Capítulo 18
No preguntes de dónde viene alguien si antes no le has preguntado por qué se quedó.
—Frase grabada en la base de la Torre de Reposo, atribuida a un marionetista desconocido de generaciones pasadas.
La noche es profunda —cuando no lo es en este lugar—, tan silenciosa que hasta el roce del viento contra las almenas del Castillo de la Sociedad del Hilo parece un susurro interminable.
En parte, me gusta: el silencio ayuda a reflexionar, sobre todo cuando el ruido exterior y el ruido de la mente se mezclan en una danza interminable y cruel.
Los vigilantes se mantienen en sus puestos, armados de paciencia y rodeados de pequeños fragmentos de luz que flotan a su alrededor, otorgándoles visibilidad y seguridad.
La escena parece tranquila, pero yo no puedo dormir.
Algo me oprime el pecho, es un fastidio, sí pero no hay mucho que hacer.
El esperar no ha sido de mis cosas favoritas.
Entonces la veo: una sombra que se desliza con agilidad, casi felina. Reconozco el movimiento, la forma de los hombros, el cabello negro que brilla apenas bajo la luz de la luna. Nick. Mi amigo. El estudiante especialista en combate.
Me levanto sin pensarlo y lo sigo. Cada paso es un riesgo: él se voltea de repente, y yo me escondo tras una columna, conteniendo la respiración. Un vigilante pasa cerca, su linterna barre la piedra, y me aplasto contra la pared para no ser descubierto. El corazón me golpea como un tambor.
Nick avanza más rápido, sube por las escaleras estrechas que llevan a lo alto del Castillo. Lo alcanzo, y cuando estoy lo bastante cerca, lo llamo:
—¡Nick… espera! —grito, mi voz se quiebra contra la inmensidad de la noche.
Se detiene. Su silueta se recorta contra el cielo nocturno, rígida, como una estatua oscura en lo alto del Castillo. El viento sopla con violencia, agitando su cabello negro y revelando por un instante sus rasgos asiáticos, tensos, endurecidos por algo que no alcanzo a comprender.
Cuando gira hacia mí, la escena se rompe: Nick se inclina y vomita una sustancia espesa, una sangre negra que se derrama sobre las piedras, impregnando el aire con un olor metálico y nauseabundo.
Sus ojos se ennegrecen, profundos como pozos sin fondo, y entonces lo veo: una rosa negra, marchitándose, atravesando su mano como un parásito vivo.
—¡Nick! —corro hacia él, intento sostenerlo, arrancar esa maldición de su piel, pero la rosa palpita, late como si tuviera corazón propio.
Él me aparta con brusquedad, la voz quebrada, casi un susurro:
—Debes irte, Rodrygo —me ordena, pero lo que más me sorprende es que… me sonríe, como siempre lo hace. Con un gesto lento, casi torpe, levanta la mano y me revuelve los rulos con descaro.
—La próxima vez que tenga mis cuchillos —dice, arqueando una ceja— te juro que rebajaré esos rizos. ¿O cómo es que te gusta? Puedo ser un buen estilista si esta maldita especialidad no acaba conmigo… o si yo no acabo antes.
Su sonrisa se ensancha, burlona, mientras me da un golpecito en la frente con el dedo.
—¿Crees que me voy a rendir? No, no, primero lo primero: tengo que ser mejor que tú. Y después… —hace una pausa dramática, como si pensara en voz alta— llevarte a fiestas. Son muy buenas, ¿sabes?
Se ríe, con esa risa que siempre parece esconder algo.
—Aunque claro… tú no puedes creerlo ni saberlo, porque nunca has ido a una de verdad.
Me quedo mirándolo, entre la tensión y la sorpresa, y por un instante la sombra de la rosa negra en su mano parece desvanecerse bajo el peso de su humor.
—No. No voy a dejarte. Puedo cuidarte, puedo protegerte. Fuiste de las primeras personas que me habló aquí… no me pidas que te abandone.
Nick niega con fuerza, sus ojos oscuros brillan con un dolor que me atraviesa como una lanza.
—Lo mejor es detenerlo desde la raíz. Esta rosa quiere propagarse. Tiene vida dentro, y esa esencia me impide hablarte con claridad.
—¡Entonces dime cómo! —le suplico, aferrándome a su brazo, sintiendo su piel helada bajo mis dedos.
Nick me mira. Por un instante, su voz se suaviza, como si me entregara un secreto que no debería revelarse:
—La música, Rodrygo… algo que llevas dentro, aunque aún no lo sepas. Esa música puede detonar el fuego y consumirlo todo. Es una medida de precaución… alguien cercano a ti lo descubrió poco a poco. Esa información es vital.
El viento ruge alrededor, las torres del Castillo parecen inclinarse sobre nosotros. Quiero preguntar más, quiero arrancarle la verdad, pero Nick se adelanta. Con un movimiento certero, me golpea. El mundo se sacude, mi visión se nubla.
Caigo de rodillas, luchando por mantener los ojos abiertos, por no ceder a la oscuridad.
—No cierres los ojos… —me repito, tambaleando, con la respiración entrecortada.
Pero Nick ya se desvanece en la noche. Su silueta se disuelve entre las torres, como humo arrastrado por el viento. La última imagen que guardo es la rosa negra latiendo en su mano.
