La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 19
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Capítulo 19

Todo espejo roto refleja más verdades que uno intacto: en los fragmentos no hay un solo rostro, sino todos los que tememos ver.

—Fragmento anónimo hallado en los registros de la Torre de los Espejos, Sociedad del Hilo.

—No pasa nada, Rodrygo, no pasa nada, créeme —dice el profesor Felyan, agitando las manos con firmeza, como si intentara disipar el aire denso entre nosotros.

Estoy en su salón de clases, un espacio que huele a polvo antiguo y tinta seca, para enfrentar la última prueba.

Su voz tiembla apenas, pero su gesto es decidido—.

Creo que fue un malentendido. Quizás fui yo mismo.

Quién sabe. Controlar otras marionetas… es algo sumamente tonto, ja, ja, ja.

Se rasca la cabeza con una sonrisa forzada, pero sus ojos, quietos y oscuros, contradicen la risa. Asiento, sin saber si lo hago por cortesía o por miedo.

—Bien —dice, y extiende el brazo hacia el centro del salón, donde las luces parecen parpadear con una intención propia—. Como puedes ver… eres nuevamente el único. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

Su tono cambia. Ya no es el profesor amable, sino el guardián de algo más profundo.

Afuera, el viento golpea las ventanas con un ritmo irregular, como si el edificio respirara con dificultad.

Hoy es la llegada del Comandante y del Decano.

Y esta noche, la prueba final de la clase de simulación y combate será más que un examen: será un espectáculo. Un ritual, casi.

Se siente en el aire. Las clases duran menos, los recesos se acortan, y la cooperación entre todos se vuelve casi coreográfica.

Los tres directivos, inseparables, se deslizan de una esquina a otra como sombras bien entrenadas.

Nadie parece capaz de verlos del todo, pero su presencia se impone.

Las hermanas, con sus cabellos recogidos en peinados elegantes y sus rostros de facciones fulminantes, podrían haber sido marionetistas audaces en otro tiempo.

Hay algo en su andar que sugiere precisión, dominio… y un pasado que no se deja leer.

Movido por la curiosidad, intenté buscar más sobre ellos.

Pero no hay mucha información compartida en los medios públicos del sitio.

Es como si su historia estuviera protegida por capas de silencio.

Fylian solía criticarme por eso: por querer leerlo todo, escudriñar cada rincón, entender lo que mi cabeza —o quizás mi ansiedad— no lograba procesar del todo.

Y el señor Orryn, el director mayor entre las dos hermanas, tiene un rostro sereno, salpicado de lunares, como si la noche misma lo hubiese tocado. Pero su mirada… su mirada parece tenerlo todo bajo control. No necesita hablar para imponer orden.

Durante mi última sesión privada de la clase arrastrada de Meditación del corte pasado, supe que tendría que encontrar la fuerza para avanzar.

No solo por mí. Sé que debería ser por mí, claro.

Pero también… porque encontrar a Fylian cada día me importa más.

Su presencia crece en mí como una raíz que busca luz.

Y esta noche, cuando todo se ponga en juego, quizás esa raíz sea lo único que me mantenga firme.

—Sí —respondo, tragando saliva—. Lo que pasa es que son mis últimas clases.

Las de lengua me van un poco mejor, y logré obtener la nota necesaria para acercarme al pase hacia la Torre de los Espejos.

Pero si no consigo la puntuación en la prueba final de simulación y combate…

puedo sumar si paso con usted al menos un cuadro de mis recuerdos más traumáticos.

El profesor se queda en silencio. Me observa como si intentara leer algo detrás de mis pupilas. Luego, con un suspiro que parece arrastrar cansancio, se gira hacia el panel de control.

—Entonces prepárate —dice, y su voz ya no tiene humor—. Esta vez… no habrá espectadores. Solo tú, tus recuerdos… y lo que aún no sabes que llevas dentro.

—Los recuerdos son tan traumáticos como nosotros queramos que lo sean —dice el profesor Felyan, posando una mano débil pero firme sobre mi hombro—.

Tú puedes hacerlo. Te daré un consejo. A veces, los recuerdos son tan aterradores como una pesadilla…

pero en ti hay un instinto muy fuerte de proteger a tu gente.

Su voz baja un tono.

—Cuando él se te acerque… cuando tu hermano —tiemblo, y Felyan aprieta un poco más su mano, dándome coraje— quiera golpearte, intimidarte o hacer lo que sea… recuerda a quién protegías realmente. Y a quién sigues protegiendo.

—Myriam —susurro. Y, en parte… a mi mamá.

Felyan asiente, satisfecho con que lo haya dicho en voz alta. Sonrío apenas, y él inicia la clase.

Estoy en el salón, pero el aire cambia. El piso se vuelve más frío.

El olor a tiza desaparece. Y de repente, sin transición, estoy de nuevo en mi casa en Conquista.

Cerca del lago. Rodeado de cerezos que se mecen con un viento que no existe en el aula.

A lo lejos, manchas marrones: la tierra húmeda, la madera vieja, la sombra de algo que no quiero recordar.

Es de madrugada. La hora en la que el monstruo despertaba para hacer de las suyas.

