La Sociedad del Hilo (El Dragón Mecánico de la Rosa Negra) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Quiero que cesen las muertes, sobre todo. No quiero mentirle, pero sé que tarde o temprano todo se descubre. Estoy trabajando para que él esté bien, aunque sea desde las sombras.

El padre suspira, lo observa con tristeza:

—Mírate cómo estás. Luchas por alguien que ni siquiera sabe que luchas por él. ¿Vale la pena? ¿Por qué tanto interés en un chico de la superficie que ni siquiera sabemos si logrará vincularse con una de las marionetas en la Torre de los Espejos?

Esteban aprieta los puños, pero su voz se mantiene serena:

—Rodrygo lo logrará. Lo que hago en secreto es para darle tiempo. No soy estúpido, sé lo que anda haciendo. Pero ya verás, después de este interrogatorio estarás más tranquilo. Tendré más cuidado, lo prometo.

El padre se pasa la mano por el rostro, intentando contener la emoción:

—No quiero ponerme sentimental…

Esteban sonríe apenas, con ironía cariñosa:

—Ya lo eres, papá.

El hombre lo mira con ternura, aunque su voz sigue cargada de preocupación:

—Quizás esto sea demasiado grande para todos nosotros…

Esteban da un paso adelante, con firmeza:

—Ese es el problema, papá. Estoy cansado de que digan que esto es más grande que yo, que él, que sus amigos. No lo sé, no entiendo del todo por qué involucró a sus amigos en esto, pero sí sé que debemos ser más grandes que esos problemas.

El padre lo observa unos segundos, como si quisiera detenerlo, pero finalmente asiente en silencio. Escucho cómo abren bruscamente la puerta y, tras unos segundos prolongados, se cierra con un eco metálico.

Cuando comienza la minuta del interrogatorio, no puedo evitar preguntarme si Grealish y Murmush serán los nuevos integrantes del equipo del capitán Esteban.

Lo miro de reojo. No me responde, pero su gesto lo dice todo: un leve asentimiento, casi imperceptible, como si le costara aceptar la verdad.

Su padre no está aquí. Pensé que había entrado, pero retrocedí a tiempo para que no me vieran así que no pude percatarme si realmente ingresó. Por lo que veo, no.

Murmush, alto y delgado, con ojos oscuros y rasgados, nos examina con seriedad. El cuarto es angosto, iluminado por luces tenues, con paredes cerradas que parecen encogerse sobre nosotros. Nos señala las sillas con un gesto seco.

—Siéntense.

Obedecemos. El silencio pesa.

—Son obstinados —dice, cruzando los brazos con un suspiro, mientras se coloca al frente.

Esteban ahora está a mi derecha; Grealish, a la izquierda—.

Hemos sido autorizados para continuar con esta evaluación.

Y espero que colaboren, porque llegamos justo cuando ustedes luchaban contra los Venusfly.

De no haber sido así… créanme, quizás no estarían aquí para contarlo.

Hace una pausa. Sus ojos se clavan en Cynthia, que aún tiene marcas visibles en el cuello y el rostro por la batalla de anoche. O como lo nombramos: la Batalla de los Trenes.

—O tal vez sí… —añade, arqueando una ceja.

Lo dice como si fuera una posibilidad, pero todos sabemos la verdad: Cynthia y su marioneta gigante habrían acabado con ellos si hubiera sido necesario. Lo teníamos bajo control, aunque el caos nos rodeara.

Murmush se inclina hacia la mesa, apoya las manos y habla con voz firme:

—Esto es serio. Ustedes estaban en un perímetro vinculado al tráfico de piezas robadas, algo directamente conectado a una investigación de alto nivel de la Sociedad del Hilo y el Ministerio de Defensa. El gobernador de Chatarra está encima de nosotros. Esto no es un juego.

Golpea suavemente la mesa con los nudillos, y luego acaricia su barba en forma de candado, como si midiera cada palabra antes de soltarla. El eco del golpe se queda suspendido en el aire, recordándonos que aquí no hay margen para errores.

—Salvamos gente, idiota —dispara Cynthia con rabia, levantando la barbilla desafiante—. Eso fue lo que hicimos. ¿De verdad crees que cuatro novatos somos capaces de manejar una red de contrabando? ¿Insinúas que trabajamos con ellos?

Esteban la mira. Asiente con lentitud, aprobando sus palabras.

—Comprendo. Y sí, tienen razón en eso —dice él, seco—. Pero eso no quita que no debieron estar ahí.

—Exacto —interviene Murmush con voz firme—. Tres de ustedes ni siquiera tienen marionetas. Y tampoco han pasado por la clase de combate. Fue una acción irresponsable. Arriesgada. Esto amerita sanciones, ¿son conscientes de eso?

Nos observa a todos, pero luego fija su mirada en mí.

—Y tú… ya tienes suficientes problemas con tus puntuaciones perdidas, ¿no es así? —Esta vez quien habla es Esteban, y sé que se dirige directamente a mí. No al grupo. A mí.

—Esa zona sigue bajo investigación por el tráfico de piezas…

como las que enfrentaron, Investigados por el Ministerio de Defensa, no nosotros, ¿saben lo que significa?

Que no tenemos poder, y si intervenimos, no somos exentos por ser marionetistas.

