Capítulo 12
“El cuerpo del marionetista es su segunda marioneta. Y como tal, debe aprender a moverse con la precisión de un hilo bajo tensión. Las Sociedades entendieron que no basta con controlar desde lejos; cuando el lazo se corta, solo queda el cuerpo, y este debe saber danzar entre el filo y la sombra.”
—Del libro: La Danza de los Hilos, por el autor y especialista Emmetty Highking en inspiración a la filtración de los Celestiales a las Sociedades del Hilo.
—¿Seguro buscaste bien? ¿Volviste a revisar? —pregunto, mientras Yvan entrecierra los ojos con esa expresión que parece decir: es demasiado obvio—. Es que… ¿qué voy a saber yo? —añado, intentando justificar mi insistencia.
Yvan se cruza de brazos, serio.
—Rodry, sabes que he revisado todo. En ninguna parte aparece una rosa negra mencionada en los expedientes de Fylian.
No sabía qué pensar. Te dije que me pondría pronto a analizar las cosas —responde con firmeza.
Luego, con la mirada, analiza el sitio y ladea apenas el rostro, como diciéndome en silencio: este no es el mejor lugar para entrar en tanto detalle, estamos en el pasillo de la sala de interrogatorio otra vez—.
Lo volveré a revisar —añade, pero su tono suena más a un intento de tranquilizarme, como si me estuviera lanzando un pedazo de pan para que lo acepte.
—Entonces… ¿crees que se trate de una conexión con todo? —pregunta Cynthia en voz baja.
—Espero que sí —respondo, sintiendo cómo la tensión se acumula en mi pecho—. Es que… chicos, las tres veces que hemos visto la rosa negra, al rato pasa algo malo. Como si fuera un detonante, un activador. No sé qué diablos estoy diciendo, pero… tiene que ser una conexión. Una nueva pista.
—Yvan puede traducirlo —interviene Flag, mirando a su hermano gemelo con una mezcla de confianza y presión—. Lo puedes hacer, ¿no?
Yvan suspira, se pasa la mano por el cabello dorado y liso, nervioso.
—Oigan, es mucha presión para mí, ¿de acuerdo? Además, tengo cosas que estudiar sobre mi marioneta. Pero sí… puedo averiguarlo. Analizar la rosa que extrajimos. Solo denme tiempo.
En ese instante, la puerta se abre con un chirrido metálico. Una voz nos invita a pasar. El aire se vuelve más pesado. La conversación queda suspendida.
—Ustedes cuatro realmente son una caja de sorpresas.
Vaya que sí. Me recuerdan a cierta parejita por allí que siempre se metía en problemas, ¿te suena, Esteban?
—comienza a decir Murmush, su voz grave resonando en la habitación.
Se cruza de brazos, su cuerpo ha ganado masa muscular en poco tiempo, y sus ojos achinados nos recorren a todos con una intensidad fría, evaluadora.
Mira a Yvan, luego a Cynthia, Flagbys y finalmente a mí.
Con un suspiro, Murmush acaricia ligeramente su barba, que ahora tiene un espesor que antes no tenía, como si la vida misma le hubiese otorgado una nueva fortaleza. Sus ojos brillan con un destello de desafío, y asiente en dirección a los compañeros que se mantienen en la sombra detrás de nosotros.
—Aquí ha habido muertes, ha habido daños —continúa con tono firme.
La atmósfera se carga de una tensión palpable.
Estamos nuevamente atrapados en una escena que ya hemos vivido antes, y no es la primera vez que la oscuridad acecha en este lugar llamado Chatarra.
Miro a mis compañeros; sus miradas caen un poco, como si no pudieran sostener la presión.
Sabemos que no fuimos los culpables, que solo tratamos de proteger a los inocentes.
Pero, sin duda, las apariencias están en nuestra contra.
Grealish da un paso adelante, su postura robótica casi mecánica mientras acaricia su calva, encogiéndose de hombros con indiferencia. Murmush le habla en un idioma desconocido, un murmullo que se pierde en el aire. Cynthia parece entenderlo, pues su expresión cambia levemente.
—¿Qué dice? —le susurro a Yvan, pero antes de que pueda responder, me doy cuenta de que mi cara de confusión debe ser evidente. Yvan me golpea el hombro, como si me despertara de un trance.
—Immun, turum —dice Grealish, girándose lentamente hacia nosotros. La intensidad de su mirada fría y calculadora se clava en nuestros ojos—. Los dejaremos ir. Pero necesitamos que nos suministren cierta información de la conversación que escucharon.
Yvan asiente sin vacilar.
—Los ataques en los sectores fronterizos de Chatarra están aumentando —continúa Grealish, su tono grave—.
Esto ha puesto en alerta al Cónclave. Pronto se llevará a cabo una reunión crucial en la sede del Comandante de Protección y Paz de Chatarra.
Será aquí, en la Sociedad del Hilo, y les advierto: sus pequeñas narices no deberían meterse en estos asuntos.
—¿Pequeñas narices? ¿No ha visto la mía? —interrumpo, casi con burla, señalando mi rostro, pero la situación es tensa y mi tono parece caer en el vacío. La tensión en el aire es densa.
