Capítulo 19 #2
—El Decano del Hilo y el Comandante están allá afuera —dice Esteban, inclinándose un poco hacia mí, bajando la voz—. Viéndolos desde las alturas.
¿Alturas? Rayos.
—Es parte del protocolo de seguridad —continúa—. Impartido directamente por él. Aunque, ya sabes… —rueda los ojos marrones con un gesto casi imperceptible— siempre con algún comentario indebido del Decano. Esta vez vino acompañado de dos asistentes más.
Su tono suena a advertencia disfrazada de información.
—Espero enfrentar esto y que los nervios no jueguen conmigo —digo, llevándome un dedo a la boca sin pensarlo.
Esteban reacciona al instante. Me toma la muñeca con firmeza —demasiada firmeza— y la baja con cuidado, pero sin soltarme del todo. Sus dedos permanecen allí un segundo más de lo necesario.
—¿Qué te pasa? —pregunto, sintiendo cómo la tensión se acumula entre nosotros.
Flagbys, que avanzaba unos pasos por delante, se detiene.
Sus ojos azules se giran hacia mí, lentos, como si no quisiera perderse ni un detalle.
Me observa detenidamente, con una mezcla de curiosidad y algo más difícil de descifrar.
Luego, sin decir nada, continúa caminando hacia la luz del patio, pero sé que sigue escuchando.
Esteban respira hondo, como si buscara palabras que no quiere pronunciar.
—Solo… no te muerdas los dedos —dice finalmente, soltándome—. No hoy. No frente a ellos.
Su mirada se endurece, pero hay algo vulnerable escondido detrás.
—Rodry —añade, apenas audible—. Mantente firme. No les des nada que puedan usar en tu contra.
La multitud vuelve a empujarnos hacia adelante. Las compuertas se abren del todo. La luz del patio nos envuelve.
Y yo sigo sintiendo la presión de la mano de Esteban en mi muñeca.
Esteban retira la mano de mi muñeca con un gesto brusco, y su cabello, ese gris opaco siempre alborotado, como si nunca lograra domarlo del todo, se mueve con el tirón repentino. Parpadea un par de veces, sus ojos marrones, redondos e intensos, fijos en mí como si buscara algo que no sabe nombrar.
—Lo siento —murmura, y su voz se pierde entre los ecos del túnel.
Retrocedo un paso. La luz amarillenta resalta la sombra de su barba gris, apenas perfilada, que le endurece la mandíbula cuando aprieta los dientes.
Es realmente más alto que yo, delgado, pero con esa musculatura tensa que parece lista para reaccionar a cualquier amenaza.
Incluso ahora, cuando intenta parecer relajado, sus hombros permanecen rígidos.
—Felicidades por lo de la clase de meditación —dice, pero su tono suena forzado, como si las palabras no fueran realmente suyas—. Es el primer paso. Quizás con la puntuación que saques aquí tengas un pase seguro para entrar a la Torre de los Espejos.
Bufo, cruzándome de brazos.
—Eso no hará ninguna diferencia para saber el paradero de mi amigo.
Sus pupilas se dilatan un poco más. La luz del túnel se refleja en ellas, dándole un brillo inquieto. ¿Qué le pasa hoy? Parece que cada frase la recita desde un guion invisible.
—Gracias, capitán. —Me doy la vuelta—. Te veo después del discurso del Comandante.
Pero su mano vuelve a sujetarme. Esta vez no con fuerza, sino con una especie de urgencia contenida.
Sus dedos, largos y firmes, tiemblan apenas al tocarme.
No hay más nadie a nuestro alrededor. No me había percatado de que todo el lugar había quedado vacío y estratégicamente oculto de la visión de los demás. Incluso Flagbys, ya se fue.
—Eh… mucha suerte, Rodrygo.
Su voz suena hueca. Mecánica. Como si la hubiera ensamblado pieza por pieza. Me río por lo bajo, sin querer.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunta él, moviendo los hombros, incómodo dentro de su propio cuerpo. Su cabello grisáceo cae sobre su frente y él se lo aparta con un movimiento rápido, casi nervioso—. Rayos. Yo… bueno. Te deseo una buena prueba.
—¿Hay algo más que quieras agregar, capitán Esteban?
Se detiene. Literalmente se detiene. Sus botas se clavan en el suelo. Sus manos se cierran en puños, y los músculos de sus brazos —marcados incluso bajo el traje de combate— se tensan como cuerdas.
Me mira.
Y por un segundo, parece que va a decir algo importante.
Pero solo suspira, largo, profundo, como si soltara un peso que no puede compartir. Se pasa una mano por el cabello plomizo, despeinándolo aún más.
—Los guantes —dice al fin.
Miro mis manos.
—Debes apretártelos. Ajustarte el traje. Estar listo.
Asiento y levanto la mano para estrechar la suya. Él la toma. Su agarre es firme, cálido, pero tembloroso. Su barba roza apenas su mandíbula cuando aprieta los labios, como si contuviera algo.
—Sé que no eres una estrella constante —dice, bajando la voz—. Eres como un bote sobre ese lago donde vives: en calma, pero con propósito.
Sus ojos marrones se suavizan.
Solo un instante.
—Y sé que sigues molesto —continúa—. Porque el objetivo era encontrar a Fylian. Y te has expuesto a situaciones difíciles. Situaciones que me enfurecen porque…
Se detiene.
