Capítulo 18 #4
Me siento transportado a la Cascada Conquista, recordando cuando dibujaba lo que se me venía a la mente, lanzaba piedras cerca del pequeño lago que conectaba con la parte baja de Conquista y respiraba el olor dulce de los cerezos que crecían alrededor.
Recuerdo la hora de la cena, cuando Myriam, mi hermana, tocaba la puerta para traerme agua fresca, abrazos y besos.
Esa memoria se mezcla con el presente, y aprieto con más fuerza los dedos de Flagbys, aferrándome a la vida que aún me rodea.
Ella se pega más a mí, y juntos disfrutamos del espectáculo que se reproduce en el cielo.
—Qué buen momento para ser una de ellas —dice Flagbys, señalando el cielo con un dedo, como si jugara con la lluvia de estrellas fugaces y cometas—. Qué divertido sería ir a un lugar donde nadie pudiera lastimarnos.
Yvan regala una débil sonrisa a su hermana, que sigue pegada a mí. Sus ojos reflejan un cansancio antiguo, pero también un brillo de ternura.
—Con la muerte de nuestra hermana, muchas cosas cambiaron —dice con voz baja.
El silencio nos envuelve. Flagbys e Yvan suspiran pesadamente, como si compartieran un mismo recuerdo doloroso.
—Cuando aquellos delincuentes la violaron y asesinaron…
—Flagbys se detiene, la voz quebrada—. Pero ya pasó.
Tratamos de darle unos últimos días dignos durante su funeral, con flores moradas y canciones que ella amaba.
Esperamos que, donde sea que esté, podamos conectar con ella, que nos proteja y que se sienta orgullosa de que…
nosotros elegimos ser marionetistas porque queremos ayudar a proteger a las personas.
Queremos evitar que las familias se separen para siempre, como nos pasó a nosotros.
El viento helado sopla más fuerte, pero no nos incomoda. Nos sentimos unidos, como si la Torre de Reposo y el cielo estrellado fueran testigos de nuestra promesa silenciosa.
Mantenemos un minuto de silencio mientras los colores y luces en el cielo van disminuyendo.
El viento helado acaricia nuestros rostros, y el eco del universo parece detenerse junto con nosotros.
La lluvia de estrellas fugaces se atenúa, como si el cosmos nos concediera un respiro para escuchar lo que está por decirse.
—Yo elegí ser marionetista para algún día…
—las palabras de Cynthia son pesadas, arrastran un peso invisible.
Se cruza de brazos intentando ponerse firme.
Los extremos de la banda que cubre sus ojos se mueven con el viento, igual que su cabello amarrado en dos colas.
Su voz vibra con una mezcla de determinación y fragilidad— cambiar el temperamento de mi familia.
La miramos en silencio. Ella no puede vernos, pero estoy consciente de que puede sentirlo todo: nuestra atención, nuestra tensión, incluso el sentimiento que provoca el espectáculo en el cielo, aunque no pueda diferenciar sus colores.
Cynthia es una tremenda marionetista. La mejor de la clase.
A pesar de su discapacidad, ha demostrado que puede ser igual a los demás, incluso con más fortaleza.
—Mi familia es la Darlin.
Yvan y Flagbys se sobresaltan.
—¿Darlin? —dice Yvan, sacudiendo la cabeza como si necesitara confirmar que lo que acaba de escuchar es real—. Cynthia… la familia con mayor poder en Chatarra. Y el Comandante… oh. Ya entiendo lo que quiso decir Esteban.
—Sí. Estyal Darlin es el Comandante de Protección y Paz. Es quien vendrá. Supervisará que el sitio cumpla con las condiciones para la participación en el Gran Torneo de Marionetistas. Él es mi hermano mayor.
—Mucho mayor —comenta Flagbys, incrédula—. Es un comandante, y tú tienes nuestra edad. La diferencia es considerable, Cynthia.
Ella asiente, con calma.
—Increíble. Parece que nadie sabe que eres tan importante. Pero… ¿por qué nunca te vimos? Bueno, aparte de que tu familia siempre ha sido tan reservada.
Cynthia muerde sus labios, como si dudara en abrir una puerta que ha mantenido cerrada por años.
—Yo desaparecí un tiempo. Lo que les diré es importante.
Cuando desaparecí, fui a un lugar extraño.
Supongo que es el mismo que todos llegan a apreciar cuando entran a la Torre de los Espejos…
pero a mí me llamó. Algo, o alguien, y simplemente…
desaparecí. No sé dónde estaba, ni cuánto tiempo transcurrió.
Hace una pausa, y su voz se quiebra apenas.
—El hecho es que me fui, y regresar solo fue posible gracias a Encastrol, mi marioneta, mi Canto de Tierra.
Mi familia, en especial Estyal, no estaba nada contenta.
Entonces, por cuenta propia, decidí inscribirme en la Sociedad del Hilo.
Quizás para darles una muestra de humildad, para que sepan…
que soy más que una mujer que no puede ver.
Su voz baja, se vuelve un susurro que nos atraviesa. Todos nos ponemos de pie rápidamente. La ayudamos a levantarse, aunque ella niega con las manos, intentando evitarlo. Es inevitable: la abrazamos con fuerza, como si quisiéramos sostenerla contra el viento y contra sus propios recuerdos.
—¡Ouch! Odio que me abracen, por Dios, chicos —protesta Cynthia, pero su tono revela más ternura que molestia.
El silencio vuelve a rodearnos, pero ahora es distinto: no es vacío, es unión. La Torre de Reposo, el cielo estrellado y nuestras manos entrelazadas se convierten en testigos de una verdad que nos cambia para siempre.