La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 19 #3
62%

Capítulo 19 #3

No sé si fue casualidad.

No sé si fue una advertencia.

Pero sé que, desde ese instante, nada será igual.

Nos posicionamos a una altura que aterra. Aun así, por encima de nosotros alcanzamos a distinguir a varias personas, ubicadas estratégicamente para tener una mejor visualización de lo que está por ocurrir. No hay instrucciones. Solo unos carteles que ordenan arrojarse al escuchar el gong.

Me ajusto los guantes, aprieto las trenzas de mis zapatos negros y acomodo la chaqueta oscura con correas capaces de transportar cualquier cosa, aunque ahora mismo no llevo nada. Suena el gong. Veo cómo los demás se lanzan hacia un túnel perlado que los engulle y desaparecen al instante.

Inhalo. Exhalo. Estoy tan nervioso que siento que podría hacerme encima. Aun así, tomo impulso, corro y me arrojo.

—Vamos, vamos… —murmuro, aunque no sé si intento convencerme o insultarme.

El viento me golpea con violencia. El corazón se me paraliza y el estómago se me sube a la garganta. Aprieto los dientes, las manos, todo el cuerpo, mientras caigo en picada. El túnel que atravieso empieza a iluminarse, y entonces escucho una voz fugaz que lanza una instrucción breve, pero crucial…

La voz retumba en mi oído justo cuando la varilla negra es arrojada desde arriba: “Tomar la varilla antes de tocar el agua da más puntuación. Ahora.” La veo caer en picada, girando como una hélice oscura que corta el aire.

Se acerca a mí, pero va tan rápido que apenas logro rozarla con las puntas de los dedos.

Siento un ardor en la piel del esfuerzo fallido y solo puedo pensar: diablos, diablos, diablos.

La varilla se aleja, y el agua aparece debajo de mí, cada vez más grande, más brillante, más amenazante.

Si no la tomo antes de caer, pierdo puntos, pierdo tiempo, pierdo todo.

Recuerdo las palabras del profesor de combate y simulación, su voz seca, casi burlona: “En caída libre, inclinar el cuerpo aumenta la velocidad. Más peso, más control.” Así que lo hago.

Inclino el torso hacia adelante, tenso los hombros, dejo que la gravedad me trague con más fuerza.

El viento me golpea la cara como si quisiera arrancarme los ojos, pero funciona: me acerco a la varilla.

El agua está ya a unos metros, puedo sentir su rugido en los huesos.

Extiendo la mano con desesperación, los dedos estirados al límite, y murmuro entre dientes: vamos, vamos, vamos.

La rozo. Grito. Me lanzo hacia ella con todo el cuerpo.

La agarro justo cuando el agua me golpea como un muro helado.

El impacto me hunde de inmediato. El mundo se vuelve un remolino oscuro y frío.

El aire se me escapa de los pulmones en un estallido involuntario.

Idiota, no anticipaste respirar lo suficiente.

La corriente es pesada, como si intentara arrastrarme hacia el fondo, pero no suelto la varilla.

Ni muerto. Me impulso con las manos, pateo con fuerza, y finalmente mi cabeza rompe la superficie.

Aspiro aire como si fuera un tesoro. Los rayos cálidos del sol me golpean la cara, pero no hay tiempo para agradecer nada.

Frente a mí, varios cubos metálicos emergen del agua, elevándose uno tras otro, formando una escalera irregular con distancias absurdas entre cada uno.

Miro la varilla. Tiene un contador incrustado.

¿Un maldito minuto? El número desciende sin piedad.

Me lanzo al primer cubo, salto al segundo, al tercero, al cuarto.

Este último se sacude bajo mis pies, se inclina y de pronto se conecta con una estructura enorme: un cilindro en espiral que gira sin detenerse, como un intestino metálico que lleva hacia otros cubos aún más lejanos.

Doy el primer paso sobre el cilindro en movimiento cuando algo silba en el aire.

Una flecha cae a centímetros de mi pie. El brillo metálico refleja mis propios ojos abiertos de horror.

Es un holograma, pero el impacto habría contado.

No tengo tiempo para analizar nada. Mantengo el equilibrio como puedo mientras avanzo.

El cilindro gira bajo mis pies, resbaloso, traicionero, como si quisiera escupirme al vacío.

De pronto, varios hologramas descienden colgados de cuerdas, armados con espadas y lanzas.

Vienen directo hacia mí. No, no, no. Me muevo, esquivo, me agacho, corro sobre el cilindro como si el suelo ardiera.

Pero resbalo. El mundo se inclina. El vacío se abre debajo de mí.

El agua está muy abajo, demasiado lejos para caer sin romperme algo.

Ahogo un grito, me aferro al borde del cilindro, me impulso con un rugido y logro caer sobre el primer cubo del siguiente tramo.

Solo queda uno. Pero para llegar debo cruzar otro cilindro, este con estructuras dentadas, como trampas diseñadas para arrancarte los tobillos si no eres cuidadoso.

Avanzo con el corazón martillando en el pecho.

Un holograma aparece de la nada, descargando un golpe con la espada.

Bloqueo con la varilla. El impacto vibra en mis brazos.

