La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 14 #2
48%

Capítulo 14 #2

Flagbys no responde. Sus manos bajan, lentas. Derrotadas. La marioneta comienza a desintegrarse en cubos rojos, flotando hacia su núcleo como polvo estelar.

—Yvan siempre fue el fuerte —dice entonces, casi para ella misma—. El que todos admiraban. Yo solo… solo quiero alcanzarlo.

Camino el último tramo que nos separa y me siento a su lado. Levanto las manos frente a ella, las muevo con suavidad, como si acariciara el aire. Como si tocara algo invisible.

—Ayer, cuando Kyramm se descontroló… por un instante, me escuchó. No fue solo instinto. Fue como si… —respiro hondo, buscando las palabras—. Como si conectáramos. Como si algo en mí le hablara.

Ella me mira, los ojos grandes, azules, abiertos como si no supieran si tener miedo o esperanza. Está procesando. La idea de que una marioneta escuche a alguien más.

—¿Tú crees que una marioneta puede amar a dos personas al mismo tiempo? —me pregunta de golpe, con la voz apenas audible, como si temiera la respuesta.

La pregunta flota en el aire como una promesa rota. No sé si habla de Kyramm… o de sí misma.

—Yo creo que el amor no tiene código —respondo, sin pensarlo demasiado, pero con firmeza—. El vínculo entre Kyramm y tú aún se está escribiendo. No está perdido. Solo… incompleto.

Ella baja la mirada. Sus pestañas tiemblan. Una lágrima se contiene al borde, negándose a caer, como ella misma.

—Rodrygo… ¿y si todo esto no es suficiente? —susurra, con un hilo de voz que me atraviesa.

Le pongo una mano en el hombro. No con lástima, sino con firmeza. Con la certeza de que no está sola.

—Entonces lo hacemos suficiente. Juntos. Somos el grupo de los inválidos, ¿no lo recuerdas?

El silencio se instala, suave, como un velo pesado. Solo se escuchan nuestros latidos y el viento que silba entre los postes metálicos del campo. Un instante suspendido.

Pero la calma se rompe. Una sombra se desliza entre las luces verdes del campo. Alta. Inquieta. Reconozco el movimiento. Es Nick.

—¿Lo viste? —pregunta Flagbys, tensando la voz.

—Sí —respondo, ya en guardia. No se me olvida ver a Nick con la rosa negra en su pecho, pero sus pasos realmente han sido torpes para lo ágil que puede llegar a hacer. Me sorprende un poco.

Nick se aleja con pasos rápidos, casi erráticos.

Sin pensarlo, lo seguimos. Flagbys a mi lado, yo detrás de él.

Atravesamos pasillos estrechos, las paredes negras reflejan nuestras sombras como espectros.

Nick gira esquinas, se esconde, reaparece.

Su respiración se escucha a lo lejos, agitada, como si algo lo estuviera consumiendo desde dentro.

—El día de tu presentación —le digo a Flag, mientras nos apresuramos, pero mantenemos pasos calculados y silenciosos—, Nick llevaba una rosa negra en su pecho, era más como una especie de medalla o emblema.

Flag suelta un suspiro áspero, de clara desaprobación.

—Entonces no pude preguntarle nada, ¿sabes?

Ha sido muy bueno conmigo desde la primera vez, y no quiero pensar que esté involucrado en algo de esto.

—Respiro hondo, con el corazón apretado—.

Espero, con toda el alma, que no sea así.

Que Nick no esté vinculado con la oscuridad que acecha las esquinas de Chatarra.

Porque cada vez que esa rosa negra aparece…

los desastres no tardan en seguirla. Lo vimos juntos: aquella persona que explotó.

Y ahora… temo que Fylian también esté relacionado con esa misma rosa.

Flag me mira de reojo, con firmeza.

—Tranquilo, Rodry. Si algo le pasa, sé que el grupo de los inválidos estará ahí para ayudarlo.

Finalmente, lo alcanzamos en un corredor vacío que desemboca en una plataforma elevada. Nick se detiene al borde, con los ojos desorbitados, la respiración entrecortada. Se gira hacia nosotros, sudoroso, pálido, como si algo lo estuviera desgarrando desde adentro.

De pronto, arroja algo lejos, con violencia. Una rosa negra. Marchita.

La flor vuela en el aire, atrapada por una ráfaga de viento helado. Sus pétalos se desprenden uno a uno, destrozados, arrastrados hacia la oscuridad. El tallo golpea el suelo y rueda hasta perderse en la corriente, como si nunca hubiera existido.

El aire alrededor se vuelve más pesado, cargado de un silencio extraño. Nick suspira, un sonido áspero, casi quebrado. Sus hombros se hunden, como si el gesto de soltar la rosa le hubiera arrancado parte del alma.

Sus manos tiemblan. Sus labios murmuran palabras que no alcanzamos a entender.

—Nick… —digo, pero mi voz se quiebra.

Él cierra los ojos un instante, y el viento golpea su rostro. Parece sentirlo como un castigo, como un recordatorio de que algo lo está consumiendo desde dentro. La rosa negra ya no está, pero el vacío que deja es aún más inquietante.

—¿Qué hacemos? —pregunta Flag.

—Se ve bastante mal —respondo—. Pero mejor tomemos nota de esto —Nick se mete las manos a los bolsillos y comienza a alejarse—. Esperemos que no pase nada malo.

