Capítulo 11 #2
Todos estallamos en carcajadas. El nombre nos viene perfecto.
—Mi plato es de los más aburridos que verán —anuncia Yvan, encogiéndose de hombros.
—Es normal, tú eres así —añade Cynthia, con una sonrisa burlona—. Eres peor que los huevos que prepara Flag a veces: sin sal, sin alma.
Todos, excepto Yvan, rompemos en carcajadas. Él frunce el ceño con leve fastidio.
—Veamos qué puedes presentar —continúa Cynthia con una ceja levantada casi visible por la banda que lleva, como siempre, sobre sus ojos—. Será mejor que lo describas, porque no puedo verlo. Y si lo viera… presiento que sería igual de aburrido.
—Mi plato son trozos de pollo empanizados en salsa de mostaza-miel, con toques de cerezas picadas.
—¿Cerezas picadas? Eso debe ser una broma —digo, tratando de no soltar otra carcajada. Ya me duele el estómago de tanto reír hoy.
Pero para nuestra sorpresa, cuando todos lo probamos al mismo tiempo… el sabor es realmente delicioso. La mesa queda en silencio unos segundos.
—Nos ha callado la boca —admite Cynthia, bufando—. No está nada mal. Por un segundo pensé que o nos envenenaríamos o nos dormiríamos aquí, teniendo que ayudar al dueño a preparar el desayuno a los clientes.
—Les dije. Además, siendo su futuro capitán, ya verán que siempre tengo las mejores ideas —declara Yvan con una sonrisa torcida.
Tomamos nuestros vasos de licor suave y brindamos. Pero Yvan, tras el trago, frunce ligeramente el ceño.
—Solo cinco fuimos elegidos por marionetas en la Torre de los Espejos… Flagbys y yo entre ellos —dice Yvan, bajando un poco la voz—. Pero mi marioneta me advirtió que no podía contar nada sobre ese lugar. Según él… es sagrado. Espiritual. Un sitio que no puede profanarse con palabras sueltas.
Hace una pausa. Sus dedos tamborilean levemente contra el vaso, como si dudara si seguir hablando.
—El único que, al parecer, puede visitarlo con libertad es el Gran Maestro del Cónclave del Hilo.
Me contó que siempre va a una cabaña vieja que queda al final de un camino un poco oculto.
Dijo que allí… cuelgan unas “vidas importantes”.
No entendí del todo qué significa eso —sacude la cabeza, medio sonríe—.
Pero eso fue lo único que me permitió contarles
Toma otro trago. Su mano tiembla apenas.
—Da un poco de miedo, si te soy sincero. Pero seguro nos pondrán a prueba para que desarrollemos nuestras habilidades al máximo. Pronto será ese torneo. Incluso los de primer año pueden participar.
—¿Saben de qué trata ese torneo? —pregunto, bebiendo un poco más. Siento la garganta reseca. Todos lo mencionan, pero aún no tengo claro de qué se trata.
—Una basura, realmente —gruñe Flagbys, frunciendo el ceño con seriedad poco habitual—.
Es un evento organizado por el Ministerio de Defensa orquestado por el Comandante de Protección y Paz.
El Cónclave no lo aprueba del todo, pero lo permiten…
dicen que fortalece las habilidades de los marionetistas.
En realidad, es solo un espectáculo innecesario.
Su voz se va apagando poco a poco, como si el peso del recuerdo cayera sobre ella.
Yo, con suavidad, le toco la bota con la mía bajo la mesa.
Ella levanta la mirada de golpe y asiente, agradecida, aunque sus ojos se quedan en los míos un segundo más de lo necesario antes de volver a la conversación.
—Es un torneo donde recrean escenarios con pruebas extremas. El vencedor es quien acumula más puntos. Puede durar días… o semanas. Vienen participantes de los otros tres estados. Son… distintos. Más despiadados que nosotros.
—No es que no lo seamos —añade Cynthia, cruzando los brazos—. Es que aún no hemos iniciado las clases de combate. Y las simulaciones están lejos. Pero será interesante ver lo que esconde realmente la Sociedad del Hilo de Chatarra.
Encoge los hombros como si nada, pero sus ojos brillan con una mezcla de emoción y recelo.
Respiro hondo. No haber entrado a la Torre de los Espejos en esta oportunidad me pesa.
Las clases de meditación y teoría fueron agotadoras.
Las que vienen serán igual o más difíciles.
Y sin mejorar mis puntos débiles, especialmente en las sesiones meditativas, ninguna marioneta querrá vincularse conmigo.
A diferencia de mí, Yvan y Flagbys no hablan del tema.
Ni lo rozan. Es como si ya hubieran dejado esa parte atrás.
Tienen demasiado que demostrar, y los profesores no parecen dispuestos a darles tregua.
Las luces del local comienzan a titilar suavemente. Cynthia, Yvan, Flagbys y yo terminamos de comer. Nos ponemos de pie, listos para pagar.
—¿Problemas eléctricos? —murmura Flagbys, mientras un camarero se acerca con la cuenta.
Cynthia se ofrece a pagar. Los demás apenas y tenemos monedas. Nadie recibe sueldo solo por asistir a clases. Si así fuera, más de uno repetiría materias solo por el dinero.