—Suéltala —gruño entre dientes. Lo obligo a perder equilibrio, su “alma” holográfica parpadea, me giro, me planto detrás de él y le clavo un golpe directo con la varilla negra. El holograma se disipa en un destello.

Me apresuro, esquivo los dientes metálicos, salto, y llego al último cubo. Este se ilumina en verde. Miro el contador. Diez segundos. Diez miserables segundos. Pero lo logré. Lo logré.

—Felicidades a los que participaron en esta prueba final —anuncia el profesor de combate y simulación, con esa voz que siempre parece estar a punto de romper un vidrio—, y más aún con la grata visita del Comandante de Protección y Paz, Estyal Darlin.

No puedo evitar mirar hacia arriba. Sería una mentira decir que no se parece a Cynthia cuando por fin se quita esa absurda máscara: piel pálida, cabello castaño claro perfectamente peinado hacia atrás, una barba bien cuidada con apenas unos destellos rojizos, y esos ojos azules que parecen atravesarlo todo…

hasta que se detienen en su hermana, que está justo a mi lado.

Cynthia baja la mirada como si quisiera desaparecer.

—Lo escucharemos decir unas palabras mientras procesamos la puntuación final —continúa el profesor—, y anunciaremos quién quedó en primer lugar con la mejor nota… y quiénes irán a la Torre de los Espejos.

Cynthia suelta un suspiro que parece más un gruñido.

—Desearía que la tierra me tragara ahora mismo —murmura, apenas audible—. Es un cretino. Se la tira de… no sé. Es odioso.

Flagbys la mira con una ceja arqueada, como si estuviera evaluando si es seguro reírse o si el Comandante podría oírla desde esa altura.

—¿Al menos él se deja dar abrazos? —pregunto, intentando suavizar la tensión.

Cynthia se encoge de hombros, resignada.

—Quizás sea de familia ser un poco odiosos —dice, pero su humor negro sigue brillando, incluso bajo la sombra de su hermano.

Yvan se acerca a nosotros con una sonrisa tranquila, esa que siempre parece esconder un análisis detallado de todo lo que hicimos. Saca sus anteojos de uno de sus múltiples bolsillos y se los pone.

—Por cierto, buen trabajo a todos —nos felicita, mirándonos uno por uno—. Fue excepcional. Yo tuve unos retrasos, pero estoy seguro, Rodrygo, de que tuviste una muy buena puntuación.

Ojalá tenga razón. Este segundo corte fue un retro brutal.

Las clases de combate y simulación me dejaron el cuerpo hecho trizas, y aunque las de lengua fueron más normales, igual exigieron lo suyo.

Terminé la prueba con apenas diez segundos antes del gong final.

Diez segundos. Eso puede ser excelente… o puede ser mediocre. No lo sabré hasta que ellos lo digan.

Así que respiro hondo, aprieto la varilla negra aún húmeda entre mis dedos, y me obligo a esperar. Paciencia. Aunque el corazón me golpea el pecho como si quisiera escapar antes de escuchar el resultado.

—Este nuevo año promete diamantes en el área de la manipulación de marionetas —declara el Comandante de Protección y Paz, Estyal Darlin, con una voz que llena todo el patio como si fuera un metal vibrando—.

Estoy bastante sorprendido. En especial, por ciertos invitados que hemos recibido en nuestra Sociedad del Hilo.

Su mirada se clava directamente en mí. No es una mirada casual. Es un impacto. Sus ojos verdes, intensos y afilados, me atraviesan como si estuviera evaluando cada fibra de mi existencia. Retrocedo un paso sin querer. Siento a Cynthia tensarse a mi lado.

Gira la cabeza hacia los tres directivos vestidos con capas negras ribeteadas en amarillo. Ellos mantienen la postura, pero puedo ver cómo uno de ellos traga saliva. Luego el Comandante vuelve a escanearnos a todos, uno por uno, como si buscara grietas, secretos, mentiras.

Intento encontrar los ojos de Esteban entre la multitud, pero no lo veo. No está en ninguna parte. Ni en las plataformas, ni entre los instructores, ni en los bordes del patio. Es como si se lo hubiera tragado la tierra justo antes de la prueba.

—Ahora, quiero felicitar a los que lograron atravesar esta dinámica. Es fundamental para su formación total como marionetistas, y también para la conmemoración del Gran Torneo de Marionetistas que, como verán…

Extiende una mano hacia el este. Todos giramos.

Al fondo, detrás de una entrada semicircular, hay maquinaria pesada, especialistas de combate y personal técnico manipulando estructuras enormes: brazos mecánicos, plataformas móviles, marcos de energía, piezas que parecen parte de un coloso articulado.

Todo vibra con un zumbido eléctrico que se siente en el pecho.

—…comenzará pronto —concluye.

Un murmullo recorre a los estudiantes. Algunos emocionados. Otros aterrados. Yo estoy en un punto intermedio, con el corazón latiendo demasiado rápido.

—Sé que estas actividades son de vital importancia —continúa Estyal—, pero el tercer y último corte de formación para todos los años será después del Gran Torneo de Marionetistas. Anteriormente se realizaba a final de año.