Me ajusto las muñequeras con fuerza. Estoy a punto de comenzar mi rutina cuando el silbido estridente del profesor de combate atraviesa los pasillos. Es señal de correr. Y lo hacemos todos al mismo tiempo.

Corro tan rápido como puedo. Las piernas me arden.

Me lanzo dentro del tubo giratorio, que me da vueltas como un torbellino.

Me esfuerzo por no vomitar; las luces, el movimiento y el olor a metal son una combinación horrible.

Caigo sobre arena rojiza. Esto es nuevo.

En las últimas semanas hemos entrenado con el mismo escenario repetidamente, pero esta vez…

se siente distinto. La textura. La temperatura.

Hasta el viento parece real. No tengo mucho tiempo para pensar en eso cuando varios hologramas emergen de la nada, disparando flechas, proyectiles y cuchillos hacia mí.

Me muevo como puedo sobre la arena, que complica cada paso.

Ruedo sobre una duna, trago tierra, y me levanto de un salto con la guardia en alto.

Estoy solo, pero sé que no durará mucho.

Entonces lo siento. Un leve temblor en el suelo.

Arena elevándose en pequeñas nubes. Hologramas salen de la tierra como espectros.

Uno de ellos lanza un golpe; lo detengo con la palma.

Me sorprendo. Aprovecho el momento para robarle la daga que cuelga de su cintura, giro, y le doy un golpe seco en la espalda. El holograma estalla en cubos azulados.

Quedan dos. Comienza la danza de golpes.

Uno lanza una patada. La esquivo. El otro se lanza con un codo giratorio.

Me agacho y le clavo la daga. También se desvanece.

El último se abalanza hacia mí con una fuerza inesperada.

Me golpea en el rostro. Caigo de espaldas.

Me monta y con una espada holográfica, me golpea de lleno.

La simulación se termina. Derrotado.

El profesor Clockyn me observa desde la plataforma con su mirada crítica. Yo suspiro, extenuado.

—Rodrygo…

No es un buen momento para que el capitán Esteban aparezca. Lo ignoro.

Paso el resto del día en la Torre de Combate y Simulación. No mejoro mis puntuaciones. Me siento agotado, física y emocionalmente.

Flagbys me vino a avisar que Yvan ya está bien. Decido ir a verlo.

Camino por uno de los pasillos, evitando la dirección de Esteban. Pero, como siempre, él aparece. Me detiene con fuerza del brazo. Hago una mueca; el cuerpo aún me duele.

—Rodrygo.

—Dame una sola razón para no meterte un golpe ahora mismo, Esteban —le espeto, seco.

Él abre los ojos, sorprendido, pero no me suelta.

—No he comido nada. Quiero ir a ver a Yvan. —Le respondo—. ¿Puedes por favor…? —con mi mano libre, le señalo la mano de él que me está frenando.

Las luces verdes comienzan a encenderse, bañando la noche con ese resplandor frío y onírico. Cerca de su hombro, un tenue orbe amarillo se mece casi imperceptible entre las sombras: Kendram, en calma, expectante. Esteban me observa en silencio, como si buscara algo en mi rostro.

—Me evades más de lo que puedo contar —dice al fin, con un suspiro—. Y aun así… eres capaz de superar mi odiosidad.

Me quedo quieto, sin saber qué responder.

—Me prometiste esa noche que lo encontraríamos.

Dijiste que habría pistas. ¡Pero no hay nada!

—le reclamo, la voz cargada de frustración—.

El frío me está matando. Estar aquí no tiene sentido.

Seguir buscando quizás tampoco. Hago lo mejor qué hago, ¿de acuerdo?

Así sea haciendo cosas locas, o riesgosas.

Yo no lo sé. Solo quiero al menos ver o encontrar el cuerpo de mi mejor amigo y dejar de soñar con él.

Esteban aprieta la mandíbula, su voz se eleva un poco.

—No es que no sepa, Rodrygo. Es que se escapa de mis manos. Intento encontrar algo, buscar pistas… pero no hay nada. Y créeme, a veces ni yo entiendo qué se siente vivir con esa preocupación constante. Ese miedo de revivir algo que no quieres.

Niega con la cabeza bruscamente. Creo que él también está cansado. Es que… esto no es fácil, sus ojos marrones no tienen el mismo brillo de siempre, su cabello gris y siempre alborotado está algo débil y sus pómulos están más rosados de lo acostumbrado.

—Solo quería decirte algo más —agrega, bajando la voz, casi con cuidado—. Estuve observándote ese día… cuando la marioneta de Flagbys se salió de control. Tus dedos, Rodrygo… estaban vibrando. Tintineando con la tonalidad de las marionetas de fuego.

Me congelo. Mis dedos. Los miro. Los muevo. ¿Cómo no lo noté?

Esteban da un paso más cerca, su mirada fija en mí.

—Es como si… como si hubieses controlado a Kyramm —dice, serio, pero con un matiz que suena más a preocupación que a acusación.

El recuerdo me golpea. Kyramm escuchándome. Obedeciéndome. Niego con la cabeza, queriendo borrar el pensamiento.

Esteban suspira, y por primera vez su voz se suaviza.

—Espero que nadie más se haya dado cuenta. Y evadirme no evitará que intente protegerte… aunque a veces los medios sean difíciles de aceptar.