—¡Ouch! —exclamo, y estoy a punto de darle un pequeño empujón a Esteban, pero me detiene en seco. Me sujeta la muñeca con firmeza, desliza la mano hasta mi pecho y me obliga a recostarme de nuevo.
—Esa mierda arde demasiado, ¿sabes? —le digo.
Él se encoge de hombros. Típico de Esteban: mandíbula cuadrada apretada, cejas pobladas arqueadas, esa expresión que nunca revela del todo lo que piensa.
Minutos después me ayuda a recomponerme con una sustancia que coloca sobre mi nariz.
El efecto es brutal, como si me provocara un infarto.
Apenas puedo respirar, pero sé que se apresuró a enviar a Murmush y a Grealish a buscar rastros de Nick.
No es la primera vez que veo cómo el voraz efecto de la rosa negra destroza a un humano. Lo que me sorprende es la forma en que Nick intentaba darme un mensaje: sus ojos vibraban, como si algo estuviera consumiendo y moviendo pensamientos dentro de él.
La preocupación me golpea de repente. Me levanto de golpe, imaginando a Nick caminando moribundo entre la vegetación, o perdido en zonas peligrosas como el Jardín de Espadas.
Esteban vuelve a ponerme la mano en el pecho y me tumba otra vez.
Me limpia la herida en la sien —la que me provocó Nick— y resopla frustrado.
Sé que no debería dejarlo, pero al diablo: puedo hacerlo yo mismo.
Además, ¿qué hago en la habitación de Esteban?
Me trajo aquí, sí, pero no es correcto. Intento levantarme por tercera vez.
Él suspira, aprieta los labios y me vuelve a tumbar con una sola mano, mientras coloca el algodón empapado en agua oxigenada sobre mi herida.
Su cabello gris se alborota como siempre, y sus ojos marrones se clavan en mí con un cuidado extraño, antes de apartarse.
Giro apenas la cabeza para no entorpecer su trabajo.
El cuarto es pequeño, oscuro, pero tiene una ventana que da hacia la blanca Torre de los Espejos.
A la derecha, unas repisas con fotografías.
Entre ellas, reconozco a mi mejor amigo Fylian.
Eso me sacude. Me incorporo de golpe por cuarta vez, y Esteban finalmente se rinde.
—Contigo no hay remedio —me dice Esteban, alzando la mano, tirando el algodón a un lado y poniéndose de pie mientras se sube las mangas de la camisa—. Eres demasiado ansioso.
Bueno, sí, sé que lo soy. Pero dime algo que yo no sepa.
La verdad es que creo que a veces puedo controlarme…
mi rabia, mis emociones compulsivas. Aquí es mejor hacerlo.
He visto en las misiones con mis amigos que un paso en falso puede dar un resultado pavoroso, no solo para mí, sino también para ellos.
Y los quiero. Fylian solía decirme que me encariño demasiado, y creo que es cierto.
Pero sé, en el fondo de mi corazón, que puedo elegir correctamente a las personas que estén a mi alrededor.
—¿Crees que pueda ir muy lejos? —pregunto.
Chatarra es enorme, y me preocupa que Nick esté en lugares donde puedan noquearlo, o peor, que lo confundan con una nueva especie de Venusfly.
Sé que la vigilancia pronto aumentará como hormigas por el Gran Torneo de Marionetistas que se disputará aquí.
No quiero que nada le pase—. ¿Cuándo te dirán algo Murmush y Grealish?
Esteban se gira, se recuesta contra la pared y cruza los brazos. Luego cruza también una pierna, pensativo.
—¿Y qué pasa si intentas llamarlos ahora? —dice, con voz reflexiva.
No sé cuánto tiempo ha transcurrido, pero con la agilidad que tiene Nick es fácil que se pierda. Estoy pensando demasiado. Esteban levanta la mirada suavemente hacia mí, y trago en seco.
—Perdón… perdón. Es que… ya sabes, esto es nuevo. Realmente no sé qué hago aquí, menos aun hablando tanto contigo.
—Es un poco inmaduro de tu parte, pero es normal en ti —responde él, sin apartar la mirada.
—Te preocupas por tus amigos como yo lo hago con los míos. Nick es de los más cercanos. ¿Por qué crees que no quise involucrarlo tanto en estas misiones? Simplemente… no podía.
—Pero Rodrygo, al final todos podemos estar involucrados.
Esa rosa es una señal clara, una firma de que Caldyno puede estar cerca.
El Luna Victoria de Haalynd detectó una alteración, pero no sabemos qué.
Y tu amigo Yvan… con su intelecto y esa forma de moldear la información como si pusiera una roca en un río impenetrable… es la razón por la que debemos temer.
—No le temo —respondo, cruzándome de brazos.
—Créeme que sí le temes, y mucho. Pero eso no te detiene.
Lo que haces es ponerte en riesgo. ¿Sabes qué?
No hay forma de detenerte. —Se descruza de brazos, suspira—.
No, desafortunadamente no la hay. Esto es serio, como siempre.
Y siempre te digo la misma mierda, pero…
¿ya para qué? Estás involucrado, y espero que se solvente.
—Claro, me trajiste aquí para hacer tu puto trabajo. ¿Por qué? ¿No te pagan bien en esta mierda? ¿O cómo funciona? Porque no es posible que yo esté dando pasos más firmes y cercanos a Fylian que los que tú has podido dar.