La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 13 #3
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Capítulo 13 #3

¿Polvo alterado? ¿Catalizador manipulado para interferir con el pensamiento? Eso ya no es contrabando. Eso es una maldita arma. Por un instante, Nick no dice nada. Y ese silencio pesa más que cualquier grito. Puedo imaginar su cara. Fría, imperturbable, calculadora.

—Eso no era parte del trato —dice finalmente, la voz baja, venenosa.

¿Trato? ¿Nick está involucrado? ¿Está al tanto de esto… o es solo una pieza más? ¿O peor… es cómplice?

—Lo sé —responde Emmett, rápido, como un niño que intenta evitar un castigo—.

Por eso te lo digo. Porque escuché algo.

Van a usarlo para atacar desde dentro. Desde aquí.

Y tu nombre… tu nombre ya se está mencionando —luego de una pausa, Emmett reanuda—.

He comenzado a sentirme mal. Incluso a… sangrarme las orejas.

El mundo se me detiene. Un ataque a la Sociedad. Desde adentro. Y el nombre de Nick… circulando entre los responsables. No puede ser. Tiene que haber un error. Intento acomodarme, buscar un mejor ángulo. Pero el metal bajo mis botas cruje apenas. Error fatal. Nick gira el rostro bruscamente.

—¿Oíste eso?

Me congelo. Literalmente. El aire se clava en mis pulmones como agujas heladas. No me atrevo a mover ni un músculo.

—Solo el viento —improvisa Emmett, con la voz tan firme como puede fingirla—. Este sitio siempre hace ruidos raros… ya sabes cómo es.

Nick sigue mirando. Un segundo.

Dos.

Tres.

Siento que el corazón me va a estallar. El silencio se vuelve insoportable, como si el tiempo mismo se hubiera detenido.

Finalmente, baja la mirada. Se acomoda el cuello de su chaqueta con un gesto brusco. Da un paso hacia atrás.

—Si algo sale mal… ya sabes a quién culpar.

Y se va.

Emmett lo sigue sin decir más. Sus hombros rígidos, la nuca tensa, como si un solo toque pudiera quebrarlo.

Espero. Cuento hasta cincuenta. Cada número es un martillazo en mi cabeza. Solo entonces dejo escapar el aire, con un jadeo que me quema la garganta.

Me dejo caer lentamente hacia atrás, recostándome sobre el metal frío del andamio. El sudor me corre por la espalda pese al clima glacial.

Manipulación mental. Polvo alterado. Nick… posiblemente involucrado.

Y yo, atrapado con una verdad que podría cambiarlo todo. Una verdad que, si descubren que la sé… no creo tener oportunidad de contarlo dos veces.

Nos reunimos alrededor de las gradas. Esta vez estoy solo mientras el profesor Clockyn va presentando, uno a uno, a los nuevos marionetistas.

Incluso presentará a Cynthia, que, aunque ya lleva tiempo con su marioneta, aprovechará la oportunidad de mostrarse ante los altos mandos de la Sociedad del Hilo.

Capitanes, directores, profesores… todos comienzan a posicionarse estratégicamente en los lugares con mejor vista.

Entre las gradas más altas, donde se sientan los estudiantes de cursos superiores que ya completaron su vínculo, distingo un par de orbes tenues flotando cerca de sus dueños —uno violeta, otro de un verde apagado—, encendidos apenas por la sombra que proyectan los toldos.

Distingo al capitán Esteban, sentado junto a Grealish y Murmush.

Ese par últimamente ha estado muy unido.

Me pregunto por qué. Quizás se asignaron como parte del nuevo equipo de Esteban.

Tiene sentido: Fylian y Kyra se ascendieron recientemente a capitanes y, desde entonces, se han desvinculado bastante de él, al menos en las operaciones regulares.

Justo cuando estoy por sentarme, siento una presencia a mi lado.

—Rodrygo —dice una voz familiar.

Me volteo. Nick.

Es extraño verlo y no sentir, al mismo tiempo, una pizca de curiosidad e intriga por lo que estaba conversando con Emmett.

Se supone que ese señor del establecimiento es un simple refugiado temporal en la Sociedad del Hilo, tras el feroz ataque reciente en Aprilcol…

pero hay algo más. Parece haber una conexión entre ellos.

¿Cómo es eso posible? Todo me resulta estratégicamente retorcido, tan perfectamente armado, que por poco tiemblo. Pero me detengo.

Nick, como si leyera mi mente, me alborota los rizos con una sonrisa que desarma cualquier tensión por unos segundos. Y entonces lo noto. Un emblema. Una rosa negra, justo sobre su pecho. Pequeña, discreta… pero imposible de ignorar. Mi atención se clava en ella.