Pero esta vez… algo es distinto. Soy capaz de redirigir el recuerdo. De moverme dentro de él. ¿Por qué antes no podía hacerlo?

La respuesta aparece cuando Myriam sale corriendo de golpe hacia el lago. Su respiración corta, su cabello suelto, el pánico en sus ojos. Y detrás de ella, mi hermano Roger… sin camisa, con una correa de cuero en la mano, tambaleándose, pero decidido.

Noto que los árboles y la casa se ven más altos. No es que hayan crecido. Soy yo. Estoy más bajo. Más pequeño. Estoy viendo esto desde mi cuerpo de niño.

Roger corre tras ella. Mi mamá intenta interponerse, pero resbala. Y de repente, estoy detrás de ella… ayudándola a levantarse.

¿Ayudándola? No… yo no recordaba esto. No recordaba haber estado ahí.

Mis pies comienzan a moverse solos, como si el recuerdo me reclamara. ¿Por qué no recordaba esto?

Soy tan rápido como Roger. Me lanzo al suelo, deslizo mi cuerpo sobre la grama húmeda y le tomo los pies. Él cae. Su mirada, perdida entre alcohol y sustancias, se clava en mí. Y entonces se abalanza.

No necesito ver los detalles. Sé lo que viene. Sé lo que venía siempre.

Myriam, mientras tanto, ha corrido lo suficiente para trepar a un árbol cerca del lago. Desde arriba, tiembla, pero está a salvo por un instante.

Roger se incorpora, me escupe con rabia y se marcha tambaleándose hacia la casa, gruñendo algo que no alcanzo a entender.

Me levanto, adolorido, pero consciente. Me acerco al árbol. Le pido a Myriam que baje. Lo hace de inmediato, como si mi voz fuera un refugio. Caminamos juntos hacia un punto más alto, más allá del lago, donde la brisa es fría pero segura. Nos sentamos allí, abrazados, esperando que la noche pase.

Y entonces lo entiendo.

No permití esto porque no tuviera fuerza para detenerlo. No fue cobardía. No fue incapacidad.

Fue elección.

Preferí recibir yo el golpe antes que permitir que mi hermanita fuera humillada.

—Llegaron —comenta Yvan mientras se ajusta el traje de combate, una pieza de tela negra reforzada con fundas, correas y un cinturón grueso que le marca la cintura. Sus dedos tiemblan apenas, aunque intenta disimularlo—. Se presentarán cuando estemos a punto de comenzar la prueba.

—Quieren un espectáculo absurdo —añade Flagbys, trenzándose el cabello con una fuerza que revela su irritación contenida—. Supongo que evalúan las condiciones… ya sabes, como en el Gran Torneo de Marionetistas.

—Sin uso de marionetas —interviene Cynthia, ajustándose la bandana verde que le cubre los ojos antes de acomodarse las dos coletas—.

Aunque estoy segura de que son tan sádicos como para querer ver a marionetistas enfrentarse, aun sabiendo que es una regla prohibida por el Gran Maestro del Hilo.

Por eso mandó a su Decano: para supervisar que todo esté en orden.

Hace una pausa, ladea la cabeza como si escuchara algo que los demás no percibimos.

—Siempre quieren espectáculo. Así que no te sorprendas si la prueba se vuelve más compleja a medida que avances. Dentro pueden pasar horas, pero afuera… solo minutos. Prepararse es lo mejor, Rodry.

Asiento, tragando la mezcla de nervios y determinación que me sube por la garganta.

—Y felicidades —añade Cynthia con una sonrisa apenas perceptible—. Ya sabemos que lograste superar un poco la clase de meditación, lo cual es increíble. Pero no celebres tanto: nos quedan años para profundizar esos temas.

—Eres grande, Rod. Sabíamos que lo ibas a lograr —dice Yvan, posando una mano firme sobre mi hombro.

—Yo también lo sabía —agrega Flagbys. Sus ojos azules se clavan en los míos sin pestañear. Un escalofrío me recorre la espalda y mis labios se entreabren sin querer—. Así como alientas a los demás… también debes hacerlo contigo.

Nos encontramos en una serie de túneles que desembocan en un patio que jamás había explorado dentro de la Sociedad del Hilo.

El aire vibra con murmullos. A nuestro alrededor, una tormenta de comentarios bajos, pasos apresurados y respiraciones contenidas crea un eco inquietante que se mezcla con el olor metálico de las compuertas.

Estas comienzan a abrirse una a una, dejando pasar ráfagas de luz y ruido. Avanzamos lentamente, empujados por la multitud y por la inminencia de lo que está por venir. Cada paso parece más pesado que el anterior.

De pronto, una mano pesada me sujeta el antebrazo y me detiene en seco.

Me giro.

Esteban.

Lleva un traje de combate similar al nuestro, pero en él parece más intimidante, más rígido, como si la tela misma se tensara para adaptarse a su postura.

Lo observo de arriba abajo. Él arquea las cejas, como si estuviera evaluándome…

o desafiándome. Su mandíbula se mueve apenas, como si contuviera palabras que no quiere soltar.

El túnel se queda en silencio a nuestro alrededor, aunque sé que no lo está. Es solo mi respiración la que se vuelve más fuerte, más presente, como si quisiera escapar de mi pecho.