La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 19 #4
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Capítulo 19 #4

El silencio que sigue es pesado.

Muy pesado.

Orryn, el director académico, lo mira con una desaprobación tan evidente que casi quema. Sus ojos negros parecen brasas encendidas. Los otros profesores intercambian miradas rápidas, tensas, como si acabaran de escuchar algo que no estaba en ningún plan.

Detrás de mí, los murmullos empiezan a crecer. Pequeños, nerviosos, como insectos que se multiplican.

—¿Qué propósito tendrá? —dispara Cynthia, con los ojos entrecerrados, como si intentara atravesar la escena con la mirada. Pero más bien la escena, sé que se trata de su hermano. Y es ella, como siempre lo hace con nosotros, quien rompe el ruido, los murmullos y la tensión.

—¿Propósito? —repite su hermano mayor, ladeando la cabeza, desconfiado.

—No se toman decisiones a la ligera —insiste ella—. No aquí. No cuando alguien mueve piezas con un objetivo específico.

Estyal carraspea y continúa su discurso, proyectando la voz con esa autoridad que siempre parece ensayar frente al espejo.

—Para culminar —dice, enlazando las manos detrás de la espalda—, el Ministerio de Protección y Paz trabaja para reforzar las medidas de seguridad a nivel fronterizo y, a su vez, proporcionar los medios y recursos necesarios para la Sociedad del Hilo, entendiendo que…

Se detiene. Gira ligeramente el cuerpo hacia el Decano del Hilo.

El muchacho, porque realmente lo es, apenas un par de años mayor que nosotros, permanece erguido como una estatua.

Su serenidad es casi antinatural. El cabello rojizo, recogido con precisión, brilla bajo las luces del salón.

La túnica blanca con líneas grises cae sobre él como si se hubiese diseñado para un ritual antiguo.

En el pecho lleva el emblema de Chatarra y otro símbolo que no logro identificar, aunque supongo que está relacionado con ese Cónclave del que todos hablan como si fuera la columna vertebral del mundo.

—…el Gran Maestro aprueba esto —concluye Estyal, inclinando la cabeza.

Pero el joven pelirrojo no parece aprobar nada. Su mandíbula está tensa, los dedos entrelazados con demasiada fuerza. Algo no encaja. Y espero, con toda mi alma, que no sea otro problema que se sume a los que ya tengo encima.

—Bien —retoma Estyal, forzando una sonrisa que no les llega a los ojos—. Siendo esto tan… bonito de ver, pronto seleccionaremos a los participantes. Serán los mejores de los mejores. El espectáculo es de vital importancia, y algunos aquí lo saben muy bien.

Yvan se inclina hacia mí, frunciendo el ceño.

—Parece que quieren recopilar fondos antes de que termine el año —murmura, pero lo dice con la fuerza de un disparo—.

Invertir y ganar… pero ¿por qué? No creo que el Cónclave haya deliberado algo así.

Para ellos, terminar nuestros estudios y luego servir al Ministerio es una estructura que no debe alterarse.

Y por la cara del Decano… algo no marcha del todo bien. ¿No lo crees, Rodrygo?

Lo creo. Lo siento en el estómago. Pero no quiero que sea verdad. No hasta encontrar a mi amigo.

Estyal vuelve a mirarme. Esa mirada pesada, inquisitiva, que parece querer arrancarme un secreto que ni yo mismo conozco. Luego la dirige a Cynthia y finalmente regresa a la hilera de profesores, colocándose al lado del Decano.

El profesor de combate y simulación avanza con pasos firmes. Saca una lista, la despliega con un chasquido seco y comienza a leer nombres. Su voz retumba en el salón, cada sílaba cargada de expectativa.

Y entonces lo dice: quiénes pueden ir a la Torre de Espejos.

Un murmullo recorre la sala. Algunos contienen la respiración. Otros se aferran a la esperanza.

Pero para sorpresa de todos —y para mi desgracia—, los de primer año no parecen avanzar. Ni uno. Ni una oportunidad.

Rayos. Esto me está consumiendo.

—Rodrygo Clynk —anuncia el profesor.

Trago saliva con fuerza.

—Con un tiempo bastante regular. Su puntuación final es insuficiente para ingresar a la Torre de los Espejos en este corte.

¿Qué? El piso se me mueve. Casi me voy de espaldas, pero Yvan y Flagbys me sostienen por los brazos.

Mi respiración se corta. Veo cómo Estyal se inclina hacia el Decano del Hilo y le murmura algo al oído.

El joven frunce el ceño, apenas, pero lo suficiente para que un escalofrío me recorra la columna.

—¿Es una maldita broma? —Se me escapa.

—Aprende a ser buen perdedor Clynk —me gritan por detrás.

—No escuches a esos idiotas —defiende Cynthia.

No. No puede ser. No otra vez. Me esforcé. Me maté entrenando. ¿Y ahora resulta que no basta? Maldición.

—Lo siento, lo siento, lo siento… —una voz jadeante irrumpe detrás de nosotros.

La multitud se abre a empujones. Emmett aparece entre los cuerpos, empapado en sudor, con una sudadera enorme que le cuelga como si se estuviera derritiendo dentro de ella.

Su respiración es irregular, casi animal.

Llega hasta Flagbys y le toma las muñecas con una desesperación que me eriza la piel.

Algo… no está bien en él.

Lo noto en cuanto mis sentidos regresan del golpe emocional anterior.

Yvan también lo percibe; tan rápido que, sin levantar la voz, hace un gesto sutil para que los demás comiencen a retroceder.

Nadie entiende del todo, pero obedecen. La tensión en el aire es tan densa que parece que todos la respiran al mismo tiempo.

Yo no puedo despegar mi mirada de Emmett.

Cada segundo que pasa, mi atención se desliza hacia Flagbys, que está peligrosamente cerca de él.

Esto no puede ser bueno. Un impulso involuntario me recorre el cuerpo: quiero tomarla del brazo, traerla hacia mí, alejarla de ese peligro que todavía no tiene nombre.

Pero ella me detiene.

Extiende una mano, firme, clara, como si me estuviera ordenando detener el tiempo. Luego comienza a hablar en señas, con movimientos precisos, urgentes:

Haz que todos retrocedan… pero sin asustarlo, por favor.