Capítulo 13
“En los primeros ciclos del entrenamiento con marionetas, es común que los portadores noveles atraviesen lo que se denomina como “El Umbral del Vínculo Primario”. Se trata de una fase marcada por inseguridad, ansiedad y un profundo miedo al rechazo por parte del ente vinculado.”
“Algunos registros, como el testimonio de los estudiantes de las Sociedades del Hilo, describen este momento con una honestidad brutal: la percepción de torpeza ante una figura que exige simetría, control y reflejos; el temor a no ser suficiente. Sin embargo, es precisamente en estos márgenes emocionales donde surgen los líderes más inesperados.”
“Ytamyl Denhal, en un informe personal no oficial, apuntó lo siguiente: ‘Mi compañera piensa que su torpeza la limita. Pero yo la he visto mover pensamientos con más gracia que muchos mueven espadas. Creatividad es eso: resolver sin las herramientas ideales, y aun así lograr algo hermoso.”
—Descubriendo los Hilos, obra del investigador Spencer Clickberland, Edición Especial.
Después de salir de la enfermería y que solo me digan que ha sido un duro golpe solamente, nada más de que preocuparme, pero al menos me dieron una sabrosa galleta de caramelo salado, comienzo a caminar hacia mi habitación, sobándome el rostro derecho.
El dolor sigue ahí, por más parches calmantes que me hayan colocado.
Los hologramas, al final, sí que golpean como si fueran reales.
Cruzo un umbral y me dirijo hacia los pasillos que conducen a los dormitorios. Una figura alta se cruza en mi camino. No chocamos, pero me detengo. Es el padre de Esteban. Me mira con una mueca dura, y cuando estoy a punto de avanzar, se aclara la garganta.
—Veo que te fue terrible hoy en la clase —me dice, sin anestesia, con voz grave—. Creo que lo puedes hacer mejor.
—Me esfuerzo con lo poco que tengo, de verdad —respondo, intentando sonar firme.
Él asiente lentamente, con las manos cruzadas detrás de la espalda.
—No siempre somos buenos en todo, Rodrygo. Pero hay algo que sí debemos tener en cuenta: la creatividad. Es lo que nos permite avanzar y superar las cosas, incluso cuando la fuerza o la técnica no alcanzan.
Lo miro con desconfianza.
—Los escuché —rompo el silencio—. No sé exactamente qué es lo que Esteban me está mintiendo, pero espero que no me estén ocultando que Fylian ya está muerto. Si las pistas me llevan a la superficie y luego me hacen volver aquí… espero que no sea una mentira.
El padre de Esteban suspira, se pasa una mano por el cabello gris y me observa con una mezcla de severidad y cansancio.
—No sabes lo que dices. Hay cosas que no deberías cargar todavía. Pero sí te diré algo: mi hijo… está demasiado interesado en ti. Más de lo que debería.
Me quedo helado.
—¿Qué quiere decir con eso?
Él se acerca un paso, su sombra cubre parte de mi rostro.
—En estos muros, en estos tiempos, la gente no se permite sentir más allá de lo necesario. Esteban, sin embargo, te mira distinto. Te defiende cuando no debería. Se preocupa por ti más de lo que conviene. Y eso, Rodrygo, es un riesgo. O al menos, yo lo veo de esa manera.
—¿Un riesgo… para quién? —pregunto, apretando los dientes—. O para usted, que parece ser de esos típicos padres sobreprotectores. Qué sinceramente, sería una estupidez, ¿no cree? Pues es un marionetista que quizás día a día arriesga su culo.
—Para él —responde sin titubear—. Tú eres un torbellino.
Un joven que busca respuestas en lugares prohibidos, que se lanza a zonas restringidas, que roba archivos.
Mi hijo necesita estabilidad, disciplina, alguien que lo ayude a mantener el rumbo.
Y tú… tú lo arrastras hacia el caos. —Parece que hay mucha confianza entre Esteban y su papá, pues dice cosas que, realmente, son ciertas.
Su voz se endurece, pero sus ojos revelan un destello de preocupación sincera.
—No quiero que lo destruyas, Rodrygo. No quiero que lo pierda todo por seguirte. Ya lo hizo en su pasado, y verás que no le fue tan bien.
—Pues, no sé, si lo supieras o si fuese un adivino nos hubiésemos ahorrado todas las molestias y las guadañas cerca del cuello, y habríamos encontrado a mi mejor amigo.
Me quedo en silencio, sintiendo el peso de sus palabras.
Él se acerca aún más, baja la voz, casi un susurro:
—Pero también sé que tú eres la única persona que puede darle algo que yo no puedo: esperanza. Y eso me aterra. Porque la esperanza, en este lugar, suele costar demasiado caro.
El pasillo queda en silencio. El padre de Esteban se aparta, se ajusta la chaqueta y me lanza una última mirada.
—Piensa bien lo que haces. No solo por ti. Piensa en él.
Se marcha.
—Gracias por el consejo —digo, pero más hacia mí que hacia él.
Me esfuerzo por mantener la concentración y no dejar que el dolor que recorre todo mi cuerpo, en especial el rostro, me fatigue más de lo debido o me ponga de ese humor que los muchachos ya saben identificar…
y que prefieren no ver. Seguimos a Yvan, quien avanza pegado a los muros oscuros de la Sociedad del Hilo, haciendo señales rápidas con las manos para indicarnos cuándo detenernos o continuar.
