La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 15 #4
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Capítulo 15 #4

Yvan extiende la mano. La rosa se eleva suavemente y queda atrapada en una burbuja de energía cristalina. Al instante, pantallas holográficas comienzan a flotar a su alrededor, iluminando el espacio con destellos azulados.

Chasquea los dedos. Su linterna se apaga. Nosotros hacemos lo mismo. La luz de sus pantallas, alimentada por la magia de su marioneta, se expande y llena cada rincón de la cámara. Las sombras retroceden, revelando grietas, ceniza acumulada y vegetación que parece haberse fundido con los escombros.

—Esto no es solo destrucción —piensa Yvan, su voz mental grave, resonando en todos nosotros—. La ceniza, la vegetación, los restos… parecen haber sido una sola cosa antes de que algo rugiera y lo convirtiera en un caos absoluto.

Me estremezco. La idea de que todo lo que vemos —paredes, raíces, polvo— haya sido parte de una misma entidad me sacude.

—¿Qué pudo hacer esto? —pregunto, con un nudo en la garganta.

Flagbys aprieta los labios, sus ojos recorriendo las marcas en el suelo.

—Algo que no quería dejar testigos, ¿no creen?

Cynthia se acerca, aún con el pañuelo en la mano, y su pensamiento nos golpea con un matiz inquietante:

—La rosa marchita… no está muerta del todo. La siento respirar.

El silencio se vuelve más pesado. Las pantallas de Yvan parpadean como si también reaccionaran a esa revelación.

—Eso explica muchas cosas —dice Yvan, pensativo, sus ojos fijos en los símbolos del escritorio—. Si los rastreamos, quizá lleguemos a Caldyno. Y si llegamos a Caldyno…

—Fylian podría estar en Conquista —interrumpe Flagbys, con un pensamiento que me atraviesa como un cuchillo—. Los medios dicen que posiblemente esté trabajando con otra identidad en la superficie. No nos sorprendería, es muy astuto.

Mi garganta se cierra. Miro los documentos. Uno muestra un mapa, con una línea que desciende hacia Conquista. ¿Él está allí? ¿En mi tierra? ¿Esteban lo sabrá?

—Rodrygo —me dice Flagbys con suavidad, su voz mental como un bálsamo—. Tranquilo. Podemos seguir con los demás expedientes.

—Y si llegamos a la Sociedad del Hilo —añade Yvan, con un tono calculador—. Podré ordenarlo todo, trazar rutas, identificar nexos…

—Gracias —es lo que alcanzo a decir, mientras me alejo un poco de mis amigos.

Sobre los escombros, un destello me obliga a detenerme. Es apenas un brillo tenue, reflejado por la luz de las pantallas de Yvan. Me inclino. El corazón me golpea el pecho cuando lo reconozco.

—No es cierto —siento como la mirada de mis amigos se clavan en mí.

Es un anillo. El anillo que yo le regalé a Fylian.

El metal, de un tono plateado con vetas azuladas, parece resistirlo todo, pero ahora está marcado, dañado en los bordes, como si hubiese sobrevivido a un fuego imposible. Lo tomo con cuidado. El frío me atraviesa los dedos y me sube por el brazo, helándome hasta el cuello.

Lo giro entre mis manos. No es igual. Hay algo nuevo. Grabados finos, casi invisibles, recorren la superficie. Líneas que parecen notas de una melodía, símbolos que reconozco de inmediato. Son los trazos de Fylian.

Un recuerdo me golpea: la Cascada de Conquista, el agua rugiendo mientras yo dibujaba símbolos en las piedras para enseñarle.

Fylian los miraba con esa sonrisa traviesa, y luego los transformaba en algo distinto, como si fueran música oculta en la roca.

Y ahora esos mismos trazos están aquí, en este anillo.

Me tiemblan las manos. El aire se espesa. Siento que el santuario entero me observa. Este no es un simple objeto. Es una pista. Una pista verdadera.

Yvan se acerca, sus ojos brillando con urgencia.

—Déjame analizarlo. Podría darnos respuestas.

Niego con fuerza, cerrando el puño alrededor del anillo.

—No. Este me pertenece. Quizás no sea importante para ti, pero para mí lo es todo. Es la primera pista real que consigo en esta segunda misión. No lo perderé.

El anillo palpita en mi mano, como si guardara un secreto. Y yo sé que Fylian quiso dejarme esto. Que aún está ahí, en algún lugar, esperando que lo encuentre.

Pero entonces lo escuchamos. Un zumbido rasposo, metálico, inhumano, que vibra en el aire como si desgarrara la noche misma.

Salimos. Cynthia está de pie, petrificada. Sus ojos abiertos de par en par reflejan el brillo tembloroso de las linternas que hemos vuelto a encender. Sus manos se agitan frenéticas, dibujando gestos desesperados que nos obligan a mirar hacia arriba. Y lo hacemos.

El aire se corta con un crujido seco. Los árboles gimen bajo un peso invisible, y entonces los vemos: decenas de pequeños dispositivos flotantes descendiendo lentamente. Venusfly. Pero distintas.

Sus formas parecen capuchas vivas, con dientes metálicos que se abren y cierran en un silencio aterrador. Tentáculos largos, rematados en púas brillantes, destilan una sustancia viscosa que chisporrotea al caer sobre las hojas, quemándolas como ácido.

Retrocedemos.

Flotan con movimientos lentos, calculados, como depredadores que saben que ya nos tienen. Nos rodean con precisión, cerrando cada espacio, cada respiro.

—Será mejor que te apresures a tomar lo que necesites, Yvan —digo, mi pensamiento cargado de urgencia, mientras el miedo me oprime el pecho.

Los enjambres se agrupan con inteligencia. Se adhieren a ventanas, techos, puertas, formando un cerco impenetrable. No hay salida.

El viento cambia de dirección. Un olor a ozono invade el lugar, metálico, eléctrico, como si el aire mismo estuviera a punto de estallar. La piel se me eriza. El silencio se rompe solo por el zumbido constante, cada vez más cercano, más fuerte.

Siento que el hilo del que pendemos… comienza a romperse.