La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 13 #4
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Capítulo 13 #4

Entonces la marioneta alza la lanza. Va a atacar.

—Cúbranse —quien advierte es Yvan.

Yvan aparece de la nada, veloz como un rayo, protegiendo a su hermana con su Silencio Metal. La rodea con los brazos y la arrastra hacia atrás justo a tiempo: el impacto de la lanza corta el aire donde ella estaba, dejando un zumbido mortal suspendido en el ambiente.

La marioneta de Yvan arremete contra la criatura reptiliana.

Sus manos metálicas se aferran con fuerza a la lanza, y de inmediato comienzan a brotar hilos de humo, como si el metal estuviera ardiendo bajo la presión.

Veo cómo Yvan se tensa, forcejeando, transmitiendo toda su energía a su marioneta para resistir el embate.

De pronto, una colmena de pequeños cuadrados se agrupa, formando una mano gigantesca, más grande que la cabeza de la marioneta de Yvan.

Con un golpe brutal, esa mano impacta el rostro divino de la marioneta reptiliana.

La corona que llevaba se desprende, cae al suelo y se derrite como oro líquido bajo el calor.

Pero la marioneta de Flagbys no se rinde. Se reincorpora con la gracia de una serpiente, su cuerpo serpenteante ondula con furia, los ojos encendidos de rabia. Se posiciona de nuevo, lista para contraatacar, como si el golpe recibido no hubiera sido más que una provocación.

Yo corro. Rápido. Pero Esteban se atraviesa en mi camino, su cuerpo como un muro.

—¡No! —vocifera, con voz áspera.

Lo empujo, pero me agarra del brazo con una fuerza brutal, como si yo fuera una marioneta de trapo.

—¿Qué diablos te pasa, Esteban? ¡Está en peligro! ¡Déjame!

Me zafa de nuevo, más fuerte, y entonces…

una oleada de calor me envuelve. La marioneta se gira hacia mí, se da cuenta que me acerco por detrás para hacerle algo.

Sus ojos encendidos me apuntan como dos brasas vivas.

Esteban retrocede, pero la criatura lanza una ráfaga de fuego.

Si no es por la destreza de Esteban, no sé dónde estaría, pues me sujeta con determinación y me obliga a moverme rápido, evitando que el fuego contacte conmigo.

El suelo tiembla. Los asientos comienzan a arder. Estudiantes gritan, algunos se cubren, otros huyen. Corro. Me agacho. Esquivo llamas que cruzan a centímetros de mi rostro. El aire huele a hierro quemado y piel chamuscada. ¿¡Nadie va a detener esto!?

Cuando estoy por lanzarle una silla a la marioneta, Flagbys grita con desesperación:

—¡Rodrygo, no!

Me detengo. Ese instante de duda me cuesta caro.

Una onda de aire caliente me golpea el pecho con violencia. Me eleva. Caigo brutalmente contra el suelo. El aire se me escapa, me cuesta respirar. La marioneta avanza, lenta, con la lanza lista para atravesarme.

—¿¡Es que el salado nunca tiene un día libre!? —murmuro, jadeando, con la rabia mezclada al miedo.

Levanto el brazo por reflejo. La lanza desciende… pero entonces, se detiene.

La marioneta de Flagbys se alza frente a mí, imponente.

Su cuerpo serpenteante se desliza sobre el suelo con un movimiento sinuoso, como una diosa reptil que domina el espacio.

La piel escamosa brilla con reflejos metálicos, y cada ondulación de su torso desprende un aire caliente.

La lanza que sostiene vibra, emitiendo un zumbido agudo, como si el metal mismo estuviera vivo.

Sus ojos, dos brasas encendidas, me apuntan con furia.

La criatura inclina la cabeza, como evaluando si soy presa o enemigo digno.

El aire se espesa. El calor que emana de su cuerpo me envuelve, quemando mi piel, haciéndome sudar.

La marioneta avanza un paso, golpeando el suelo con su cola, y el eco metálico retumba en el salón.

—No. No. No. Detente. Ya.

¿Eso vino de mi cabeza? ¿Lo pensé o lo dije?

La marioneta se detiene en seco. Sus ojos parpadean, apagándose un instante, como si la chispa de su voluntad se hubiera quebrado.

—Regresa a tu controladora. Ella es más especial de lo que pueda llegar a creer tu tonto ego —ordeno, con la voz quebrada pero firme. Y, honestamente, no sé lo que hago, creo que es lo único que se me ocurrió.

No espero que funcione. Pero… sí lo hace. La criatura gira lentamente, su cuerpo reptiliano se contrae como un resorte, y con un último destello de luz desaparece junto a Flagbys.

El silencio es absoluto. El aire aún huele a fuego y metal quemado. Todos corren hacia mí: Yvan, Flagbys, Cynthia… incluso Esteban.

—¿Pero por qué…? —balbuceo, aún sin aire, con el pecho ardiendo.

Nadie responde. Solo miradas tensas. Silencio. Lo entiendo.

—Lo siento, Rodrygo —dice Yvan con gravedad, la voz cargada de peso histórico—. Desde hace generaciones, desde que el Gran Maestro es el vínculo con el mundo de las marionetas, no se nos permite intervenir. Yo lo hice… por ella. Nadie puede hacerlo.

—Entiendo —respondo, con la garganta seca. Quizás eso le traiga consecuencias, pero salvó a su hermana.

Yvan se gira hacia Flagbys. Ella asiente, dudosa, pero sus ojos están clavados en mí.

Lo sé. Sé que no fuiste tú. Fui yo… Pero ¿cómo pude ordenarle sin ser su marionetista?