Su cabello dorado, rebelde como él cuando las ecuaciones y teorías en las clases no salen como él quiere, se agita con cada ráfaga de viento helado que nos azota sin clemencia.
Flagbys me toma del brazo con fuerza para ayudarme a avanzar, mientras Cynthia camina a pocos metros del frente, siguiendo los pasos de Yvan, el sonido seco de sus botas resonando contra la piedra húmeda.
Nos dirigimos hacia las afueras de la Sociedad, donde la seguridad no es tan rigurosa como en los accesos principales.
A medida que nos acercamos al límite, comenzamos a dispersarnos, ubicándonos de uno en uno, agazapados entre sombras.
De pronto, Cynthia nos hace una seña con la mano para que nos detengamos.
Guardamos silencio. Al poco rato, el sonido de varias pisadas pesadas y coordinadas rompe la quietud de la noche: un grupo de estudiantes de tercer año trotando a paso firme.
¿A esta hora? Qué entusiasmo… aunque seguro corren con las mismas ganas que yo tengo por comer.
—¿Cómo puedes hacer eso, Cynthia? —pregunta Flagbys con asombro mientras retomamos el paso, nuestros pies hundiéndose suavemente en el barro húmedo del sendero—. Es simplemente… sorprendente. Caminas como si no estuvieras ciega. Como si pudieras ver más que cualquiera de nosotros.
Cynthia, que marcha unos pasos detrás, mantiene el rostro en calma. Su andar es fluido, preciso. La oscuridad apenas parece afectarle, incluso cuando el viento frío nos empuja con fuerza.
—Flagbys, por favor —interviene Yvan con fastidio, rodando los ojos—. Esa lengua tuya no tiene freno ni tacto. Algún día vas a meternos en un problema de verdad.
—¿Qué? ¡Solo dije lo que todos pensamos! —responde Flagbys, levantando las manos en señal de inocencia—. Mírala. Se mueve como si pudiera ver todo lo que nosotros no.
—No se preocupen, estoy acostumbrada a ello —responde Cynthia con voz tranquila, sin detenerse—. Además, no es tan difícil. El sonido del viento, el eco de los pasos… incluso cómo respiran ustedes me da una idea clara de dónde estamos y hacia dónde vamos.
Hay un breve silencio. El crujido de la hojarasca congelada bajo nuestros pies es lo único que se escucha por unos segundos.
—Eso suena… muy entrenado —murmuro, intentando imaginar cómo sería percibir el mundo de esa forma.
—Lo es —contesta Cynthia, con una pequeña sonrisa apenas visible desde donde estoy—. No es magia. Es práctica. Aprendí a mirar de otra manera, una que no necesita ojos.
—Eso es… brutalmente impresionante —dice Flagbys en un susurro, esta vez sin sarcasmo ni exageración.
Yvan lanza una mirada por encima del hombro hacia Cynthia, como si acabara de redescubrir algo en ella.
—La próxima vez que entrenemos, quiero que seas mi guía —agrega Flag con un leve tono de respeto.
Cynthia no responde de inmediato. Solo inclina un poco la cabeza, como si evaluara la sinceridad del comentario. Finalmente, murmura:
—Tal vez. Pero solo si aprendes a callarte cuando sea necesario.
Flagbys se ríe por lo bajo y Yvan pone los ojos en blanco de nuevo, aunque esta vez con una sonrisa cansada. El ambiente entre nosotros, a pesar del frío, se vuelve más cálido por unos instantes.
Finalmente, llegamos al punto de encuentro.
Es un espacio abierto, oculto estratégicamente entre la maleza y los muros naturales, elegido por Yvan con inteligencia.
Ahí está él: Emmett. Tiene puesta una gorra negra y una chaqueta gruesa que lo envuelve hasta el cuello.
Sus ojos negros reflejan una preocupación tensa, y su piel bronceada muestra signos de desgaste, como si llevara días sin descanso.
Me cuesta confiar en él. En este lugar, confiar en alguien puede ser más letal que una marioneta sin control.
Apresuramos el paso y nos detenemos frente a él.
Emmett cruza los brazos y me lanza una mirada directa.
Me sorprende lo rápido que todos aquí logran identificar a alguien de la superficie.
Supongo que puede ser por mi acento, o porque a veces omito ciertas palabras.
Mis amigos suelen hablar con términos en Veenum, y aunque Yvan y Flagbys no sean expertos, crecieron cerca de zonas fronterizas donde las historias antiguas usaban ese idioma como base.
—Le agradecumm per salvemm at meem, Queemmy —dice Emmett, con un marcado acento, mirando a Flagbys.
Ella asiente, y nos comenta que rescatarlo fue todo un infierno, y que, de no ser por Cynthia, no estaría aquí. Flagbys aún lleva los moretones en el cuello y en los brazos, aunque su abrigo disimula bien las heridas.
Me ajusto la capa mientras Emmett clava su mirada en mí.
—Ellos son peligrosos —dice con firmeza—. Tu amigo lo sabía.
La tensión sube de golpe. Siento que mi cuerpo quiere reaccionar por instinto, pero Cynthia me frena con una simple mano en el pecho. Yvan hace una seña rápida, indicándome que lo deje hablar.