Capítulo 13 #2
—Me encontré con él en los lagos boscosos de la frontera con Bosqueoscuro —continúa Emmett—.
No sé exactamente qué hacían ahí. Solo me pidieron que moviera una mercancía que, según me dijeron, venía de la superficie.
Pero esa vez fue más por realmente conocerme, ya luego comenzaron los envíos subterráneos.
—¿De Conquista? —pregunto, sin ocultar mi desagrado.
—No… no de Conquista —responde, mirándome directo a los ojos—. De tierras más allá… controladas por Caldyno. Pero, en teoría, si son de la superficie, pero no de donde vienes.
Caldyno. El famoso artista de los Venusfly. Me viene de inmediato a la memoria el Jardín de Espadas. La conexión se siente como un golpe frío al pecho.
—No conozco todos los detalles —admite Emmett—.
Solo oía hablar de algo llamado “Destino Manifiesto”.
Tierras nuevas. Expansión. Ambición. Quizás locura.
Fylian me detuvo, con una mano en el pecho, y me advirtió.
Estaba de exploración. De recopilación. Se veía bastante seguro y supo identificar en qué estaba metido.
Luego, simplemente, no lo vi más. Ni en Aprilcol ni en las bases fronterizas, las cuales son tema de cobranza por las historias que se crean ahí.
Frunzo el ceño. Todo esto suena demasiado grande.
—No me enorgullece —continúa—. Amo este lugar, pero a veces las necesidades son demasiado fuertes.
Esa mercancía… está oculta bajo mi oficina en mi establecimiento.
Cajas de madera oscura. Deben destruirlas.
Pudo ver lo que puede causar si se permite que llegue a su destino.
Ustedes también lo han presenciado más de cerca.
Miro a Yvan y hago una seña rápida: no confío en este tipo.
Y él asiente con el rostro tenso. Pero… si Emmett realmente vio a Fylian, eso lo cambia todo.
Es lo único que me importa por ahora. El frío arrecia aún más y nos envuelve como una advertencia.
Estamos cerca de algo importante. Lo puedo sentir.
—Le agradezco la información —Yvan asiente con un leve movimiento de cabeza, su tono firme, pero sin agresividad—.
Lo de Caldyno será asunto del Ministerio de Defensa de Chatarra.
Nosotros solo queremos saber el paradero de su amigo —me señala con el pulgar, dirigiendo la atención hacia mí—.
¿Qué más puede decirnos sobre el momento en que lo vio?
—Sí, sí, claro, okumm, okumm, my kymmg —dice Emmett, hablando rápido mientras asiente nerviosamente—.
Iba vestido como esos capitanes o profesores que salen en misiones de sondeo.
Ropa con placas protectoras, reforzada… no era cualquiera.
Y no estaba solo. Lo acompañaba una mujer, más o menos de la edad de su Queemmy —señala a Flagbys con un dedo, y todos deducimos de inmediato que se refiere a Kyra—.
Lo vi antes de la tercera parada de las vigas sobre el agua.
Justo en el tren que lleva a la estación del poblado de Bosqueoscuro antes de la Cascada de Fuego.
Después de eso… ya no pude seguirles el rastro.
Pero sí estoy seguro de algo: caminaba con una determinación que se sentía desde lejos —Emmett hace una pausa, luego baja la mirada y examina nuestras ropas con un dejo de duda—.
Lo único que me pareció raro es que no llevaba ese emblema… el del caballero con el felino.
—¿El símbolo de Chatarra? —pregunto yo en voz baja, más para mí que para el resto. Emmett asiente con un gesto seco.
—Ese mismo. Está por todas partes, pero él… no lo tenía. Nada. Como si fuera invisible para el sistema. —Cierra los ojos por unos cuantos segundos, suspira y clava su mirada en mí—. Sé que lo encontrarás, my kymmg.
—Y una última pregunta —interrumpe Yvan, con tono serio—. ¿Qué puedes decirnos de esa rosa negra?
El hombre se encoge de hombros.
—Pues… fue un recuerdo del sitio del que les hablo. Hay algunas esparcidas por allí. ¿Por qué la pregunta?
Yvan suspira y me lanza una mirada significativa. El hombre parece recordar algo y añade:
—Oh, ahora que lo mencionas… sus compañeros llevaban una rosa negra, justo aquí —hace un gesto hacia la altura del corazón—. Sí, sí, estoy completamente seguro de que se las vi. Me llamó la atención porque pensé: si a él le queda bien, ¿por qué a mí no? Ya sabes…
Su voz se apaga en un murmullo, como si la idea aún lo rondara.
—Gracias —dice Yvan al final, cerrando la conversación con un tono seco pero cargado de significado.
Durante las clases de combate, la palabra infierno se queda corta.
Tratar de deshacerme de cada uno de los hologramas que aparecen, ya sean soldados armados, bestias digitales o formas abstractas que se mueven como si tuvieran vida propia, es una tortura física y mental.
Algunos me logran golpear y generan una onda de choque que me lanza contra el suelo, dejándome con la espalda ardiendo y la cabeza zumbando.
La dificultad sube con cada sesión. A veces nadamos en simulaciones de océanos densos o lagos con corrientes artificiales.
Ahí, al menos, tengo ventaja: Fylian y yo solíamos nadar en el lago cerca de mi casa casi todos los días.
