La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 11 #3
41%

Capítulo 11 #3

Me arrojo al suelo justo a tiempo. Su marioneta gira sobre sí misma, los cuatro brazos del Canto de Tierra extendiéndose como látigos.

Dispara un chorro de plasma desde su boca gigantesca, barriendo a tres Venusfly que intentaban flanquearnos, pero el estruendo es tal que llegamos a sentir un ligero movimiento en el suelo.

—¡Rodrygo! ¡Las personas! ¡Trata de alejar a los civiles! —grita Cynthia, mientras su marioneta danza entre ataques, cada movimiento preciso, cada golpe una declaración de fuerza.

—¡Yvan ha identificado a un grupo del Festival de Trenes! Intentaron volar el establecimiento. Él estaba con ellos —dice Flagbys, tambaleándose, la voz quebrada por la tensión. ¿En qué momento salió Yvan?

Al oír eso, intenta correr hacia su hermano, pero un disparo de plasma cerca de sus pies la obliga a retroceder. La marioneta de Cynthia le impide avanzar.

—No. Tu prioridad ahora es encontrar sobrevivientes y protegerlos —ordena Cynthia con frialdad.

—¡Tengo marioneta! ¡Soy más útil que eso! —replica Flagbys, casi rogando.

—Sí. Pero no sabes controlarla. Podrías morir. Rodrygo, ve tú. Con cuidado, por favor.

Asiento. Me lanzo a correr. La adrenalina me hace ignorar el dolor punzante de las agujas que me perforaron. Piso entre charcos de sangre, cristales, miembros destrozados. Siento el eco de los disparos detrás de mí mientras me adentro tras el edificio.

Allí, el mundo se queda en silencio. Un silencio lleno de ecos y polvo suspendido en el aire. No hay señales de Yvan.

Hasta que, de pronto, unos pasos. Me agacho de inmediato, con la respiración contenida. Son ellos.

Cinco figuras. Capuchas negras. Sombras vivientes, cada una con reflejos grisáceos que delatan un material desconocido. Entre ellos, ella, la mujer que Flagbys y yo vimos antes. Camina con la gracia de una guillotina: elegante, precisa, mortal. Una mano se posa en mi hombro. Me giro. Es Yvan.

Lleva un dedo a los labios y me habla en señas.

“Sígueme. Rocas. Ocultos. Silencio total.”

Nos movemos entre escombros hasta escondernos detrás de unas rocas agrietadas. Nos agachamos. El polvo arde en la garganta. Escuchamos.

—Son imbéciles. Si no fuera porque me levanté de buen humor, estarían todos muertos —dice la mujer, con una voz afilada, cortante como una hoja recién afilada—. Esa explosión atraerá marionetistas y especialistas. Abandonen los Venusfly. Retírense.

—Sí, general Ingryt —responden los demás al unísono. General Ingryt.

Un sexto hombre llega corriendo. Jadea. Se detiene de golpe.

—Uno… un… uno…

—¿¡Un qué, carajo!? Habla ya, antes de que decida matarte solo por hacerme perder el tiempo —espeta Ingryt, sin subir el tono, pero tan cargada de veneno que hiela el aire.

—Una estudiante de primer año nos interceptó… Tiene a Emmett. Y… y la mercancía, mi general Ingryt. La mercancía es importante para él. Si sabe que ha vuelto a fallar otro establecimiento…

Silencio absoluto.

—¿Una estudiante? ¿Una maldita estudiante de primer año logró eso? —dice, entre incrédula y furiosa—. ¡¿Qué hay de los Venusfly?! ¿Dónde están?!

—Fueron eliminados por… un gorila gigante, mi general. De pelaje turquesa. Con cuatro brazos. Era… un demonio.

Un chasquido. Uno que conozco. El sonido de una hoja siendo desenfundada.

—¿El gorila era enorme, dijiste? —pregunta Ingryt, con una calma que aterra más que su furia.

No hay respuesta. Solo el golpe seco de un cuerpo desplomándose.

—Esa mercancía es vital. Y la quiero de vuelta. Ahora. Ustedes tres —señala sin mirar—, encárguense de los dos idiotas que nos espían detrás de esas rocas. Si quieren seguir respirando, muévanse. Ahora.

Yvan me mira, los ojos abiertos como platos, como si el terror le hubiese petrificado la garganta. Su respiración es rápida, entrecortada. El reflejo de las figuras que nos rodean tiembla en sus pupilas. Levanta las manos, temblorosas, y apenas logra susurrarlo:

—Corre.

Ni siquiera grita. Es un murmullo seco, urgente. Una orden.

Nos levantamos de golpe, impulsados por puro instinto, y salimos disparados entre la formación de rocas.

