La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 10 #5
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Capítulo 10 #5

Sonrío apenas y asiento. La saco con cuidado, la abro, y la melodía comienza a llenar el aire.

El caballero y la princesa giran en su pequeño escenario, y por un instante todo parece tranquilo, casi inocente.

El caballero avanza lentamente, al igual que la princesa, hasta que la espada se eleva y comienza a golpearla una y otra vez.

Pero entonces ocurre. La señora Ailura aparece en el umbral de la casa, con su sombrero de paja marrón.

Su presencia corta la música como un cuchillo invisible.

Empiezan a formarse burbujas a su alrededor, como hematomas flotando en el aire, como si algo hirviera dentro de ella.

Un hilo oscuro brota de sus orejas. Se arrodilla lentamente y fija sus ojos en mí, extendiendo una mano temblorosa, como pidiendo ayuda.

Yvan y yo intercambiamos una mirada feroz y nos apresuramos hacia ella.

—¡Abuelita, ¿estás bien?! —una niña aparece desde la casa, con un vestido azul y coletas negras. Su voz se quiebra en un grito desesperado—. ¡Abuelita, párate, por favor! ¡Ayuda, ayuda!

Rompe en un llanto desgarrador. Intenta levantar a su abuela, pero sus brazos delgados no tienen la fuerza suficiente. El cuerpo de la anciana comienza a cubrirse de más burbujas, como si su piel hirviera desde dentro. La sangre se mezcla con el vapor.

La gente alrededor se espanta, retrocede con gritos. Y de repente, la mujer estalla. No como un cuerpo, sino como una reacción química imposible, una mezcla de ingredientes que explota desde dentro, generando una onda expansiva brutal que sacude el suelo.

—¡Rodry! —Yvan me taclea y caemos sobre la grava bruscamente.

El grito de la niña atraviesa el aire como un cuchillo.

—¡Nooo! —su voz se quiebra, ahogada por las llamas que la envuelven. Es un grito breve, desgarrador, que se corta de golpe. Y luego… todo se silencia.

El caos se apodera de la calle. Los vecinos corren, algunos tropiezan, otros se cubren el rostro con las manos.

Yvan y yo nos levantamos de inmediato y corremos hacia los civiles, verificamos que estén bien, que nadie haya sufrido más que el susto y el impacto.

El humo se disipa lentamente, dejando tras de sí un silencio extraño, casi irreal, como si el mundo se hubiera detenido.

Es ahí cuando lo vemos. Entre las lenguas de fuego que aún chisporrotean en el suelo, permanece intacta una rosa negra marchitándose. No se consume, no se quiebra, no se quema. Está en perfecto estado, como si se hubiera colocado allí a propósito.

Nos quedamos boquiabiertos. Yvan la observa con la fascinación de un científico frente a un hallazgo imposible, murmurando hipótesis sobre pigmentos, reacciones químicas y energía residual.

Yo, en cambio, aprieto la cajita de música contra mi pecho, sintiendo que su melodía interrumpida y esa rosa imposible forman parte de un mismo misterio que todavía no sabemos descifrar.

—Era su nieta —me dice un vecino de Ailura—. Han muerto junto a su abuelita.

Me quedo mirando el punto exacto donde estaban Ailura y su nieta hace apenas un minuto.

No hay nada. Ni siquiera cenizas que se puedan nombrar, solo humo y el eco de un grito que no debería haber escuchado nunca.

Pienso en Fylian, en mi padre, en todos los que he perdido sin poder hacer nada.

Y por un instante odio esta misión, odio cada pista que nos ha costado una vida más.

Yvan no dice nada. Se queda a mi lado, la mirada perdida en el mismo punto que yo, como si buscara algo que ya no está ahí.

El silencio entre nosotros pesa más que cualquier palabra.

Trago saliva, intentando que el nudo en la garganta no se convierta en algo peor, y respiro hondo antes de encontrar mi voz.

—¿Yvan? —Lo llamo.

—Podemos irnos. Tengo lo que necesito.

La Torre de los Espejos se alza frente a nosotros como un coloso perla, sin ventanas, sin grietas, con el emblema de los espejos cruzados por hilos brillando en la entrada. La luz que emana de la puerta parece tragarse todo lo que se acerca.

Desde las gradas, junto a Cynthia, observo cómo Flagbys y Yvan se preparan para ingresar. Heavyn también está allí, serio, distante, pero él no es parte de mi círculo. Cynthia, en cambio, ya tiene su marioneta; su mirada tranquila me recuerda que ella está en otro punto del camino.

Antes de que la puerta se abra, Flagbys se acerca a mí. Sus ojos azules brillan con esa chispa impulsiva que nunca pierde.

—Rodry, no te preocupes. Cuando salga, te voy a traer un recuerdo de allá adentro. Aunque sea una piedra fea, pero será tuya —dice, y su sonrisa me arranca una risa breve.

Yvan, más técnico, ajusta sus gafas y me da una palmada en el hombro.

—No es tu turno todavía. Pero lo será. Y cuando llegue, estarás más preparado que cualquiera de nosotros. Créeme, lo que haces fuera de las clases… eso también cuenta.

—Sí, Rodry —añade Flagbys, con tono juguetón—. Además, si yo puedo entrar con este desastre de nervios, tú lo harás con los ojos cerrados.

—Y con los bolsillos llenos de pan —bromea Yvan, recordando mis escapadas a la cocina.

No puedo evitar sonreír. El aire se siente pesado, pero sus palabras alivian la carga.

Cynthia, desde un lado, interviene con calma.

—Ellos tienen razón. No es un fracaso no entrar ahora. Es solo un paso distinto. Y cuando llegue tu momento, lo sabrás.

La puerta comienza a abrirse. El servidor del Cónclave nos observa con severidad, y uno a uno, Flagbys, Yvan… incluso Heavyn, ingresan sin vacilar. La puerta se cierra tras ellos, sellada con un eco metálico que me deja un vacío en el pecho.

Horas después, comienzan a salir. Algunos con sonrisas.

Otros, rotos. Algunos deben arrastrarse.

Flagbys emerge, débil, pero sus ojos me buscan.

Asiente con orgullo, como si su fuerza fuera también mía.

Yvan levanta el pulgar, con esa sonrisa cansada pero sincera.

Lo lograron. Ellos tienen sus marionetas.

¿Y yo? ¿Y ahora… qué hay de mí?