Pero las demás pruebas, como senderos en llamas, túneles de viento, desiertos abrasadores y plataformas móviles, son agotadoras.
Siento como si mis músculos se estuvieran desgarrando desde dentro.
Tras una semana de entrenamiento continuo, mi cuerpo está al límite. Me he tenido que aplicar cremas hidratantes y mentoladas en los brazos, piernas y la zona lumbar para soportar el ardor muscular. Me visto con lentitud, tirando la camisa sobre el hombro, cuando alguien golpea la puerta.
Es Flagbys.
Abro, y el frío se cuela por la abertura como una puñalada. Ella entra de golpe, sin pedir permiso, y cierro rápido para evitar que la brisa glacial invada la habitación.
—Wow, hace un demonial de frío —dice mientras se frota los brazos.
Su mirada baja ligeramente hacia mi torso desnudo, y por un segundo noto que sus ojos se quedan allí más de la cuenta.
Me eriza la piel. No estoy precisamente atlético, pero…
parece que no es un detalle que le moleste.
Busco la camisa con torpeza, de pronto muy consciente de cada segundo que tardo en encontrarla.
—¿Qué pasa? —pregunto, mientras busco la camisa.
—Estoy un poco nerviosa —responde con voz baja.
Sé por qué. Hoy es la presentación oficial de su marioneta, y lleva semanas entrenando en secreto con el profesor Clockyn.
No ha querido contarme nada concreto. Pero, por lo que he podido escuchar de su hermano gemelo, es que le ha costado controlar a su marioneta.
Le pongo una mano en el hombro. Suspira.
—Ella y yo no nos llevamos bien —confiesa al fin, bajando la mirada—. Me falta destreza, me falta velocidad… soy torpe. Sigo sin entender por qué me eligió en sí. En este mundo, las marionetas que se unen a ti pasan a ser una extensión de tu cuerpo, Rodrygo.
La escucho con atención. Sus ojos azules, usualmente tan vivos, ahora parecen haber perdido algo de brillo.
—Pero eres inteligente —le digo con sinceridad—. Tienes una forma de ver las cosas que pocos tienen. Y sabes cómo gestionarlas. Eso es creatividad, Flag. Y vale más que cien movimientos perfectos. Tus tiros a ciegas nos han ayudado a acercarnos más a Fylian y que todo encaje. Que no haya huecos.
Ella me mira, y la chispa comienza a regresar a sus ojos.
—Eres parte del grupo de los que llaman “inválidos” —continúo, con voz firme—, pero lograste conectar con una marioneta.
Eso es algo que muchos no consiguen, ni siquiera con todas las herramientas.
¿Acaso no lo sabes? El ser torpe no te quita lo brillante que eres.
—De golpe, me acuerdo de algo que me dijo el papá de Esteban—.
La creatividad nos puede dar la ventaja cuando el talento no está presente en nuestras sangres —le digo a Flag, y lo digo mejor de como lo dijo el papá del capitán Esteban.
Flagbys se ríe suavemente. Yo también. La atmósfera cambia.
—Vi cómo manejas tus emociones, cómo piensas antes de actuar, incluso cuando todo se viene abajo. Confía en eso. Esas pequeñas cualidades tuyas, que cuidas con tanta delicadeza, pueden hacerte gigante.
Ella asiente con más seguridad, y yo le doy una leve palmada en el hombro.
El frío nos envuelve. Afuera, la noche ha caído por completo sobre la Sociedad del Hilo.
Los pasillos traseros de la zona este respiran una humedad rancia, como si el tiempo ahí se hubiera detenido.
No hay luz más allá del parpadeo esporádico de las lámparas eléctricas oxidadas.
Una brisa helada se cuela por entre las paredes, cortante como cuchilla. Y entonces lo veo. Emmett.
Está encorvado, apoyado en una de las columnas de piedra negra, casi fundido con las sombras. Su chaqueta está medio abierta, y por las costuras gastadas sobresale una tensión que no es física. Es mental. Psicológica. Es miedo.
Me detengo en seco. Giro, rápido y silencioso, escondiéndome tras una franja de muro agrietado. Me pego a la superficie áspera, conteniendo la respiración. Mi corazón late en mis oídos como un tambor.
Y entonces… Nick aparece.
No necesita anunciarse. La forma en que camina, cómo el sonido de sus pasos aplasta el silencio, cómo su sombra llega siempre antes que él… esa es su firma. Su presencia llena el pasillo incluso antes de hablar.
—¿Lo entregaste? —dispara la pregunta como una bala—. Vamos. ¿De verdad creíste que aquí estarías a salvo? ¿Con ellos? El grupo de los inválidos no es más que un chiste. Novatos jugando a soldados. Ahora. Hablemos claro. ¿Lo entregaste o no? Hoy no tengo paciencia. Se me agotó esperando la cena.
Emmett traga saliva con fuerza. Mira a ambos lados. Yo me echo más hacia las sombras. Apenas respiro.
—La caja… estaba alterada. No como las anteriores. Una tenía un sello del Consejo del Señor de Bosqueoscuro, pero… falso. Y el polvo… Nick, ese polvo no es normal. Afecta la mente. No solo a las Marionetas… a las personas también.
Me da un vuelco el estómago.