Capítulo 15
Más poderosa que una pistola, más influyente que una marioneta, la información era el nervio de toda misión. Su correcta circulación entre los equipos se erigía como un escudo vital, pues en manos enemigas, mutaba en un arma capaz de desbaratar planes y silenciar voces.
—Resumen del capítulo IV del libro de Desarrollo de Actividades de la Sociedad del Hilo mención: el Arte de los Marionetistas.
—¡Perdónenme, perdónenme, por favor…! ¡Yo…! ¡Yo pensé que estaría detenido! —Yvan solloza entre jadeos mientras sus pies golpean con fuerza la tierra congelada, lanzando fragmentos de pasto, barro y nieve a su alrededor.
La noche es un monstruo con ojos de plata.
La luna, enorme, casi llena, pende en el cielo como un faro perdido, filtrando su luz entre las nubes bajas que se arrastran pesadas sobre el campo abierto.
Frente a nosotros, el tren alejándose cada vez más.
Negro. Inmenso. Como una bestia mecánica que ha despertado demasiado pronto.
Su lomo de acero vibra con un rugido sordo mientras se aleja más y más por las vías que conducen hacia la frontera con Bosqueoscuro.
—¡¡Se está yendo!! —grita Cynthia con el rostro pálido—. Tan inteligente que te la tiras y no pudiste ver el horario de salida del maldito tren, Yvan.
Se suponía que debíamos abordarlo estacionado. Yvan nos había asegurado que estaría varado por mantenimiento, esperándonos. Pero no. Las ruedas rechinan sobre los rieles, avanzando sin piedad. Si no lo alcanzamos, estaremos completamente fuera del plan. Perdidos.
El aire invernal se ha vuelto más denso, como si el mundo respirara en nuestra contra. La humedad se pega a la piel. Las botas resbalan en el barro helado. Nuestros pulmones gritan. Cada paso es una lucha contra un peso invisible que no da tregua.
—¡Vamos, vamos, no se detengan ahora! —grito, con la garganta rota.
Mis piernas queman. Las rodillas parecen de cristal a punto de romperse.
Pero avanzo. Más rápido. Mis brazos se impulsan como remos y el viento me golpea en la cara como cuchillas de hielo.
Flagbys va detrás de Yvan. Cynthia, solo unos pasos detrás de mí.
Estoy ganando terreno. Puedo ver la parte trasera del tren.
Un vagón azul profundo, decorado con inscripciones metálicas, luces tenues parpadeando como ojos.
—¡Lo tengo! ¡¡LO TENGO!! —grito entre dientes mientras me lanzo hacia una de las vigas traseras. Mis manos chocan con el metal helado. Un instante eterno—. Mierda —desahogo un fuerte pero fugaz suspiro al aire.
La velocidad me arrastra. Me giro en el aire y consigo apoyar los pies en una estructura lateral. La vibración recorre mi columna como si mi cuerpo no fuera mío. El viento me golpea tan fuerte que no puedo mantener los ojos abiertos del todo.
—¡Cynthia! —grito, esperando que su figura no se haya quedado atrás.
Y sí. Allí está. Corriendo. Como un relámpago. Destrozada, pero decidida. Es increíble, realmente lo es. ¿Cómo hace para correr en línea recta y saber la dirección en qué está yendo el tren? Supongo que sus oídos deben ser muy buenos, pero verdaderamente esto hace un escándalo.
—¡Estoy aquí! —grita entrecortadamente— ¡No sueltes la mano!
Extiendo el brazo. Mi cuerpo se tensa, anclado al vagón como si fuera parte de él. Nuestros dedos se rozan. Una vez. Fallan. La segunda, nos tomamos.
—¡Vamos! ¡Impúlsate! —gruño, tirando de ella con todo lo que tengo.
Un grito de esfuerzo. Un chasquido de metal. Y Cynthia se engancha al tren.
—¡Ve hacia adentro! ¡Haz espacio para los demás! ¡Rápido! —le ordeno.
Ella asiente, sin palabras, y se desliza dentro.
—¡Yvan, rápido! —miro hacia atrás. Su rostro está rojo como una brasa. El sudor le cae por las sienes a pesar del frío. Le cuesta. Se tambalea. Jadea. Las piernas parecen no responderle.
—¡No lo lograré! —alcanza a decir con desesperación.
—¡Sí, sí lo harás! ¡Solo corre, maldición! ¡CORRE!
Miro al suelo. La tierra firme… se acaba. Ya no hay margen. La vía se extiende hacia el lago negro, como si entrara en la boca de una criatura dormida. El tren va directo hacia él. Yvan aprieta los dientes. Sus manos tiemblan, pero acelera.
—¡AGÁRRATE! —le grito.
Nuestros brazos se cruzan como cadenas vivas. Lo sostengo. Grito del esfuerzo. Él grita del miedo. Y con una última sacudida, lo jalo hacia mí. Yvan se deja caer al piso del vagón, jadeando.
—Gracias… por… por no soltarme…
—¡No hables! ¡Respira!
Y entonces, el horror.
—¿Flagbys…? —murmuro.
Ella… está lejos. Demasiado. Tropezó. Cayó. Su silueta se dibuja apenas entre la bruma espesa, como una sombra olvidada por la noche. Su cabello trenzado, ahora suelto y salvaje, parece un enjambre de raíces agitadas por el viento.
—¡Flagbys! —mi grito estalla como un latido en mi garganta.
No pienso. Solo salto. Mis pies se hunden en el barro frío como si la tierra intentara tragarme. Resbalo. Una rodilla golpea el suelo con un crujido sordo. Me impulso de nuevo, jadeando. El aire arde en mis pulmones.
