La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 15 #3
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Capítulo 15 #3

Llegamos al punto fronterizo: un puesto de control improvisado entre la maleza húmeda y enredada.

La vegetación se enrosca alrededor del metal oxidado del portón como si quisiera tragárselo.

Dos linternas opacas cuelgan del marco, lanzando destellos intermitentes que iluminan nuestros rostros mientras nos identificamos con un código secreto.

Nos dejan pasar sin preguntas. Sorprendente.

—Eso fue sospechosamente fácil —comenta Flag, su pensamiento teñido de desconfianza.

Cynthia sonríe con extrañeza mientras esquiva una raíz retorcida.

—Cuando era niña, me gustaba comer tierra. Este olor me trae recuerdos.

La humedad del ambiente es sofocante. El aire sabe a hojas en descomposición, con un toque metálico que se pega en la lengua.

Avanzamos por una franja de tierra negra, donde nuestras botas se hunden levemente a cada paso.

La medianoche lo cubre todo como una manta pesada; ni un solo grillo canta.

Solo se oye el crujido rítmico de nuestras pisadas, quebrando el silencio como si no debieran hacerlo.

El sendero se transforma en un lecho de rocas volcánicas, negras y calientes aún, como si hubiesen absorbido algo más que sol. Yvan avanza al frente, sus movimientos seguros, sus ojos atentos, y cada pensamiento suyo nos llega como un pulso eléctrico que nos mantiene unidos.

—Siempre diré que la mejor etapa es la niñez, sin duda alguna —dispara Yvan.

La niñez. Un tema espinoso. Cada vez que Fylian me pedía recordar, sentía un bloqueo, como si mis recuerdos se escondieran bajo capas de ceniza.

—Yvan y yo solíamos jugar a pelear —dice Flagbys con una sonrisa de orgullo—. Siempre le ganaba. Pero lo que más me gustaba era bañarme en las pozas cerca de casa.

La palabra “casa” se queda suspendida en el aire. Una ráfaga de viento levanta polvo y hojas muertas. Por un instante, Flagbys parece niña de nuevo.

—Mi recuerdo favorito era pasar las mañanas leyendo —dice Yvan con voz grave—. Y los viernes, antes del descanso… cuando sabías que podías dormir hasta tarde y tus padres…

Hace una pausa. Un búho ulula en la distancia. El sonido es hueco, como si lo hubiera producido algo más que un ave.

—¿Recuerdan ese pastel con jugo de fresa?

—¡Oh, sí! Era delicioso —responde Flagbys, soltando una risa baja, casi nostálgica. Luego se gira hacia mí—. ¿Y tú, Rodrygo?

Sí. Un recuerdo se me viene a la mente. Pero no es tan feliz como el de mis amigos.

Entraba al patio de la secundaria con la cabeza baja, intentando que nadie me mirara.

El ojo derecho me ardía, todavía morado, como si el golpe quisiera seguir recordándome quién mandaba en casa.

Caminaba despacio, con el estómago vacío, el cuerpo pesado, la vergüenza pegada a la piel.

Con las uñas de mis dedos, me daba fuerte sobre la piel queriéndomela arrancar completamente.

—¿Es que soy tan niño malo? —recuerdo esa frase que dije hacia mí mismo en ese entonces. Y que, al recordarlo, arde fuerte.

De pronto, sentí una mano firme levantándome la barbilla. Era Fylian. Sus ojos me atravesaban, serios, sin necesidad de palabras. Vio el moretón y lo entendió todo en un segundo. No preguntó. Solo me cubrió con su brazo, fuerte, protector, y me arrastró lejos, hacia un rincón donde nadie nos veía.

Y ahí me rompí. El llanto me ahogó, me sacudió. No pude detenerlo. Las lágrimas caían una tras otra, como si quisieran vaciarme por dentro. Él me sostuvo, me dejó llorar, no me soltó.

Mi hermano… otra vez. Antes de venir a la escuela me había obligado a vestirme de mujer, a pintarme los labios, a cubrirme la cara con rubor barato. Ni siquiera me dejó comer. Solo humillación, solo abuso. Completamente abuso. Un abuso que no se lo deseaba a nadie, físico y maltratador.

Fylian, con una calma que me desarmaba, me limpió el rubor con sus dedos, borró el labial de mi boca, me quitó los restos de maquillaje como si quisiera arrancar también la vergüenza. Sus manos eran torpes, pero cálidas.

—No entres a clase hoy —me dijo, con esa voz firme que no admitía discusión—. Faltaremos. Mi mamá te hará la mejor comida del mundo.

Lo miré, todavía con lágrimas en los ojos. Y por primera vez en ese día, sentí algo distinto. Una chispa. Una promesa. A pesar de la oscuridad que me rodeaba, me alegré. Porque sabía que, con él, aunque fuera por unas horas, estaría a salvo.

Mi cuerpo se pone tenso. El aire parece espesarse a mi alrededor. Niego con la cabeza. No puedo. No sé cómo.

De repente, Yvan alza un puño. Nos detenemos de inmediato. El silencio se vuelve más profundo, más hostil. Toco el hombro de Cynthia. Ella contiene la respiración. Algo se arrastra entre la maleza, rompiendo ramas, desplazando hojas secas.

—Quedémonos quietos —sugiere Cynthia, su pensamiento vibrando en nuestras mentes—. Lo que se mueve reproduce sonidos humanos.

