La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 17
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Capítulo 17

Toda herida que se esconde demasiado tiempo termina hablando sola, aunque nadie quiera escucharla. El silencio no cura: solo retrasa el grito.

—Apuntes de la cátedra de Meditación, profesor Felyan, Sociedad del Hilo de Chatarra.

—Vamos, Flagbys, por favor —escucho a duras penas la voz de Yvan, áspera por el cansancio—. ¿Cuántas veces has botado ya el agua oxigenada para limpiar las heridas?

La última frase la dice con un dejo de reproche, más para llamar la atención de su hermana gemela que por verdadera rabia. Todo está oscuro a mi alrededor; siento como si mi cuerpo flotara en un vacío pesado, entre el sueño y la fiebre.

—No la regañes… —murmuro, casi arrastrando las palabras, mientras oigo cómo Flagbys vuelve a tumbar algo, el golpe seco de un frasco rodando por el suelo del vagón.

—Maldición… Flagbys, era lo último que quedaba —resopla Yvan, y en ese instante los silbidos del tren atraviesan el aire, largos y metálicos, como un lamento que se mezcla con el traqueteo de las ruedas sobre la vía.

El vagón vibra, las luces parpadean, y entre el ruido siento una mano sudada posarse sobre la mía. Apenas logro abrir los ojos: la penumbra me deja ver el rostro de Flagbys, inclinado sobre mí, con la mirada temblorosa y los labios apretados.

—Tranquilo, amigo… ya casi llegamos —susurra Yvan, y su voz se quiebra como si quisiera convencerse a sí misma tanto como a mí.

El olor a hierro de la vía, el humo que se filtra por las rendijas, el crujido de los rieles… todo se mezcla con el calor de esa mano que me sostiene, única certeza en medio del mareo y la oscuridad.

La Torre Principal se alza sobre nosotros como un recordatorio de lo que hemos perdido y de lo que aún debemos enfrentar.

El eco de nuestros pasos en el vestíbulo se mezcla con el murmullo apagado de los guardias.

Ha pasado casi una semana desde nuestro regreso, y ahora nos convocan para hablar de lo ocurrido.

Sabemos que han notado nuestra ausencia de casi día y medio.

Yo apenas puedo sostenerme. Siento como si algo dentro de mí se vaciara y me dejara sin energías, con una jaqueca punzante y ardor en los ojos.

Durante el regreso al tren, mis fuerzas se agotaron y fue Yvan quien me cargó junto a Flagbys durante un buen tramo.

Al mirarlos ahora, veo en sus rostros las marcas de la travesía: cortes en la piel, moretones en el cuello, rasguños en los brazos.

Todos llevamos las cicatrices de lo vivido.

—Me gustaría saber qué es el sueño —dispara Yvan, acariciándose el rostro en un ademán de cansancio puro.

Sus ojos se pierden un instante en el techo, suspira hacia arriba y los mechones húmedos de sudor que caen sobre su frente se disparan hacia atrás con el movimiento—.

Esas cosas… sigo soñando con todas ellas.

Con Caldyno… todo es demasiado complejo.

El aire se vuelve pesado, como si las paredes mismas escucharan. Yo intento suavizar la tensión:

—Buscaremos la manera de resolverlo todo —digo, con voz baja—. Quizás después de comer algo sabroso. Porque esas provisiones… bueno, eran comida, sí, pero sabroso no era precisamente.

Flagbys, que hasta ahora se mantenía en silencio, se inclina hacia adelante y rompe el momento con una sonrisa torcida:

—Pues yo juraría que esa sopa que nos dieron era un experimento fallido. Si sobrevivimos a Caldyno, fue gracias a que no nos mató la comida —comenta Flagbys.

Las risas contenidas de algunos se escapan, y la tensión se quiebra apenas un segundo. Flagbys, sentada en una de las sillas junto a Cynthia, levanta la mirada con gesto cansado pero divertido:

—Rodrygo, si vuelves a quejarte de la sopa, te juro que te la sirvo fría mañana —dice, pues claro, ha sido ella quien escogió las provisiones.

Cynthia, que ha estado observando en silencio, cruza las piernas y añade con ironía:

—No exageren. Al menos tenía sal. He probado cosas peores en las marchas. —Gira la cabeza en dirección a Flagbys—. Y todos sabemos que se trata de tus comidas.

El capitán Esteban se mantiene detrás de mí, firme como una sombra protectora. Los muchachos comentan que corrió hacia mí en cuanto llegamos a uno de los pueblos principales, como si temiera que no resistiera el viaje.

Los directivos aún no han llegado, así que aprovechamos esos minutos para contarle algunas cosas a Esteban. Se mueve con paso decidido, se coloca frente a mí y me mira con una mezcla de preocupación y autoridad.

—Hablen —ordena con voz grave—. Sé que hay más de lo que me han dicho.

Yvan, siempre meticuloso, saca un pequeño cuaderno donde ha organizado notas y trazos de lo que hemos encontrado.

—Capitán —dice, ajustándose las gafas—. Pudimos conectar con el tercer expediente de misión de Fylian. Pero lo inesperado fue encontrarnos con Caldyno.

El nombre resuena en la sala como un golpe seco. Esteban frunce el ceño.

—¿Caldyno? ¿Están seguros?

