La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 18 #2
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Capítulo 18 #2

Me levanto de golpe y le muestro el anillo que encontré de Fylian en el Santuario. Esteban no reacciona bruscamente, pero sí libera una larga línea de aire por la nariz.

—¿Dime qué carajo has hecho tú, capitán?

—Protegerte —responde, con voz firme—. Pero cuando se protege a alguien, no siempre se tiene que decir a los cuatro vientos.

Sus palabras me golpean. ¿Dónde he escuchado lo mismo? Sí, lo recuerdo. Pero… ¿de qué exactamente me está protegiendo?

—Me gustaría preguntar, pero sé que al final no me contestarás nada —y es lo cierto.

—Quédate aquí —me dice, y su voz, aunque firme, suena más a invitación que a orden.

Se entrecorta un poco. ¿De verdad lo hace? No parece algo típico de él.

—Quizás ya haya un montón de estúpidos especialistas recorriendo los pasillos —añade, con un gesto cansado—. No creo que quieras más problemas… ¿o hasta qué punto puedes llegar a soportar tantos?

—De acuerdo —contesto, intentando sonar tranquilo, aunque mi pecho late con fuerza.

Me vuelvo a sentar en su cama, pero Esteban se pone manos a la obra. Saca un colchón adicional de debajo de la cama y comienza a cubrirlo con telas, sus movimientos firmes pero meticulosos.

—No —me dice, justo cuando voy a acostarme en el colchón del piso—. No duermes aquí. Arriba. Yo aquí. Igual, me gusta dormir en el suelo, vamos.

El aire es frío, huele a piedra húmeda y a madera vieja.

Esteban se quita la camisa despacio, como si se despojara de una armadura invisible.

La tela cae al suelo con un sonido suave, y lo observo: su piel es blanca, casi luminosa bajo la luz tenue, y en su espalda se dibujan un millón de lunares, como estrellas dispersas en un cielo secreto.

Me quedo quieto, sorprendido, atrapado en esa imagen.

—No siempre soy el capitán que todos creen —dice, mientras se desabrocha los pantalones y los deja a un lado y luego se pone un pantalón un poco más corto, pero no se pone ninguna camisa.

Se sienta en el borde de la cama, los hombros caídos, y suspira largo, como si soltara un peso invisible—.

A veces solo quiero descansar sin que el mundo me pese encima.

Sus palabras me atraviesan. Yo, que siempre me siento fuera de lugar, entiendo que él también busca un refugio.

Me acerco despacio, temiendo romper el momento. El silencio se convierte en un pacto. No hay jerarquías, no hay órdenes. Solo dos personas que se permiten bajar la guardia.

Esteban se tumba en el suelo, junto a la cama, como si quisiera cederme su espacio. Pero luego se inclina, me mira con esos ojos marrones que tantas veces me han juzgado, y esta vez me habla con suavidad:

—Rodrygo… no tienes que dormir en el suelo.

El corazón me golpea fuerte. Subo a la cama, torpe, inseguro, y me quedo a su lado. La respiración de Esteban se convierte en mi única guía en la oscuridad. Sus hombros se relajan, su pecho sube y baja con calma, y yo me dejo llevar.

Mientras el sueño finalmente me vence, pienso que, en esta habitación, bajo la misma sombra, hemos dejado de ser capitán y aprendiz. Somos simplemente dos personas que, por primera vez, se permiten descansar.

—Lo que pasa es que cuando Yvan era niño le daba mucho miedo ir a los circos que se hacían cerca de Autum, al este de la Sociedad del Hilo —comenta Flagbys, mientras muerde un trozo de pan con crema de vainilla.

Al saborear, abre los ojos como si hubiera descubierto un nuevo sabor.

—Uf… esto debe ser lo más cercano a morder una nube de caramelo. ¡Es tan bueno que debería estar prohibido! —dice, paseando su postre frente a nuestras caras como si fuera un trofeo—. ¡Es increíble, fabuloso, demasiado bueno!

Pero, fiel a su torpeza legendaria, el trozo se le resbala y la crema termina cayendo al suelo. Flagbys se queda mirando el desastre, suspira y, con toda la cara de inocencia del mundo, apunta a su hermano:

—¿Esto es tu culpa, Yvan?

Yvan la fulmina con una mirada de pocos amigos, como si estuviera considerando seriamente expulsarla de la Sociedad del Hilo solo por crímenes contra la limpieza.

Yo, mientras tanto, pienso que entre la crema en el suelo y las hormigas que vendrán en la noche… el verdadero enemigo no son los circos ni los Venusfly, ¡son mis propios compañeros!

Nos encontramos todos en mi habitación. Yvan dijo que era hora de repasar lo sucedido en el Santuario del Hilo. Hemos estado vigilados, y reunirnos así se siente pesado, como si tuviéramos a varios marionetistas o especialistas de combate respirando detrás de nosotros.

Cynthia muerde su pan y la crema se le cae sobre mi cama. Bufo.

—Ja, ja, ja… Y eso que no fui yo. Pensaba que sería yo —se ríe Yvan, mientras también deja caer un poco de crema. En ese momento las quiero matar, antes de que las hormigas en la noche me maten a mí.

—Intensa la conversación con los directivos —dice Yvan, ayudándome a limpiar la crema derramada por su hermana—. Más que intensa, preocupante.

Y lo están. Por lo que me confesó Esteban, parece que a nivel de organización estructural en Chatarra las cosas no marchan del todo bien.

Es un asunto socio-político: a menor número de marionetistas, más vulnerables somos; y mientras más vulnerables, menos posibilidades de desarrollo.

Además, el Maestro en Marionetas no nos permite intervenir más allá de una violencia trascendental. Eso complica todo.

Asentimos en silencio mientras terminamos de comer y nos acomodamos. Yvan saca sus papeles y su tableta virtual, inseparable. Hoy su cabello dorado está perfectamente peinado hacia atrás, su rostro limpio. Parece que se duchó.

—Pero esas cosas no son asunto nuestro. Para eso hay personas calificadas para tratar esos detalles —añade.

¿Realmente calificadas? No lo creo. Por lo que decía el director Orryn, pareciera que le tienen más miedo al Comandante de Protección y Paz y a su Ministro que a los problemas reales. Tendremos que esperar. Hoy es el día en que aparecerán. En unas horas, así que será mejor prepararse.

—Caldyno fue tanto activista político como científico —continúa Yvan, tecleando en su tableta—. Desarrolló la magia cibernética ancestral. Pero la llamó el Jardín Cibernético.

Estudiamos al enemigo. Aunque sus crímenes se cuentan de boca en boca, sus registros oficiales están limpios.

—¿Cómo es eso posible? —pregunto, y todos nos quedamos boquiabiertos.

Tiene habilitación absoluta para regir en Bosqueoscuro, su hogar, como cualquier representante de alto rango. Pero ese es Caldyno: creador de los Venusfly y de… esa cosa.

—¿Cómo era que lo llamó? —mi voz tiembla. El miedo borró esa parte de mí.

—El Dragón Mecánico de la Rosa Negra —responde Yvan con firmeza.

Eso sí es un problema serio. Y nosotros lo vimos. No creo que nadie más.

—Es aterrador —comenta Flagbys, acercándose más a mí. Le golpeo levemente el hombro en señal de apoyo.

—Lamento haber arruinado la misión, muchachos… —añade Flagbys, con un gesto de culpa. Se refiere a la imposibilidad de luchar. Pero, eso no debe traducirse en arruinar la misión.

Aunque ella hubiese apoyado, nos superaban en experiencia, territorio y número. Cynthia, la más experimentada de nosotros, no pudo contenerlos con su Canto de Tierra. Ni siquiera habría podido contra el dragón.

Lo que me preocupa es que, según la historia, Caldyno nunca crea ni pisa un lugar sin un propósito, sin algún beneficio oculto, casi artístico. ¿Qué función tendrá ese Dragón Mecánico de la Rosa Negra?

Lo que sí sé es que Fylian lo presenció.

Las cenizas en el lugar, los rastros de combate y su anillo son una clara señal de que él sabía lo que enfrentaba.

Y aunque esto eriza la piel y provoca un dolor de cabeza capaz de explotar nuestras neuronas, todo está conectado: Caldyno, Fylian y su desaparición, los Venusfly, las infiltraciones, las rosas negras y las personas infectadas.

La pregunta es: ¿en qué orden podemos traducir todo esto?

Lo primero es aceptar que el contrabando es real.

Circula cerca de la Sociedad del Hilo, incluso alrededor de las fortalezas más grandes de la región, en túneles.

¿Ellos lo saben? Tienen que saberlo. No creo que unos “niños inválidos”, como nos hacemos llamar, puedan descubrirlo solos…

¿o acaso quieren que lo sepamos a propósito?

Lo que sí sé, y me obligo a reconocer, es que, si todo esto está relacionado con Fylian, debo encontrar la manera de intervenir.

Hacer lo mejor que pueda. Puede costar vidas, pero ¿cómo podría cargar con la culpa si esto se extiende, si muere más gente inocente y yo lo sé todo sin siquiera intentarlo?

Es ahí donde nacen los héroes. A veces los héroes son tontos, porque no reconocen el miedo o meten las narices donde no deben. Pero si hay vidas en peligro, es ahí donde más debemos actuar con firmeza.

Flagbys suspira de nuevo. Todos respondemos con movimientos de cabeza y manos, dejándole claro que no tiene nada de qué disculparse.

—Yo creo que estuviste excelente, Flagbys —digo, y ella sonríe abiertamente.

—Caldyno da mucho miedo. Hasta yo creo que me mojé los pantalones —añado, provocando algunas risitas, incluso de Cynthia, que siempre mantiene esa cara seria como de cañón.

El ambiente se relaja, al menos un poco.

—Creo que todos lo hicimos bien. Aunque nuestras experiencias en este tipo de misiones sean escasas, trabajar en equipo nos permitió regresar a casa. Y yo agradezco a cualquier dios existente por eso… y también por tener a los mejores amigos del mundo.

Levanto la mano y todos colocan las suyas sobre la mía.

—Uno, dos y tres… ¡equipo de los inválidos! —gritamos al unísono, soltando carcajadas. Flagbys me empuja y yo la empujo de vuelta, entre bromas.

Pero la risa se apaga cuando Yvan retoma el tema.

—En fin… es evidente que Caldyno tiene relación con la desaparición de Fylian y Kyra. ¿Qué sugieres que hagamos, Rodrygo? —me mira con expectativa, buscando aprobación.

Parpadeo un par de veces y me encojo de hombros.