Capítulo 10 #4
Me quedo en silencio. Lo recuerdo. Cascada Conquista. Donde solía… dibujar. Dibujar. Cuánto tiempo ha pasado. El comentario de Cynthia me sacude por dentro, como si me lanzaran un balde de agua helada. Ella sonríe con dulzura.
—Por cierto, me encontré al capitán Esteban hace un rato. Me dijo que usaras el color bermellón. Le agradó más —agrega con una risa suave—. Lo dijo cuando empacabas para venir.
Luego se da vuelta para irse.
—Eres un inválido más, idiota. Nos vemos, guapetón.
¿Guapetón? Pero… ¿cómo lo sabe si está ciega?
—Y por cierto… —se detiene, pero no se gira a verme—. Encontraremos a Fylian. Recuerda esto: la distancia separa cuerpos, risas y momentos… pero no los corazones.
Sin más palabras, se desvanece entre el entretejido laberinto de pasillos grises del complejo, dejándome con el eco de sus pasos apagándose como una vela en el viento.
Volver a encontrarme con mis colores, con mis pinceles y mi libreta de bocetos que me regaló mi mejor amigo, me hace un nudo en la garganta.
El aire me cuesta. Me siento frente al escritorio con manos temblorosas y empiezo a dibujar, dejando que la madrugada se consuma con el roce del grafito sobre el papel.
Dibujo sin parar, casi como si mis dedos quisieran recordar por sí solos.
De pronto, me detengo. Allí, en la hoja, está ella: Myriam. Mi hermana. La extraño.
Su recuerdo duele como una espina incrustada que nunca termina de salir. Entonces, una imagen nítida se cuela entre mis pensamientos: antes de marcharme, me dijo que debía intentar perdonar. Perdonar a mamá. Perdonar a Roger.
¿Realmente quiero hacerlo?
Mis manos comienzan a temblar otra vez. Siento cómo algo se retuerce en el pecho, un monstruo familiar que me aprieta el corazón con garras invisibles. Si ni siquiera en clases de meditación, donde la magia te transporta a los rincones más profundos del alma, puedo evitarlo… ¿cómo podría perdonar?
Camino de un lado a otro de la habitación como una bestia enjaulada. No puedo. No podré hacerlo.
Mi hermano, Roger… él destruyó parte de mí cuando era niño.
Se burlaba de mis dibujos, decía que eran “cosas de niñas”.
Me criticaba la forma de caminar, de hablar, de ser.
Y cuando las palabras no eran suficientes, me golpeaba.
Golpes con correas, con cables, con lo que tuviera a la mano. Decía que me “arreglaría” a la fuerza.
Y mamá… ella no hacía nada. Recuerdo el día en que la seguridad del Estado intentó llevárselo.
Mamá se arrodilló, llorando, rogando que no se lo llevaran.
Juraba que su alma moriría si lo perdía.
Fingió un desmayo, un ataque, y lograron liberarlo.
La escena fue una obra de teatro grotesca.
Y luego, como si nada, él volvió a la casa…
volvió a la fiesta. Hasta que un día se fue a otro estado.
Sin más. Crecí. Y aunque el tiempo pasó, no puedo perdonarlo. No puedo.
Duele.
—Muy bien —dice el profesor Wylcam con voz enérgica—, esta será una de nuestras últimas sesiones. Así que, vamos a comenzar. Debatiremos los principios esenciales que se trataron en el espectáculo de marionetas.
Hoy luce especialmente resplandeciente, con el cabello peinado hacia atrás, brillante como si lo hubiese barnizado con magia, y su bata blanca lleva el emblema de la torre bordado con hilos de plata a la altura del pecho.
—Comenzamos. Ahora. —Sus ojos se clavan en mí—. Rodrygo, ¿por qué elegimos convertirnos en marionetistas? ¿Nos obligan? ¿Lo hacemos por convicción? ¿Por qué arriesgar la vida?
—Por dios, ¿por qué le pregunta eso a un chico de la superficie?
—gruñe Heavyn desde su asiento. Su tono arrogante y despreciativo es inconfundible.
Todavía tiene un ojo morado del último altercado entre nosotros—.
No entiende lo que significa ser de aquí.
Nosotros elegimos ser marionetistas para proteger nuestras tierras. Así de simple.
—Eso es correcto —interviene el profesor con una expresión más seria.
—Rodrygo, ¿algo que añadir? Por ejemplo, el proceso tradicional de reclutamiento y selección.
—Claro —respondo, con la voz más firme que puedo reunir—.
Cada fin de año, el Conclave de los Sabios del Hilo emite un comunicado a través de toda la región de Chatarra.
Se convoca a los aspirantes a formar parte de la Sociedad del Hilo.
Pero no es un camino sencillo. Son evaluados física y mentalmente, y el proceso puede llegar a ser brutal.
Algunos no sobreviven. Otros quedan marcados.
Sin embargo, hay quienes lo aceptan con orgullo, porque servir a Chatarra es un honor.
Aunque… —respiro hondo—, también servimos al bien.
Y donde haya mal, ya sea en Chatarra o en Conquista, estaremos allí para enfrentarlo.
El profesor asiente con una sonrisa contenida.
—Impresionante. —Da un breve aplauso—. ¿Qué es el Conclave de los Sabios del Hilo?
—Son los guardianes del equilibrio, tanto en lo espiritual como en lo terrenal.
