La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Consigo ponerme de pie, aunque mi cuerpo y mi ropa están destrozados.

En las simulaciones nunca nos ponen en situaciones como esta.

No tan… reales y tan difíciles de encontrar algún tipo de solución a la primera.

No, esto es ver lo que tienes a tu alrededor, algún palo de madera, alguna piedra, algún arma para defenderte y no morir.

Agarro un trozo de madera partida, seguramente arrancado por la embestida de las criaturas. Me concentro en bloquear, en apartar, en resistir con todas mis fuerzas.

Un grito ahogado de Flagbys me corta la respiración. Me giro.

Caldyno está delante de mí.

De un movimiento rápido me toma por el cuello.

La presión es inmediata, brutal. Neutraliza mis intentos de defensa con una facilidad sospechosa.

De una patada me aparta la madera y aprieta más.

Sus uñas, largas y afiladas, se clavan en mi piel.

El calor de la sangre brota, mezclándose con el olor metálico del óxido.

El sudor me empapa, resbala por mi rostro.

—Un lienzo particular, ¿no lo creen? —gira su cabeza de un lado a otro, como si estuviese mirando a un espécimen nuevo—. Dime qué escondes, pequeño —comienzo a verlo borroso.

Pateo, intento liberarme, pero no puedo. Me eleva del suelo como si no pesara nada. La fuerza que emana es inhumana.

Me aleja, me evalúa, y finalmente me acerca más hacia él. Puedo ver cada detalle: sus ojos negros, profundos, insondables; su piel pálida, conservada como mármol; el brillo del arete en su labio inferior.

Su mirada me atraviesa. No hay compasión. Solo un juicio frío, absoluto.

—No eres de Chatarra. Eso es evidente: esos rizos que caen, esos ojos marrones tan pronunciados y ese tono de voz tan peculiar. Qué risa… Una persona de Conquista admitida por la Sociedad del Hilo —se burla, y una sonrisa se dibuja en su rostro.

—Tu gente no es lo que tú crees. Tampoco lo es la Sociedad del Hilo. Te diré algo, joven marionetista…

Su voz se vuelve más grave, más cercana.

—El desarrollo de mi plan se llevará a cabo justo cuando el Gran Torneo de los Marionetistas esté en su auge.

Todos celebrarán, vitorearán, cuando deberían estar pendientes de las necesidades de los demás pueblos.

Y será ahí, desestabilizando la fuerza mayor de Commercek y sus tres estados principales, cuando la expansión suceda.

Se inclina hacia mí, susurrando en mi cara.

—Expansión.

Su mano sobre mi garganta quema, aunque ha bajado la presión.

—Esto no es un capricho. No es locura. Es porque por derecho nos pertenece Conquista. La expansión radicará desde aquí abajo, en sincronía con lo que suceda allá arriba.

Me suelta de un empujón. Los Venusfly comienzan a dispersarse. Cynthia jadea y cae de rodillas, exhausta. Yvan corre hacia Flagbys, que está consciente, pero sin energía; su marioneta permanece intacta, presente, como si esperara.

Caldyno nos evalúa a todos con una mirada fría.

—Marionetistas… Son poderosos, pero conformistas.

Se contentan con tan poco, cuando podrían sobresalir más allá.

Ese estúpido legado —señala nuestros emblemas de la Sociedad del Hilo— es debilidad.

La expansión no se gana con compasión, sino con fuerza.

Si un estado contiene el poder para hacer rendir a otros… ¿qué hacemos aquí ahora?

Un rugido interrumpe sus palabras. Una mezcla de bestia y máquina.

Los soportes metálicos giran, rechinan. Varias estructuras detrás de Caldyno comienzan a derrumbarse.

Entonces aparece: la cabeza de un ser mecánico enorme, alargado, que ruge y sacude el aire con ráfagas violentas.

Eso no es un Venusfly que ya haya visto.

—¿Qué… mierda… es eso?

Su cuello largo detecta a Caldyno y se inclina hacia él, rozando su cuerpo con un gesto casi reverente. Él no se inmuta. Permanece erguido, como si la criatura fuese parte de sí mismo.

Detrás, por varios agujeros en la pared, emergen encapuchados de cabello gris. Son muchos. Demasiados. La sensación de encierro se vuelve insoportable: no tenemos escapatoria.

Miro a Cynthia. Su cabeza está baja, su Canto de Tierra la envuelve en cuatro brazos protectores que vibran con energía telúrica. Yvan rodea a Flagbys con sus brazos, intentando sostenerla, mientras ella apenas logra mantener los ojos abiertos.

—Pronto el Destino Manifiesto se cumplirá. El Dragón Mecánico de la Rosa Negra se expandirá a nuevos horizontes —declara Caldyno, su voz grave, cargada de fanatismo.

¿Un dragón? Sus dientes se muestran, pero no son de hueso: son cuchillas metálicas.

Su estructura oxidada cruje con cada movimiento, y sobre su cabeza un filo de acero cubre un ojo, como una cicatriz mecánica.

El resto de su cuerpo permanece oculto en la penumbra, pero el sonido de engranajes y pistones revela su magnitud.

—Aunque… no quiero dejarlos ir a todos. Quiero darle algo de comer a mi dragón.

Ese maldito cree que la criatura tiene hambre. Y lo peor… es que parece real.

En cuestión de segundos, el dragón alza la cabeza, lanza un rugido ensordecedor que sacude las paredes y se aproxima a Flagbys e Yvan.

—¡No… ellos no!

Extiendo la mano. Algo en mí quiere salir. Algo en mí sabe cómo controlar lo siguiente… pero ocurre lo contrario. Mis dedos comienzan a iluminarse con una poderosa luz rojiza. La marioneta de Flagbys se pone de pie, como si respondiera a mi llamado.

Mi cuerpo arde. Mi mente la escucha, la entiende, aunque no logra descifrarla.

El dragón se acerca. Jalo la marioneta, levanto un brazo y clavo su lanza en llamas en la nariz del monstruo. El rugido que suelta sacude todo el santuario, desprendiendo polvo y fragmentos de piedra del techo.

Caldyno gruñe. Sus ojos tiemblan al mirarme, como si no esperara esa reacción.

Aprieto el puño. Una onda expansiva de fuego se libera hacia él y sus hombres. Pero un ala se despliega: pétalos negros con pinceladas de óxido que se abren como un escudo, absorbiendo el impacto.

Rápidamente, levanto un muro de fuego impenetrable. El dragón se inquieta, se retuerce, y el aire se llena de un calor insoportable que quema la piel y seca la garganta.

—¡Tenemos que salir, ahora! —grito, aunque mi cuerpo tarda en responder. Flagbys e Yvan me ayudan a ponerme de pie.

El dragón arroja un rugido más, y todo comienza a temblar.

El techo se derrumba en cascadas de polvo y piedra.

Cogemos a Cynthia, casi inconsciente, y nos lanzamos a escapar del lugar.

El fuego se intensifica, iluminando el bosque exterior, donde las hojas negras parecen arder con cada ráfaga de aire.

Corremos. El suelo vibra bajo nuestros pies. El rugido del dragón nos persigue como una sombra.

Y entonces caigo. Mi cuerpo no resiste más. El mundo se apaga en un instante, y lo último que escucho son los gritos desesperados de mis compañeros, resonando en la distancia como ecos que se desvanecen.