Delante de nosotros, la vegetación se sacude con violencia, como si una criatura invisible la atravesara a gran velocidad. Una sombra cruza. Luego otra. Y otra.

—Tenemos que escondernos —susurra Yvan en nuestra conexión, y nos deslizamos con sigilo entre los arbustos. El suelo aquí está blando, húmedo, casi palpitante. El olor a raíces podridas es tan intenso que arde en la nariz.

Cinco figuras encapuchadas emergen del bosque. Sus túnicas se arrastran por el suelo, manchadas de tierra y sangre seca. Llevan guantes gruesos y cada uno porta una pequeña lámpara azul en la frente. Sabíamos que nos encontraríamos con ellos, pero no así. Apagamos las linternas de un chasquido.

—¿Crees que ir al santuario sea buena idea? —le transmito a Yvan, con un gesto apenas perceptible.

Él me mira, y niega con firmeza. Su pensamiento retumba en mi pecho. Tiene razón. Pero algo en mi interior grita que ese lugar guarda algo de Fylian.

Uno de los encapuchados habla en voz baja, audible incluso entre el follaje:

—La mercancía sale a las cinco… tenemos que apurarnos… esa mujer da miedo con ese cuchillo…

Hablan de ella. De la mujer delgada de cabello gris. Una sombra afilada en la memoria.

—¿Y si los capturamos? —propongo, con el corazón acelerado.

—Observa —me responde Yvan, su tono mental firme, casi cortante—. Están armados. Y si están aquí, sus campamentos no deben estar lejos. No podemos atraer más atención.

Los encapuchados desaparecen entre los árboles.

El santuario emerge del terreno como una espina negra.

A medio derrumbar, agrietado, pero aún en pie.

La maleza lo cubre, enredándolo, ocultándolo, protegiéndolo.

No hay luces. No hay ruidos. Solo la torre y el susurro del viento entre las ramas altas.

Dentro, la estructura está hecha trizas. El suelo de piedra tiene marcas de quemaduras. Algunas habitaciones están inundadas. El aire es espeso, cargado de ceniza y polvo de papel viejo.

Yvan rebusca entre los restos de un escritorio carcomido por la humedad. Papeles desordenados, algunos ilegibles, otros con símbolos de la Sociedad del Hilo de nuestra jurisdicción.

—Un santuario —dice Yvan, su pensamiento grave, casi reverente—. De los nuestros. Pero lo usaron los de Caldyno, de eso no hay dudas. Hay mucha marca de su arte a los alrededores. Cuando enviaron a Fylian y Kyra, se vieron obligados a moverse. Pero aún hay rastros…

Flagbys toca la pared chamuscada. Sus dedos tiemblan al rozar la piedra ennegrecida, y el olor a ceniza húmeda se levanta como un recuerdo quemado.

—Disparos. Combate —añade, su voz mental cargada de tensión—. Esto fue una emboscada. Analizando la ceniza bajo el sistema operativo de Kyramm… determina que fue hace unos meses. Posiblemente, cuando Fylian y Kyra estuvieron aquí.

El silencio vuelve a caer sobre nosotros, pero ahora es distinto. No es vacío: es expectante. Como si el santuario mismo respirara, aguardando que descubramos lo que aún oculta.

—Y fuego… —murmura Yvan, buscando en su tableta—. Kyra tenía una marioneta de Fuego Fatuo. Si estuvo aquí, algo encontró. Algo que la obligó a usar sus poderes.

Guarda la tableta, y de inmediato proyecciones holográficas comienzan a flotar a su alrededor. Las pantallas rebotan en el aire, capturando muestras invisibles del entorno. Veo cómo los datos se despliegan en ráfagas de luz, reaccionando con cada partícula que recogen.

—Veamos qué escondes, montón de escombros… —piensa Yvan, y sus dedos vuelan sobre los controles.

Un destello. Una lectura inesperada.

—Pum… efectivamente, no parece ceniza de un Fuego Fatuo. Al menos no en su formación completa. Parece mezclada con componentes químicos extraños… —su voz mental se vuelve más grave, más intrigada—. Lo sorprendente es que poseen una capa capaz de sobrevivir dentro de seres vivos.

El aire se vuelve más pesado. La idea de una sustancia que respira, que se infiltra en cuerpos, nos sacude a todos. Las pantallas holográficas parpadean como si también estuvieran nerviosas.

Desde la entrada, Cynthia se inclina hacia adentro, con la luz de su linterna temblando sobre las piedras húmedas.

—Venusfly —dice, su pensamiento llega con un matiz nervioso—. Encontré también una rosa negra por mi sector. La tomaré para análisis de Yvan. Obviamente, yo no haré eso, apenas cumplo con mis tareas de clase.

Nos acercamos a la posición donde está Cynthia.

Este lugar dentro del santuario parece haber sido una cámara de reuniones: las filas de sillas oxidadas aún se distinguen, los cuadros colgados en las paredes están tan deteriorados que es imposible saber qué representaban, y al centro se alza un enorme escritorio, sorprendentemente tallado con la forma de una rosa.

Cynthia se inclina sobre él. Con rapidez saca un pañuelo y envuelve la única rosa marchita que descansa cerca, como si temiera que alguien más la tocara. O… con temor de lo que sabemos, de que pase algo malo.

Flagbys aparece detrás de mí. Se coloca tan cerca que puedo escuchar su respiración en mis oídos, un ritmo irregular que me contagia la tensión.