Son los líderes supremos de nuestra Sociedad.
No están bajo la administración del gobernador de Chatarra.
Operan por encima, desde el aislamiento.
No son marionetistas, pero dominan las artes.
Una de sus enseñanzas que más aprecio dice así: “Puedes ser bueno en algo, pero fallar por dentro. Por eso, purifica tu interior para reflejar lo mejor de ti hacia el mundo.”
El profesor asiente, satisfecho.
—Muy bien dicho, Rodrygo. También dicen algo más… algo que todos ignoramos. —Mira directamente hacia Heavyn—. ¿Qué dolor del pasado estarías dispuesto a dejar atrás para obtener tu marioneta?
Camino hacia la clase de meditación junto a Yvan, Flagbys y Cynthia. A pesar de tener mejor puntuación que todos nosotros, Cynthia decidió acompañarnos.
—Es importante que nos concentremos —dice Yvan con voz baja pero decidida—. Flagbys ha obtenido resultados extraordinarios. Pero ahora es tu turno, Rodrygo. Ha llegado la hora de aplicar lo que hemos aprendido. La mentalidad del marionetista.
Asiento, tragando el miedo. Sí. Es tiempo.
La oscuridad me envuelve por completo. Un vacío absoluto. De pronto, una puerta comienza a dibujarse ante mí, línea por línea, como si un pincel invisible la trazara en el aire. Cuando termina de solidificarse, la reconozco al instante: mi antigua habitación.
El primer golpe retumba. El sonido seco del cuero contra la piel. Retrocedo instintivamente, el corazón me martillea en el pecho. No… no quiero abrirla. Pero los golpes continúan. Más fuertes. Más seguidos. Cada impacto es un eco del pasado.
¿Por qué fue así conmigo? ¿Por qué tanto odio?
Yo nunca quise hacerle daño a nadie. Solo quería dibujar…
solo quería ser yo mismo. Pero el miedo…
el miedo puede ser un verdugo cruel. Y Roger fue mi verdugo.
Finalmente, abro la puerta de golpe. Y ahí está.
Borracho. Violento. Sus ojos rojos, su aliento ácido.
Mis rodillas flaquean, pero me obligo a sostenerme.
Porque tengo una razón: Fylian. Él estuvo conmigo en esos momentos.
Me curaba las heridas. Me abrazaba sin preguntar.
Roger se ríe. Me insulta. Me arranca la camisa.
Me lanza al suelo. Golpes. Más golpes. Cada uno arde.
La piel arde. El alma se quiebra. Siento cada golpe como si fuera el niño de nuevo. Pero respiro. Me aferro.
Lo peor no son los golpes. Lo peor es la humillación. Aquella camisa que me quitó era una camisa de niña. Sigo con la falda. Sigo con el maquillaje que él mismo me puso en el rostro. Sigo con una imagen que no soy.
No es cierto. No soy un fracaso. No soy lo que él dijo que sería. Yo… yo no soy culpable de ser diferente.
Las heridas… aunque duelan, aunque griten… las perdono.
El escenario se congela. Casi sonrío. Pero de pronto, cambia. Estoy en mi cama. Debajo de la sábana. Él aparece, más borracho, más monstruoso. Me toma de las muñecas. Grito.
Mi madre aparece en la puerta… pero no hace nada. Se lleva la mano a la boca, como si el silencio la protegiera. No me defiende. Roger la mira con furia… y ella se va. Me deja solo. Me deja a su merced.
Y esa herida… esa no puedo perdonarla.
La burbuja emocional explota. Una ola de energía me lanza de rodillas al suelo. El aire se corta. El dolor es real. Irritante. Paralizante.
Estoy de vuelta en la clase. El mundo se tambalea. Yvan está frente a mí, con sangre en la mejilla, pero sonríe.
—Yo lo hice —dice, entre lágrimas y una sonrisa descompuesta—. Se ha ido. Lo dejé atrás.
Se incorpora y me sacude suavemente los hombros.
—Lo hice por ella —señala a Flagbys. Sus ojos azules se iluminan de orgullo.
Ella también lo logró. Me mira y asiente. Son mis amigos. Y aunque el dolor aún me ahoga, me alegra por ellos. De verdad que sí.
El profesor toca la campanilla. El sonido marca el fin de la clase. Y también, mi fracaso. Yo no lo logré.
Llevo conmigo la pequeña caja de música, esa que al abrirla muestra a una princesa y a un caballero girando lentamente mientras suena una melodía antigua.
La he bautizado como El Susurro de Cristal.
No sé por qué, pero siento que esta máquina guarda algo más que música, como si fuera un recordatorio de que incluso en medio del caos puede existir belleza.
Mientras Yvan y yo nos acercamos a la casa de Ailura para recoger la muestra de la rosa negra marchita, él me observa de reojo, con esa mezcla de detective y científico obsesivo que nunca abandona.
—Habrá más oportunidades —me dice Yvan, ajustándose las gafas con un gesto nervioso.
—Lo sé —respondo, con las manos en los bolsillos de mi pantalón negro—. Confío en que sea así. Igual me alegro mucho por ustedes, de verdad.
—Igual viene lo duro. La Torre de los Espejos.
—Yo confío en que lo conseguirán en su totalidad.
—Y eso que llevas… es lo que Fylian te dejó, ¿no? —pregunta, con voz baja.
Asiento.
—¿Puedo escuchar la cajita?