La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 11
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Capítulo 11

“¿Qué es exactamente la Torre de los Espejos? Es el flujo auténtico de la magia más pura, el corazón oculto de la Sociedad del Hilo. Su poder es tal que incluso los estudiantes más temerarios sienten escalofríos al mencionarla. Interferir con ella no solo perturba el delicado equilibrio de los centros de formación, sino que desafía las leyes mismas del conocimiento sagrado. Por eso, el Cónclave del Hilo la protege con celo absoluto y exige más que valor para siquiera rozar sus puertas.”

—Descubriendo los Hilos, obra del investigador Spencer Clickberland, Edición Especial.

—¡Más velocidad la próxima vez, Rodrygo! Uno, dos… ¡tres! —grita Nick desde el suelo, con esa voz suya que siempre suena a competencia amistosa, aunque no siempre lo sea.

Tenemos una semana libre tras el intento en la Torre de los Espejos. Un respiro merecido, al menos para quienes lo lograron. Algunos deciden visitar a sus familias, otros viajan a los mercados del sur, y otros —como yo— seguimos entrenando.

El campo de prácticas está más vacío que de costumbre. Césped bien cortado, el aire frío rozando la piel y el sol haciéndose espacio entre nubes deshilachadas. El silencio solo lo rompen los silbidos de los mecanismos y nuestras pisadas firmes.

—¡Brinca ahora, Rodrygo! —grita Nick.

Obedezco. Mis pies golpean con fuerza la primera barandilla, me impulso hacia la siguiente sin detenerme.

El sistema mecánico lanza obstáculos al azar, y debo deslizarlos o escalar en segundos.

Tomo una cuerda y me impulso hacia lo alto, sudando, resbalando un poco.

Al llegar a la cima, toco la campanilla.

El sistema se detiene. Me dejo caer por una red de tubos que aparecen a mi paso y ruedo al final del recorrido.

Nick me espera, jadeando, y me da un golpe fuerte, pero amistoso, en la espalda.

—Buen trabajo, Rodrygo. Se nota que no te has rendido. Eso es… admirable.

—No es que tenga muchas opciones —respondo, con una sonrisa forzada—. No logré mi marioneta. Y eso pesa. No sé si lo entiendes. Aunque, sí estoy orgulloso de mis amigos. Ellos trabajan igual de duro.

Nick se queda en silencio por un momento. Luego se encoge de hombros y murmura:

—Quizás… quizás no lo entienda del todo.

Soy un especialista, Rodrygo. Lo decidí así.

No por obligación, sino porque vi algo que los demás aún no quieren aceptar —dice Nick, mientras me lanza una mirada fugaz, como si esperara que yo entendiera algo más profundo detrás de sus palabras—.

Las estadísticas lo demuestran: las marionetas se resisten cada vez más a unirse.

Hay rechazo. Inestabilidad. Y no solo por error humano.

Hay algo más… algo que no quieren decirnos.

Hace un gesto con la cabeza hacia la derecha, donde un grupo de especialistas trota en sincronía tras un instructor. Cantan algo, una letanía rítmica que no logro descifrar desde aquí, pero suena a código, a ritual de ellos.

—Quizás la nueva alianza para la Sociedad del Hilo… seamos nosotros —continúa Nick—. Los especialistas. No atados a vínculos espirituales ni a voluntades caprichosas. Solo esfuerzo, precisión y disciplina.

Me mira de nuevo. Y esta vez, su voz baja un tono, como si estuviera compartiendo un secreto:

—Lo que quiero decir es que muchos creen que las marionetas lo son todo.

Que sin ellas no vales. Que no eres nadie.

Pero… hay otras formas de destacar. Y créeme, Rodrygo…

a veces, esas formas son más estables. Más confiables.

—Hace una pausa breve y remata con una sonrisa que no alcanza a sus ojos—. Más leales, incluso.

Lo miro. Hay algo en su tono. ¿Compasión? ¿Lástima? ¿O acaso una sombra de superioridad bien disfrazada?

—¿Tú crees que aún puedo lograrlo? —pregunto, mientras me limpio el sudor de la frente.

—Rodrygo… lo que hiciste ahí dentro no fue un fracaso. Fue una pausa. Todos creen que es un camino lineal: entras, sales con tu marioneta y listo. Pero no siempre funciona así. Quizás tu conexión no está lista. O… quizás aún tienes cosas que soltar.

—Quizás —miro hacia el horizonte del campo, donde la Torre aún se alza a lo lejos, brillante como una promesa que me ha dado la espalda.

Nick cruza los brazos, se sienta en el borde de una de las plataformas del circuito y añade con un tono más bajo, como si me ofreciera un consejo real:

—La Torre elige. Pero también observa. No solo ve lo que muestras… sino lo que ocultas. Eso, a veces, pesa más que la habilidad.

—¿Y tú qué ocultas, Nick? —le pregunto, medio en broma.

Él se ríe, una risa breve, seca, sin alegría.

—Yo ya aprendí a no mostrar nada —responde, y luego se pone de pie—. A veces, eso es lo único que te mantiene en pie en este lugar.

Se aleja unos pasos, luego se gira y lanza:

—Sigue entrenando, Rodrygo. Nunca se sabe cuándo te tocará mostrar lo que realmente vales —me dice Nick, con una sonrisa cansada.

Pero, cuando todo parece ir bien, de pronto se detiene en seco. Su rostro se contrae, y antes de que pueda reaccionar, se desploma bruscamente de rodillas. No parece que Nick me esté jugando una broma.

