La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

—El problema es que el poder que reside en el Cónclave del Hilo y en el Alto Maestro de Marionetas es algo que le falta al Ministerio de Protección y Paz.

El Maestro actual no permite la violencia a niveles trascendentales.

Por eso los directivos se aseguran de que no intervengamos, de que no seamos imprudentes sin autorización.

En pocas palabras… todo pende de un hilo.

—¿Y qué hay de los que no tienen marioneta? —pregunto, pensando en Nick, en la facilidad con la que se mueve entre nosotros sin que nadie lo trate distinto—. ¿También pende de un hilo lo de ellos?

Esteban tarda un segundo en responder, como si la pregunta le tocara algo viejo.

—Eso lo resolvió alguien hace quince años, antes de que tú o yo naciéramos casi.

Una capitana que nadie aquí olvida del todo, aunque pocos hablen de ella.

Impulsó un decreto para que a quien ninguna marioneta elige no se le deje fuera, sino que se le forme como especialista.

Combate, armas, lo que haga falta. —Se encoge de hombros, como si quisiera restarle peso a algo que claramente no se lo tiene—.

Nick existe, tal como es, gracias a eso.

No pregunto más. Pero me quedo pensando en cuánta gente hoy camina por la Sociedad del Hilo sin saber a quién se lo debe.

Asiento, resignado. Estoy a punto de darme la vuelta y marcharme, cuando Esteban se adelanta, me toma por los hombros y me gira hacia él. De pronto, me envuelve en un abrazo tan fuerte que siento los músculos de mi espalda crujir.

—Debes hacer más estiramientos después de tus entrenamientos —me dice al oído, con una voz que vibra entre la firmeza y algo más íntimo. Su aliento roza mi piel, y de manera extraña, los vellos de mis brazos se erizan.

Me quedo inmóvil, atrapado en esa fuerza que no es solo física. Esteban aprieta un poco más, como si no quisiera soltarme.

—Lo encontrarás —susurra, y su tono se quiebra apenas—. Lo encontraremos.

Levanto la mirada, más allá de la altura de Esteban, y descubro a Flagbys parada frente a nosotros. Sus ojos me observan pesadamente, como si hubiera visto demasiado, como si entendiera lo que está ocurriendo entre líneas.

A la mañana siguiente me encuentro con el profesor Felyan. Su marioneta cuelga de su espalda con un aire solemne, casi grandioso, como si llevara consigo un peso invisible. El salón está vacío; hoy soy el único que lo acompaña. Me giro hacia él y Felyan asiente en silencio.

—Los demás han podido superar esa pared emocional que tú no puedes, Rodrygo —dice con calma, aunque sus ojos me observan con dureza.

—No es solo una pared mental, profesor Felyan —respondo, bajando la mirada—.

También es todo lo demás. Las clases de combate, las simulaciones, las pruebas de lengua…

y dentro de un día la prueba final, que dicen que es despiadada.

Además, con el retraso de los representantes del Ministerio de Protección y Paz, nos acompañarán y evaluarán.

Está claro: quieren medir el nivel de cada estudiante para su propio beneficio.

Felyan se acerca un paso, su voz se suaviza:

—Quizás si me cuentas un poco de lo que crea ese muro, pueda ayudarte.

Niego con la cabeza de inmediato y retrocedo. No puedo. Recordar duele demasiado.

—Lo comprendo, Rodrygo —continúa—. Pero si no sincronizas lo que llevas dentro, si no rompes esa barrera, se te hará imposible cuando entres a la Torre de los Espejos. ¿Qué te parece si hoy trabajamos despacio? Mi marioneta puede adentrarse en una situación débil y partir de ahí. ¿Estás preparado?

No lo estoy. Nada de esto me hace sentir preparado. Pero es un requisito. Los directivos no están contentos con mis resultados, y hemos estado en escenas donde hubo ataques. Es hora de tomar las riendas. Asiento con la cabeza. El profesor sonríe apenas.

La tenue luz de su marioneta se posa sobre mí.

De pronto, estoy en mi casa. En la sala.

Todo me parece más alto, más grande. Me giro y veo un espejo: soy más pequeño.

No recuerdo qué edad tengo. Es de noche, verano, y el calor me oprime.

Mi madre entra tropezando con todo, la frente perlada de sudor, buscando algo con desesperación.

Me acerco para ayudarla, pero me rechaza con un bufido. Retrocedo, siento presión en el pecho y la garganta seca. Entonces él entra. Con un solo movimiento la toma por su cabello rizado y la arroja al suelo.

—Mamá… no… —susurro, temblando.

Los gritos de mi madre se vuelven más pesados, desgarradores, suplicantes. Estoy de rodillas, con las manos cubriéndome las orejas, a punto de colapsar. El olor a alcohol llena el aire, me provoca náuseas.

—Quiero salir. Ya. Quiero salir, por favor… ¿Profesor? —mi voz se quiebra, desesperada.

—Aguanta —responde Felyan, aunque su tono también tiembla—. Eres más fuerte, Rodrygo. Ese recuerdo debe ser aceptado y liberado. El hecho de que lo hayas olvidado no significa que no exista. Está ahí, y funciona como veneno en tu interior.

—¡Le dije que me saque! ¡Ya! —grito, con lágrimas en los ojos.

De pronto, la imagen se petrifica. Se rompe como un cristal que estalla. Vuelvo al salón. El aire es denso, mi respiración agitada. El profesor Felyan cae de espaldas, jadeando, mientras su marioneta permanece de pie, mirándome fijamente.

—¿Qué… qué pasó, Rodrygo? —su voz se escucha entrecortada, por primera vez cargada de miedo—. Es como si… hubieses controlado a mi marioneta.