Su respiración se acelera.
Sus pupilas vuelven a dilatarse.
—Porque… —intenta, pero la palabra se le quiebra.
Mira hacia los lados, como si temiera que alguien lo estuviera escuchando. La luz del túnel resalta el contorno de sus músculos tensos, la sombra de su barba, el desorden de su cabello grisáceo.
Y por primera vez, lo veo realmente.
No es solo nervios.
No es solo tensión.
Es miedo.
Y algo más profundo que no se atreve a decir.
—¿Acaso te pidieron decirme todo eso o decidiste escribirlo tú mismo? —pregunto, ladeando la cabeza.
Él bufa, un sonido seco, casi irritado. Yo me encojo de hombros, dejando escapar una sonrisa débil, más divertida que molesta.
—Puedes ser tan auténtico como quieras, Esteban —añado, dándole un golpecito suave en el antebrazo—. No es necesario recitar siempre lo que te enseñan a decir.
Él toma una bocanada de aire, profunda, como si necesitara llenar los pulmones para no desmoronarse. La exhala con fuerza, y justo cuando voy a seguir hablando, me interrumpe.
Pero no con palabras.
Sino con un beso.
Un beso torpe, inesperado, casi atropellado…
pero sincero. Sus labios rozan los míos con una mezcla de urgencia y miedo, y por un instante mi corazón se detiene.
Luego revive de golpe, acompañado de un instinto que no sé si quiero escuchar.
Tampoco, como reaccionar. Yo… simplemente, por unos cuántos segundos, lo dejo.
Lo separo luego, empujándolo apenas con las manos.
—¿Qué… demonios… pasa? —susurro, sintiendo el calor subirme a las orejas—. ¿Será por los brócolis hervidos en crema del mediodía?
Esteban abre los ojos, esos ojos intensos que siempre parecen estar a punto de decir algo que no se atreve. Su cabello gris opaco, siempre alborotado, cae sobre su frente mientras retrocede un paso.
—Esteban… —digo, todavía sin aire.
Pero él ya se está girando.
Y se marcha sin decir nada más.
Mis pies se mueven solos hacia el comienzo del patio, como si una fuerza invisible me arrastrara. No me doy cuenta de que la yema de mis dedos roza mis labios hasta que el estruendo de la multitud me golpea de lleno, arremolinándose a mi alrededor y devolviéndome a la realidad que debo enfrentar.
Mis compañeros ya se han posicionado en plataformas estratégicas, elevadas a distintas alturas.
Desde donde estoy —una sección media, suspendida sobre el vacío— puedo ver el entramado de túneles y círculos metálicos que cuelgan bajo nosotros, como un sistema nervioso expuesto.
El aire allí abajo vibra con un zumbido constante, casi eléctrico.
Un cosquilleo asciende desde mi estómago hasta el pecho, apretándolo.
Y arriba… ellos.
El aire cambia en el instante en que aparecen. No es un sonido. No es un anuncio. Es una presión. Una vibración que se instala en el esternón, como si todo el mundo contuviera la respiración al mismo tiempo.
Primero aparece el Comandante, o como nosotros lo conocemos: el hermano mayor de nuestra amiga Cynthia.
Una figura alta, envuelta en un abrigo oscuro que se mueve como si tuviera vida propia.
Su postura es recta, militar, pero hay algo más: una quietud peligrosa, la de un depredador que no necesita moverse para dominar el espacio.
Su rostro está parcialmente cubierto por una máscara metálica que deja ver solo la boca y la línea dura de la mandíbula.
El resto son sombras. Su cabello castaño claro, recogido hacia atrás, brilla bajo la luz del sol como una línea afilada.
No habla.
No necesita hacerlo.
A mi izquierda, escucho a uno susurrar:
—Dios… siempre impresiona.
—Cállate —le responde otro, sin apartar la vista—. Su marioneta puede escuchar y decirle.
La sola presencia del Comandante obliga a varios a enderezar la espalda.
A su lado aparece el Decano del Hilo. Más bajo, más delgado, más inquietante.
Su túnica blanca está bordada con hilos plateados que parecen moverse solos, como si respiraran.
Su rostro, completamente descubierto, muestra una sonrisa demasiado amplia para ser amable.
Sus ojos pequeños y brillantes se desplazan con rapidez, analizando cada detalle, cada respiración, cada temblor.
Detrás de él, dos asistentes vestidos de gris permanecen inmóviles, tan rígidos que parecen tallados en piedra.
El Comandante observa desde la altura con una calma absoluta.
El Decano, en cambio, parece saborear cada segundo.
—Qué maravilla —dice el Decano, su voz amplificada por algún mecanismo invisible—. Miren cómo tiemblan. La juventud siempre es tan… expresiva.
Un murmullo recorre las plataformas. Algunos cadetes tragan saliva. Otros bajan la mirada. Yo siento mis manos sudar.
El Comandante no reacciona. Ni un parpadeo.
El silencio se estira, tenso, hasta que finalmente él habla. Su voz es grave, profunda, como un golpe de tambor que resuena en el pecho de todos.
—Que comience la prueba.
El Decano sonríe aún más, como si hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
—Oh, sí. Que comience. Y recuerden… —sus ojos se clavan en mí por un segundo, demasiado directo, demasiado consciente— que el Hilo siempre observa.
Un escalofrío me recorre la columna.