¿Por qué Nick lleva eso?

—¿Tú también viniste solo? ¿Puedo sentarme para acompañarte?

—Parece que sí —respondo, tanteando el terreno. Hace días que lo observo distinto. Más… inquieto, menos predecible.

—Este tipo de eventos son útiles —continúa, como si no notara nada extraño en mí—. Las marionetas a veces hablan más de sus controladores que cualquier informe oficial. Hay que saber mirar.

—¿Y qué esperas ver hoy? —le lanzo, a modo de prueba.

Él entrecierra los ojos.

—Errores. Oportunidades. Y algo que me recuerde que el caos también tiene música. —Sí, caos. Así como lo que produce la rosa negra que llevas ahí.

Me deja con esa frase dando vueltas en la cabeza mientras se acomoda en la silla y estira los brazos sobre las barandillas, como si no tuviera un solo peso sobre los hombros.

Me acomodo finalmente. Durante varios minutos, los estudiantes se presentan uno por uno y en orden de como los llama el profesor Clockyn.

Sé que el número de marionetistas fue bajo este ciclo, así que no debería tomar demasiado.

Yvan es el primero en salir. Su ropa negra, decorada con líneas del mismo color y el emblema de chatarra sobre el pecho, le da un aire enigmático.

Luce guantes que cubren sus manos por completo y una correa gruesa en el cuello.

Honestamente, se ve muy cool. Y no es solo la pinta: Yvan es probablemente el chico más inteligente que he conocido últimamente…

después de Fylian, claro. Pero, también es muy valiente.

Cuando sus dedos se iluminan con un tenue resplandor gris, los murmullos comienzan.

Una figura humanoide aparece frente a él.

Es más pequeña que él, y muchos comienzan a reír.

Idiotas. No saben qué es exactamente. Pero yo leí un poco de él.

Es un Silencio Metal. Una marioneta aparentemente inofensiva, con forma de conejo bípedo, con rasgos humanoides.

Su cabello es gris, con vetas marrones, y sobre su cabeza, una especie de mano gigante con un ojo incrustado en el centro.

Esta criatura puede generar múltiples armas y analizar el entorno en fracciones de segundo. Perfecto para Yvan.

Yvan recibe instrucciones del profesor y enseguida proyecta una de las habilidades de su Silencio Metal: una onda de silencio absoluto.

De inmediato, las risas se disuelven en un vacío incómodo.

Incluso el capitán Esteban parece tensarse cuando hologramas de brazos gigantes flotan sobre Yvan y golpean el suelo con tal fuerza que el impacto lanza corrientes de aire hasta donde estoy. Impresionante.

Luego, Cynthia aparece con su imponente gorila: su Canto de Tierra.

Pilares de roca brotan en el aire en forma de hologramas detallados.

Nadie dice una sola palabra. Todos estamos atónitos.

Y sé que ese enorme gorila de pelaje turquesa y de cuatro brazos puede hacer mucho más que eso.

Todos en el salón lo sabemos. Rayos… mis amigos tienen las mejores marionetas de todo el cuadrante.

La última en salir es Flagbys. Desde donde estoy, la noto visiblemente nerviosa.

Sus ojos escanean el público. Buscan algo…

o a alguien. Se detienen en mí. Me encuentra.

Me lanza una mirada fugaz. Yo le respondo con un gesto: “Todo estará bien.” Suspira.

Y entonces aparece su marioneta. Es del mismo linaje que la de Grealish: una guerrera de fuego.

Su rostro está oculto tras una máscara gris con matices naranja.

El cuerpo entero parece envuelto en llamas, ondulante desde el torso como si tuviera una cola de serpiente.

Porta una lanza larga y afilada, y dos cuernos gruesos y curvados surgen de su cabeza. Pero algo no anda bien.

Los dedos de Flagbys tiemblan. El brillo de control titubea, como una chispa que amenaza con apagarse.

La marioneta comienza a rodearla lentamente, su cuerpo serpentino arrastrándose con un ritmo hipnótico.

El rostro de Flagbys permanece inmutable, inexpresivo, pero la criatura refleja una actitud agresiva, casi asesina.

Flagbys retrocede, los ojos abiertos de par en par.

Nadie interviene. ¿Por qué demonios nadie interviene?

La criatura golpea el piso con su cola rojiza, un estruendo seco que hace vibrar las tablas. La lanza raspa el suelo, emitiendo un chillido metálico que me crispa los nervios y me obliga a apretar los dientes. Siento que debo hacer algo. ¡Flagbys no tiene el control!

—Yvan, haz algo —le ordeno a su hermano.