Capítulo 15 #2
—Estaremos bien —dice Flagbys, con la voz aún algo entrecortada—. Solo… no hay que separarse. ¿De acuerdo?
Nuestros ojos la buscan. Aún tiene el rostro enrojecido, el cabello hecho un caos, las manos temblorosas.
—Chicos… —murmura Cynthia, bajando la cabeza como suele hacer cuando se pone seria.
La banda verde que cubre sus ojos la hace parecer una estatua antigua, sagrada. Levanta un poco la cabeza.
—No nos vamos a separar —dice con firmeza—. Ya vimos lo que pasa cuando lo hacemos. Este lugar… no es como los demás. Es peligroso. Hay tráfico, movimiento extraño. Pero si estamos juntos…
—Estaremos bien —completa Yvan.
Silencio. Miradas cruzadas. El tren sigue rugiendo por encima del agua.
Sabemos que lo más difícil no era alcanzar el tren. Lo más difícil empieza cuando se detenga.
—A ver, chicos… —empiezo a decir, mientras me acomodo con la espalda contra la pared del vagón, buscando alivianar la tensión que se ha colado en el aire como niebla espesa—. ¿Se acuerdan cuando Yvan se estaba riendo en la clase del profesor Wylcam y fue delatado por un moco?
Yvan me lanza una mirada asesina.
—¿¡Otra vez con eso!?
Pero es tarde. Cynthia se tapa la boca, intentando ahogar la risa. Flagbys suelta una carcajada que rebota en las paredes metálicas.
—Hermano… —digo, sonriendo—. ¿No será que eres alérgico a las clases? Porque siempre estornudas en las de Wylcam. Ojalá yo también lo fuera —comento en voz baja—. Sobre todo, en las clases de meditación.
La risa dura poco, pero lo suficiente como para soltar un poco la cuerda que nos aprieta el pecho. Nadie lo dice, pero todos tenemos miedo. Yo tengo miedo. El frío no está afuera, está en mi estómago, y no se va. Se quedó ahí desde que corrimos hacia el tren, latiendo como una alarma muda.
Cuarenta minutos después, el tren empieza a bajar la velocidad. Las ruedas rechinan. Las luces parpadean.
—Llegaremos pronto —informa Yvan. Se gira con rapidez, saca su tableta virtual de la bolsa y empieza a teclear con dedos tensos.
—Vamos a organizarnos. Primero, quiero hacer un experimento con ustedes, ¿de acuerdo?
No soy el único que levanta una ceja. Mis amigos también lo hacen. Incluso Cynthia, con su ceja apenas visible, arquea el gesto.
—Solo… confíen, ¿sí? —dice Yvan, mientras levanta las manos y cierra los ojos. La concentración se le nota en cada músculo. La yema de sus dedos comienza a titilar con una luz gris, hermosa, que ilumina suavemente a su alrededor.
—No sabemos lo que enfrentamos aún. Lo que sí sabemos es que esas rosas negras, cuando aparecen, siempre traen consigo algo extraño.
Y que los negocios de Aprilcol están conectados con el lugar hacia donde vamos.
Es demasiada información, y por eso… —hace una pausa, suspira con fuerza, y retoma— debemos quedarnos con esos datos en nuestras mentes.
Usarlos para detectar cualquier pista que nos acerque a un plan… o al paradero de Fylian.
Todos asentimos. Pero algo cambia. La voz del gemelo suena distinta, como si… resonara dentro de mi pecho y mi mente.
Yvan abre los ojos y sonríe apenas. Cynthia se acerca y le da un golpe en el hombro. Flagbys niega con la cabeza. Yo tampoco entiendo, hasta que caigo en cuenta: Yvan no articuló palabra alguna. Todo lo proyectó directamente en nuestras mentes.
—Sí —explica con calma—. Los he enlazado con mi marioneta. Ahora compartimos una conexión psíquica entre los cuatro. Será ideal para la misión.
Es increíble.
Se forma un holograma frente a él, flotando en medio de nuestro grupo.
—Estamos por alcanzar Lago Boscoso —explica, ampliando un mapa con dos dedos—.
Es la frontera entre Bosqueoscuro y el distrito de Chatarra.
Traer los uniformes oficiales nos hará llamar la atención, sí, pero también nos da acceso.
Hay marionetistas de nuestra jurisdicción trabajando en esta franja, así que no se asusten si vemos vigilancia local.
Todos asentimos, más serios ahora.
—Pude rastrear el recorrido que hicieron Fylian y Kyra durante su misión de investigación.
Desde este punto —acerca el mapa, y todos nos inclinamos hacia la imagen tridimensional—.
Ellos partieron desde aquí —señala una línea que bordea la vía del tren—.
Atravesaron varias zonas, puntos de revisión, incluso algunas aldeas… hasta llegar a esto.
Y ahí está. Una torre solitaria, encerrada por un círculo rojo.
—Este punto fue su destino final… antes de regresar —añade Yvan, su voz en nuestras mentes suena más sombría.
Casi como si no estuviera seguro de querer decir lo siguiente—.
El expediente es claro: misión de recopilación de datos en una zona de alto riesgo.
Hablan de una posible construcción… en cimientos antiguos.
Muy antiguos. También hablan de una especie de infección.
Hace una pausa. Nadie interrumpe. Las luces azules del mapa proyectado tintinean sobre su rostro.
