Pero aún no llegamos a la parte de cómo frenarlo estando dentro del cuerpo —interrumpe Cynthia, cruzándose de brazos. Algunos de sus dedos brillan con una tenue luz verde. Está lista para pelear, para sanar, para lo que sea—. Bueno, haz honor a ese cerebro y trabaja bajo presión —le ordena.
Pero es demasiado tarde.
Emmett se impulsa hacia la torre. Trepa la superficie perlada como si sus dedos se adhirieran al cristal. La multitud ahoga un grito. Yvan deja escapar otro, esta vez de puro horror.
Y entonces…
Maldición.
Emmett… se ha explotado a sí mismo.
Un destello plateado surge del punto donde estaba. Un estallido de luz que corta el aire como una cuchilla. Algo se desprende de la explosión: un objeto enorme, brillante, imposible.
¿Un… espejo?
El espejo se desprende como un fragmento de realidad arrancado de cuajo. Gira, vibra, se expande. Y viene hacia nosotros a toda velocidad, como si nos hubiera elegido.
La gente grita. Corre. Tropieza. Algunos caen. Otros empujan. El caos se desata.
Cynthia, en cambio, se queda petrificada. La boca entreabierta. No comprende. No reacciona.
—¡Cynthia! —grito.
Me lanzo hacia ella. La agarro por los hombros y la empujo fuera del camino. Siento su cuerpo caer hacia un lado, rodando por el suelo.
Pero el espejo sigue su trayectoria. Hacia mí. No tengo tiempo de moverme. No tengo tiempo de pensar. No tengo tiempo de nada. Solo veo mi reflejo deformado en la superficie perlada. Mi rostro estirado, roto, multiplicado. Y luego el enorme espejo cae sobre mí.