Capítulo 17 #2
Esteban intensifica la mirada en mí, se muerde el labio. Sabe lo que mi mente está tramando. Necesitamos apoyo militar. Necesitamos consejos de grandes líderes. Quizás ese comandante…
—No —interrumpe Esteban con dureza—. Les diré algo: si tienen a alguien de quien sospechar, que no sea ese comandante.
Sus ojos se deslizan lentamente hasta detenerse en Cynthia.
—Tú lo sabes más que nadie, Cynthia.
Ella asiente en silencio, aprieta los labios con fuerza. Esteban continúa:
—Los veo mucho en los desayunos, almuerzos y cenas.
Los veo ayudándote en las clases. Los veo indicándote dónde sentarte, aunque tú siempre encuentras tu manera de ver las cosas.
Pero, Cynthia, ahora ellos… —Esteban extiende un dedo desde mí hasta Flagbys—.
Son tus amigos. Y merecen saber toda la verdad.
En ese instante, la puerta se abre lentamente.
Esteban se detiene, se tensa y hace una breve reverencia.
Tres directivos entran con paso solemne, vestidos con túnicas negras atravesadas por líneas amarillas.
Llevan en el pecho un broche con el emblema de la Sociedad del Hilo.
El aire se vuelve más pesado, y todos contenemos la respiración mientras toman asiento.
—Director Orryn Oskarsson —anuncia Esteban, colocándose justo detrás de mí—, como desea, aquí está el grupo.
Por fin sé su nombre. Oskarsson parpadea un par de veces, se rasca la gruesa barba negra y suspira. Su rostro no expresa alegría alguna; más bien, transmite cansancio y severidad.
—Nos enteramos de que han estado en algunos puntos de concentración terrorista durante estos últimos meses —dice el director, bajando la mirada y luego alzándola de nuevo para examinarnos con detenimiento.
Asiente lentamente—. Eso ameritaría un interrogatorio distinto al que les hacen Grealish y Murmush.
A manos del Comandante de Protección y Paz.
Pero… creo que eso no se vería, digamos…
—Atractivo para la imagen de ustedes tres como directores —interrumpo, y todos me miran de golpe. Trago saliva y continúo—. No tenemos nada que ver con esos ataques. Si escudriña un poco más, podrá notar que ayudábamos a los civiles. No tenemos nada que ver, y eso es todo.
Me pongo de pie, pero una de las hermanas —la que siempre lleva el cabello trenzado— me detiene con una mano. Frunce el ceño, como advirtiéndome que me calle.
—En mi primera noche aquí me dijeron que uno de mis motivos era encontrar a Fylian… y quizás sus misiones…
—¡Rodrygo! —exclama Yvan, con los ojos abiertos de par en par. La cagué.
—Así que fueron ustedes los que burlaron la seguridad de la torre y obtuvieron los archivos de las misiones de Fylian y Kyra —deduce Oskarsson, poniéndose de pie. Su voz se endurece—. Eso tiene sentido. Ahora… ¿qué han conseguido?
Negamos con la cabeza.
—Eso pensé —responde con frialdad—. Los marionetistas son cuerpos de seguridad y protección de Chatarra, y así funciona en diferentes jurisdicciones.
Lamentamos que la búsqueda de Fylian se haya tornado complicada para ti, Rodrygo.
Pero dime… —mueve varias hojas sobre su escritorio—, ¿cómo van tus calificaciones?
Difícil que puedas hacer mucho para dar con el paradero de tu amigo.
—Se equivoca —bufa Yvan, y Esteban lo respalda con un gesto firme. A la mierda si es un directivo. A la mierda si tenemos a tres delante de nosotros. Esto va mucho más allá.
Me levanto, con la voz cargada de rabia:
—Este lado del mundo es distinto. Aquí las personas no se juzgan por lo que tienen, sino por lo que son.
¿Por qué deberían importar mis calificaciones más que mi iniciativa para encontrar a mi amigo?
Ustedes se preocupan más por los detalles técnicos de su torneo, mientras omiten que hay escasez de marionetistas. ¿Qué sucederá si hay una gran batalla?
Los tres directivos se ríen al unísono, confiados, arrogantes.
—Se sienten tan seguros que no saben en qué momento el enemigo se adentrará en sus propias instalaciones —añado, con la voz temblando de furia—. Mi mejor amigo sigue perdido… y no voy a parar hasta encontrarlo. Con o sin la ayuda de ustedes, lo conseguiré.
Sin dar oportunidad a réplica, me marcho. La sala queda en silencio, cargada de tensión, mientras mis pasos retumban en el pasillo.
—Estás por el camino equivocado, Rodrygo —la voz de Esteban suena detrás de mí, grave, cargada de un peso que no me atrevo a ignorar. Escucho cómo la puerta se cierra con un golpe seco. No me molesto en voltearme, pero sus pasos firmes me siguen.
—Sí, sé que este lugar es pesado —continúa, acercándose—. Que quizás te imaginaste algo diferente, que iríamos directo con Fylian… pero la realidad es que no me lo permitieron, Rodrygo. Esto va más allá de la integridad. Va…
Me detengo. Giro lentamente y me encuentro con sus ojos marrones cansados, que me observan con una intensidad que me obliga a sostener la mirada.
—El gobierno de Chatarra es estricto —dice, bajando la voz como si temiera que alguien más escuchara—.
Saben que estás aquí. Y si te pasa algo, si los de arriba se enteran, las repercusiones serían graves.
La idea es que sigamos bajo las sombras.
Ellos nos observan, como nosotros a ellos.
Mientras nadie dé un paso en falso, todo estará bien.
Lo entiendo, aunque me cuesta aceptar que el Gobernador de Conquista o el primer ministro se preocuparían por un “debilucho” como me llamó Esteban la primera vez que lo vi. Cruzo los brazos y me alejo un poco de la puerta principal de los directivos.
—El motivo de la conversación con ellos es precisamente porque te estás metiendo en aguas peligrosas —añade Esteban, siguiéndome con la mirada—. Deja a Caldyno en manos del Ministerio de Protección y Paz. Ellos se encargarán… aunque ese tipo de cosas se manejan de manera distinta.
Frunzo el ceño.
—Entiendo que la Sociedad del Hilo se rige por las direcciones del Decano de los Sabios del Hilo. Pero parecen entidades tan cercanas y, al mismo tiempo, tan alejadas. Esa combinación debería ser una fuerza imparable.
Esteban baja la cabeza, sus ojos se oscurecen. Asiente levemente, como admitiendo que es cierto: hay una separación ideológica que divide lo que debería estar unido.
—Pero… ¿por qué? —insisto, con la voz cargada de rabia contenida—. Hacer eso es dividir la protección de las personas que están allá afuera. ¿Acaso se olvidan de ellas?
Esteban se acerca un paso más, su voz se vuelve casi un susurro: