La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 16
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Capítulo 16

Los grupos bien diseñados se forman de miembros capaces de latir como una sola unidad, donde la organización, la creatividad, la fuerza y la valentía se entrelazan como un huracán indomable.

Un huracán capaz de arrancar el mal de raíz, de elevar la luz hasta lo más alto y de hundir la oscuridad en las profundidades donde ya no pueda regresar.

—Resumen del capítulo V del libro de Desarrollo de Actividades de la Sociedad del Hilo mención: el Arte de los Marionetistas.

Las posibles salidas están todas bloqueadas por esos demonios mecánicos.

Mi primera noche en la Sociedad del Hilo…

aún resuena en mi cabeza la voz del director, esa advertencia que ahora, en medio de este caos, entiendo perfectamente: no todos tendrían el estómago ni la dedicación para buscar a los antiguos estudiantes.

Menos en una situación que parece sacada de una pesadilla.

Creo que en estos tiempos no hay mucha gente que esté decidida a poner su vida en una mesa con personas muertas de hambre.

Yvan, con la adrenalina a mil, grita órdenes que cortan el aire:

—¡Formación cerrada! ¡Cubran todos los perímetros!

—¿Ya terminaste de recopilar todo? —Le pregunto. Se ha roto la conexión psíquica. Creo que la situación es un poco estresante como para sostenerla.

—Sí —responde Yvan—. ¿El anillo? —Me pregunta.

—Conmigo estará bien.

Lo veo sacar de su mochila, con una velocidad que me asombra, un arma de fuego.

No una réplica de entrenamiento, sino una real, pesada, amenazante.

Flagbys, con los ojos como platos, me la extiende.

La tomo, dudando. En las clases de combate, las simulaciones eran eso: simulaciones.

Nunca se siente el frío del metal real en la mano, la incertidumbre de lo que puede hacer.

Esta, en cambio, es ligera, fácil de manipular, y aunque sé que el impacto no se reflejará en mi cuerpo, la sensación es escalofriante.

—Fue él, Esteban… habló conmigo justo antes de que todo se fuera al demonio —confiesa Yvan, la voz tensa—.

Bien, esta cosa tiene largo alcance. Rodrygo, tú te quedas detrás, cubriendo los puntos ciegos.

Flagbys… —su hermana levanta la mirada, sobresaltada—, tú te mantienes aquí.

Intenta que Kyramm no se descontrole, que no empeore las cosas.

El ambiente se carga de tensión. El aire parece vibrar con la inminencia del peligro.

A mi alrededor, el silencio se rompe solo por el susurro del viento entre los árboles que rompen la estructura donde estamos, y el latido acelerado de mi propio corazón.

Siento el peso del arma en mi mano, una responsabilidad que no pedí, pero que ahora debo cargar.

No… no puedo vacilar. Hacerlo ahora costaría mucho.

Los Venusfly avanzan como enjambre. Parecen cucarachas metálicas aproximándose a nosotros.

Son muchos, posicionándose estratégicamente en los puntos de escape, dejando solo una entrada libre: la que yace delante de nosotros.

Sus dientes brillan, se abren y cierran con un chasquido sordo, liberando sonidos metálicos ensordecedores que hacen vibrar el suelo.

Yvan aprieta la mandíbula. Su marioneta yace sobre su espalda, en espera de instrucciones. Entonces, un ruido aún más ensordecedor irrumpe: el Canto de Tierra de Cynthia, golpeando el suelo y haciendo que la tierra tiemble bajo nuestros pies.

—¡No! —vocifera Yvan, al tiempo que ve cómo Flagbys se adelanta y sus dedos comienzan a emanar una tenue luz roja, lo que significa que quiere también pelear con su marioneta—. ¡Atrás!

Yvan queda rodeado por una serie de pantallas holográficas suspendidas alrededor de él. Sus anteojos reflejan cifras, letras y códigos que giran en el aire. Su cabello rubio, alborotado como el de todos, está cubierto de pequeñas manchas de ceniza que resaltan sobre su rostro pecoso.

—Hay un punto donde podemos unir fuerzas —explica con rapidez—. Pero debemos abrir paso de manera brusca. Cynthia, trataré de ayudarte lo mejor que pueda.

—Solo no te pongas a hablar de más y empieza a pelear —responde Cynthia, golpeando su puño derecho contra la palma izquierda y sonriendo como si esto fuese un maldito juego… aunque sabemos que no lo es—. Aunque, si empiezas a hablar, quizá se duerman y podamos salir disparados.

No es momento de bromas, pero a veces esas frases de Cynthia nos ayudan a bajar la presión, a calmar los nervios y a concentrarnos.

Elevo la pistola hacia la dirección de los demonios metálicos que avanzan hacia nosotros sin vacilar, sus movimientos fríos y calculados, como si supieran exactamente dónde atacar.

Nos formamos. Estoy detrás. Flagbys está delante de mí; me mira por encima del hombro, sus ojos azules bailan con un reflejo de temor.

Yo también lo siento. El estómago se me voltea, el pecho se aprieta, las mejillas hormiguean.

Todo se vuelve más pesado, más riesgoso, más complejo…

y aún debemos encontrar el paradero de mi amigo Fylian.

De pronto, unos aplausos retumban en el eco seco del lugar. Miramos a todos lados. Eso no fue generado por un Venusfly. Ellos, de hecho, se callan de manera uniforme, como si obedecieran.

Yvan frunce el ceño y deja que su marioneta baje, desplegando una leve protección a nuestro alrededor. Retrocedemos unos pasos.

Una figura se aproxima, escupida por la puerta donde los Venusfly no se habían posicionado por completo. Un hombre. Sus pasos son cortos, medidos, hasta detenerse a un par de metros de nosotros.

Tiene las manos en los bolsillos de su pantalón de lana negro. Su aire es sereno, demasiado sereno, como si supiera exactamente lo que nos rodea. Yvan bufa. Flagbys deja escapar un pequeño grito.

Lo examino. Su cuerpo flaco y alto está acariciado por los tentáculos de los Venusfly, pero no le hacen nada. Se mueven alrededor de él como si lo protegieran. Sus ojos azules, tan intensos como los de Yvan y Flagbys, se clavan en mí.

—El lienzo ha venido hasta este lugar, muy tonto, ¿no lo creen? —su voz se proyecta firme, pero como poética, como si cantara a la hora de producir alguna palabra.

Entonces sonríe. Una sonrisa pequeña, torcida, que eleva el arete en su labio inferior. Su capa amarilla ondea con gracia al viento nocturno que comienza a colarse en el santuario.

El aire se vuelve más frío. El silencio más denso. Y yo entiendo que lo que sea que está frente a nosotros… no es un aliado.

—Marionetistas —comienza a decir, su voz es una mezcla de ironía y agudeza. Vuelve a aplaudir y se cruza de brazos mientras varios Venusfly comienzan a rodearlo—. Este lugar fue, en otro tiempo, sagrado para las personas del Cónclave.

Yvan se tensa aún más. El hombre delgado, de cabello oscuro y perfectamente cortado, se acerca con calma. Su rostro es fino, pulcro, descansado, como si nada de lo que ocurre a su alrededor pudiera perturbarlo.

—Sé de ustedes cuatro. Han estado en operaciones clave durante un punto importante de nuestras acciones, jóvenes marionetistas. Y es tiempo de desaparecerlos.

Nos da la espalda, chasquea los dedos y una manada de Venusfly se lanza sobre nosotros. Cynthia se posiciona al frente, extiende los brazos como si jalara algo invisible y su Canto de Tierra se despliega delante, creando una onda de plasma que estalla con fuerza.

Yvan corre detrás de mí y arroja un gran misil hacia una de las estructuras. La explosión sacude el lugar; el sonido de los Venusfly se vuelve ensordecedor. Vuelan de un lado a otro, destruyendo todo a su alrededor en una lluvia de madera y polvo.

Uno de ellos se abalanza hacia Flagbys. Ella no logra interceptarlo. Me muevo, disparo, y le grito que se mantenga detrás de mí.

—¡Vámonos, ahora! —ordena Yvan, señalando con la cabeza hacia el agujero que la explosión abrió—. Cynthia, cúbrenos mientras salimos. Vamos. Todos. ¡Ahora!

Su voz se quiebra, pero no hay tiempo para dudar.

Comenzamos a correr a toda velocidad. Cynthia nos cubre, disparando plasma en varias direcciones.

El sonido de las detonaciones retumba, y al girar la mirada hacia el primer disparo lo veo: el hombre alto sigue allí, inmóvil, observándome con frialdad.

Mueve las manos y más Venusfly aparecen, como si brotaran de la oscuridad.

—Rodrygo, ven aquí ahora. No lo mires. Es Caldyno.

¿Caldyno? La palabra me golpea como un puñetazo. Tropiezo y caigo de espaldas. ¿Qué hace aquí? Justo aquí. Es… imposible.

Más Venusfly se añaden al lugar, obligándonos a pelear de forma individual. Flagbys intenta invocar a su marioneta, pero su Fuego Fatuo permanece petrificado. Sus gestos son derrotados, desesperados. Las criaturas se abalanzan sobre ella.

—Mierda santa —dice—. No aquí, no aquí…

No lo logrará sola.

Corro hacia su dirección, disparando a los puntos que mi velocidad me permite alcanzar. Pero son demasiados.

—Maldición, Flagbys…

La alcanzo.

—¡Flagbys, tú puedes, intenta…! —grito, pero no termino la frase: varios Venusfly se me lanzan encima con violencia.

Intento estirar el brazo, golpear, recuperar el arma, pero me la arrancan de las manos.

Cynthia yace a varios metros de mí; su gorila lucha desesperado por desprenderse de esos parásitos con cabeza de capullo y dientes afilados.

La marioneta tambalea, grita, dispara ráfagas de plasma, pero no logra sacudirse a todos de encima.

Yvan… no lo alcanzo a ver.

Me revuelvo en el suelo, usando piernas y puños para apartar a los parásitos que me cubren. Son duros, resistentes, me golpean, me hieren. El dolor se acumula en cada parte de mi cuerpo.

Flagbys sigue intentando mover a su Fuego Fatuo, pero una manada de parásitos se le arroja encima. La marioneta, sin reaccionar, cae al suelo como un cadáver, su lanza rodando a un lado.