—Al menos la pegamos contigo hoy, Cynthia —dispara Yvan con una sonrisa burlona. Sorprendentemente, ella le responde con un codazo en el estómago que lo hace doblarse un poco, y el resto no podemos evitar reírnos.
En ese momento, el dueño del establecimiento se asoma.
La puerta de la cocina queda abierta, y algo me llama la atención.
Conozco al dueño, Emmett, no es la primera vez que venimos aquí, pero no es la grasa acumulada en las paredes blancas lo que me inquieta.
Es lo que veo al fondo, suspendido en una ventana circular a buena altura.
Le hago una seña a Yvan, pensando que quizá mi mente me juega una broma fastidiosa. Pero no… él también lo ve. La rosa negra. Marchitándose lentamente, como si cada pétalo se consumiera en un secreto imposible.
—No puede ser… ¿o sí? —le pregunto, arqueando las cejas, esperando una respuesta.
—No lo sé —responde, rascándose el cabello dorado y liso con gesto nervioso—. No me he puesto a analizar la rosa; tú mismo me dijiste que podía darme un tiempo después. Además, con mi marioneta sería más fácil, pero… —hace una pausa, su voz se quiebra apenas— creo que sí puede ser.
El silencio se vuelve pesado. La rosa sigue allí, marchitándose, como si nos observara desde su pedestal imposible.
Las luces vuelven a parpadear, esta vez más fuerte.
Los cuatro alzamos la vista al unísono. Un grito rompe el ambiente en seco.
Volteamos hacia la entrada. Yvan se adelanta rápido.
Toma el pomo de la puerta. Gira. Y entonces, una mujer ensangrentada se le lanza encima.
La sangre salpica su chaqueta negra y pantalón blanco.
Él se queda paralizado, mirando primero su ropa, luego a la mujer que se desploma frente a nosotros, sangrando sin control.
—¿Se encuentra bien? —Se apresura Flag a atenderla, pero creo que es demasiado tarde a juzgar por su estado.
Nos quedamos perplejos.
Me adelanto, poniéndome delante de Flagbys, en guardia. Yvan intenta asomarse por la puerta, pero una ráfaga violenta de viento revienta cada ventana del lugar. Astillas, cristales y madera vuelan por el aire. Las mesas se desarman. Las paredes crujen.
Un golpe seco me sacude la cabeza. Flagbys se me escapa de los brazos cuando corre hacia Yvan, que lucha por ponerse de pie, buscando el origen de la onda. Y entonces lo vemos.
A lo lejos, varias casas están en llamas. Seis Venusfly emergen de entre los escombros, arrastrándose con hambre viva. Comienzan a devorar todo a su paso. Se escuchan los sonidos asquerosos de carne desgarrada y huesos triturados.
Uno de ellos nos detecta.
Flagbys se asoma rápidamente de nuevo dentro del restaurante. Fin del momento de descanso.
—¡Vamos, salgan de aquí, ya! —grita Flagbys con tal fuerza que su voz se rasga, vibrando en el aire como un cristal a punto de estallar.
Un Venusfly, con su cuerpo oscuro y aceitoso, cargado de púas que vibran como si sintieran la presencia del miedo, se lanza hacia nosotros con la velocidad de una fiera hambrienta.
Levanta una de sus guadañas, brillante y curvada como una luna siniestra, y apenas logro tomar a Flagbys por el brazo y girar con ella, esquivándolo por unos pocos centímetros.
El suelo tiembla donde la criatura aterriza.
—¡Yvan! ¡Cynthia! ¡Cúbranse! —vuelvo a gritar, abrazando a Flagbys para impulsarnos hacia atrás.
Nos preparamos para lo peor, pero otro Venusfly aparece como salido de una grieta en la tierra.
Viene directo a nosotros. No da tiempo a pensar.
Me interpongo entre él y Flagbys. Su embestida es un muro viviente.
Las agujas que recubren su tórax se clavan en mi cuerpo como dientes fríos, perforándome la carne.
Un ardor seco me sube por el pecho y a las sienes.
Flagbys cae, aturdida, y la criatura ya se prepara para el golpe final. Sus guadañas brillan a la luz de los incendios cercanos, listas para partirla en dos.
Entonces, un bramido explota como un trueno.
El Canto de Tierra de Cynthia irrumpe en la escena, una masa descomunal de músculos, pelaje turquesa y ojos vivos que chispean con rabia.
Se lanza sobre el Venusfly. Lo atrapa con su mandíbula de acero, lo parte en dos de un chasquido y lo lanza contra el suelo como si fuese basura.
Eso fue tan genial que me quedaría todo el día viendo como lo hace una y otra vez.
Luego, se golpea el pecho con sus cuatro musculosos brazos peludos.
El aire se ondula. Un rugido visceral brota de su pecho y genera una onda expansiva que sacude las ventanas rotas, la ceniza, la sangre en las piedras.
—¡Quítate, Rodrygo, si no quieres acabar como ese! —advierte Cynthia. Su voz es suave, casi serena, pero cargada de una autoridad que hiela. Hay mucho movimiento en sus dedos, como si estuviese manejando una especie de hilo invisible. Se ve que es buena. La sincronización es evidente.