—¡Vamos! ¡¡LEVÁNTATE!! —vocifero con la voz hecha trizas.
Ella tiembla. Sus manos buscan apoyo en el suelo húmedo. Hay barro en su rostro, en sus cejas, en sus labios. Pero sus ojos… Sus ojos siguen ardiendo. Llenos de miedo, sí. Pero también de lucha.
—¡No te quedes ahí, maldita sea! —La tomo del brazo, con fuerza. La levanto casi a rastras—. ¡Corre conmigo!
No hay tiempo para más. Corremos. Como si algo invisible —una fuerza antigua y oscura— viniera detrás de nosotros, lista para tragarnos sin dejar rastro.
El tren avanza rugiendo como un titán sobre las vías.
Ya ha empezado a cruzar el lago. Las primeras ruedas brillan al contacto con el metal suspendido, y la superficie del agua se abre en ondas negras, como si el lago intentara tragárselo también.
—¡No vamos a quedarnos atrás! —le grito, como si el universo entero necesitara escucharlo.
Flagbys tropieza, jadea, su cuerpo se balancea como si fuera a derrumbarse.
—¡Tú puedes! ¡UN POCO MÁS!
Le cruzo el brazo con el mío, la obligo a impulsarse. El esfuerzo hace que mis músculos griten, pero ignoro el dolor. El frío. El miedo. El vagón trasero está a solo unos metros.
—¡EXTIENDE LA MANO! —rujo, con los dientes apretados.
Saltamos. La oscuridad nos muerde los talones. Nuestros cuerpos vuelan como proyectiles lanzados por la desesperación. Mis dedos tocan el metal. Se resbalan. Vuelven a aferrarse.
—¡Agárrate! —rugimos al unísono.
Con un tirón brutal, Flagbys y yo nos estrellamos contra la estructura del vagón. Un golpe seco. Cabeza contra hierro. Un destello blanco cruza mi visión, pero no suelto. Nos quedamos ahí, jadeando, colgando, temblando.
El tren sigue. El lago se extiende abajo como un abismo líquido. Pero ya no importa. Lo conseguimos.
—¿Estamos todos…? —Cynthia asoma la cabeza desde el interior, su voz es un susurro que apenas rompe la vibración del vagón. Su rostro está pálido, sus labios apretados, las manos temblorosas en el marco metálico.
—Sí —respondo, entrecortado—. Por poco… pero sí.
—De verdad que eres un estúpido, Yvan —agrega Cynthia, regalándole un golpe casi al margen al hombro de Yvan, que se estremece y lo despierta de cualquier estado en el que haya estado, pero ahora parece aterrizar en la realidad.
Flagbys ríe. Una risa entre rota y eufórica, más nerviosa que feliz. Yo la sigo. Yvan se deja caer contra el muro del vagón, exhalando como si le acabaran de extraer los pulmones.
—Maldito tren… —jadea—. Casi muero… y ni siquiera hemos empezado la maldita misión.
—No creo que sea el único al que la palabra “misión” se le queda atrapada en la garganta, en el estómago y en el corazón.
Creo que al mínimo error estas cosas pueden suceder y quizás el sentarnos, en nuestras habitaciones a planificar, es mucho más diferente que lanzarse a una acción y con la duda de si hay retorno.
—¡Vamos, carajo! —grita de repente, su voz atravesada por una mezcla de rabia y alivio—. ¡Vamos, joder!
El grito se ahoga en una risa breve, nerviosa. Pero sus ojos… sus ojos están más azules que nunca, brillando por el esfuerzo, por el miedo que aún no se ha ido.
—¿Estás bien? —pregunto, con un hilo de voz que apenas logra salir.
Ella encoge los hombros. Ese gesto torpe, casi infantil, contrasta con la firmeza que se dibuja en su semblante.
—Lo estaré después de beber agua —responde, y su tono tiene algo de promesa—. Y seguramente tú cuando comas algo, ¿no?
Su comentario es tan correcto que mi estómago se apresura a darle la razón, gruñendo con descaro. Ella sonríe apenas, y en ese instante, entre la fatiga y el temblor, siento que su mirada me sostiene más que cualquier alimento.
Nos adentramos al interior del vagón. Es oscuro, amplio, seguramente uno de carga.
La única luz viene de una lámpara portátil que Cynthia enciende. El suelo vibra, las paredes zumban. Afuera, los árboles negros desfilan como fantasmas al otro lado del lago.
El tren se mueve a una velocidad espeluznante. Demasiado rápido para lo que estamos acostumbrados. El metal cruje como si fuera a reventarse.
Llevamos una hora allí dentro. Por fin, nos sentamos.
En círculo. Exhaustos. Nos pasamos algunas provisiones.
A nuestro alrededor, en la penumbra del vagón, apenas se distinguen tenues orbes de luz flotando junto a sus dueños: el gris apagado de la marioneta de Yvan, un pulso rojizo cerca de Flagbys, y un suave resplandor turquesa que envuelve a Cynthia como un halo silencioso.
—Puré de papa enlatada… con sabor a pescado —lee Yvan, haciendo una mueca, mientras pasa una lata a Cynthia—. Bueh… mejor que lo que cocina Flagbys, eso seguro —bromea, sonriendo apenas.
Ella le lanza un codazo en el brazo sin fuerza, pero se nota que el gesto tiene cariño.
—Reservemos energía —dice Cynthia con calma, ahora más centrada—. Llegaremos en aproximadamente cuarenta y cinco minutos. Lo primero será investigar el perímetro. Sin distracciones.
Asentimos todos. El aire dentro del vagón es espeso, pero al menos está tibio.