El aire a nuestro alrededor se tensa, como si supiera lo que está por venir.

Un segundo después, una ráfaga de dagas corta el aire.

Chillan como serpientes aladas, veloces, mortales.

Una de ellas se incrusta con fuerza brutal en mi hombro.

El impacto me hace girar sobre mí mismo y caer pesadamente al suelo.

El polvo explota a mi alrededor, como si la tierra misma reaccionara al ataque.

Todo se vuelve gris, confuso. Oigo mis latidos más fuertes que los pasos que se acercan.

Siento la sangre tibia recorrerme el brazo, mezclándose con la tierra y el sudor.

—¡Rodrygo! —grita Yvan, y su voz se rompe.

Me cubre. Se lanza delante de mí, como un muro de carne y determinación. Me jala del brazo bueno, intentando ponerme de pie, pero el dolor me ancla al suelo como si la daga pesara toneladas.

—No te mueras —susurra con furia, como si con eso fuera suficiente para mantenerme despierto.

Pero son muchos.

Sombras armadas surgen entre las rocas, rodeándonos en semicírculo.

Yvan se alza, jadeante, intentando abarcar con la mirada todas las amenazas.

Su mano tiembla ligeramente, no por miedo, sino por el cálculo desesperado de que no podrá con todos.

Los encapuchados se detienen a pocos metros de nosotros. Uno a uno, se quitan las capuchas.

La visión me corta la respiración. Todos…

idénticos. Cabello corto, grisáceo, ojos hundidos.

Piel tan pálida que parece estar hecha de arena blanca.

Rostros vacíos. Sin expresión. Como si la humanidad se les hubiese borrado.

La luz se refleja en las hojas de sus armas.

Son filos extraños, vibrantes, que emiten un zumbido sutil… casi como si respiraran.

Yvan da un paso al frente. Se prepara para pelear, aunque sabe que no sobrevivirá sin ayuda. Sus labios se mueven, rezando por dentro, quizás. O maldiciendo su suerte.

Y entonces…

El cielo ruge. Un bramido brutal, salvaje, surge de lo alto y corta el aire como una sentencia.

El Canto de Tierra cae desde el firmamento como un meteorito hecho músculo y furia.

Su cuerpo monstruoso gira en el aire con la elegancia de un danzante y el peso de un dios.

Impacta en medio de los enemigos con un golpe sísmico.

Uno de ellos queda atrapado bajo sus cuatro brazos gigantescos.

Y en un solo movimiento, es aplastado. Su cuerpo cruje como una hoja seca.

La sangre salta como tinta roja sobre la piedra.

Los otros retroceden. Por fin, miedo en sus ojos.

Flagbys aparece, jadeando, la ropa desgarrada, la cara manchada de polvo y sangre. Se arrodilla a mi lado.

—Te tengo, te tengo —murmura mientras me ayuda a levantarme. Su voz tiembla, pero su mirada no. Me rodea con un brazo, pero apenas puedo sostenerme. Una mano más fuerte, más firme, me estabiliza desde el otro lado. Grande. Cálida. Inamovible.

No es Yvan.

—Capitán… —musito, con dificultad. Capitán Esteban. Su rostro es una máscara de piedra, tallado por la guerra. Su mirada, tan serena como mortal, se queda un instante de más sobre la mía, como si el caos a nuestro alrededor no bastara para apartarla.

—Tranquilo, Rodrygo. Ya estamos aquí —dice con tono grave, y entonces gira la cabeza hacia el frente.

Sobre una roca elevada, Kendram levanta ambos brazos al cielo. Una energía amarilla chispeante envuelve sus dedos, electrificándolo todo a su alrededor. El aire está zumbando. Las rocas tiemblan.

Y luego… Dispara.

Un rayo de energía pura surca el campo de batalla.

Los enemigos gritan, retorciéndose como si fuesen arrancados de esta dimensión por manos invisibles.

Sus cuerpos caen, humeantes, desintegrándose entre gritos y vapor.

Otros huyen, corriendo como sombras en retirada.

Más marionetas llegan. Disparos. Choques metálicos. El caos ruge de nuevo.

Yo no puedo más. El hombro arde como si me estuviera arrancando el alma. Me dejo sostener por el capitán. El mundo se vuelve ruido, polvo y gritos.

Miro a Flagbys. Tiene cortes por todas partes, el rostro sucio, la sangre mezclada con lágrimas. Pero sigue de pie. Sus ojos brillan. Y, en medio de todo, solo una cosa retumba dentro de mí, golpeando mi mente con más fuerza que el dolor:

¿Qué demonios contiene esa mercancía? ¿Y quién, en nombre de todo lo que creemos… es Emmett?