Claramente, esto traerá algún tipo de consecuencia —continúa Murmush, apoyando las manos sobre la mesa—.

Estar allí, incluso con permiso, es riesgoso.

Estas operaciones nos las asignan directamente desde la oficina del gobernador de Chatarra, en conjunto con el Ministerio de Defensa.

Cada paso mal dado puede alterar las rutas del enemigo.

Hace una pausa. El silencio se vuelve pesado. Luego, suelta lo que parece una bomba:

—No debería decirles esto… pero sabemos que ustedes estaban buscando pistas de Fylian y Kyra.

Les pido, por favor, que tengan mucho cuidado.

No siempre podremos llegar a tiempo para cubrirlos.

Sus acciones son nobles, sí, pero deben ser más inteligentes.

Esto no es un juego de investigación. Aquí, un simple error, un soplido, puede costarles la vida.

Nos mira uno por uno, con severidad. Finalmente se endereza, recoge sus papeles y concluye:

—Esto no debe tomarse a la ligera. Ahora, pueden retirarse.

Cuando salimos de la sala, Esteban me detiene en mitad del pasillo.

Los demás siguen adelante sin voltear. El silencio se vuelve denso.

Lo miro a los ojos: marrones, intensos, eléctricos, cargados de juicio y decepción.

Su cabello gris, alborotado en púas hacia el aire, le da un aspecto feroz, y sus pómulos rosados resaltan contra la palidez de su piel.

Para ser capitán, parece demasiado joven, demasiado humano, y de piel blanca.

—Dame una maldita razón para no aturdirte con Kendram y enviarte de nuevo a tu casa —me espeta con voz baja, pero pesada como plomo.

Sus palabras me golpean el pecho como una tonelada de piedra. Me cuesta respirar, pero no bajo la mirada.

—No hablas. No explicas —su voz es un puño—. Solo corres detrás de algo que ni siquiera entiendes.

—Busco a mi hermano, Esteban —respondo, apretando los dientes, la voz ronca pero firme—. No necesito explicaciones si nadie me las da. Yo… busco mis propios medios para encontrarlo. Eso es todo.

Esteban me sostiene la mirada por unos segundos eternos. Sus ojos tiemblan, como si detrás de la dureza hubiera algo más. Luego se gira, pero no dice nada. Yo sigo de pie, sintiendo cómo todo se desmorona… y cómo, al mismo tiempo, algo empieza a construirse dentro de mí.

—Tenemos más problemas de los que ocuparnos —su voz vuelve, baja, cargada de tensión contenida—. Te traje aquí para que ayudaras, pero no lo estás haciendo bien. Las clases. La amonestación. Las peleas con tus futuros compañeros de misiones. Irte a escondidas a una zona restringida…

Hace una pausa. Sus ojos se entrecierran, como si algo acabara de encajar en su cabeza.

—Esa zona está bajo jurisdicción directa del gobierno, Rodrygo. Si es así… ¿por qué has ido directamente a ese sitio? —me lanza una mirada dura, pero hay un brillo de preocupación detrás—. Sabes algo. Maldición. No me digas que tú…

Mira hacia atrás. Nuestros compañeros ya desaparecieron por el pasillo. El aire se queda solo entre nosotros dos.

—Esto es grave, Rodrygo. Puede ameritar pena de muerte —dice más despacio, bajando aún más la voz, como si quisiera protegerme de que alguien más lo escuchara—. Robaste archivos de las misiones anteriores a la desaparición de Fylian, ¿verdad?

Asiento. Sin vacilar. Ya no hay vuelta atrás.

—Eres un completo idiota —masculla, apretando los dientes.

Pero su voz se quiebra apenas, como si la rabia escondiera otra cosa—.

Y tus amigos… yo… maldición, Rodrygo. Ese caso de los Venusfly fue asignado a ellos por la capacidad que demostraron en sus clases y los informes de retroalimentación.

Aquí, en el Cuartel de Chatarra, eso se sabe.

La asignación era sencilla: ir, sondear, volver con información. No debían enfrentarse a nada.

—Lo sé, Esteban. También he investigado por mi cuenta —respondo en voz baja, dejando que el peso de mis palabras llene el silencio—.

¿Qué otro motivo tendría para estar aquí, en la Sociedad del Hilo?

No fue casualidad. No fue suerte. Y también…

¿acaso crees que me lancé a insultar a la que invocó esos Venusfly y comenzó el disturbio?

Me estás catalogando como alguien impulsivo. ¿Crees que soy impulsivo?

Esteban asiente a duras penas. Ese gesto me irrita de una forma que me cuesta describir.

Baja la mirada. Sus manos tiemblan apenas, como si quisiera ocultar que está más afectado de lo que admite.

—En todas las misiones regresaron —añado, con firmeza contenida—. Todos volvieron. ¿Entonces? ¿Cuál fue esa misión y por qué no están aquí, Esteban? Ya basta. Es momento de darle seriedad al asunto. Si no lo haces, ten por seguro que no será la primera vez que haga lo que he hecho.

Él traga saliva. Sus ojos se suavizan, y por un instante siento que me mira no como capitán, sino como alguien que teme perderme. Aunque, creo que es mi imaginación.