La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 10 #3
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Capítulo 10 #3

—No lo sé… —su voz tiembla, como si las palabras lo quemaran al salir—.

Es complicado. Yo no estaba aquí aún. Y quienes estaban…

se niegan a hablar. Dicen que fue una orden directa del Ministerio de Defensa.

Sellada. Clasificada. Borrada del sistema, incluso.

Sé que te dije que estábamos juntos, pero ya en la última misión me pidieron que los dejara solos, pues era más de reconocimiento que otra cosa.

Hace una pausa. Su respiración se acelera. Da un paso hacia mí, demasiado cerca, y su voz se vuelve íntima, casi un susurro:

—¿Y Fylian? ¿Qué pasó con él al final? —pregunto yo.

Esteban saca un pequeño pliego de papel doblado varias veces, con bordes oscuros como si hubiesen rozado fuego.

—Antes de partir, dejó esto para mí.

Lo miro con incredulidad, sin entender aún.

—¿Por qué me la muestras ahora, Esteban?

—Porque en esa carta… él pidió que fueras tú quien viniera —responde—. Dijo que solo si eras tú, solo si tú entrabas, habría una posibilidad real. Fylian sabía lo que se cosechaba, pero no entiendo… ¿qué diablos tienes tú que él cree que puedes detener todo esto? Es… es una completa locura.

Lo observo sin comprender del todo, y él continúa, con una expresión que oscila entre la culpa y la resignación:

—Por eso fuiste aceptado tan rápido, Rodrygo. No fue por tus pruebas. Ni por tu talento. Fue por él. Por Fylian.

Sus ojos marrones brillan con un destello de rabia contenida y ternura.

—Él demostró que podías convertirse en un gran marionetista —sigue Esteban—.

Convenció al Cónclave del Hilo. Incluso al Ministerio de Defensa.

Hasta el comandante de operaciones interzonales dio su aval.

¿Entiendes el peso que eso tiene? En un mundo donde el subsuelo y la superficie no deben cruzarse, donde las líneas están claramente marcadas…

él logró abrir una excepción. Un puente.

Hace una pausa larga. Sus ojos me buscan, serios, pero también vulnerables.

—Esto no es una simple escuela de marionetistas, Rodrygo.

Esto es una frontera entre mundos. La superficie es pólvora, caos…

arriba solo hay aire lleno de ruido y miedo.

Aquí, en cambio, intentamos mantener lo poco que queda en orden.

Así que cuando alguien como tú llega, no es por azar. Es por algo. Por alguien.

—Entonces… ¿todo esto se manipuló? —pregunto, más para mí que para él.

Esteban asiente con lentitud, pero su mirada se endurece.

—Lo fue. Y no quiero que te confundas. No estás aquí por una chispa de inspiración que te levantó a medianoche.

Esto no va de pasiones bonitas o sueños rebeldes.

Yo también pasé por esto —se inclina hacia mí, apretando los puños—.

Y te lo juro, Rodrygo… no es nada romántico.

Es un dolor de culo. Crudo. Lento. Horrible.

Mi pecho se aprieta, como si el aire se volviera más denso. Cierro los ojos un momento, intentando entender.

—¿Entonces… él sabía que no regresaría?

Esteban no responde de inmediato. Solo deja la carta en mi mano, y se aleja un paso.

—Aún es confuso. Pero, después de todo lo que te digo, será mejor que te sigas formando. Y cuando surja una nueva oportunidad segura, la atenderemos juntos, Rodrygo. ¿Te parece bien?

Suspira y se lleva una mano a la cabeza, despeinando aún más su cabello gris. Luego, me mira de nuevo, con un brillo extraño en los ojos.

—Esa energía que tienes para meterte en problemas… úsala para algo útil. Cruza la Torre de los Espejos.

Se da media vuelta, pero de pronto se detiene. Regresa un paso, y sin pensarlo me toma la mano. La aprieta con fuerza, con cariño, como si quisiera transmitirme todo lo que no se atreve a decir en voz alta. Su piel está fría, pero el gesto arde.

—No quiero perderte también —susurra, y antes de que pueda responder, me envuelve en un abrazo prolongado. Su respiración se mezcla con la mía, y por un instante, el mundo entero se reduce a ese contacto.

Ya duchados nuevamente, alimentados y descansados, Yvan comienza a trabajar en la tarjeta que Flagbys rescató. Pero, lo detengo, y les digo todo lo que conversé con Esteban. Bueno, no les cuento todo.

—Entonces, Rodrygo, ¿qué piensas hacer ahora? —me pregunta Flag.

—Pues seguimos. —Le respondo—. Les leeré la carta. Yvan, si puedes tomar nota, genial, por favor. —Mi amigo de ojos azules asiente y prosigo:

“Capitán Esteban,

Si estás leyendo esto, significa que hice lo correcto.

No preguntes por qué partí sin despedirme, ni por qué no dejé más respuestas.

No podía. La Sociedad… nos enseña que el silencio, a veces, es la mayor forma de protección.

Pero hay algo que tú, y solo tú, debes descubrir.

Pero, no lo harás sin la ayuda de Rodrygo.

Tiene la creatividad para darle resolución a eso.

Veo que las misiones asignadas crean una puerta que, al abrirse, puede causar cierto daño. Ten cuidado.

No confíes en los registros. No confíes en los nombres oficiales.

