La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 12 #3
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Capítulo 12 #3

Estudiantes de segundo año se mezclan con nosotros, los de primero.

No conozco a todos mis compañeros, pero devuelvo algunos saludos.

Incluso Patty Wyllys me dice que mis rizos negros son los más bonitos —y raros— que se han visto en Chatarra.

Que me quedan bien, dice. Mis rizos. Debo cortarme un poco.

Me subo la chaqueta con manos heladas, acercando el suéter al cuello mientras el frío se cuela como agujas invisibles bajo la tela. La capucha me cubre la cabeza, pero no es suficiente. El aire corta, se desliza por entre los huesos como un susurro antiguo.

Al girarme, algo me obliga a detenerme.

Allí está.

Una fina lluvia de nieve cae con delicadeza sobre los muros monumentales y oscuros de la Sociedad del Hilo, fundiéndose en los rincones, cubriendo pequeñas cornisas, abrazando la piedra negra como si el invierno intentara suavizar su dureza.

La luz tenue de los faroles mágicos refleja los copos, haciéndolos parecer partículas de otra dimensión.

Trago saliva. Un pequeño nudo me sube por la garganta, inesperado, apretado.

Es la primera vez que veo nevar. Y aunque en Conquista jamás lo vi, aquí sí.

Aquí, el mundo parece detenerse unos segundos para dejar caer ese milagro blanco.

Y es hermoso. Por un instante, me olvido del caos, del entrenamiento, de la sospecha, del miedo que se cierne como sombra.

Solo pienso en él. En Fylian. Porque la nieve me lo recuerda.

No por lo que vivimos, sino por lo que aún no hemos vivido.

Por las promesas sin cumplir, las palabras que se quedaron atrapadas en medio de la guerra.

Sonrío, muy leve. Lo suficiente para que el aliento tibio se eleve como humo frente a mi rostro.

Tal vez, solo tal vez… él también esté viendo la nieve en algún lugar.

Y si no, me aseguraré de contárselo cuando lo encuentre.

Estamos en formación. Un hombre de tez blanca y facciones suaves se posiciona en el centro del patio, pulcramente revestido en cerámica carmesí.

La luz del sol se proyecta por todas partes, aunque pronto caerá la tarde.

El hombre nos observa, uno por uno, evaluando.

Se detiene justo al llegar a mí. No dice nada. Solo asiente.

Durante las clases teóricas, el profesor Wylcam nos habló de él.

Se llama Clockyn y es una mezcla entre conocimiento de los especialistas de combate y los marionetistas.

Sabio en artes marciales, será también quien nos enseñe danza de marionetas.

Pero no manipulará combates, no aún. Primero —nos explicó Wylcam— debemos dominar la defensa personal, aprender a movernos, fortalecernos, protegernos.

Antes de tocar un hilo, debemos ser capaces de proteger el cuerpo.

Las sesiones de ejercicio funcional aumentarán.

Debemos trabajar la capacidad aeróbica, la fortaleza física y, sobre todo, evitar lesiones.

El combate no será fácil, pero tuvimos introducción teórica sobre técnicas básicas: cubrir el rostro, recoger bien el cabello, proteger zonas vitales, especialmente en las mujeres.

Clockyn silba, fuerte, seco. Tensa la mandíbula. Las puertas del patio se cierran de golpe. El sonido retumba en las paredes. El silencio se instala.

Miro a mi alrededor. Este patio… ¿es aquí donde lucharemos? Caer en ese suelo debe doler como el infierno.

—Estudiantes de primer y segundo año, cordialmente bienvenidos —dice con voz suave, pausada, que se cuela entre las ráfagas del viento helado.

Su piel comienza a tornarse ligeramente rosada por el frío, y el viento juega con su corto cabello castaño, sacudiéndolo de forma errática.

Tiene muchas pecas sobre el rostro y una cicatriz antigua, ya curada, recorre un costado de su cuello.

—La clase de combate es fundamental. Muy fundamental.

Un componente crucial de entendimiento físico y mental.

Más allá de tener a nuestras marionetas como extensiones de poder, también debemos contar con nosotros mismos.

Puede pasar —hace una pausa y se cruza de brazos, firme—, que, durante una misión, su marioneta quede fuera de combate.

Y entonces, todo su plan… cambia por completo.

¿Cuál sería el siguiente paso? ¿Huir? No es recomendable. ¿Morir? Mucho menos.

Mi mente viaja sin permiso. Me imagino a la imponente marioneta gorila de Cynthia desplomándose en medio de una emboscada. ¿Esa cosa puede caer? Es enorme, el doble de su tamaño, y cuando se posiciona detrás de ella parece su propio escudo viviente. Pero incluso él… puede fallar.

—Las clases de combate, sin embargo, serán un poco…

distintas —prosigue, con una media sonrisa que apenas se dibuja en su rostro frío—.

Sé que esperan enfrentamientos cuerpo a cuerpo, y los habrá.