Grealish repite, una vez más, esa palabra:
—Immun, turum.
Mis ojos se entrecierran, confundido. ¿Qué demonios significa eso?
Sin embargo, veo que la mirada de Murmush se desvía hacia el capitán Esteban, quien está parado justo detrás de mí, con los brazos cruzados, una expresión de piedra en su rostro.
El peso de su presencia parece aplastar el aire entre nosotros.
—Bien —dice Grealish, su mirada ahora más afilada—. Díganos qué escucharon.
Yvan es el primero en hablar, su ceño fruncido, su tono grave.
—Solo que la explosión no salió como ellos esperaban. Eso fue todo.
—¿Seguro, Yvan? —pregunta Murmush, con un tono que hace vibrar el aire—. Emmett pidió protección. ¿Por qué la pediría? Y… —su mirada se posa en Flagbys—. ¿Por qué insististe en que se quedara aquí?
—Es una persona, como nosotros —responde Cynthia con una leve encogida de hombros—.
No es igual a nosotros. La magia, la oscuridad que rodea esas operaciones no se asimila de la misma manera.
Unas semanas aquí y se le pasará el temor.
Eso es todo. Ahora, ¿podemos dar esto por terminado?
Prometemos no entrometernos en la sección especial.
En ese momento, la voz del Capitán Esteban resuena de nuevo, profunda y autoritaria:
—Stumpim am imm, Cynthiamm. Cumtum at themm per summ amm odimm at padeumm.
Nuevamente, esas palabras me suenan como un eco distante. No entiendo nada. Pero Cynthia parece captar el mensaje. Asiente con un movimiento casi imperceptible. ¿Qué está pasando?
—Ellos lo sabrán en su debido momento. Pero esto no viene al caso, capitán —responde Cynthia.
—Sé que en esta ocasión se van a mantener alejados de la sección especial —continúa Esteban, con la voz más firme—. Y por favor, retírense.
Todos comienzan a moverse hacia la salida, pero entonces, el capitán Esteban se detiene y me gira hacia él. Sus ojos marrones, fríos y calculadores, me analizan con detenimiento. El aire se vuelve aún más denso. Miro a mis compañeros salir, pero un peso extraño se instala en mi pecho.
—Rodrygo Clynk —dice con firmeza—, tengo unos asuntos pendientes contigo.
Mi respiración se corta un segundo. La mirada de Esteban es intensa, como si estuviera diseccionando cada uno de mis pensamientos. Yo asiento en silencio, sabiendo que la conversación no terminará ahí.
—Meterte en problemas no hará que Fylian parezca por arte de magia, Rodrygo —dice, su tono ahora más grave, más sombrío—. Esforzarte por llegar a la Torre de los Espejos… eso sí podría hacerlo.
—Ahora resulta que salir a divertirme con mis amigos se traduce para ti en problemas.
¿O de qué manera pretendes qué me quede, encerrado en mi habitación como una estúpida princesita?
—Le respondo, pero de una muy mala manera que ocasione que Esteban lleve sus pobladas cejas hacia arriba, sorprendido.
Detengo mi impulso de responder con otra cosa, alzando un puño en un gesto casi instintivo.
Esteban se detiene, sorprendido por mi reacción nuevamente.
Sus ojos se abren un poco, alterados, pero luego suspira y se recoge.
Cruza nuevamente los brazos y suaviza la mirada, aunque la tensión sigue flotando entre nosotros.
—¿Cuál sería la diferencia? —le pregunto, desafiando la atmósfera que se ha formado.
Mi voz suena más fría de lo que me gustaría, pero no puedo evitarlo—.
¿Qué diferencia hay entre obtener o no una marioneta?
¿Qué diferencia hay entre recortar el tiempo y traer a Fylian de vuelta?
—O al menos, su cuerpo para que su alma pueda descansar en paz y yo saber en qué lugar llevarle un par de flores.
Me detengo, inhalando profundamente antes de agregar la última palabra:
—Conmigo. Porque me trajiste a un castillo enorme, con aires de fortaleza, con clases difíciles que solo nos dejan dolor y cansancio, y desde que nos encontramos con Haalynd aquella noche, no hemos hecho más que perseguir sombras.
¿Dónde están las pistas sobre mi amigo, Esteban?
¿Dónde? Porque todo lo he hecho yo. Yo he avanzado más de lo que crees.
El capitán Esteban guarda silencio. Su mirada se queda fija en mí, pero no responde, como siempre. En sus ojos veo algo, una chispa que parece apagarse lentamente.
—Tus ojos nunca van a brillar para decirme la verdad —le susurro, aunque mi voz suene más baja de lo que pretendía. Pero las palabras se quedan flotando, pesadas, en el aire.
Esteban sigue en silencio. Es como si me estuviera evaluando, como si decidiera qué hacer conmigo. Finalmente, suspira y, con una voz que parece vacía de cualquier emoción, dice:
—Si no vas a buscar a Fylian más rápido, Rodrygo, al menos evita las secciones de interrogatorio. Déjame que trabaje con mi equipo. Tenemos más experiencia en el área. Chatarra está inmerso de muchos lugares oscuros y de personas muy resentidas por las cosas que nos hicieron desde la superficie.