Capítulo 14 #3
Se queda un instante más, mirándome con una mezcla de firmeza y algo que no quiere nombrar. Luego, se da la vuelta, pero su gesto deja claro que, pese a todo, no piensa dejarme solo.
Veo los suéteres nuevos de mis compañeros. Todos con parches distintivos: marioneta adquirida. El mío, en cambio, aún lleva una “X”. No tengo marioneta. Todavía.
—Sospecho un poco de lo que ocurre con Nick —suelta Yvan, cruzándose de brazos—.
La rosa es extremadamente difícil de analizar.
Parece inmune a las sustancias químicas que normalmente permiten descomponer su estructura primaria y determinar sus componentes.
En teoría, si resiste al fuego, podrían existir plantas con propiedades similares en este entorno…
pero ninguna con ese aspecto. Y lo más inquietante es que, aunque se ve marchita, conserva signos de actividad interna, como si aún tuviera vida y pudiera prolongarse mucho más tiempo del esperado.
—Qué bueno que estés bien —le digo. Está terminando de ajustarse su nuevo suéter a la medida, revisándola de lado a lado.
Tiene una expresión de satisfacción que pocas veces le he visto.
Siempre lo veo nervioso o frustrado por las puntuaciones.
Aparentemente, el llamado de atención que recibió no fue tan severo.
—¿Estamos listos? —pregunto, y todos me miran. Asienten al mismo tiempo.
Es tarde. La luna se alza espléndida, sobresaliendo entre pequeñas nubes que no logran opacarla.
El frío invernal está en su punto más alto.
Nos aseguramos de empacar todo. Es un viaje de un día si tomamos los trenes correctos, pero por las festividades, las demoliciones y remodelaciones previas al Gran Torneo de Marionetas, el ritmo del castillo está más relajado.
Eso nos da un poco de margen para movernos sin levantar sospechas.
—Las clases de combate son un completo infierno —comenta Yvan mientras marchamos por el prado, alejándonos del castillo que se va quedando atrás—. A pesar de mis puntuaciones, realmente es un reto.
Y lo entiendo. Yo no tengo buenos puntajes.
Y, además, las sesiones con el profesor Felyan…
bueno, son otro tipo de tortura. Siempre habla de recapitulaciones, de cómo enfrentar el pasado, de aceptar errores, traumas…
todo eso. Me cuesta mantenerme concentrado, pero al menos salgo sin heridas.
Aun así, debo cumplir con los puntajes mínimos en meditación, combate, simulación y lenguas si quiero participar en la selección del próximo grupo para la Torre de los Espejos.
No me va bien. Quedan pocas semanas. El tiempo aquí pasa tan rápido que casi no noté que han pasado tres meses desde que llegué. Tres meses desde que me encontraba en la Cascada de la Conquista, dibujando marionetas sin saber cuán reales podían llegar a ser… ni cuánto miedo aún me dan.
Ahora lo siento de verdad. Esta misión es peligrosa.
No llevamos armas. Flagbys e Yvan apenas están desarrollando control básico sobre sus marionetas.
Cynthia es más hábil, pero aun así… esos enemigos con los que nos topamos el otro día…
los rumores no están exagerando. Todo está encapsulado, disimulado.
Pero Yvan los menciona en nuestras charlas: mientras nos apuntamos tareas, comemos algo sabroso y bebemos té —que aquí es particularmente bueno—, salen fragmentos de verdad.
Hablan de más ataques, como aquel día en que Flagbys salvó a Emmett, y de la mercancía que nos pidieron recoger… justo hacia donde nos dirigimos ahora, antes de poner rumbo al Lago Boscoso.
Al llegar al local, notamos de inmediato que está altamente vigilado.
Tiene sentido: los controles han aumentado.
No vemos marionetistas, solo especialistas de combate.
Algunos son pasantes de último año. Los reconozco por sus insignias y la forma en que se mueven, disciplinados, casi mecánicos. Como lo es Nick.
Aunque comparten ciertas materias con nosotros, su formación es distinta: física, no espiritual. Otra liga.
—Doce —dice Yvan, revisando su tableta con rostro serio. Sus ojos recorren la pantalla con precisión quirúrgica—. Son muchos. Están en formación de encapsulación de ataques directos. Quinto año.
Nos muestra el esquema en la pantalla. La disposición es cerrada, impenetrable.
—Entrar será imposible.
—Debieron inspeccionar y llevarse la mercancía —comento, con un dejo de frustración.
—Interesante ese análisis, Yvan —interrumpe una voz conocida detrás de nosotros.
Nos giramos. Grealish se acomoda el cabello rapado con una mano rápida. Su mirada es filosa, penetrante, como si pudiera leer el cansancio en nuestros huesos. Nos observa con calma, pero sé que nos ve agotados.
—Seré breve —dice, con tono firme—. Vayan a donde tengan que ir. Esa mercancía está perdida. No pueden entrar, pelear con los especialistas y esperar salir ilesos.
Nos quedamos con la boca entreabierta. La tensión se acumula en el aire.
—Los cubriremos.
¿Nos cubrirán? Estoy sorprendido. Asentimos casi sincronizados, sin atrevernos a cuestionar. Justo cuando nos preparamos para irnos, Grealish me detiene con una mano firme en el hombro.
—Rodrygo, ¿tienes un minuto?
Su voz es suave, en contraste con su presencia imponente. Su mirada fulminante me obliga a girar y enfrentarla.
—Yvan, Flagbys y Cynthia tienen marionetas. Si se presenta alguna situación irregular, sabrán defenderse —habla pausado, cada palabra cargada de intención—. Tú… trata de mantenerte al margen.
Asiento, sin decir nada.
—Y una cosa más —agrega, bajando un poco la voz—. Esteban me ha hablado de ti. También hemos evaluado tus puntuaciones. No es secreto que ahora formamos parte de su equipo junto con Murmush. Él está cerca. Estamos patrullando.
Mi corazón se aprieta un poco. ¿Esteban está cerca?
—Lo que quiero decirte es que tu verdadera fuerza nace cuando alguien está en peligro. Así que confía. Proyecta esa energía, esa conexión que tienes. Verás cómo mejora tu desempeño en las clases.
Hace una pausa. Luego, con una media sonrisa que apenas suaviza su rostro, añade:
—Y por cierto… Esteban me pidió que te diga que te cuides. Que, si aparece, le des un buen golpe.
Y se marcha, tragado por un grupo de sombras que se disuelven en la noche. Pero sé que me está observando. Siento sus ojos en mí, incluso cuando ya no lo veo.
Miro a todos lados y, sin quererlo, sonrío. Solo un poco. Luego me uno a mis compañeros.
La noche continúa. Y nosotros, también.