Pero comenzaremos en grupos de cuatro. El primer módulo será una pista de obstáculos con hologramas de defensa.

Y les advierto —agrega con una risita casi imperceptible—: esos hologramas golpean tan duro como un ser humano de verdad. No se me confíen, por favor.

El silencio es absoluto. Todos nos miramos, tensos, expectantes.

—Después de algunas semanas de retos físicos para fomentar reflejos, reacción, y resistencia, vendrá la segunda fase: las clases de danza.

Pero no se engañen, no se trata de tomar a una linda compañera y girar bajo luces suaves —comenta burlón, y algunos se ríen por lo bajo—.

Es danza de marionetas. Precisión, elegancia en el control, y, sobre todo, sincronía entre cuerpo y creación.

—¿Dijo danza? —susurra Flagbys, atónita. Apenas logro contener la risa.

—Los domingos —continúa el profesor— tendrán sesiones de recuperación en la piscina criogénica de la Sociedad del Hilo.

—¿Qué? ¿Aquí hay piscina? —murmuro, girándome hacia mis compañeros. Ellos solo se encogen de hombros, igual de desconcertados.

—También reforzaremos las actividades de compañerismo y colectividad con deportes estructurados. Y recuerden algo: pronto serán compañeros en batalla. Y si no saben trabajar juntos… no sobrevivirán. —Nos lanza una mirada dura—. Bien, vamos a empezar. Quítense los abrigos. Solo en franela. Ahora.

Los murmullos comienzan de inmediato.

—¿Está loco? Hace un frío de muerte —dice Cynthia entre dientes.

Pero el profesor no está bromeando. Su expresión es de piedra. Poco a poco, todos obedecemos, temblando bajo la brisa helada. Entonces, un grupo de mujeres con túnicas ajustadas al cuerpo emerge entre las sombras, como si hubieran brotado de la tierra.

—Ellas instalarán microchips en sus sienes. El narrador de pista se comunicará directamente a través de ellos. Recuerden: la evaluación se basa en velocidad, superación, resistencia… y creatividad.

Los asistentes se acercan sin decir palabra. Siento una leve punzada eléctrica en la sien izquierda al implantarse.

—Educar a la mente durante la fatiga es lo vital —dice el profesor, y entonces… desaparece.

El centro del patio queda vacío por apenas unos segundos. Después, como si el suelo respirara, brotan desde abajo una serie de tubos transparentes que giran como serpientes de cristal.

—Ingresar a la tubería —resuena de pronto en mi mente una voz femenina, robótica y distante. El susto me hace tambalearme—. Soy tu evaluador y reportador de puntuación. No hablaré mucho. Solo observaré. Y recomendaré si es necesario.

Asiento, aún desconcertado. Me coloco frente al tubo designado. No estoy con mis amigos, sino con tres estudiantes más, todos de primer año. Antes de que pueda procesar el nerviosismo, una cuenta regresiva comienza a latir en mi cabeza, y el tubo se ilumina. Una voz grita en mi mente: ¡Corre!

Me lanzo.

El túnel comienza a girar en espiral. Siento cómo varios estudiantes se tropiezan detrás de mí.

Todo se retuerce. Es una ilusión, pero se siente tan real que mi estómago amenaza con vaciarse.

El vértigo es brutal. Me obligo a mantener el equilibrio, la mente fija.

Las luces parpadeantes fatigan la vista, pero no puedo detenerme.

Finalmente, el túnel se abre hacia una enorme plataforma metálica repleta de obstáculos: cilindros, soportes, superficies móviles. Miro hacia atrás. Estoy solo.

—Tiempo de volver a correr —dice la voz sin emoción.

El objetivo: derrotar a tres enemigos holográficos. Contacto con sus armas causará penalización. Usar el entorno. Improvisar.

Otra cuenta regresiva comienza. Cuando llega a cero, echo a correr con todo lo que tengo.

Mis pies chocan con el metal helado. Me deslizo entre columnas, esquivo un par de cubos móviles, y justo cuando creo haber encontrado una ruta segura, algo impacta mi costado.

Un holograma. Un hombre cubierto de cubos azules, empuñando una lanza.

Se lanza.

Ruedo por el suelo, me incorporo como puedo y salto entre plataformas que emergen desde abajo como si el mundo estuviera construyéndose sobre la marcha. Una segunda figura aparece. Tres esferas se materializan en el aire y son lanzadas directo hacia mí. Me giro.

Caigo sobre un cubo que se eleva. Estoy demasiado alto. Una pierna cuelga al vacío. Intento subir con la fuerza de mis brazos, pero mis articulaciones están rígidas. El frío cala. Los dos hologramas se aproximan.

Uno me alcanza desde atrás, el otro desde adelante. No tengo salida. Patean. Un impacto directo en el rostro. Todo se desvanece. Mi cuerpo cae. Siento el golpe sordo, brutal. El aire se me escapa en un solo gemido. Las luces desaparecen. Me hundo en la oscuridad.