—Lo vimos con nuestros propios ojos —interviene Flagbys, con la voz aún quebrada—. Esa cosa… esa máquina… es capaz de derrotar a batallones enteros sin ayuda.

Esteban guarda silencio, como si intentara medir el peso de nuestras palabras.

Lo que no le decimos, lo que ocultamos, es lo que me quema por dentro. Después de la aparición de la máquina, ocurre lo imposible: yo controlo la marioneta de Flagbys. Algo que ningún marionetista puede hacer. Jamás se ha visto.

Yvan lo sabe. Se ha tomado el trabajo de investigarlo, de rastrear cada pista, cada comentario, cada coincidencia.

—Capitán —añade Yvan, bajando la voz—. Hay algo más. Algo que no encaja en ninguna regla conocida.

Esteban me mira directamente, como si pudiera leer en mis ojos la verdad que me niego a pronunciar.

—¿Qué hiciste? —pregunta con dureza, pero desvía la mirada de mí y posiciona sus redondos ojos marrones en mí, se lleva las manos a la cintura y suspira pausadamente.

Siento un nudo en la garganta. El recuerdo de la marioneta moviéndose bajo mi voluntad me estremece.

—No lo sé —respondo finalmente, con voz quebrada—. Solo sé que… la controlé.

El silencio que sigue es más pesado que cualquier herida.

—Es muy grave —termina diciendo Esteban mientras se rasca la barba con gesto pensativo.

Su voz retumba en la sala, grave y contenida—.

Los reportes principales, el ataque y el avistamiento del grupo de Caldyno coinciden con los ataques que se han estado recibiendo en los pueblos.

Lo que no entendemos es por qué lo hacen.

Hace una pausa, se endereza y continúa:

—Caldyno, bajo su estricta ideología, sostiene que Chatarra tiene la capacidad de expansión.

Y según él, no debemos permitir que en Conquista sigan desarrollando sus avances mientras nosotros nos quedamos de brazos cruzados.

Pero nunca buscó herir al pueblo directamente.

Chatarra es grande, sí, pero no más que Bosqueoscuro.

Y ahí no tenemos jurisdicción. A menos que él mismo cruce nuestras fronteras, no podemos hacer nada.

Las leyes están escritas. Mandar un batallón sin pruebas claras sería condenar el Gran Torneo de Marionetistas que está por celebrarse… y eso no es la idea.

Niega con la cabeza, cruza los brazos y suspira con fuerza. Sus ojos marrones, cansados pero firmes, se clavan en los míos. Vuelve a soltar un suspiro, más largo, como si quisiera expulsar el peso de la decisión.

—Lo sé —dice con voz más baja—. Quizás adentrarnos en la ideología o el plan de Caldyno nos acerque a Fylian y Kyra. Tal vez ellos los tengan… pero Caldyno no mencionó nada de ellos. Es una teoría demasiado débil para sostenerla.

El silencio se extiende unos segundos, roto solo por el crujido de las sillas y el murmullo lejano de los guardias en el pasillo. Entonces Esteban se reincorpora, ajusta su chaqueta y anuncia con firmeza:

—El comandante de Protección y Paz llegará en unos días, junto con el Decano de los Sabios del Hilo.

Supervisarán las instalaciones y hablarán sobre esta situación.

Pero quizás ni siquiera sepan con certeza que se trata de Caldyno.

Ellos piensan que son grupos terroristas locales.

Además, las asignaciones de esas misiones corresponden al Gobierno, más allá del Conclave. Y ahí… ahí radica algo que temo mucho.

Su voz se apaga en la última frase, y el gesto de preocupación en su rostro se vuelve más evidente. El aire en la sala se siente denso, como si cada palabra pesara más que la anterior.

—Yo también lo concluí —suelta Yvan, echando la cabeza hacia atrás con un gesto de cansancio, luego se vuelve y me mira con seriedad—.

Alguien dentro del Gobierno puede saber esto y simplemente aprueba el plan de Caldyno.

Tantos contrabandos, tanta rotación de repuestos y almacenes, tantos hurtos para alimentar campamentos…

porque sería demasiado evidente enviar comida directamente.

Hace una pausa, y su voz se vuelve más grave:

—La verdad aquí es que el Cónclave del Hilo y el Gobierno de Chatarra son dos entidades diferentes.

Uno aprueba estar bajo las sombras, protegiendo la tradición y el arte de los marionetistas…

y el otro simplemente piensa que el poder radica en comprometerse a la unión y a la fuerza bruta.

—Yvan niega con la cabeza, suspira y baja la mirada hacia sus botas—.

Como todo, Rodrygo, en Chatarra tenemos nuestros problemas internos, y cada vez crecen más.

El silencio se rompe con la voz firme de Esteban:

—Les recomiendo reservarse toda la información. Son solos 4 estudiantes de primer año. No pueden mucho. No tienen la suficiente influencia.

Todos lo miramos boquiabiertos. ¿Reservarnos?

¿Cómo? ¿Qué podemos hacer? ¿Permitir que nos maten, o permitir que Caldyno venga y asesine a la gente?

Lo único cierto aquí es que mi hogar es Conquista, y que en Chatarra he encontrado nuevas amistades que quiero mucho.

No puedo quedarme de brazos cruzados y callar.