—Rodry… ayúdame —su voz es un hilo quebrado. Se lleva las manos a las orejas, apretando con fuerza—. Me duele…

Me apresuro, paso mi brazo alrededor de él e intento ponerlo de pie.

—Vamos, Nick, aguanta.

Pero vuelve a caer. Y entonces lo veo: una delgada línea de sangre brota por uno de sus oídos. El impacto me paraliza.

—¿Qué diablos…? —susurro, y el recuerdo me golpea de inmediato. Ya me lo había dicho antes, como si nada. No era entrenamiento. No podía serlo.

—Me dijiste la otra vez que era parte del entrenamiento, pero no lo es, Nick —le reclamo, con la voz cargada de miedo.

—Lo es… lo es —insiste, aunque su tono suena más desesperado que convincente. Tras unos segundos prolongados, se reincorpora tambaleante, se limpia la sangre con la manga de su camisa negra y fuerza una sonrisa—. Ya me siento un poco mejor. Debe ser el sol.

Estoy a punto de intervenir, de detenerlo, pero se marcha apresuradamente, casi huyendo de mí. Intento seguirlo, pero no me lo permite. Su paso es rápido, errático, y lo único que me queda es la preocupación que me quema por dentro.

—¿¡Pero esto a qué sabe!? ¡Puaj, puaj! —Flagbys se pone de pie de golpe, con una mueca de horror.

Todos reímos al unísono, incluso Cynthia se cubre la boca para no atragantarse al escuchar a Flagbys a punto de escupir las pastillas de carne picante.

Trato de tomarle las manos que se agitan en el aire para tranquilizarla, pero al final lo hace por ella sola, no sin que sus dedos se queden enredados un segundo de más entre los míos.

—¿Cómo te puede gustar esto, Rodrygo? —pregunta entre risas—. Más razón para que cataloguen a las personas en Conquista más raras de lo común.

—Son mis favoritas, la verdad. Cuando se trata de comida, no tengo ningún problema. Todo me sabe bien —respondo encogiéndome de hombros.

—A ver, a ver —dice Flagbys, recuperando el aliento—. Ahora vamos con mi comida favorita. Aunque es un poco dulce: alitas de pavo a la barbiqué con semillas de sésamo y trozos de ralladura de naranja.

—No hables —interviene Yvan, arqueando las cejas—. Que cuando vivíamos solos, te encantaba comerlas. Claro, primero quemabas la cocina, pero al final y sorprendentemente, te salían bien.

—¡Es que era eso o morirme de hambre! —responde ella riendo, mientras Yvan, con su cabello dorado alborotado, me lanza una mirada cómplice. Luego observa a Cynthia y por último a la bandeja que señaló Flagbys.

La dinámica es simple: cada uno pide su platillo favorito y los demás lo prueban para evaluarlo. Yo fui el primero, con algo típico de Conquista. Para mi sorpresa, en este restaurante en Aprilcol lo preparan bastante bien.

Hacía falta un descanso como este. Últimamente, todo en la Sociedad del Hilo ha estado demasiado tenso.

Con una semana libre después del primer corte de clases, salir con mis amigos fue la mejor decisión.

Una de las materias no me costó tanto, pero la otra…

fue un verdadero reto. Intento calmar los nervios, la ansiedad, y esas noches en las que Fylian se me aparece entre pensamientos sin resolver alrededor de las dos cartas —la nota que guardaba Ailura en la caja de madera, y la que Esteban me mostró de su puño y letra— y los expedientes.

Las cosas con él no avanzan, y ese lago boscoso en la frontera con Bosqueoscuro parece ser el próximo paso, según su segundo informe de cinco misiones. Ese lugar…

Yvan y Flagbys, ambos marionetistas recién aceptados en la Sociedad del Hilo, aún no comienzan sus clases de manipulación ni de combate.

Yo también tengo pensado repetir esa clase que me costó ingresar a la Torre de los Espejos, pues es sumamente importante.

No haber conseguido la puntuación para entrar a la Torre de los Espejos me dejó con una espina clavada.

Pero aún tengo chance de volverlo a intentar en el segundo corte. Si me concentro, quizá…

—Bien, bien —dice Flagbys con voz de presentadora mientras sus ojos azul claro se posan en mí—. Ya probamos el de Rodrygo. A mí no me gustó, pero al menos fue… interesante.

Tomamos cada uno una alita de pavo. Las mordemos al mismo tiempo.

Yvan casi se cae hacia un lado para escupir lo que tenía en la boca. Yo, por mi parte, corro a beber agua helada: la salsa está ardiente.

—¡Ustedes los hombres son tan débiles! —se burla Flagbys—. ¡Miren a Cynthia! Tranquila, disfrutándolo como si nada.

Y sí, Cynthia parece completamente imperturbable. Mastica despacio, elegante. Creo que no ha cambiado de expresión desde que se sentó.

—Probemos el mío ahora —dice Cynthia, señalando un par de pequeños pescados al vapor, adornados con rodajas de limón fresco—. Es sencillo, pero sabroso. Soy de las costas de agua dulce de Chatarra.

Y lo es. Al primer bocado, todos asentimos. Incluso Yvan aplaude con entusiasmo.

—Siempre tengo el mejor gusto —dice Cynthia, con una sonrisita de satisfacción—. Igual que con el nombre de nuestro grupo: “Los Inválidos”.