—Investigué —continúa Yvan, con el ceño fruncido—. El terreno no solo es inestable. Es irregular… respirando, casi. Tiene un porcentaje de actividad biológica anormalmente alto para su ubicación. Comparado con los alrededores, ese lugar… está vivo. O, peor aún, algo lo mantiene vivo.
Hace una pausa y desliza dos dedos sobre la pantalla de su tableta. Varias imágenes se abren como una flor siniestra en el aire.
—Pero lo que más miedo da… es esto.
Señala un grupo de fotografías satelitales, y mi estómago se revuelve. No por lo que veo en sí, sino por lo que representa: rosas negras, creciendo en patrones circulares. Oscuras como tinta, y tan perfectamente delineadas que parecen marcas rituales en la tierra.
—Especialistas de monitoreo rutinario en los alrededores —explica, su tono ahora seco como cuchilla— reportaron un comportamiento atípico. El crecimiento de estas rosas negras se ha acelerado. Surgen en zonas donde la vegetación debería estar muerta… o nunca haber existido.
Las imágenes se actualizan. Algunas flores aparecen marchitas. Otras… retorcidas.
—¿Tiene mucho que ver entonces esas rosas? —pregunta Flagbys, con el entrecejo fruncido.
—Todo —responde Yvan—. Hay registros de que estas rosas marchitan súbitamente cuando se escuchan explosiones…
incluso a kilómetros de distancia. Como si estuvieran conectadas con algo que no se ve, pero que sí reacciona.
Algo profundo, latente. Como si los estruendos despertaran una conciencia dormida bajo el suelo.
Cynthia traga saliva. Yo siento que el aire pesa más. Como si, de repente, la misma selva oscura del mapa estuviera mirándonos.
—Y si eso reacciona… —dice Cynthia en voz baja, apenas un susurro.
—Entonces —concluye Yvan—, lo que sea que hace latir ese lugar, está muy lejos de ser natural. Y vamos directo hacia el corazón.
El silencio se espesa como niebla. Cynthia traga saliva. Flagbys frunce el ceño. Siento un escalofrío que me recorre la nuca.
—Así que —dice Yvan, mirando especialmente hacia mí—, será mejor que tengamos cuidado.
El santuario puede estar “abandonado”, pero la base estructural no es confiable.
Hay vegetación que no se comporta como debería.
Hay ecos que no pertenecen al lugar. Si algo parece fuera de lugar, no nos quedamos a comprobarlo.
Hace un gesto para que la pantalla desaparezca, y sus ojos se clavan en los míos.
—Rodrygo —dice con firmeza—. Fylian es tu mejor amigo y te ayudaremos. Pero lo haremos con precisión quirúrgica. En silencio. Como sombras. No vamos a arriesgarnos a quedar atrapados por alguna vieja fuerza que ni siquiera entendemos.
El vagón vibra levemente.
Un ulular lejano rompe el momento, como un llamado desde el bosque.
Me doy cuenta de que no estoy respirando.
Tomo aire.
Un silbato atraviesa el aire como un cuchillo.
El tren grita.
Las luces del vagón titilan con intensidad sobrenatural.
Nos miramos. Es momento.
—Cuando veamos tierra firme, saltamos —ordena Yvan, pero cargado de tensión—. Cynthia, vas detrás de Flagbys. Rodrygo, lideras. Al tocar suelo, nos dirigimos directo al bosque, lo bordeamos y alcanzamos el punto de control de la jurisdicción. Nada de contacto con locales. ¿Entendido?
—Entendido —respondemos al unísono, como un eco afilado.
—Los Silencio Metal son increíble —digo, compartiendo el mensaje para todo el equipo.
—Avancemos cautelosamente. No podré ver nada, pero sí sentir y escuchar, así que cualquier cosa se los haré saber lo más pronto posible —nos informa Cynthia.
—Suerte, grupo de los inválidos. —Concluye Flagbys.
La señal. Saltamos. El impacto es brutal. Rodamos sobre la tierra húmeda, cubiertos de hojas secas, raíces que nos arañan la piel, ramas quebradas que crujen bajo nuestro peso. El silencio nos envuelve. Silencio real. Espeso. Aterrado.
Las linternas se encienden con un chasquido breve. La luz es tenue, amarilla, temblorosa, como si dudara en existir. Las ajustamos a las correas de los bolsos. El bosque nos engulle con su respiración oscura.
Avanzamos. Paso a paso. El olor a tierra mojada, a musgo fresco, a madera vieja y podrida, lo llena todo. Me detengo. Giro hacia Yvan.
—¿Cómo vamos a cruzar el acceso fronterizo?
—No hay acceso —responde Yvan, impaciente, como si ya lo hubiese explicado antes.
Su voz no suena: retumba dentro de nosotros, grave, firme—.
No vamos a Bosqueoscuro. Entramos por una línea alternativa, aún bajo nuestra jurisdicción.
Por eso vinimos en tren. Al final de este trayecto nos identificamos, cruzamos por un atajo entre los árboles, bordeamos la colina y llegamos al perímetro del santuario.
Hace un gesto amplio con las manos, dibujando un mapa invisible en el aire. Lo veo claro, como si su pensamiento se proyectara en imágenes dentro de mi cabeza. Pero no por eso se siente menos peligroso.
—Entendido —murmuro en mi mente, y todos lo escuchan.
El graznido agudo de un cuervo rompe la noche. El aire pesa, cargado de presagio.