Recuerda lo que solíamos decir: ‘Los hilos no atan, guían’.

Tu hermano,

Fylian.”

Lo conozco bien. Y esto suena exactamente a él.

Mis amigos me miran y claramente en sus ojos se denotan una preocupación que consume.

Lo sé bien, pues, es la mirada que Fylian y Myriam me ponían cuando veían que él se acercaba con los vestidos, el lápiz labial y las otras herramientas que me hacen estremecer a pesar del tiempo que ha pasado.

En ocasiones, la vida no es tan justa para salir a defender aquello que le gritaba a mi almohada, deseando con desesperación que se detuviera.

Después de un minuto, Yvan retoma lo que a su inicio íbamos a hacer, aunque, en parte, sé que tomó nota de la carta de mi mejor amigo. Introduce el objeto en su tableta virtual. Sus dedos se mueven rápidos sobre el teclado holográfico.

—Aquí hay algo —murmura Yvan, ajustándose las gafas mientras sus dedos vuelan sobre el teclado—. Un punto de agua. Un río rodeado por un perímetro boscoso… negro. Se extiende hasta una especie de apertura en un viejo túnel.

—¿Lo has extraído de la tarjeta verde? —pregunta su hermana, y él asiente inmediatamente.

—Ahora, sobre las coordenadas. El río que aparece aquí —marca con el bolígrafo sobre la proyección que emite su tableta— está rodeado por un perímetro boscoso de coloración oscura.

Eso indica suelos con alta concentración de carbono, probablemente cenizas volcánicas antiguas o depósitos de hierro, pero parece mantener cierto calor.

El túnel que se abre en la frontera sureste del Bosqueoscuro conecta con estratos geológicos que no aparecen en nuestros mapas oficiales.

Levanta la mirada, serio.

—Esto significa que hay un vacío cartográfico.

Un área deliberadamente omitida. Geográficamente, es imposible que un río se pierda en un túnel sin que aparezca en los registros.

Eso sugiere dos cosas: o el mapa fue manipulado, o la zona está cubierta por un fenómeno de ocultamiento natural, como nieblas densas cargadas de minerales que bloquean la cartografía aérea.

Se lanza hacia los archivos físicos de las misiones, abre cajones, revisa con rapidez, y finalmente saca una carpeta marcada con el número dos, fechada justo después de la primera misión de Fylian. Sus manos tiemblan apenas, no de miedo, sino de la excitación del hallazgo.

—Misión de perímetro no reconocido. Geografía oculta. Dirigirse bajo lago boscoso y regresar con sondeo perimetral —lee en voz alta, con una mezcla de sorpresa y temor, pero también con el tono meticuloso de un científico que confirma una hipótesis—. Esto… tiene relación directa.

Todos exhalamos al mismo tiempo, como si contuviéramos el mismo aliento.

—Rodrygo —me llama Yvan, sin apartar la vista de los documentos, su voz cargada de precisión—. Es el siguiente punto después del Cementerio de Trenes. ¿Qué hacemos?

—Iremos —respondo sin titubear—. Pero después de recuperar nuestras dos clases pendientes. Luego iremos a casa de Ailura por la muestra de la rosa, ¿de acuerdo?

Yvan asiente, anotando en su libreta como si registrara un protocolo de laboratorio. Los demás también asienten al unísono. Sin vacilar.

Recuerdo algo que me dijo la madre de Fylian una vez, antes de que Esteban me trajera al cuartel. Fue en su casa, en ese rincón lleno de plantas y silencio:

—Rodry —me miró con seriedad, pero también con ternura—, la amistad es algo muy auténtico y poderoso. Así que, si alguna vez tienes una amistad tan bonita, por favor, no dudes en luchar por ella.

Y aquí estoy, emprendiendo camino con mi pequeño grupo de “inválidos”. Así nos decimos entre bromas. Pero, honestamente, nunca me sentí más acompañado como cuando Fylian y yo escapábamos al lago.

Volvemos a clases. Las recuperaciones son duras.

Especialmente la de meditación. Ahí, todo duele.

Es como si el cuerpo y el alma se volvieran humo atrapado en una botella a presión.

Y, mientras más pasa el tiempo, creo sentí que la inquietud de no saber del paradero de Fylian puede estar afectándome.

Cynthia se detiene en el pasillo. Yo observo los moretones en mis brazos, aún frescos.

—Rodrygo —dice con una suavidad que casi me obliga a bajar la guardia. Extiende la mano y roza mi pecho con la punta de los dedos, justo sobre el corazón—. Sé que te estás esforzando. Lo veo. Y, sinceramente, me parece admirable. Es… original. Muy tú.

Hace una pausa breve. Luego, ladea la cabeza con una sonrisa ligera, cargada de algo que no sé si es ternura o preocupación.

—Pero ¿puedo darte un consejo? —pregunta, aunque no espera respuesta—. Ya sé que no me lo pediste —se encoge de hombros—, pero… por cómo respiras, por el ritmo de tus pasos… sí, lo necesitas.

Asiento y le pongo una mano en el hombro, asintiendo con confianza.

—En nuestro pasado hubo dolor. Mucho. Y maldad también. Pero también descubrimos formas de escapar, ¿lo recuerdas? Y tú… tú estás olvidando eso ahora. Pregúntate: ¿dónde te escondías cuando el mundo dolía?